064. Mi sirvienta, mi hembra y mi dueña 2


Había pasado ya casi un mes desde mi primer encuentro con ella, las cosas parecían marchar bien. Comencé a salir muy temprano de la escuela y regresaba directo a casa para estar con ella de suerte que apenas llegaba a casa y ya sentía cosquilleos en mi bulto. Ella se había vuelto mucho más cariñosa conmigo (cuando no estaban mis padres), casi parecíamos novios; podía besarla muy rico en la boca, abrazarla por la cintura, incluso apretar sus tetas y su culo por encima de su uniforme. La única desventaja era que no me la había vuelto a coger, ella simplemente se oponía sensualmente, diciendo cosas como "ya, déjame, espera y te voy a dar un regalo mucho mejor", lo cierto es que no me atrevía a propasarme por temor a asustarla y además me intrigaba ese "regalito". Pude descansar cuando vi en el basurero de su baño una toallita sanitaria ensangrentada, lo que demostraba que no la había embarazado.

Por ciertos días después de habérmela cogido por primera vez comencé a subir con mucha regularidad al cuartito donde dormía ella con el pretexto de platicar, pero realmente buscaba pistas para poder influir sobre ella y con el objetivo primordial de cogérmela, pero por el momento no pude hacerlo. Un día, después de salirme de clases al llegar a casa le dije que se arreglara porque íbamos a salir. “Pero no puedo, hay mucho trabajo por hacer y si viene tu mamá antes de tiempo y no me encuentra me despedirá” –dijo ella. “No te preocupes, ya sabes que por la mañana nunca viene, además te conviene porque tú no tienes ropa bonita y yo te la voy a comprar” –le dije. Era una chica de pueblo e ingenua (eso pensaba), así que pareció agradarle la idea y con la promesa de no tardarnos subió a cambiarse de ropa a su cuartito. Yo no perdí oportunidad y la seguí. Casi me suelta un portazo en la cara, pero alcancé a meter el pie y la empujé con fuerza haciendo que ella retrocediera bruscamente. No sé exactamente que provocó aquello, pero del enamoramiento morboso infantil, pasé a sentirme un verdadero macho un semental, me sentía viril y le demostraría mi hombría a esa hembra.

“Vístete para salir” –le dije con la respiración algo acelerada (me estaba excitando). Ella dijo: “Como crees que me voy a cambiar si estás aquí, además lo que estás haciendo no es de caballeros”. La atraje hacia mí y le plante un beso cachondo, paseaba morbosamente mi lengua por lo profundo de su paladar y su lengua se revolvía. Ella quiso zafarse y yo no la dejaba, después que me cansé de besarla la empujé con fuerza y cayó sobre su cama, que estaba a menos de un metro. Se me quedó mirando sorprendida y excitada a vez, pero aun así parecía dudar. “Escúchame bien, eres mi mujer y debería poseerte aquí mismo para demostrarte que quién manda aquí soy yo, el macho” –amenacé. “No te atreverías” –contestó ella. Le dije: “Mira putita, eres mi hembra y si quiero te puedo violar aquí mismo”. “Te saldría muy caro el gustito niño, además quien dice que soy tuya, el hecho de que me hayas cogido no quiere decir que te pertenezca” -contestó. De momento no supe que decir, de hecho eso me frenó en el último instante, pues ya la iba a violar, me recordó que si quería ella me podía denunciar con la policía. “Vístete” –fue mi seca pero excitada respuesta. “Así me gusta torito, que seas dócil y como premio te puedes quedar” –me dijo la muy puta. Me vino a la cabeza una idea que en ese momento no me importó, pero después analizaría muy bien: En un primer momento parecía que yo tenía el control, pero más a fondo siempre sucedía lo mismo, yo acababa por realizar buena parte de su trabajo doméstico. En casi un mes me había puesto de una manera muy sutil, con mimos y caricias a fregar platos, pisos, ordenar closets y aspirar mientras ella acababa viendo las novelas. Salía temprano de clases solo para llegar a casa a hacer su trabajo, no es que no lo notara, solo que no le daba importancia, de hecho casi me excitaba pasar de patrón a sirviente por ella. Como sea que fuere, ceremoniosamente desató el nudo del delantal blanco de su uniforme y lo dejó caer al piso, viéndome con una ligera sonrisa desabotonó la parte trasera de su blusa e igual la dejo caer, mi pene se activó como resorte, no podía hacer otra cosa que mirarla como estúpido. Finalmente bajó el cierre trasero de su falda y la dejo caer haciendo un crujido con la tela. La tenía en ropa interior y mi pene ya está tieso y húmedo. Tomó un vestido verde muy feo que había en un armario y se lo puso, era evidente que no sabía vestir. “¿Nos vamos?” -preguntó. “Sí amor” –respondí como el idiota que soy. Bajamos la escalera, cerramos la casa, subimos a mi auto y nos fuimos de compras. Pretendía llevarla a probarse ropa a un mall de la zona oriente de la ciudad, pues como vivíamos en el norte era poco factible encontrar a un conocido en el sur. Es un centro comercial lujoso al que llegamos, casi no había nadie pues era mitad de semana en la mañana y todos están ocupados, menos yo y mi "mujer".

