Había
pasado ya casi un mes desde mi primer encuentro con ella, las cosas parecían
marchar bien. Comencé a salir muy temprano de la escuela y regresaba directo a
casa para estar con ella de suerte que apenas llegaba a casa y ya sentía
cosquilleos en mi bulto. Ella se había vuelto mucho más cariñosa conmigo
(cuando no estaban mis padres), casi parecíamos novios; podía besarla muy rico
en la boca, abrazarla por la cintura, incluso apretar sus tetas y su culo por
encima de su uniforme. La única desventaja era que no me la había vuelto a
coger, ella simplemente se oponía sensualmente, diciendo cosas como "ya,
déjame, espera y te voy a dar un regalo mucho mejor", lo cierto es que no
me atrevía a propasarme por temor a asustarla y además me intrigaba ese
"regalito". Pude descansar cuando vi en el basurero de su baño una
toallita sanitaria ensangrentada, lo que demostraba que no la había embarazado.
Por
ciertos días después de habérmela cogido por primera vez comencé a subir con
mucha regularidad al cuartito donde dormía ella con el pretexto de platicar,
pero realmente buscaba pistas para poder influir sobre ella y con el objetivo
primordial de cogérmela, pero por el momento no pude hacerlo. Un día, después
de salirme de clases al llegar a casa le dije que se arreglara porque íbamos a
salir. “Pero no puedo, hay mucho trabajo por hacer y si viene tu mamá antes de
tiempo y no me encuentra me despedirá” –dijo ella. “No te preocupes, ya sabes
que por la mañana nunca viene, además te conviene porque tú no tienes ropa bonita
y yo te la voy a comprar” –le dije. Era una chica de pueblo e ingenua (eso
pensaba), así que pareció agradarle la idea y con la promesa de no tardarnos
subió a cambiarse de ropa a su cuartito. Yo no perdí oportunidad y la seguí. Casi
me suelta un portazo en la cara, pero alcancé a meter el pie y la empujé con
fuerza haciendo que ella retrocediera bruscamente. No sé exactamente que
provocó aquello, pero del enamoramiento morboso infantil, pasé a sentirme un verdadero
macho un semental, me sentía viril y le demostraría mi hombría a esa hembra.
“Vístete
para salir” –le dije con la respiración algo acelerada (me estaba excitando).
Ella dijo: “Como crees que me voy a cambiar si estás aquí, además lo que estás haciendo
no es de caballeros”. La atraje hacia mí y le plante un beso cachondo, paseaba
morbosamente mi lengua por lo profundo de su paladar y su lengua se revolvía.
Ella quiso zafarse y yo no la dejaba, después que me cansé de besarla la empujé
con fuerza y cayó sobre su cama, que estaba a menos de un metro. Se me quedó
mirando sorprendida y excitada a vez, pero aun así parecía dudar. “Escúchame
bien, eres mi mujer y debería poseerte aquí mismo para demostrarte que quién
manda aquí soy yo, el macho” –amenacé. “No te atreverías” –contestó ella. Le
dije: “Mira putita, eres mi hembra y si quiero te puedo violar aquí mismo”. “Te
saldría muy caro el gustito niño, además quien dice que soy tuya, el hecho de
que me hayas cogido no quiere decir que te pertenezca” -contestó. De momento no
supe que decir, de hecho eso me frenó en el último instante, pues ya la iba a
violar, me recordó que si quería ella me podía denunciar con la policía.
