095. Secretaria sumisa 1



Se encontraba en su oficina sentado, detrás de su firme mesa de madera de cerezo sobre la que había un contrato bien examinado y retocado durante largas horas.  Vestía un elegante traje oscuro con una corbata roja que ahora mismo reposaba que sobre su mesa ya que seguía ultimando los recovecos finales del preciado contrato. Una vez terminado llamó por el interfono a su secretaria: “Señorita Clara, acuda inmediatamente a mi oficina”. La joven se dio prisa en llegar, ya que su jefe le infundía mucho respeto y no le quería hacer enfadar. Llamó a la puerta y no pasó hasta que le fue concedido el permiso. Era tan estricto que él mismo decidía que debían usar las secretarias de su firma, ya que la vida le había dado el derecho de hacerlo por esfuerzo que había hecho para llegar hasta donde está. Llevaba una falda negra que le llegaba hasta las rodillas y una blusa blanca que dejaba vislumbrar un poco el color negro de su sujetador.


 “Puede sentarse” –dijo él en un tono más cercano a la orden que a la proposición. Siempre que hablaba con él se sentía un poco cohibida e incapaz de mirarle directamente a los ojos. “¿Le apetece un café?” –preguntó y añadió: “El mío con dos cucharadas de azúcar”. Casi sin haberse llegado a sentar se tuvo que volver a levantar y fue por dos cafés a la mesa de la izquierda. Seguía sin saber porque la habían llamado. Al levantarse tiró sin querer con la mano uno de los bolígrafos que se encontraban en la mesa. Lo recogió rápidamente dejando ver a su jefe como se marcaba su trasero bajo la fina tela de la falda. Al darse cuenta se ruborizo. Llegó a la mesa con los  dos cafés. “¿Quiere un poco de leche?”. No hubo respuesta por su parte porque él ya estaba vertiendo el lácteo en su café. Él estaba Tomando las riendas e intentando desconcertarla. “¿Le apetece una galleta?” –preguntó él. “Si por favor” –dijo ella intentando tomar el mando y sabiendo que negarse no iba a servir para nada. “Vaya, que error, no me quedan galletas” –dijo él.

“Bueno, a lo que íbamos, quería preguntarle si le gustaría ganarse un dinero extra. Necesito una asistente en casa, ya sabe, mantener limpia la casa, cocinar la cena y otros quehaceres domésticos” –le dijo, esto último lo dijo con una leve sonrisa, o eso le pareció a ella. Siguió: “No se preocupe que le pagaría bien” –dijo al ver en el rostro de Clara una mueca que expresaba cierta duda. Continuó: “Además, al encontrarse mi casa en una parcela fuera de la ciudad, lo mejor sería que se quedase allí en la habitación de invitados por lo que puede dejar de seguir pagando el alquiler”. “No me vendría nada mal ese dinero extra” –pensó en sus adentros. “Mire señorita, eeehm… “Clara, mi nombre es Clara” –dijo ella con una tímida voz. “Verdad, Clara” –dijo él frunciendo el ceño, no esperaba una corrección; menos de alguien a quien él consideraba inferior. “Si quiere puede venir unos días de prueba y luego ya me dice si quiere el trabajo” –dijo él dando el tema casi por cerrado.

Ya en su humilde apartamento estuvo dándole vueltas al asunto. Con él se sentía un poco incomoda, pero a la vez excitada. Se tuvo que masturbar en la cama para poder conciliar el sueño. En su fantasía imaginaba como él la subía a la mesa de su despacho y le hacia el amor suavemente mientras la llenaba de besos. Al día siguiente era sábado y como no tenía que ir a su trabajo habitual se pasaría el fin de semana en casa de su jefe como su servil y dócil sirvienta. Al ver la tremenda casa al medio de un infinito terreno se quedó con la boca abierta. De pronto, el silencio y lo perdida de la mirada son interrumpidas por la voz áspera y tosca de su jefe: “Llega usted muy puntual, me gustan las chicas puntuales y obedientes” –dijo él con una pícara sonrisa.