Estacioné el auto y entramos, la tienda casi vacía. Inmediatamente la llevé a comprar las prendas más importantes, fuimos al departamento de lencería; ahí expliqué a la vendedora que quería que nos mostraran las prendas más sugestivas de tangas y brasier solo con encajes y hechos de seda, además de un body que tenía puesto un maniquí; también pedí ver unas batas y que nos mostraran medias solo de seda y ligueros a tono. Como no había nadie la vendedora trajo bastantes modelos, era evidente que a Carolina le daba vergüenza, dado que era de pueblo, sin embargo no le di oportunidad de protestar y cuando se iba a meter al probador entré yo también. La vendedora me detuvo, diciendo que eran políticas de la empresa las que prohíben ese tipo de entradas. “Mire señorita, eso ya lo sé, pero ahora no hay más clientes ni en el probador ni en su departamento; además si eso le queda a mi mujer me lo voy a llevar y usted gana una buena comisión” –le dije. Dudó un rato y luego solo me dijo: “Apúrese, no lo vaya a ver el gerente”. Entré al probador y la hice probarse algo así como veintidós prendas de tangas y sostenes, unas seis batas y doce pares de medias. No pretendía cogérmela ahí, así que hice que se la midiera con calma, limitándome a observar con lujuria y mi pene y húmedo a mi apetitosa y buena sirvienta pueblerina, de verdad que tenía un cuerpo voluptuoso. Al final se me decidí por diez tangas todas con encaje, cinco negras, una roja, una azul cielo, una gris, una color vino y una verde, algunas semitransparentes y todas de seda con sus respectivos sostenes. También me lleve el body pegado con encaje negro, igual de seda; me encantaba como hacia saltar sus tetas como si se le fueran a salir. De las medias escogí tres pares de negras, uno con encajes también negro, unas azul claro, verdes, rojas y grises; todas con encaje hasta arriba, de seda y con sus ligueros correspondientes. Una bata, además de unas botas negras de cuero con tacón ancho hasta abajo de la rodilla y unos zapatos negros de charol con tacón alto que nos trajo de improviso la vendedora. Antes de pagar nos llevó a ver vestidos, donde le compré dos minifaldas: una negra pegada y una escocesa amplia además de una falda larga negra hasta las rodillas, ajustada con una abertura hasta el muslo. También compré blusas de botones formales en colores claros y blusas ajustadas de licra negras con un gran escote que también cubrían los brazos y resaltaban las tetas.

La suma era más de 850 dólares, pero los pagué con mi tarjeta, la vendedora le dijo en secreto a Carolina algo que después me dijo ella a mí: “Te fue muy bien amiga, si te soy sincera no pensé que se fueran a llevar nada, los adolescentes casi nunca compran, se ve que la van a pasar muy bien”. “Los bebes le van a salir caros” –fue lo que le contestó Carolina, mientras las dos comenzaron a reír. Llegamos a casa justo antes de que llegara mamá, venia de mal humor y hablando del ahorro, se desquitó con Carolina gritándole y amenazando con despedirla. “No sé porque le pago tanto a esta inútil, llego y el aseo no está hecho. ¡O mejoras o te me largas!” –gritó. Si tan solo hubiera sabido que me gasté más de 850 dólares en la sirvienta, y si tan solo yo hubiera sabido que ya me tenía bajo su control.