“Vístete” –fue mi seca pero excitada respuesta. “Así me gusta torito, que seas
dócil y como premio te puedes quedar” –me dijo la muy puta. Me vino a la cabeza
una idea que en ese momento no me importó, pero después analizaría muy bien: En un primer momento parecía que yo tenía
el control, pero más a fondo siempre sucedía lo mismo, yo acababa por realizar
buena parte de su trabajo doméstico. En casi un mes me había puesto de una
manera muy sutil, con mimos y caricias a fregar platos, pisos, ordenar closets
y aspirar mientras ella acababa viendo las novelas. Salía temprano de clases
solo para llegar a casa a hacer su trabajo, no es que no lo notara, solo que no
le daba importancia, de hecho casi me excitaba pasar de patrón a sirviente por
ella. Como sea que fuere, ceremoniosamente desató el nudo del delantal blanco
de su uniforme y lo dejó caer al piso, viéndome con una ligera sonrisa
desabotonó la parte trasera de su blusa e igual la dejo caer, mi pene se activó
como resorte, no podía hacer otra cosa que mirarla como estúpido. Finalmente
bajó el cierre trasero de su falda y la dejo caer haciendo un crujido con la
tela. La tenía en ropa interior y mi pene ya está tieso y húmedo. Tomó un
vestido verde muy feo que había en un armario y se lo puso, era evidente que no
sabía vestir. “¿Nos vamos?” -preguntó. “Sí amor” –respondí como el idiota que
soy. Bajamos la escalera, cerramos la casa, subimos a mi auto y nos fuimos de
compras. Pretendía llevarla a probarse ropa a un mall de la zona oriente de la
ciudad, pues como vivíamos en el norte era poco factible encontrar a un
conocido en el sur. Es un centro comercial lujoso al que llegamos, casi no
había nadie pues era mitad de semana en la mañana y todos están ocupados, menos
yo y mi "mujer".
Estacioné
el auto y entramos, la tienda casi vacía. Inmediatamente la llevé a comprar las
prendas más importantes, fuimos al departamento de lencería; ahí expliqué a la
vendedora que quería que nos mostraran las prendas más sugestivas de tangas y
brasier solo con encajes y hechos de seda, además de un body que tenía puesto
un maniquí; también pedí ver unas batas y que nos mostraran medias solo de seda
y ligueros a tono. Como no había nadie la vendedora trajo bastantes modelos,
era evidente que a Carolina le daba vergüenza, dado que era de pueblo, sin
embargo no le di oportunidad de protestar y cuando se iba a meter al probador
entré yo también. La vendedora me detuvo, diciendo que eran políticas de la
empresa las que prohíben ese tipo de entradas. “Mire señorita, eso ya lo sé,
pero ahora no hay más clientes ni en el probador ni en su departamento; además
si eso le queda a mi mujer me lo voy a llevar y usted gana una buena comisión”
–le dije. Dudó un rato y luego solo me dijo: “Apúrese, no lo vaya a ver el
gerente”. Entré al probador y la hice probarse algo así como veintidós prendas
de tangas y sostenes, unas seis batas y doce pares de medias. No pretendía
cogérmela ahí, así que hice que se la midiera con calma, limitándome a observar
con lujuria y mi pene y húmedo a mi apetitosa y buena sirvienta pueblerina, de
verdad que tenía un cuerpo voluptuoso. Al final se me decidí por diez tangas
todas con encaje, cinco negras, una roja, una azul cielo, una gris, una color
vino y una verde, algunas semitransparentes y todas de seda con sus respectivos
sostenes. También me lleve el body pegado con encaje negro, igual de seda; me
encantaba como hacia saltar sus tetas como si se le fueran a salir. De las
medias escogí tres pares de negras, uno con encajes también negro, unas azul
claro, verdes, rojas y grises; todas con encaje hasta arriba, de seda y con sus
ligueros correspondientes. Una bata, además de unas botas negras de cuero con
tacón ancho hasta abajo de la rodilla y unos zapatos negros de charol con tacón
alto que nos trajo de improviso la vendedora. Antes de pagar nos llevó a ver
vestidos, donde le compré dos minifaldas: una negra pegada y una escocesa
amplia además de una falda larga negra hasta las rodillas, ajustada con una
abertura hasta el muslo. También compré blusas de botones formales en colores
claros y blusas ajustadas de licra negras con un gran escote que también
cubrían los brazos y resaltaban las tetas.
La
suma era más de 850 dólares, pero los pagué con mi tarjeta, la vendedora le
dijo en secreto a Carolina algo que después me dijo ella a mí: “Te fue muy bien
amiga, si te soy sincera no pensé que se fueran a llevar nada, los adolescentes
casi nunca compran, se ve que la van a pasar muy bien”. “Los bebes le van a
salir caros” –fue lo que le contestó Carolina, mientras las dos comenzaron a
reír. Llegamos a casa justo antes de que llegara mamá, venia de mal humor y
hablando del ahorro, se desquitó con Carolina gritándole y amenazando con
despedirla. “No sé porque le pago tanto a esta inútil, llego y el aseo no está
hecho. ¡O mejoras o te me largas!” –gritó. Si tan solo hubiera sabido que me
gasté más de 850 dólares en la sirvienta, y si tan solo yo hubiera sabido que
ya me tenía bajo su control.