Clara pasó dentro de la casa sin atreverse a saludar a su jefe con un beso en la mejilla. Se limitó a esbozar una ligera sonrisa y un saludo algo nervioso. “Su habitación está arriba, hoy solo descanse y ordene su ropa en los muebles y closet. Le he dejado su uniforme encima de la cama” –le dijo su jefe. No había pensado en ningún momento que tendría que llevar un uniforme durante sus tareas. Al entrar en la habitación fue lo primero que vio. Se trataba de un vestido negro bastante corto y con un pronunciado escote que no dejaba mucho a la imaginación en caso de inclinarse hacia delante, lo que también hacía que se le levantara la falda por detrás y se pudieran ver levemente sus tersas nalgas. En su pecho llevaba un lazo blanco como si fuera envuelta en papel de regalo. El uniforme era tan ajustado que se le marcaba la ropa interior, así que se la quitó para verse mejor en el espejo. Estaba excitada de estar así vestida y en casa de su jefe. Después fue a guardar su ropa íntima en un cajón, pero encontró algo que hizo que su entrepierna se mojase al instante. En el cajón había consoladores de todo tipo, bolas chinas, antifaces, máscaras y unas esposas con las llaves para abrirlas. Siempre había sentido curiosidad por estar esposada y a merced de un hombre, sus relaciones sexuales habían sido hasta el momento muy convencionales y poco morbosas.

Tomó las esposas y se las probó con los brazos por delante de su cuerpo. Se miró en el espejo, la imagen era muy excitante, pero tenía que seguir deshaciendo las maletas. Recogió las llaves y fue a abrir las esposas. No había manera, ¿Qué estaba pasando? Resulta que las llaves no eran de esas esposas, su jefe lo tenía todo muy bien planeado. Qué tonta había sido poniéndoselas sin comprobar nada antes. El nerviosismo invadió su cuerpo. ¿Qué podía hacer ahora? Pensó en salir corriendo y no volver nunca más a esa casa, pero en ese momento se abrió la puerta. “¡Vaya vaya! ¿Qué es tenemos aquí? Una zorra que cayó en el truco de las esposas” –dijo el hombre que la observaba desde que entró en la habitación.

Clara se quedó muda y petrificada mientras él aprovechaba para situarse detrás y dar unos besos por su cuello. Ella entreabrió los labios y dio un leve gemido mientras notaba como él se pegaba a su cuerpo y como su miembro se frotaba en sus nalgas. Se encontraba totalmente a su merced. Mientras besaba su cuello, empezó a tocar las tetas de su sirvienta. Ella no hizo nada para resistirse lo que ánimo aún más a su jefe para seguir con su plan. Se notaba muy mojada y cada vez más excitada. Ahora él ya había subido de su cuello hacia una oreja y la lamía y daba leves mordiscos. Sentía escalofríos. En ese momento era enteramente suya y habría hecho lo que él le hubiese pedido. Estaba indefensa y completamente expuesta. Notó como una mano bajaba hacia su sexo, el cual estaba ya empapado. Le introdujo un dedo y ella empezó a gemir.

“Soy tuya, hazme lo que quieras” –dijo casi sin pensar por la excitación del momento. “Agáchate” –le ordenó él sin ningún titubeó y sabiendo que ya la tenía comiendo de su mano. Clara se agachó y se puso cara a él, pero con la mirada al piso como era habitual cuando se encontraban cara a cara. Él se bajó el cierre del pantalón mientras su sirvienta miraba fijamente su abultado miembro, el cual tenía muchas ganas de ver y meter en la boca para darle placer a su jefe. Al sacar verga esta golpeó en una mejilla de la joven, se la pasó por su rostro luego por sus labios, los cuales ella fue abrió para sacar su lengua y pasarla de la base a la suave punta. Pero él no quería sólo la lengua y empujó hacia delante hasta que la metió completamente entre sus labios.