El día transcurrió muy aburrido y lento, a la pobre Carolina no le quedó otra opción más que escuchar el regaño sin decir nada. Cuando se fue mamá a su habitación, dijo entre dientes: “Me las va a pagar y te va a doler”. “¿Que dices carolina?” -pregunté. “Nada, solo pensaba” –respondió. Con un tono machista le dije. “Pues ya deja de pensar, que eso no va contigo, además te falta preparar la comida”. Con gran fuerza le di una sonora nalgada que la hizo quejarse y mecerse hacia adelante. No le di tiempo para rezongar porque enseguida me subí a mí recamara. Resulta que esa noche mis papás esperaban a unos amigos para la cena así que mama salió un rato más tarde a peinarse al salón de belleza y no llegaría hasta la hora de la cena igual que mi padre; de mi hermano solo sabía que no estaba.

Faltaban ya poco menos de una hora para la cena y Carolina ya casi acababa de poner la mesa, en ella había una bandeja con lomo de cerdo horneado, otra con dos pollos igual horneados, un platón de ensalada de atún y otras cosas más. Ella se disponía a poner un platón de spaghetti con crema en una mano y con la otra el postre de platanitos con crema. No me había visto. Había bajado completamente desnudo y me acercaba sigilosamente atrás de ella, le di otra rica nalgada, ella saltó y yo le di la vuelta, la atraje hacia mí y le di un beso animal, la saliva le escurría por la comisura de los labios; Al mismo tiempo con una mano amasaba una de sus tetas y con la otra le estaba desabrochando la blusa, ella no podía defenderse porque tenía en las manos los platones. Como pudo los dejó en la mesa y me reclamó: “¡Estás loco! Tus papas vienen en menos de una hora y...”. La callé, pero con una bofetada, ella quedo aturdida y aproveché para empujarla, ponerla sobre la mesa y ponerme encima de ella. No obstante quería zafarse y empezó a decirme de cosas: “Los novios no hacen esto, si me amas...”. La calle metiéndole en la boca un puñado de spaghetti que tome del platón. Con unos tirones más arranqué los botones de su blusa y con uno de los cuchillos para carne le corté el sostén por enfrente descubriendo sus hermosas e infladas tetas.

De inmediato me puse a chuparlas y se me ocurrió entonces vaciarle una crema de zanahoria que estaba en una ollita sobre sus tetas, ella se retorció porque estaba caliente la crema y por si fuera poco se empezaba a ahogar con el spaghetti. No me importó y la seguí lamiendo como un becerrito que no han destetado aún, chupaba tanto que casi arrancaba sus pezones, mientras que la crema escurría ya hacia la espalda y su cintura. Dejé que se incorporara rápidamente para que no se ahogara. “Te portaste mal mi yegua y me las vas a pagar. ¿Quieres comer igual que tus patrones? Entonces hazlo” –le dije. Seguía tosiendo aun cuando arranqué una pierna del pollo y se la metí en la boca, ella no atinaba a reaccionar todavía, así que le di la vuelta, comencé a subirle la falda y empezó a patalear. Ciego de excitación y deseo le di otra nalgada con todas mis fuerzas y ella aminoró su protesta, cuando estaba subida más de la mitad la falda le abrí las piernas y acabo de subirse, con el mismo cuchillo corte sus calzones blancos.