El
día transcurrió muy aburrido y lento, a la pobre Carolina no le quedó otra
opción más que escuchar el regaño sin decir nada. Cuando se fue mamá a su habitación,
dijo entre dientes: “Me las va a pagar y te va a doler”. “¿Que dices carolina?”
-pregunté. “Nada, solo pensaba” –respondió. Con un tono machista le dije. “Pues
ya deja de pensar, que eso no va contigo, además te falta preparar la comida”.
Con gran fuerza le di una sonora nalgada que la hizo quejarse y mecerse hacia
adelante. No le di tiempo para rezongar porque enseguida me subí a mí recamara.
Resulta que esa noche mis papás esperaban a unos amigos para la cena así que
mama salió un rato más tarde a peinarse al salón de belleza y no llegaría hasta
la hora de la cena igual que mi padre; de mi hermano solo sabía que no estaba.
Faltaban
ya poco menos de una hora para la cena y Carolina ya casi acababa de poner la
mesa, en ella había una bandeja con lomo de cerdo horneado, otra con dos pollos
igual horneados, un platón de ensalada de atún y otras cosas más. Ella se
disponía a poner un platón de spaghetti con crema en una mano y con la otra el
postre de platanitos con crema. No me había visto. Había bajado completamente
desnudo y me acercaba sigilosamente atrás de ella, le di otra rica nalgada,
ella saltó y yo le di la vuelta, la atraje hacia mí y le di un beso animal, la
saliva le escurría por la comisura de los labios; Al mismo tiempo con una mano
amasaba una de sus tetas y con la otra le estaba desabrochando la blusa, ella
no podía defenderse porque tenía en las manos los platones. Como pudo los dejó
en la mesa y me reclamó: “¡Estás loco! Tus papas vienen en menos de una hora
y...”. La callé, pero con una bofetada, ella quedo aturdida y aproveché para
empujarla, ponerla sobre la mesa y ponerme encima de ella. No obstante quería
zafarse y empezó a decirme de cosas: “Los novios no hacen esto, si me amas...”.
La calle metiéndole en la boca un puñado de spaghetti que tome del platón. Con
unos tirones más arranqué los botones de su blusa y con uno de los cuchillos
para carne le corté el sostén por enfrente descubriendo sus hermosas e infladas
tetas.
De
inmediato me puse a chuparlas y se me ocurrió entonces vaciarle una crema de
zanahoria que estaba en una ollita sobre sus tetas, ella se retorció porque
estaba caliente la crema y por si fuera poco se empezaba a ahogar con el spaghetti.
No me importó y la seguí lamiendo como un becerrito que no han destetado aún,
chupaba tanto que casi arrancaba sus pezones, mientras que la crema escurría ya
hacia la espalda y su cintura. Dejé que se incorporara rápidamente para que no
se ahogara. “Te portaste mal mi yegua y me las vas a pagar. ¿Quieres comer
igual que tus patrones? Entonces hazlo” –le dije. Seguía tosiendo aun cuando
arranqué una pierna del pollo y se la metí en la boca, ella no atinaba a
reaccionar todavía, así que le di la vuelta, comencé a subirle la falda y empezó
a patalear. Ciego de excitación y deseo le di otra nalgada con todas mis
fuerzas y ella aminoró su protesta, cuando estaba subida más de la mitad la
falda le abrí las piernas y acabo de subirse, con el mismo cuchillo corte sus
calzones blancos.
