092. Volviendo realidad una fantasía de una ferviente lectora



“Hay tantas formas distintas de preparar café como personas existen” –recuerdo que esas fueron mis primeras palabras mientras el café se revolvía en giros al compás del humo vaporoso que ascendía anunciado su temperatura, excesiva en boca pero de cálido y penetrante aroma. Los excesos pueden llegar a quemarnos pero en la forma debida pueden convertirse en embriagador placer.

“Creo que soy demasiado rarita para esto quizás. No sé” –replicaba Jennifer con una mirada de desencantado de sus frustradas experiencias. Era una chica de metro sesenta y ocho, con ojos grandes de color marrón, pelo moreno ligeramente ondulado que redondeaba su cara, generosas carnes que acentuaban sus curvas bien proporcionadas. Vestía falda lisa negra ajustada un poco más arriba de las rodillas, medias negras, blusa blanca que transparentaba ligeramente un sujetador de coqueto bordado, sonreí para mis adentros, vestía tal y como le había sugerido. En todo primer encuentro nos gusta agradar, ¿pero aquello a dónde nos llevaría? ¿Podría probar aquel cuerpo como el café sin llegar a quemarme?

Ella había adoptado una actitud pesimista respecto al BDSM, pero sin embargo allí estaba, había accedido charlar conmigo en persona. La observaba con ojos inquisitivos, tratando de adivinar qué buscaba, tal vez sólo un interlocutor con el que poder charlar o buscaba un poco de adrenalina encontrándose cara a cara con sus fantasías. Me había conocido a través de mis relatos, me escribió para decirme que le encantaban aunque nunca reconoció los orgasmos que le había proporcionado mi prosa juguetona, pero tampoco era necesario, era evidente. Dejé que la conversación discurriese con tranquilidad fluyendo entre las experiencias sexuales y las anécdotas personales sobre quienes se habían materializado. Ella se reía, escuchaba la mayor parte del tiempo y asentía ante mis explicaciones, poco a poco y al mismo ritmo que la cafetería y su bullicio se desvanecían fui dirigiendo la conversación sobre nuestras comunes fantasías.

Había una en particular que ninguno de los dos habíamos realizado, la violación simulada. Jennifer tenía una beta brat y reconozco que es algo que encanta, me gusta tener que someter a mi presa, la entrega incondicional y obediente puede llegar a ser demasiado aburrida; y ella como buena sumisa rebelde deseaba ser sometida, revolverse, desplegar fuerza y adrenalina a partes iguales, es el summum (unir la aceleración del pulso tanto desde la mente como del propio cuerpo) ­­­­­­. Llegar a multiplicar el placer aumentando el deseo desde la negación, desde la resistencia. Discutíamos detalles, como la palabra de seguridad, el medio coactivo a emplear, una pistola simulada no llega a funcionar porque tu mente lo sabe y no te transmite la taquicardia, la sensación de peligro, el miedo ante al abismo; el cuchillo es peligroso, en el forcejeo la cosa puede acabar muy mal, el problema de las peleas simuladas es que acaban por no serlo.

Así que obviando esos detalles, decidimos centrarnos en la excitación que eso suponía, como le gustaría que sucediese, que fuese algo fuerte y rudo, notando la tensión de los músculos del violador sobre su cuerpo, sentirse indefensa. Según me lo iba explicando podía notar como sus mejillas se enrojecían de excitación, su pulso se había acelerado, podía leerlo en su cara, como se humedecía los labios cada poco, suponía como también no era lo único que se le estaba humedeciendo. ¿Cómo serían las braguitas que llevaba? Serían a juego con el sujetador, ¿llevaría tal vez tanga? Mi mirada bajó de su cara a su pecho que de forma rítmica se había acelerado, a cada inspiración más sacaba el pecho, se me dibujó una sonrisa al apreciar cómo se le habían erectado los pezones.