-No te quejes, ya te compré ropa nueva-. Le dije; entonces aunque mi pito ya estaba lubricado, lo metí de lleno en el tazón de los platanitos con crema; lo moje bien, acomode a mi hembra y la penetre salvajemente por la vagina. Tomé dos puñados de spaghetti y con ellos amasaba sus tetas; Empecé a meter y sacar violentamente mi palo de su cueva, una, dos tres, cuatro, cinco, seis... Ella había escupido el pedazo de pollo y gemía como perra, poco después juro que vi y me sentí en el paraíso, grité como loco y mi pene estalló en un potente chorro de semen que inundo su vagina y escurría alrededor de esta, poco después ella gimió como gata y soltó sus abundantes jugos fuera de su vagina alrededor de mi pene, mezclados con mi semen y la crema. Caímos exhaustos sobre la mesa y me empecé a reír, le di la vuelta y la bese. “Eres mi hembra”-le dije y empecé a tomar con mi dedo y chupar la crema de zanahoria que tenía sobre sus pechos y los restos de spaghetti. “No sé qué te parezca gracioso pero ya vienen tus padres” –me dijo con algo de preocupación. “Amor, todavía tienes el tiempo justo para arreglar el desorden” –le dije. Era verdad, así que ya se disponía a entrar en acción cuando la detuve en seco. “Primero, déjame tomar de esto” –dije. Tome la mayor cantidad de nuestros flujos de su vagina y la eché en el platón del postre, ella se rio y dijo: “Ahora todos nos van a comer”. Rápidamente y así semi desnuda arregló la mesa, cambió el mantel reacomodó los platones y las bandejas de comida, volvió donde faltaba y acomodó otra vez la pierna de pollo.

Entonces la volví a parar en seco y a base de lametones le quite los restos de crema y la pasta de las tetas, el abdomen, su pubis y su vagina. Pero volví a tomar un puñado de spaghetti y se lo metí en la vagina hasta que estuvo bien llena, la besé y le dije: “Vete a cambiar, no uses calzones y cuando te toque servirme spaghetti me das esta porción que ya aparté para mí”. La besé y subió corriendo a cambiarse, bajó justo cuando llegó mi padre con sus amigos. Los invitados eran una pareja de mediana edad, mi hermano no llegó a la cena pero si mi mamá que no perdió oportunidad para regañar a Carolina. Comenzamos a cenar y vi como caían pedacitos de pasta caían de entre sus piernas debajo de su falda, me excitó ver como todos sin notarlo comían mi semen y los flujos de mi hembra. Y si pude notar como Caro revolvió el spaghetti normal con el "suyo". Casi me hizo eyacular en la mesa. Al final solo le reclamó mi mamá a caro lo salado de la comida, yo tenía ganas de soltar una carcajada.

Los invitados se fueron a eso de las once de la noche y yo a dormir a mí recamara, pero esa noche no podía dormir tranquilo. Literalmente se estaba quemando mi pene, deseaba cogerme a la sirvienta con todas mis fuerzas, era inútil, no podía dejar de pensar en su exquisito cuerpo, necesitaba manosearla, besarla y sobre todo y a cualquier precio hacerla mía. Así que perdí de nuevo la cabeza, esperé un tiempo que se me hizo eterno a que se acostaran mis padres, me quité la pijama y los calzoncillos quedando completamente desnudo; sin importarme nada, ciego de deseo salí de mí recamara con el pene tieso a buscar a mi hembra. Cerré la puerta de mí recamara con el mayor sigilo y me detuve a ver y escuchar: Nada. Bajé las escaleras rápidamente y sintiendo la frialdad del mármol bajo las plantas de mis pies.

Había llegado a la sala cuando escuche la voz de mi mamá: -¿Quién anda allí? –dijo. Me quedé helado, si bajaba me encontraría allí desnudo, en medio de la oscuridad y con el pene más tieso que un fierro. No me moví ni hice el menor ruido. “Quién…”. No acabó la frase, escuché que se abría la puerta, no podía correr pues haría ruido con las plantas de mis pies en el suelo de mármol. Además, todo estaba en silencio. Escuché que bajaba las escaleras y muy lentamente decidí a moverme, temía que oyera mi corazón que estaba reventando mi pecho del susto, estaba muy oscuro y la ventaja era que ella no tenía muy buena vista. Cuando casi llegaba a donde estaba, me puse en cuclillas y es cuando de pronto prendió una linterna y alumbró al fondo. Me sentí desfallecer, fue un instante y por una gran suerte se convenció de que no había nadie y la apagó. “Ya estás oyendo cosas” –se dijo a sí misma, dio media vuelta y subió rápidamente tanteando en la oscuridad. El corazón se quería arrancar aun de mi pecho y sudaba frío, pero me alegré y se me puso aún más tieso mi miembro, y con aire de caballero que ha pasado un gran peligro me dirigí hacia mi princesa. Crucé la cocina y salí al patio, comencé a subir la escalera de caracol metálica que llevaba a la azotea donde estaba su cuartito, me lastimaba la planta de los pies, me refrescó el viento helado de la noche.