-No
te quejes, ya te compré ropa nueva-. Le dije; entonces aunque mi pito ya estaba
lubricado, lo metí de lleno en el tazón de los platanitos con crema; lo moje
bien, acomode a mi hembra y la penetre salvajemente por la vagina. Tomé dos
puñados de spaghetti y con ellos amasaba sus tetas; Empecé a meter y sacar
violentamente mi palo de su cueva, una, dos tres, cuatro, cinco, seis... Ella
había escupido el pedazo de pollo y gemía como perra, poco después juro que vi
y me sentí en el paraíso, grité como loco y mi pene estalló en un potente
chorro de semen que inundo su vagina y escurría alrededor de esta, poco después
ella gimió como gata y soltó sus abundantes jugos fuera de su vagina alrededor
de mi pene, mezclados con mi semen y la crema. Caímos exhaustos sobre la mesa y
me empecé a reír, le di la vuelta y la bese. “Eres mi hembra”-le dije y empecé
a tomar con mi dedo y chupar la crema de zanahoria que tenía sobre sus pechos y
los restos de spaghetti. “No sé qué te parezca gracioso pero ya vienen tus
padres” –me dijo con algo de preocupación. “Amor, todavía tienes el tiempo
justo para arreglar el desorden” –le dije. Era verdad, así que ya se disponía a
entrar en acción cuando la detuve en seco. “Primero, déjame tomar de esto”
–dije. Tome la mayor cantidad de nuestros flujos de su vagina y la eché en el
platón del postre, ella se rio y dijo: “Ahora todos nos van a comer”. Rápidamente
y así semi desnuda arregló la mesa, cambió el mantel reacomodó los platones y
las bandejas de comida, volvió donde faltaba y acomodó otra vez la pierna de
pollo.
Entonces
la volví a parar en seco y a base de lametones le quite los restos de crema y
la pasta de las tetas, el abdomen, su pubis y su vagina. Pero volví a tomar un
puñado de spaghetti y se lo metí en la vagina hasta que estuvo bien llena, la
besé y le dije: “Vete a cambiar, no uses calzones y cuando te toque servirme
spaghetti me das esta porción que ya aparté para mí”. La besé y subió corriendo
a cambiarse, bajó justo cuando llegó mi padre con sus amigos. Los invitados
eran una pareja de mediana edad, mi hermano no llegó a la cena pero si mi mamá
que no perdió oportunidad para regañar a Carolina. Comenzamos a cenar y vi como
caían pedacitos de pasta caían de entre sus piernas debajo de su falda, me
excitó ver como todos sin notarlo comían mi semen y los flujos de mi hembra. Y
si pude notar como Caro revolvió el spaghetti normal con el "suyo".
Casi me hizo eyacular en la mesa. Al final solo le reclamó mi mamá a caro lo
salado de la comida, yo tenía ganas de soltar una carcajada.
Los
invitados se fueron a eso de las once de la noche y yo a dormir a mí recamara,
pero esa noche no podía dormir tranquilo. Literalmente se estaba quemando mi
pene, deseaba cogerme a la sirvienta con todas mis fuerzas, era inútil, no
podía dejar de pensar en su exquisito cuerpo, necesitaba manosearla, besarla y
sobre todo y a cualquier precio hacerla mía. Así que perdí de nuevo la cabeza,
esperé un tiempo que se me hizo eterno a que se acostaran mis padres, me quité
la pijama y los calzoncillos quedando completamente desnudo; sin importarme
nada, ciego de deseo salí de mí recamara con el pene tieso a buscar a mi
hembra. Cerré la puerta de mí recamara con el mayor sigilo y me detuve a ver y
escuchar: Nada. Bajé las escaleras rápidamente y sintiendo la frialdad del
mármol bajo las plantas de mis pies.
Había
llegado a la sala cuando escuche la voz de mi mamá: -¿Quién anda allí? –dijo. Me
quedé helado, si bajaba me encontraría allí desnudo, en medio de la oscuridad y
con el pene más tieso que un fierro. No me moví ni hice el menor ruido.