“Me gusta vivir en la realidad basada en sueños porque de eso se trata, de hacer realidad nuestros sueños” –fue la frase de sus correos que se me vino a la cabeza. Así que decidí darle un poco de realidad a sus sueños. Clavé mis ojos en los suyos, que sintiese mi presencia. Me levanté ligeramente y aproximé mi silla hacia la suya, hasta la distancia en que pudiese sentir mi respiración. Ella se quedó paralizada, no apartaba la mirada de mi sonrisa burlona, respiraba aún más fuerte, era como un cervatillo asustado que se ha quedado paralizado en medio de una carretera nocturna deslumbrado por los faros de un coche, pero los faros eran mis ojos café clavados en los suyos y su cara de duda. Nuestros cuerpos estaban a apenas unos pocos centímetros y era el momento de romper aún más la distancia, de abalanzarse sobre la presa, incliné mi cuerpo hacia adelante, ella trató de retirarse pero dio con el respaldo de la silla y se quedó tiesa como un palo. Acerqué mis labios a su oído y le susurré:

“Desabróchate dos botones de la camisa, quiero ver bien ese bonito sujetador que te has puesto para mí” le dije. Me recliné en mi silla, mientras tomé la taza de café para darle un sorbo, era el momento de probar si estaba en la temperatura justa o si me quemaría. El sabor amargo del café inundaba suavemente mis papilas gustativas a la vez que Jennifer como una autómata subió las manos hasta el primero de los botones de su camisa, el primero, luego el segundo y con gesto desafiante abrió con fuerza los bordes de la camisa. “¿Quieres verlo? pues te lo enseño porque quiero, porque te mueres por verme las tetas” –yo también sé jugar aparentaba decirme. Se me acentuó más la sonrisa, bien fierecilla. “Ya veo que quieres desafiarme. No sabes que has empezado a jugar con fuego y te vas a quemar” –digo para mis adentros. Me levanté de la mesa y le dije: “Nos vamos, no me había dado cuenta de la hora y se me ha hecho tarde. Te acompaño hasta el auto. Mi tono era amable pero serio. La pobre Jennifer se quedó perpleja, no entendía nada, qué demonios acababa de pasar. Su cara pasó del pasmo, a la incertidumbre para acabar en la indignación. 2Está bien, pues vámonos” –dijo. Su enojo crecía por momentos, se abotonó de nuevo la camisa, tomó su abrigo y salió delante de mí sin darme oportunidad a abrirle la puerta.

Jennifer caminaba a grandes pasos delante de mí, quería dejarme atrás, sabía que había jugado con ella y estaba rabiosa. No entendía que todo era un juego, que las normas las pongo yo y por supuesto, que el juego no había acabado. La seguí divertido a cierta distancia, mi amplia zancada me permitía jugar con los márgenes de distancia. Ella farfullaba, bufaba y resoplaba su enfado, hasta que no pudo contenerse más y se paró en seco, se giró y escupió su indignación: “¿Pero qué mierda te crees? ¿Quién te crees que eres? maldito imbécil”. Completé la distancia que nos separaba en dos pasos largos hasta quedarme a escasos centímetros, mi altura le obligó a estirar el cuello para poder sostenerme la mirada, con voz tranquila y serena le contesté: “Soy tu dueño, zorra". Antes de terminar la frase mi mano se aferró a su cuello apretándolo, tirando hacia arriba obligándola a estirar todo el cuerpo, tuvo que ponerse de puntillas para no ahogarse. “Eres mía putita, lo eres desde que leíste mis relatos y te masturbabas como una perra en celo imaginándote que eras la protagonista de mis relatos, te mueres porque te folle no puedes negarlo” –le dije con voz amenazante. “¡Suéltame cerdo! No eres más que un idiota engreído” –me responde. Intentaba soltarse peros movimientos eran en vano hasta que sus manos fueron a la garra que aprisionaba su cuello. Sin soltarla la empujé contra la pared de una fachada, quedó un poco aturdida del golpe de su cabeza contra la pared, lo que aproveché para por segunda vez en la noche rozar mis labios contra su oreja y susurrar: “Te gusta vivir en la realidad basada en sueños... porque de eso se trata, ¿no? de hacer realidad nuestros sueños, pues voy a darte una realidad que una vez fue sueño. Te voy a follar, te voy a dar la verga que llevas pidiendo a gritos desde que entraste por la puerta de la cafetería, desde que esta mañana cuando te vestías mirándote en el espejo tal y como te dije”. Deslicé la mano que tenía libre bajo la falda y subí hasta su sexo, al deslizar mis dedos subiendo por el muslo podía notar la humedad que descendía antes de llegar a su vagina. “Ya sabes cuál es la palabra de seguridad” –separé mi cara de su cuello para ponerme frente a ella. “Sueltame, mierda, te he dicho que me sueltes” –decía sin llegar a gritar, forcejeando. La mano bajo la falda siguió subiendo hasta las braguitas, incluso al tratar de apartar el fino trozo de tela que cubría sus labios vaginales, de estar tan mojada, mis dedos se deslizaron dentro de su vagina penetrándola. Soltó un gemido, mientras seguía pidiendo que la soltara, pero sus protestas se tornaron súplicas. “Por favor, suéltame, déjame” –decía con sus palabras que se entrecortaban con amplios suspiros y gemidos.