Llegué a su puerta y toqué con sigilo, casi de inmediato se oyó su voz. “¿Quién es?” –preguntó. –“Te amo” –fue todo lo que se me ocurrió susurrar. Ella abrió la puerta y enseguida me abalancé sobre su delicioso cuerpo, no paraba de besarla y ella me correspondió. Cerré la puerta y la llevé a la cama. “Ya te divertiste hoy torito, además mañana tienes escuela y…”. “Cállate, esta noche soy para ti, no pienso ir mañana a clases y me voy a quedar contigo” –le dije. “Tus papás se van a dar cuenta y yo tengo que levantarme temprano a hacerles el desayuno” -replicó. “Eso no me importa, mañana te inventas algo y esta noche vas a ser mía, por las buenas o por las malas, depende que tanto quieras disfrutar tu violación” -sentencié. La besé y ella ya casi no ponía resistencia, llevaba puesta solo una polera que le quité sin dificultad y unos calzones que boté en la oscuridad. Ella sintió mi pene y lo masajeaba en la oscuridad que apenas velaba la luz del alumbrado público que se colaba por la ventana. Comencé a manosearla con suavidad y la bese toda completa, estábamos haciendo el amor como dos esposos, sin prisas y con pasión pues ya la había poseído en la tarde, no tenía apuro alguno, tenía la noche entera.

Cuando llegué a su vagina comencé a lamerla con mucha delicadeza, primero sus labios; luego con fuerza y firmeza pero sin prisa fui metiendo mi lengua cada vez más profundo en su húmeda cuevita, sentía como la calidez sus flujos me abrasaban la lengua, cada vez eran más espesos y su nido más suave; hasta que con mis manos separé aún más sus piernas y hundí de lleno mi cabeza en su entrepierna. Mi lengua estirada al máximo cubría su clítoris al cual lamía como gato el tazón de leche una y otra vez. Ella empezó a gemir cada vez más fuerte así que tome un trapo o algo que encontré a tientas en la cama, pues mi cabeza estaba hundida en lo profundo de su ser y se lo metí en la boca. Ella no hizo nada por quitárselo pues comprendió lo que sucedería si mis padres oían gritos o peor sus gemidos, quizás la excitaba tener algo en la boca. Seguí bañando su clítoris con mi saliva y repasándolo una y otra vez, hasta que me rodeó el cuello y la espalda con sus piernas, me apretaba con fuerza y después me tomó del pelo con sus manos y me clavaba sus uñas como gata, para finalmente arquearse felinamente y soltar gemidos apagados por su improvisada mordaza hasta temblar sin control bañándome por completo mi cara con un mar de afrodisíacos jugos vaginales; de los cuales tragué cuanto pude. Enseguida cayó distendida sobre el colchón, perdió todas sus fuerzas y sus piernas y brazos resbalaron de mí. “Gracias mi amor por darme de beber este gran néctar de dioses, te amo tanto y te lo agradeceré siempre” –le decía fuera de mí mientras me ponía a su nivel y la besaba lascivamente; ella estaba atontada por el orgasmo y se había quitado su mordaza. “Es mi turno yegua, te va a montar tu toro hasta vaciarse por completo dentro de ti” –le dije. En eso ella me dio a oler su "mordaza", tenía olor a sus pies, era una de sus medias, que ya tenía tiempo de no usar, de improviso me vendó los ojos con ellas y la poca claridad que había en el cuarto se esfumó. La otra que no sé de dónde sacó la ató a mi cuello con un doble nudo.