“Quién…”. No acabó la frase, escuché que se abría la puerta, no podía correr
pues haría ruido con las plantas de mis pies en el suelo de mármol. Además,
todo estaba en silencio. Escuché que bajaba las escaleras y muy lentamente decidí
a moverme, temía que oyera mi corazón que estaba reventando mi pecho del susto,
estaba muy oscuro y la ventaja era que ella no tenía muy buena vista. Cuando
casi llegaba a donde estaba, me puse en cuclillas y es cuando de pronto prendió
una linterna y alumbró al fondo. Me sentí desfallecer, fue un instante y por
una gran suerte se convenció de que no había nadie y la apagó. “Ya estás oyendo
cosas” –se dijo a sí misma, dio media vuelta y subió rápidamente tanteando en
la oscuridad. El corazón se quería arrancar aun de mi pecho y sudaba frío, pero
me alegré y se me puso aún más tieso mi miembro, y con aire de caballero que ha
pasado un gran peligro me dirigí hacia mi princesa. Crucé la cocina y salí al
patio, comencé a subir la escalera de caracol metálica que llevaba a la azotea
donde estaba su cuartito, me lastimaba la planta de los pies, me refrescó el
viento helado de la noche.
Llegué
a su puerta y toqué con sigilo, casi de inmediato se oyó su voz. “¿Quién es?”
–preguntó. –“Te amo” –fue todo lo que se me ocurrió susurrar. Ella abrió la
puerta y enseguida me abalancé sobre su delicioso cuerpo, no paraba de besarla
y ella me correspondió. Cerré la puerta y la llevé a la cama. “Ya te divertiste
hoy torito, además mañana tienes escuela y…”. “Cállate, esta noche soy para ti,
no pienso ir mañana a clases y me voy a quedar contigo” –le dije. “Tus papás se
van a dar cuenta y yo tengo que levantarme temprano a hacerles el desayuno”
-replicó. “Eso no me importa, mañana te inventas algo y esta noche vas a ser
mía, por las buenas o por las malas, depende que tanto quieras disfrutar tu
violación” -sentencié. La besé y ella ya casi no ponía resistencia, llevaba
puesta solo una polera que le quité sin dificultad y unos calzones que boté en
la oscuridad. Ella sintió mi pene y lo masajeaba en la oscuridad que apenas
velaba la luz del alumbrado público que se colaba por la ventana. Comencé a
manosearla con suavidad y la bese toda completa, estábamos haciendo el amor
como dos esposos, sin prisas y con pasión pues ya la había poseído en la tarde,
no tenía apuro alguno, tenía la noche entera.
Cuando
llegué a su vagina comencé a lamerla con mucha delicadeza, primero sus labios;
luego con fuerza y firmeza pero sin prisa fui metiendo mi lengua cada vez más
profundo en su húmeda cuevita, sentía como la calidez sus flujos me abrasaban
la lengua, cada vez eran más espesos y su nido más suave; hasta que con mis
manos separé aún más sus piernas y hundí de lleno mi cabeza en su entrepierna.
Mi lengua estirada al máximo cubría su clítoris al cual lamía como gato el
tazón de leche una y otra vez. Ella empezó a gemir cada vez más fuerte así que
tome un trapo o algo que encontré a tientas en la cama, pues mi cabeza estaba
hundida en lo profundo de su ser y se lo metí en la boca. Ella no hizo nada por
quitárselo pues comprendió lo que sucedería si mis padres oían gritos o peor
sus gemidos, quizás la excitaba tener algo en la boca. Seguí bañando su
clítoris con mi saliva y repasándolo una y otra vez, hasta que me rodeó el cuello
y la espalda con sus piernas, me apretaba con fuerza y después me tomó del pelo
con sus manos y me clavaba sus uñas como gata, para finalmente arquearse
felinamente y soltar gemidos apagados por su improvisada mordaza hasta temblar
sin control bañándome por completo mi cara con un mar de afrodisíacos jugos
vaginales; de los cuales tragué cuanto pude. Enseguida cayó distendida sobre el
colchón, perdió todas sus fuerzas y sus piernas y brazos resbalaron de mí. “Gracias
mi amor por darme de beber este gran néctar de dioses, te amo tanto y te lo
agradeceré siempre” –le decía fuera de mí mientras me ponía a su nivel y la
besaba lascivamente; ella estaba atontada por el orgasmo y se había quitado su
mordaza. “Es mi turno yegua, te va a montar tu toro hasta vaciarse por completo
dentro de ti” –le dije. En eso ella me dio a oler su "mordaza", tenía
olor a sus pies, era una de sus medias, que ya tenía tiempo de no usar, de
improviso me vendó los ojos con ellas y la poca claridad que había en el cuarto
se esfumó. La otra que no sé de dónde sacó la ató a mi cuello con un doble
nudo.