Empezó a chupar la verga de su jefe y él cogiéndola de la barbilla le hizo mirarle a los ojos. Era posiblemente la primera vez que sus miradas se cruzaban en aquel día. Clara sentía fuego en su interior y acercó sus manos esposadas hacia su vagina para así poder aliviar su calentura. “Putita, nadie te ha dado permiso para hacer eso, yo decidiré cuando debes tener placer” –le dijo él tomándole fuertemente del pelo. Le molestó que la llamara así, pero realmente eso la había excitado aún más. “Chupas muy bien, quien iba a decirlo con esa cara de niña buena que parecía nunca haber roto un plato” –le dijo él mientras sonreía complacido.

Le sujeto la cabeza y se movía como si le estuviera follando la boca. “Voy a acabar putita y no quiero que caiga ni una gota al suelo”. Sintió como el primer disparo golpeaba en su paladar y poco a poco fue tragando todo el semen que salía de la verga de su jefe. Se quedó arrodillada aún con la verga dentro de la boca y luego con su lengua fue limpiando los últimos restos.



Hizo que se levantara y se volvió a situar a su espalda. Fue quitándole el vestido para observar bien ese bello cuerpo. Ella seguía dejándose hacer sin oponer la menor resistencia. Estaba tan caliente que lo único que quería era ser atada a la cama y que la follara de una vez sin ninguna contemplación. Desde detrás le pellizcó sus duros pezones y le susurró algunas cosas obscenas en su oído. “Putita, tienes dos opciones. Puedes salir de aquí por la puerta y olvidamos lo ocurrido o te quedas trabajando como mi asistente personal, mi perrita dócil para cualquier cosa que necesite. Mi esclava deseosa de acatar todas mis órdenes. Te he dejado el contrato en la mesita. Leelo con atención y mañana sabré que decisión has tomado. Si cuando yo me levante tú estas limpiando la casa con tu uniforme, entenderé que aceptas ser mi esclava” –le dijo. Una vez dicho esto le quitó las esposas. Ella asintió con un movimiento afirmativo de su cabeza y acercando su culo a la verga de su jefe, deseaba ser follada, pero al darse la vuelta su jefe ya había abandonado la habitación. Se tumbó en la cama y se puso a recordar todo lo que había ocurrido. Le había hecho una mamada a su jefe y este ni siquiera le había dado un ligero beso antes. Pero había algo en él que la mantenía sumisa y dispuesta a hacer lo que le pidiera.

Acercó sus manos a su sexo con intención de masturbarse reviviendo mentalmente lo ocurrido, pero recordó sus palabras y le retumbaron en la cabeza: “Putita, nadie te ha dado permiso para hacer eso, yo decidiré cuando debes tener placer”. Le costó mucho pero logró contenerse. Una vez se hubo calmado recordó que el contrato estaba en su mesita y se dispuso a leerlo. Leyó solo algunos puntos, por encima sin prestar aún mucha atención, luego lo leería más atentamente.



Contrato de sumisión

Punto 1: Me comprometo a cumplir las órdenes y deseos de mi Amo. Accedo voluntariamente a ser su sumisa y le ofrezco mi cuerpo.

Punto 7: Como su sumisa residiré en su casa, lo que debo agradecer siempre que sea conveniente. No puedo cerrar ni la habitación ni el baño, así mi amo podrá entrar siempre que quiera a disfrutar de mi cuerpo y obtener placer con él.

Punto 8: Mi Amo podrá decidir que ropa o complementos debo llevar, mi vestimenta será elegida por él sin poderme negar a su decisión.

Punto 13: Sí mi Señor no ha ordenado nada podré elegir la ropa que crea conveniente, pero siempre llevaré faldas o vestidos para facilitar así un rápido acceso a mi sexo.

Punto 17: Debo estar siempre atenta y lista para acatar sus órdenes y así complacer a mi Amo.

Punto 24: Todo mi cuerpo le pertenece y podrá utilizarlo para obtener placer cuando y como lo desee.

Punto 26: No puedo hablar sin que mi Amo me haya dirigido primero la palabra.

Punto 29: Si por alguna razón no acato sus órdenes o no cumplo con el contrato, mi Amo podrá castigarme como crea oportuno o romper el contrato y así terminar con la relación.

Punto 31: A parte de mi cuerpo, mi Amo también será dueño de mi placer, así que no puedo disfrutar sin su previo permiso.