Después lentamente fue abriendo sus piernas y por lo húmedo de los jugo que había entre ellas simplemente resbaló mi pubis, al que solo acomodé ligeramente al tiempo que la abrazaba tiernamente y la penetré despacio, poco a poco, sintiendo cada centímetro de su estrecha vagina, con lo húmedo que ya lo tenía y lo empapada que ya estaba ella resbalaba de maravilla dándome tanto placer que creí ahogarme. Comencé a arremeter contra ella sin prisas pero muy fuertemente y ella daba pequeños quejidos de dolor que se mezclaban con gemidos que quería ahogar, en eso para que no gritara además comencé a besarla con delicadeza, una y otra vez la empalaba y la besaba cada vez más fuerte y metiendo cada vez más mi lengua y mi pene. Hasta que se volvió a arquear y a arañarme aprisionándome al mismo tiempo con sus piernas hasta que me llegó un paroxismo, la catarsis sexual donde vi y sentí el cielo y sentí que mi miembro estallaba en mil pedazos de su punta y reventaban sus venas porque estaba vaciándome dentro de ella con abundantes chorros y con gran presión que seguro se estrellaba en su útero. Sentí como de tanto semen ya no cabía mi pene.

Instantes después de acabar me abandonaron mis fuerzas, era como si cayera del paraíso a un barranco; entonces sentí una presión descomunal en mi espalda y mi cintura y como si las afiladas garras de un puma me desgarraran en tiras la piel de la espalda. Me asfixiaba y me están partiendo en dos, me sentí desfallecer mientras oía sus gemidos celestiales y sentía sus convulsiones violentas. Sentí como mi verga, mis testículos y mi pubis eran mojados por más de sus jugos del amor y como ella también perdía sus fuerzas hasta relajar hasta el  último de sus músculos. Estábamos empapados en sudor, tanto que se me metía en los ojos, todo me sabía a ella y sal. Ambos no teníamos fuerzas y estábamos exhaustos, así abrazados, ella penetrada aún y medio muertos nos quedamos dormidos; Solo recuerdo haberla besado y haberme quitado mi venda; también que ella con sus últimas fuerzas jaló una colcha para taparnos a los dos. Después no supe nada más, excepto que esa noche fue la que mejor había dormido en mi vida, me sentía un gran hombre y un semental de primera, era un toro muy macho y me había cogido a mi yegua.

Desperté al amanecer y la escasa luz de la aurora se colaba ya por la única ventana del cuartito, hacia frío y mi pene se había resbalado de su vagina, me aparté un poco y la observé desnuda a la luz tenue, seguíamos mojados por el sudor pero era ya un sudor frío, supongo se enfrió durante la noche. Así desnuda, inconsciente y sudada me pareció la mujer más excitante sobre la tierra, dormía tranquilamente y su respiración era relajada. No sabía que habría de suceder pero estaba dispuesto a TODO por ella, olía a sudor y sal. La besé tiernamente en los labios, la abracé pegándome otra vez hacia ella hasta sentir su aliento en mi rostro. Nos tapé de nuevo y me ganó el cansancio, me volví a dormir más feliz que nunca. No oí sonar su despertador ni sentí cuando se levantó y se zafó de mis brazos; desperté alrededor de las 11 de la mañana y eso por el ruido de la calle, porque la puerta del cuartito estaba abierta. Al abrir los ojos no supe dónde estaba ni porque está allí, sino hasta después de recordar lo sucedido la noche anterior. Miré el despertador, no de verdad que no había ido a la escuela, otro día de clases perdido; me sentía pegajoso y relajado como cuando se descansa de un gran esfuerzo. Me senté en la cama, aun flotaba un olor a sexo aun estando abierta la puerta y la ventana.