Solté su cuello y llevé mi mano al interior de mi chaqueta, en un gesto rápido saqué una navaja y la planté delante de sus ojos. Jennifer apoyada contra la pared, penetrada en su sexo por mi mano izquierda contemplaba el brillante color del acero, su pulso se aceleraba aún más, casi tanto como aumentó la humedad en su entrepierna.

Sus pupilas se dilataron quedando fijas sobre la pálida hoja de acero, la lenta forma en que se deslizaba de lado a lado del ancho de su hermoso rostro y hasta cuando apoyé el filo en su cuello, pegó un salto, un escalofrío la recorrió al sentir el frío del metal contra su cuerpo, o tal la excitación del riesgo. Recorría su cuello con el filo acariciando su piel, pero a cada caricia iba aumentando la presión contra su cuerpo. “Cuidado con lo que haces o esto podría acabar muy mal” –le dije y para demostrárselo aumenté la fuerza hasta atravesar la piel y hacerle un corte rápido y fino, se formaron unas gotas de sangre que descendían por su cuello, recogí algunas con el filo del cuchillo, las quedé mirando por unos breves segundos para llevarme la hoja a la boca y lamerla.

Jennifer estaba en shock, no se atrevía a moverse, hasta contenía la respiración para permanecer aún más quieta. Llevé el cuchillo de nuevo a su cuello muy lentamente e ir descendiendo, bajar por el escote, hasta tropezar con el primero de los botones de la camisa. “Vamos a ver bien ese sujetador que te has puesto para mí” –le dije y sin más, en un gesto seco rasgué la blusa, algunos botones saltaron por el aire otros resistieron y cedió la tela. En un segundo la blusa quedó abierta de par en par solo sostenida por los hombros. Podía contemplar su pecho respirando de forma acelerada, tenía el pulso a mil. “Qué bonito sujetador pero qué pena, porque no es esto con lo que me voy a conformar” –le decía mientras volvía a pasear la hoja ahora por su escote desnudo y sonreía. “¡Qué haces animal! ¡Ya está bien! Se acabó el juego. Esto ya no tiene gracia ¡Para!” –decía con lágrimas en los ojos. “¿Que no tiene gracia? Vas a aprender quien manda aquí” –le digo con tono amenazante y con otro gesto brusco retiré mis dedos de su vagina, y le abofeteé la cara cortando sus protestas, quedó con la cara girada recuperándose de la impresión de la bofetada, desconcertada, atemorizada y a su vez mezclada con la desesperación de que su sexo se hubiese quedado vacío.

En esa postura, pegué mi cuerpo contra el suyo, clavando mi erección en su sexo, con la mano izquierda le agarré del mentón y le susurré al oído: “Esto no acaba más que empezar, y va a ser aún más rudo y violento mientras no escuche la palabra de seguridad; lucha todo lo que quieras”. Los dedos que hace un instante estaban penetrando su sexo bañados en sus jugos se fueron deslizando hasta sus labios. “Abre la boca y chúpalos para saber que lo has entendido” –le ordené. Jennifer cerró los ojos y abrió la boca muy lentamente sin emitir ningún grito o protesta. “Así me gusta zorra, prueba tu sabor, saborea el gusto de tu sexo de zorra” –le decía con excitación. Me los estaba chupando y la muy zorra se retorció, cerró la mandíbula y me mordió con fuerza hasta hacerme sangrar. Grité de dolor y sorpresa, me retorcí con el dolor y le pegué otra bofetada, le dolió y ella también gritó liberando mis dedos y quedando contra la pared. “Así que lo quieres duro zorra, esta vez no te lo voy a tener en cuenta estamos empatados” –le dije con rabia; la agarré del cuello y la volví a levantar para dejarla ante mi cara, me miraba desafiante, con los labios rebosando con mi sangre. Giré su cara hasta encontrarse con la mía y me abalancé sobre ella, mi boca fue por la suya y empezamos a besarnos, nuestras lenguas comenzaron una danza frenética mezclándose los sabores dulces de mi sangre y los jugos de su vagina.