Punto 35: Deberé dirigirme a mi Amo siempre con respeto, mientras él podrá dirigirse a mí como quiera.

Yo la esclava Clara Nuñez, firmo el presente contrato el 27 de agosto de 2011.


Firma:


Por segunda noche consecutiva tuvo problemas para conciliar el sueño y todo por causa de la excitación. Tenía muchas dudas, pero sabía que terminaría firmando ese contrato.

El sol empezaba a entrar por su ventana pero él seguía tumbado en su cama. Sabía que podría haberse follado a su secretaria la noche anterior, pero no lo hizo y no fue por falta de ganas, había tenido que contenerse para no poner a su asistente en cuatro. No quería un sólo polvo de una noche, quería una esclava a sus órdenes para poder desahogarse cuando él lo encontrara conveniente y como quisiera.

Antes de salir de su habitación se masturbo pensando los planes que tenía para el domingo. Lo hizo para saciar su sed de sexo y así poder seguir haciéndose el duro, si no sería salir de la habitación y abalanzarse encima de su secretaria para follar como salvajes en el suelo. Él no tenía ninguna duda de que ella seguiría allí y dispuesta a firmar el contrato que la transformaría de su secretaría a su esclava.

 Clara se había levantado temprano para empezar con sus trabajos. Se había maquillado para quien iba a ser su Amo. Llevaba los labios pintados con un ardiente rojo y estaba vestida con su uniforme de sirvienta. Vio cómo su jefe entraba por la puerta del comedor, pero no pudo dirigirle ninguna palabra porque según el contrato ella no podía hablar primero (Punto 26: No puedo hablar sin que mi amo me haya dirigido primero la palabra). Su jefe se sentó en el sofá y se puso a observar como trabajaba su asistente. Ella seguía muy caliente pues no había podido desahogarse la noche anterior, así que limpiaba contoneándose delante de él para intentar excitarle y que le metiera esa dura verga que ya había probado con su boca. Dejó el trapero a un lado y cogió un trapo para fregar el suelo arrodillada. En esta posición se exhibía más, porque su vestido se subía dejando ver parte de su culo y con cada movimiento de sus brazos sus tetas se bamboleaban hacía delante y hacía atrás, pues no llevaba sujetador. Siguió moviéndose, cada vez más rápido, imaginando que detrás de ella estaba su Amo, moviendo el culo hacía atrás, lo que hacía que cada vez su falda estuviera más levantada, pero también hacía que su sexo estuviera más húmedo.

En un momento él pudo observar que Clara no llevaba ropa interior y vio su rosada parte íntima. Hacía rato que había visto lo que intentaba hacer su secretaria, pero sabía que realmente ella se estaba excitando igual o más que él. “Quédate quieta así como estás” –ordenó. Se quedó inmóvil como una estatua, arrodillada, con el vestido subido hasta casi su cintura y los brazos hacía adelante. Escuchó por sus pasos como se situaba detrás de ella y notó como su mano acariciaba suavemente su vagina. Lo había conseguido, por fin iba a tener a su Amo dentro e iba a alcanzar el ansiado orgasmo. Notó como algo frío entraba en sexo y apoyó su cabeza contra el suelo mientras un suspiro escapaba de su boca. Al tocar la vagina de su secretaria notó lo mojada que estaba y por lo tanto seguía excitada y no le iba a hacer falta ningún lubricante para meterle las bolas chinas. Las introdujo lentamente, escuchando un gemido por parte de Clara cada vez que una bola entraba completa. “Ahora sigue con tu trabajo” –le dijo cuando tuvo ya las dos bolas metidas. Siguió pasando el trapo por el suelo, pero a cada movimiento las bolas se movían en su interior y le hacían retorcerse de placer. Estaba ya muy sensible y no aguantaba más, pero continuó con su trabajo mientras su jefe la miraba con una sonrisa en su boca, sabiendo el sufrimiento que le estaba proporcionando. “Cuando termines con tu trabajo, preséntate en mi habitación aún con ese regalito que te he dejado en tu interior” –le ordenó.