Me estiré muy larga y fuertemente todo mi cuerpo, moviendo juguetonamente los dedos de mis pies; respiré hondo, me sentía bien. El cuartito estaba desordenado (no era costumbre de ella arreglarlo), no vi mi ropa; Recordé entonces que subí desnudo la noche anterior. ¿Cómo iba a bajar ahora? Pues ya había decidido arriesgarlo todo por una mujer ¡Qué más da que piensen los vecinos! Al cuartito no lo puede observar por dentro ningún vecino desde su azotea, pero al bajar al menos sería posible que me vieran desde tres casas. No me importó, seguía todavía con sueño, había descansado pero no del todo. Busqué en las bolsas del almacén donde le compré su ropa, busqué la bata de noche, pero no para ponérmela; la sujete hecha un paquete en mi mano izquierda y salí del cuartito. Me importaba un bledo si alguien me veía o no, me volví a estirar y sin prisas así completamente desnudo bajé la escalera. Encontré a mi hembra trapeando el suelo de la cocina, traía su uniforme de costumbre, estaba de espaldas, me le acerqué y la abracé de la cintura, ella se rio coquetamente y volteó su cabeza; entonces le quité un broche que tenía en el pelo y la despeiné. La besé con pasión de esposo que da los buenos días a su mujer, ella se dio la vuelta sonriendo, nos abrazamos y nos besamos tranquilamente.

En eso comencé a desabrochar su blusa, ella se separó de inmediato, me dijo: “No puedo más te lo juro, me estoy cayendo de cansancio”. Pero no era mi plan cogérmela, no le hice caso y cuando terminé de desabrochar su blusa y la hube aventado a un rincón, comencé a desabrocharle el sostén e igual lo aventé. “De verdad que ahora no puedo” –me dijo. Pero ya había bajado el cierre de su falda y esta se deslizaba al suelo; estaba con su tanga que estrenaba ahora, la bajé con los dientes al tiempo que acariciaba sus piernas. Con devoción le quité esos zapatos bajos y le dije: “No, mi amor no te voy a coger otra vez, por el momento, pero quiero que te quedes así, desnuda hasta que llegue mi mamá en la tarde. ¿Entendiste?”. Me dijo que sí con un beso y un cálido abrazo; estaba pegajosa, no sé había bañado aun. “Hazme el desayuno y rápido” –le dije dándole una sonora nalgada que al poco rato se le puso roja la nalga.

“¿Qué quiere mi torito para desayunar?” –me dijo. “Tú eres mi hembra, tú debes de saber que me conviene” –le respondí y para sentirme más macho le di una ligera bofetada, a lo cual respondió apretándome los testículos hasta doblarme, pero cuando me repuse le di otra bofetada, fuerte esta vez y le ordené: “¡Responde!”. “Bien torito, tu yegua te va a preparar un desayuno muy nutritivo para que sigas teniendo esa virilidad de semental” –me dijo, y continuó: “Te voy a preparar un buen filete asado con bastantes papas y unos huevos fritos”. “¿Y el postre perra?” –le grité al tiempo de darle otra nalgada. “De postre cariño, te voy dar un yogurt de crema con miel para que tengas muchas energías”–me dijo maliciosamente. “¿Para que querría muchas energías golfa?” –le dije con enojo fingido. “Para hacerme tuya torito” –me dijo riéndose. “Eso me gusta linda, empieza ya mientras te castigo, por cierto mientras los huevos fritos no sean los míos” –le dije, y nos reímos largamente.

Espere hasta que tenía en el sartén en filete y le di una nalgada que la hizo quejarse. “Eso es para que no me vuelvas a apretar los testículos, ¿entendiste?” –le dije muy serio. “Perdón torito me deje llevar” –dijo algo confundida. Le dije: “Que no se repita, además en estos días y gracias a ti ellos piensan en lugar de mis neuronas, los uso ya en lugar de la cabeza”. Dicho esto le arrimé mi pene entre su culo y le di otras dos nalgadas. A la tercera casi puedo jurar que la oí gemir.

Como sea preparó desayunos para los dos, pues ella no había desayunado aun y me platicó lo sucedido en la mañana. Como me vio exhausto y había dicho que pensaba no ir a clases no me despertó, tenía un frío horrible, mucho cansancio y sueño, y quería quedarse a dormir a mi lado, pero sabía que si no bajaba a hacer el desayuno para mi hermano y mis papás la iban a despedir. Entonces como pudo se vistió y bajó a hacer el desayuno; mi mamá la regañó por su aspecto descuidado y le preguntó por mí. Ella dijo que ya me había ido a la escuela (pues yo siempre me voy antes que ellos, porque entro más temprano), comieron y se fueron; pero mi mamá para molestarla le dejó mucho trabajo, por eso no subió conmigo después, ya que quería adelantarlo para cuando yo despertara. Desayunamos tranquilamente y desnudos, me pregunto si no me daba frío y le dije que ya estaba acostumbrado a andar encuerado. Luego le conté como casi me descubre anoche mamá y nos reímos de como todos ayer se comieron literalmente mi semen y su flujo; también como les gustó pero lo encontraron salado. Le mencioné que bajé su bata para que la estrenara después de ducharnos.