Detuve el beso, hundí con fuerzas sus mejillas. “¡Abre la boca zorra!” –ordené de forma autoritaria, la abrió y escupí dentro de su boca. “Sigamos con tu adiestramiento, esta noche te graduarás de puta. Veamos qué tal son esas tetas en las que voy a correrme” –le dije. La navaja volvió a silbar en el aire para partir por la mitad el sujetador, liberando los inflamados pechos, sus pezones estaban durísimos, las areolas rojas inyectadas en sangre. Froté mi entrepierna contra su vagina, le retorcí un pezón haciendo que casi se pusiera de rodillas. Jennifer palpitaba de gusto, se estaba dejando hacer, se notaba que estaba disfrutando. “Estoy siendo demasiado amable contigo” con la mano que la tenía agarraba la lancé hacia adelante hasta que dio contra su auto. Quedó con su torso apoyado sobre el capó y el culo levantado quedando ofrecido y a mi merced. “¡Mierda, bruto! ¡Para ya!” –volvió a gritar sin ser escuchada por nadie. “Eso ya me gusta más putita” –le dije y me dejé caer sobre ella apretándola contra la fría tapa del auto. Deslicé una pierna entre las suyas, separando sus piernas a patadas en los tobillos. Agarré la falda y se la levanté dejando su culo al aire, tan sólo tapado por el hilo de algodón de las braguitas. Jennifer trató de levantarse protestando, para evitar que se levantase le agarré la muñeca derecha quebrando el apoyo que acaba de hacer para incorporarse y volvió a dar de bruces contra el frío metal. Gruñó mientras le llevaba la mano a la espalda retorciendo la muñeca, saqué un par de esposas y juntando la otra muñeca quedaron atadas a la espalda.

“Estate quieta maldita zorra, aunque es mucho más divertido cuando peleas” –me reí como un sicópata y me abrí los pantalones. “Tranquila zorra que ahora viene lo que estás deseando” –le dije soltando otra carcajada. “No por favor, eso ya sí que no, para, Dios mío ayúdame. Te voy a denunciar, te vas a acordar de mí hijo de puta” –musitaba la pobre Jennifer entre el dolor de sus brazos retorcidos a la espalda, se revolvía intentando entre girarse y levantarse. Sin más preámbulo agarré mi verga, la coloqué a la entrada de su vagina, separando el empapado algodón y de un golpe se la clavé entera. “¡Ahhhhh maldito hijo de puta! ¡Qué gusto! ¡Dios mío por fin!” –gritó con todas fuerzas. “Así que quieres que te folla puta. Pídemelo, suplícalo, di que eres mi puta, que quieres ser follada por tu amo” –le decía susurrando al oído mientras mis embestidas iban de lentas y profundas a intensas. Sí, por favor, fóllame duro. Soy una puta, la puta de mi Amo, soy una zorra caliente que me vestí como una puta esperando ser follada por ti” –me decía. Su lenguaje vulgar me la puso aún más dura y más caliente sabiendo que ya era mía, y empecé un frenético mete y saca. Mis testículos chocaban contra sus nalgas, con una mano azote las bamboleantes nalgas y con la otra le agarré del pelo y tiré de su cabeza hacia mí. Ambos gemíamos.