Cuando terminó las tareas designadas fue a la habitación de su jefe. A cada paso que daba estaba más cachonda, por una parte gracias a las bolas, pero por otra por el misterio y la duda al no saber qué iba a ocurrir en esa habitación. Llamó golpeando dos veces a la puerta pero no hubo ninguna respuesta. Espero allí en la puerta, dócil y sin atreverse a abrir. A los cinco minutos obtuvo respuesta y permiso para entrar. Su jefe se encontraba sentado en un sofá, vestía unos cómodos jeans y una camisa similar a la tela del jeans, un vaso de whisky en la mano derecha y en la izquierda un habano. Un look que no tenía nada que ver con el que ella estaba acostumbrada a verle en la oficina. “¿Así que quiere seguir con tu trabajo, verdad? –preguntó él sin siquiera darse vuelta. Clara respondió con un tímido sí, intentando callar los demonios en su interior que querían gritar: “¿Es que acaso no te das cuenta? Estoy aquí, húmeda; caliente, deseosa de ser tu propiedad y lo único que haces es ignorarme. Quiero correr y que me persigas para saciar tu sed de lujuria, y no haces nada. Eres un estúpido que me ha tenido a su merced siempre pero no has sabido darte cuenta de lo que pasa frente a tus ojos”. “Lo que no sé es si está preparada, de momento he visto que es obediente y ayer ya me demostró que hace unas buenas mamadas” –le dijo él en tono despectivo.

“Por favor señor, déjeme demostrarle que puedo ser su sirvienta, su esclava” –rogó ella cayendo de rodillas al piso. “Mi putita en casa y mi secretaria sumisa en la oficina” –dijo él mientras se ponía de pie. Mirándola añadió: “Dime putita, ¿tienes novio?”. Ella respondió de inmediato: “No señor”. Parado frente a ella le preguntó: “¿Alguna vez has sido la esclava de alguien?”. “No, Amo, mis relaciones siempre han sido muy convencionales”. Él le dijo: “Pues vas a descubrir un mundo nuevo y no me llames aún amo porque no lo soy, aún no te he aceptado como mi esclava. Quiero saber si vales la pena”. “¡Desnúdate!” –ordenó con voz sería. Ella se despojó lentamente del vestido intentando ser muy sensual para su hombre. Mientras él se sirvió una copa de whisky. Se quedó sólo con los zapatos de tacón, que hacían que tuviera más levantado el culo.

Por primera vez se encontraba completamente desnuda enfrente de él. Quien estuvo observando todas sus curvas. “Date la vuelta y ábrete de piernas. Ahora quiero ver como te sacas las bolas de tu coño” –dijo le. No le costó mucho sacarlas pues estaba ya muy bien lubricada. Una vez las tuvo fuera sintió un gran vacío en su sexo, el cual tenía ganas de volver a llenar pero con la vergaa de su jefe.

Se puso detrás de ella y fue acariciando todo su cuerpo, centrándose en sus tetas y también en la parte interior de sus muslos. La esposo con las manos detrás de la espalda y le puso un antifaz sin .ojos para que no pudiera ver nada. “Desnúdame perrita” –le ordenó. De espaldas a él palpó su entrepierna y desabrochó el botón de su pantalón no sin cierta dificultad, ya que tenía las manos inmovilizadas. Bajó su cremallera y se dio la vuelta. Al tocar su torso notó que ya había quitado la camisa para facilitarle el trabajo. Ya sólo quedaba la ropa interior. Sé arrodilló delante de él y bajo sus bóxer con la boca, sin poder evitar recordar la mamada que le había dado el día anterior.
 Una vez estuvieron los dos completamente desnudos, la cogió con cierta dureza y la puso contra la pared y le susurró al oído: “Dime esclava ¿Qué es lo que quieres?”. “Fólleme” –dijo, mientras sentía alegría pues era la primera vez que se dirigía a ella como su esclava. “Creo que esa no es la forma de pedirlo” –le dijo él. “Fóllese a esta putita” –le dijo a la vez que se inclinaba con la cara apoyada contra la pared echando el culo hacia atrás hasta obtener contacto con la verga que deseaba tanto tener dentro. “Por favor Amo, su putita tiene ganas de sentir su miembro dentro y que pueda disfrutar usted por primera vez de la vagina de su sirvienta” –le decía enloquecida.