Entonces me dijo que si quería una cerveza, le dije que no, pues yo no tomo, pero insistió tan tiernamente que acepté. También de improviso sacó una de sus medias que tenía escondida, me la ató al cuello y me dijo: “Torito, necesito asegurarme que no te me vas a descarriar por eso te pongo este collar/correa, con todo mi amor”. “Eso es para los perros” –contesté, pero ella dijo: “Y para ti, que es más o menos lo mismo” –lo dijo con autoridad y apretó más el nudo. En efecto parecía un collar y el extremo del encaje lo usaba como la cadena de la correa, me beso y me dijo: “Si me amas déjatelo” –eso era más de lo que podía objetar y le di gusto con su capricho. Bebimos 3 cervezas y platicamos alegremente, yo como no estoy acostumbrado ya estaba mareado y me estaba excitando, cuando llegamos al postre. Del cual sustituí el pan donde iba la miel por sus tetas, las cuales lamía como un cachorrito según ella. Antes de que pasara a mayores consecuencias y viendo ella que yo perdía el control, me jaló de su media que ahora era mi correa hacia el baño de arriba, donde preparó el agua para que nos ducháramos, llevó con nosotros su bata y dos cervezas, pues ella estaba como si no hubiera tomado nada. En lo que preparaba la temperatura del agua me hizo beberme otra cerveza y la restante se la vació en las tetas y yo la bebí de ahí. Cuando estuvo el agua me quito mi collar de media y nos metimos a la regadera. El agua estaba perfecta y nos bañamos el uno al otro pero estaba muy mareado y no pude siquiera intentar cogérmela. Eso sí, nos abrazamos, acariciamos y besamos cuanto quisimos; al final ella se puso su bata de seda y por lo mojada que estaba se le pego al cuerpo transparentándosele los pezones, yo me empecé a secar con una toalla y la seguí pues fue a la habitación de mis padres y usó la secadora de cabello de mamá para secarse el pelo, después tomó un perfume de ella, abrió bien las piernas y se lo hecho en sus labios vaginales. Yo como perro inmediatamente me acerqué a olfatearla. Entonces tomó un collar de perlas de mamá y un barniz especial de uñas y se sentó en la cama, yo me eché a sus pies y me dio el barniz para que se lo pusiera, torpemente por lo mareado que estaba, besé sus pies y comencé a ponérselo en sus uñas; mientras ella se ponía el collar y se miraba en un gran espejo que había allí. Me decía: “¿Acaso no luzco bonita?”. Yo quería decirle que se veía endiabladamente hermosa, con esas piernas de modelo, esos muslos morenos que salían de las aberturas de la bata, esos pies de diosa que adoro como a un ídolo, ese pelo azabache y largo y esa teta inflada que se le salía por la bata a medio cerrar que por el agua se le pegaba al cuerpo y le remarcaba el otro pezón que escondía. Ese cuello de cisne negro con ese collar tan elegante ajustado a su cuello.

Pero estaba ya borracho y no pude más, me desplomé, así arrodillado caí a sus pies, diría que estaba como flotando. Así que ella me tomó y me llevó como sonámbulo a mi habitación donde se metió a la cama conmigo, me abrazó y la bata se le abrió completamente por lo que pegué mi cuerpo al suyo, ambos desnudos. Me puso una pierna encima, nos abrazamos y me pegué a una de sus tetas, la empecé a succionar como un bebé a un biberón, ella me estaba amamantando tiernamente. Entonces nos quedamos dormidos hasta entrada la tarde.



Pasiones Prohibidas ®

Comentarios

  1. Me gustó una muy excitante lectura está interesante pues es una mezcla de todo
    Lo demás ya te lo dije 🔥😘

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