“Vamos zorra, mueve; hazlo de la forma en que te gusta. Muéstrame cuanto disfrutas de mi verga” –le decía mientras seguía embistiéndola con fuerza. “La disfruto, no sabes como la deseaba; sentirme usada por ti desde que crucé la puerta. Me sentía tan puta cuando me mirabas en el café, tu puta” –me decía mientras sus movimientos se hacían más intensos; por Dios estaba a punto de acabar, sentía ese delicioso palpitar previo al orgasmo. “¡Ah, voy a acabar!” –gritaba. “¡Dámela hasta el fondo!” –fue lo último que alcanzó a decir, prácticamente al unísono los dos acabamos, sentía como su vagina se contraía en espasmos estrujando mi verga y acabé llenando su sexo de semen caliente. Mi pene se encogía en su vagina soltando los últimos chorros, Jennifer temblaba de gusto, apenas se tenía en pie, no se caía por estar recostaba con medio cuerpo sobre el coche.

Una vez que recuperamos el aliento, saqué mi flácida verga de su concha viendo como por sus muslos resbalaba mi semen mezclado con sus jugos. Jennifer se giró sobre su cintura, sudorosa, con las tetas al aire enrojecidas de la presión de su cuerpo y el mío contra el coche. Era una visión deliciosa sentada con las manos a la espalda, el pelo revuelto y abierta de piernas. “Eres un hijo de puta y un bruto” –me dice. Le ofrecí un cigarrillo, lo encendí y saqué uno para mí; sonreí y le dije: “Ahora tú eres mi puta. Tu deseo y perversión me pertenecen, cada línea y cada tilde de mis escritos te recordará este momento, ahora si te masturbas no será pensando en que eres la protagonista de un relato sino que serás transportaba a este viejo y oscuro estacionamiento en donde nadie oyó ni vio nada”. Me acerqué y la besé en los labios. “Suéltame, mira como me has dejado, ¿cómo voy a volver así a casa?” –me dice. “Bueno, ese es tu problema no el mío. Aunque, tienes razón. Quítate las bragas” –le dije. A lo que ella dijo: “¿Cómo? Estás loco”. “Tú verás, o eso o si quieres tener que volver desnuda del todo a casa. No te vas a limpiar, vas a ir goteando el semen de tu Amo todo el camino a casa para que recuerdes a quien perteneces” –le dije. Me acerqué a su cara y la besé, fue un largo beso que aproveché para bajar mi mano hasta su sexo, recoger un poco de esa mezcla pegajosa que escurría entre mis dedos, los que hace un rato había mordido y llevarlos hasta su boca, Jennifer entendió lo que tenía que hacer sin protestar, clavó sus ojos en los míos y lamió los dedos muy lentamente. Cuando los hubo dejado bien limpios, exclamó: “Gracias mi amo”.

Se quitó las bragas y me las dio. Se subió a su auto no sin antes darnos un beso intenso de despedida. Tomó rumbo hacia su casa, yo guardé su calzón en la guantera de mi auto y encendí otro cigarro pensando en lo que pasó. Puse las llaves, hice contacto y encendí la radio, “Feeling Good” de Michael Bublé me acompañó hasta que terminé el cigarro. Encendí el motor y me dirigí a casa.

Fue la única en que nos vimos pero siempre que publico algo en el Blog tengo un comentario de ella diciendo lo intenso que fue y que aun al pasar los años recuerda como su interior palpita cuando estuvo conmigo. “No importa con quien pueda estar, te recuerdo con ansias; sigo yendo a ese café con la esperanza que aparezcas pero no llegas. Sigo estacionando en ese viejo y solitario lugar con la emoción de que aparezcas detrás de mí y me tomes por la fuerza, ya que soy tuya y me puedes usar cuando tú quieras”.




Pasiones Prohibidas ®

Comentarios

  1. Fascinante, sin palabras publicaciones más seguidas por favor

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  2. Es un verdadero placer leer estos relatos

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  3. Sublime Mr.P sabes cómo llegar a mi mente y mas divino daber que fue para mi gracias

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  4. Imagíne todo tal cual con tu putita lectora sin duda excitante y morboso
    y claro muy ricos y Perversos momentos llenos de lujuria y complicidad mutua 🔥
    Un excelente relato mi Perverso 😈

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  5. Puedo leerlo mil veces y mil veces me gusta jejeje excelente Mr. P gracias por escribir sobre mi tu apasionada lectora 😘

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