“No te he escuchado” –dijo él aumentando en ella la agonía. “Fólleme por favor” –dijo ella casi gritando y con cierta desesperación en la voz. Llevaba desde la tarde anterior siendo excitada y aún no había recibido esa dosis perfecta de placer que su cuerpo tanto le reclamaba. “Ve a la cama” –le ordenó. Ella obediente subió a la cama de rodillas y se inclinó reposando su cabeza sobre la almohada. Era la misma posición que había adoptado un rato antes mientras limpiaba el suelo. Su jefe se situó detrás y pasó su miembro lentamente por la vagina de su esclava, la cual estaba en tensión esperando ese regalo. Finalmente la metió entera de una sola embestida. No importaban los brutales movimientos, solo deseaba sucumbir ante las embestidas de toro en celo de su jefe. Ella no tardó mucho en obtener su primer orgasmo, mientras notaba como su Amo entraba y salía de su sexo y como chocaban sus testículos haciéndola disfrutar de placer. Sus tetas se balanceaban con cada embestida, estaba justo como se había imaginado un rato antes, pero nunca podría haber imaginado que obtendría tanto placer. Se sentía casi al borde del desmayo y quería sentir de una vez como su Amo acababa dentro de ella. Quería sentir ese espeso líquido golpear en su interior y sentirse así completamente de su propiedad. Se tomaba la píldora, así que no pasaba nada. Pero nada de eso ocurrió, cuando él estuvo a punto de terminar, se la sacó y acabó sobre su espalda y sobre su culo. Ella quedó un poco decepcionada, se preguntó si le había gustado a su amo y si sería digna de ser su esclava.

Su jefe se marchó de la habitación después de quitarle el antifaz y la dejó allí extasiada y aún esposada. Estuvo a punto de llorar al pensar que su jefe estaba decepcionado con ella, pero al girarse encontró en la mesita las llaves de las esposas y una carta.

Se quitó las esposas con cierta dificultad y tomó la carta que su jefe había dejado a su lado. Sus manos aún temblaban por las fuertes emociones y el placer recibido, pero también por los nervios al querer saber qué es lo que ponía en aquel texto.

Leyó punto por punto las órdenes de su Amo, en la carta se detallaba todo lo que tenía que hacer esa noche, era la noche en la que por fin sería aceptada como esclava y sería la protagonista del ritual para que su amo la tomara en propiedad. Se estudió bien todos los pasos que tenía que hacer esa noche, no quería fallarle, quería ser su esclava y firmar de una vez el contrato.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  La futura sumisa quiso estar lo más apetecible posible para su jefe, así que se depiló entera y luego se dio una ducha, la cual no calmó sus nervios ni su calentura.

Se vistió como estaba indicado en la carta. Tenía que ir completamente de blanco, tanga incluido, pero sin sujetador, así que se puso un vestido que tenía del color designado pero sin la ropa interior aún, porque quedaba un rato para la cita con su Amo y no quería llegar con la tanga bañada en sus flujos, fruto de la excitación. Finalmente estuvo maquillándose cuidadosamente y sin excesos. Tenía una tez bastante blanca, por lo tanto resaltaban mucho sus carnosos labios pintados de rojo, labios que un poco antes habían estado apretando la polla del que sería su dueño.



Tomó una rosa, también blanca que su amo había dejado en el baño, símbolo de su pureza, como también el color de las prendas que llevaba y fue hacía el comedor donde iba a suceder todo. Al entrar vio que todo estaba preparado en la mesa, siguió las órdenes de su Amo y encendió dos velas, luego apagó las luces lo que hacía que la sala tuviera una atmósfera muy sensual y misteriosa. Esperó de pie a su Amo, con la mirada baja y los brazos caídos hacía delante sujetando la blanca rosa, que justo quedaba a la altura de su entrepierna.

Su Amo se dirigió hacia ella, levantó su barbilla para mirarla a los ojos y acercó sus labios a los de su sumisa. Ella los abrió un poco esperando el ansiado beso, pero nunca llegó, porque los besos se alejaron de su boca y fueron a parar a su cuello. Antes de abandonar su el fino cuello de su secretaria, le hizo un pequeño chupón, para señalarla como de su propiedad.

“A partir de hoy serás mía en mente” –dijo él mientras acariciaba su cabeza y su cabello.
“En corazón” – mientras acariciaba la parte superior de sus pechos.
“En alma” –expresó mientras subía su mano hacía los labios de su perrita.
“Y sobre todo en cuerpo” –le susurró al oído, situando una mano en un pecho y otra por encima de su tanga.

Ella permaneció con la boca cerrada como estaba indicado en la carta y él le dio un suave beso en sus labios. Se ruborizó, casi había sentido más en ese beso que cuando su Amo la estuvo follando y es que ella empezaba a estar enamorada de su señor y este era el primer símbolo de cariño hacía ella. Clara se arrodilló y entregó la rosa a su jefe con las manos en alto, ofreciendo su pureza para que él pudiera hacer con ella lo que quisiera.

Al recibir la rosa, su jefe fue arrancado pétalo a pétalo y fueron cayendo al suelo delante de su sumisa. Estaba terminando con su pureza y ella poco a poco tenía que ir abriendo sus piernas y subiéndose el vestido para que su amo pudiera volver apreciar el cuerpo que su sumisa le estaba entregando y dándole en posesión. Inclinó la cabeza hacia adelante y dejó que su Amo le pusiera su collar de esclava, que debería llevar siempre que estuviera dentro de casa. Luego se bajó un poco la tanga mientras su Amo observaba desde atrás, para así darle una buena vista de su vagina. Ella tomó un vibrador que había en el suelo y lo introdujo en su húmeda vagina, ofreciéndose así a su Amo. Una vez dentro, echó sus brazos hacía adelante para dejarse llevar. “Ahora mi placer es tuyo, así que no puedes tener un orgasmo sin pedirme permiso” –dijo él mientras aproximaba su mano al vibrador y lo ponía en marcha. Se bajó los pantalones y la ropa interior y se sentó delante de su esclava. Se masturbaba lentamente viendo como ella recibía placer por ese vibrador.

“Amo, ¿puedo chupar su miembro?” –preguntó ella con un ligero temblor en la voz, por el placer que estaba sintiendo, gracias a la vibración en su entrepierna. Él sonrió levemente y dijo: “Sólo si te sacas el vibrador entero y te lo vuelves a meter”. Ella lo hizo inmediatamente mientras le miraba a los ojos y después se abalanzó hacía su verga engulléndola completamente. La sacó de su boca solo para lamer el glande y pasar su rosada lengua por toda ella, luego se metía solo el glande entre sus labios rojos. Besó por toda la piel, mientras le masturbaba. Él puso la mano en la nuca de su esclava y la dirigió para que se la metiera de nuevo en la boca y llevarle el ritmo de la mamada. Su vagina no paraba de vibrar, sabía que cuanto antes acabara su Amo, antes la dejaría a ella alcanzar el orgasmo, así que chupó cada vez más rápido, mientras también se iba ayudando con la mano. “Para de lamer perrita” -ordenó. Sacó casi completa la verga de la boca de su esclava, solo dejó dentro el glande y empezó a masturbarse. La esclava cerró los ojos y siguió chupando, ya sabía que era lo que iba que ocurrir y siguió sus órdenes mientras jugaba con la lengua por la punta del sexo de su jefe.
Siguió masturbándose, hasta que notó que iba a acabar, en ese momento la sacó de la boca de su esclava y acabó por su cara. El primer chorro fue a parar a sus labios, pero los que vinieron después alcanzaron también parte de su pelo y las últimas gotas cayeron a sus tetas.
“Este ha sido tu bautismo como mi esclava. Ahora solo falta que firmes el contrato para que tu cuerpo, corazón, mente y alma me pertenezcan” –dijo él. “Amo, ¿ahora puedo correrme yo por favor? –preguntó a la vez que recogía con su lengua los restos de semen que habían quedado en sus labios. “No, putita, aún no. Ahora sácate el vibrador” –respondió. Se sacó el vibrador y se quitó también el tanga para entregárselo a su Amo, ofreciéndole su intimidad. Siguiendo una pauta elaborada, ella dijo: “Le entrego también este látigo para que me castigue cuando considere que su esclava se ha portado mal o le ha fallado”. Su dueño pasó el látigo entre sus piernas, luego subió hacia sus tetas y finalmente acarició con él el culo de Clara. A lo que ella continuó diciendo: “Mi señor, tome también estas esposas, para inmovilizar este cuerpo que le pertenece”. Está bien, ahora vístete como mi esclava” –respondió él.

Ella se puso un corto vestido de color negro, con unas botas  a juego y de tacón alto. Completo su vestimenta con unos complementos, una pulsera y unos pendientes. Ahora ya sin sujetador y sin bragas para que así su Amo tuviera el acceso libre. “Putita, ponte de pie e inclina tu cuerpo hacia delante reposando tus manos en la mesa. Reclínate hasta que tus pezones rocen la fría madera” –ordenó él de manera seria. Se acercó a ella y puso su verga entre sus nalgas aún con una mediana erección. Su vagina quedaba a una buena altura por los altos tacones de sus botas. “Si quieres que te vuelva a follar, tendrás que poner tus datos en el contrato que tienes en la mesa y después firmarlo” –dijo él con ese tono autoritario que lo caracteriza en la oficina. Apretando en su vagina y luego metiéndosela mientras ella cogía un bolígrafo y empezaba a rellenar los datos debajo de la tenue luz de las dos velas. Le costaba muchísimo escribir mientras estaba siendo follada. A cada empujón ella deslizaba un poco el bolígrafo sin querer. “Ya está firmado, Amo. Soy ya oficialmente su esclava, su sumisa, el cuerpo que está follando es ya de su propiedad” –le dijo.

Su amo sopló las dos velas dejando la habitación completamente a oscuras. Giró a su esclava y le dio un lento pero cálido beso con lengua, al que ella respondió de forma más desatada y pegando sus cuerpos. Su Amo la tumbó en el sofá y continuó besándola, cada vez de forma más salvaje y restregando sus cuerpos. Volvió a metérsela y continuaron besándose sin control. A veces paraba un poco el movimiento para bajar su boca hasta los pezones de su esclava, la cual había tenido finalmente un orgasmo. No había podido pedírselo a su amo porque este seguía violándole la boca con su lengua, aunque ella no oponía ninguna resistencia a esos besos en la oscuridad.

Siguió con un profundo beso y con la polla entrando y saliendo de ese coño tan húmedo, hasta que finalmente se corrió, pero esta vez dentro de su esclava, la cual volvió a tener otro orgasmo al notar como el semen de su amo entraba en lo más dentro de su ser. “Lo quiero, Amo” –le dijo con los ojos llorosos y pegándose más a su cuerpo. No quería dejar de sentir dentro la verga de su dueño. Al sacarla se sentó en el sofá. “¡Límpiala perrita!” –fue la orden. A lo que que gustosa acudió gateando y lamió por completo, sin dejar escapar ni una sola gota de semen. El con los ojos cerrados acariciaba su pelo y le dijo: “Ahora eres mi esclava, mi asistente, pero también mi secretaria. No olvides que mañana toca ir al trabajo”.  Asintió con la cabeza mientras ella seguía limpiándole la verga como su dócil asistente.

Se había olvidado de su otra vida, entre semana tendría que seguir siendo simplemente la secretaria de su jefe, ¿o no?




Pasiones Prohibidas ®


Comentarios

  1. Este relato no le habia leido super bueno eh interesante uffff incleible

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  2. Uffff. Me encantó !!
    Que relato tan deliciosamente descriptivo
    Exquisita lectura
    He quedado tan mojada con tan solo leer....
    Con tantas ganas
    Cómo siempre mi amor me encantan tus letras Perversas 🔥🔥🔥💋💋💋

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