Después
lentamente fue abriendo sus piernas y por lo húmedo de los jugo que había entre
ellas simplemente resbaló mi pubis, al que solo acomodé ligeramente al tiempo
que la abrazaba tiernamente y la penetré despacio, poco a poco, sintiendo cada
centímetro de su estrecha vagina, con lo húmedo que ya lo tenía y lo empapada
que ya estaba ella resbalaba de maravilla dándome tanto placer que creí
ahogarme. Comencé a arremeter contra ella sin prisas pero muy fuertemente y
ella daba pequeños quejidos de dolor que se mezclaban con gemidos que quería
ahogar, en eso para que no gritara además comencé a besarla con delicadeza, una
y otra vez la empalaba y la besaba cada vez más fuerte y metiendo cada vez más
mi lengua y mi pene. Hasta que se volvió a arquear y a arañarme aprisionándome
al mismo tiempo con sus piernas hasta que me llegó un paroxismo, la catarsis
sexual donde vi y sentí el cielo y sentí que mi miembro estallaba en mil
pedazos de su punta y reventaban sus venas porque estaba vaciándome dentro de
ella con abundantes chorros y con gran presión que seguro se estrellaba en su
útero. Sentí como de tanto semen ya no cabía mi pene.
Instantes
después de acabar me abandonaron mis fuerzas, era como si cayera del paraíso a
un barranco; entonces sentí una presión descomunal en mi espalda y mi cintura y
como si las afiladas garras de un puma me desgarraran en tiras la piel de la
espalda. Me asfixiaba y me están partiendo en dos, me sentí desfallecer
mientras oía sus gemidos celestiales y sentía sus convulsiones violentas. Sentí
como mi verga, mis testículos y mi pubis eran mojados por más de sus jugos del
amor y como ella también perdía sus fuerzas hasta relajar hasta el último de sus músculos. Estábamos empapados en
sudor, tanto que se me metía en los ojos, todo me sabía a ella y sal. Ambos no
teníamos fuerzas y estábamos exhaustos, así abrazados, ella penetrada aún y
medio muertos nos quedamos dormidos; Solo recuerdo haberla besado y haberme
quitado mi venda; también que ella con sus últimas fuerzas jaló una colcha para
taparnos a los dos. Después no supe nada más, excepto que esa noche fue la que
mejor había dormido en mi vida, me sentía un gran hombre y un semental de
primera, era un toro muy macho y me había cogido a mi yegua.
Desperté
al amanecer y la escasa luz de la aurora se colaba ya por la única ventana del
cuartito, hacia frío y mi pene se había resbalado de su vagina, me aparté un
poco y la observé desnuda a la luz tenue, seguíamos mojados por el sudor pero
era ya un sudor frío, supongo se enfrió durante la noche. Así desnuda,
inconsciente y sudada me pareció la mujer más excitante sobre la tierra, dormía
tranquilamente y su respiración era relajada. No sabía que habría de suceder
pero estaba dispuesto a TODO por ella, olía a sudor y sal. La besé tiernamente
en los labios, la abracé pegándome otra vez hacia ella hasta sentir su aliento
en mi rostro. Nos tapé de nuevo y me ganó el cansancio, me volví a dormir más
feliz que nunca. No oí sonar su despertador ni sentí cuando se levantó y se
zafó de mis brazos; desperté alrededor de las 11 de la mañana y eso por el
ruido de la calle, porque la puerta del cuartito estaba abierta. Al abrir los
ojos no supe dónde estaba ni porque está allí, sino hasta después de recordar
lo sucedido la noche anterior. Miré el despertador, no de verdad que no había
ido a la escuela, otro día de clases perdido; me sentía pegajoso y relajado
como cuando se descansa de un gran esfuerzo. Me senté en la cama, aun flotaba
un olor a sexo aun estando abierta la puerta y la ventana.
Me
estiré muy larga y fuertemente todo mi cuerpo, moviendo juguetonamente los
dedos de mis pies; respiré hondo, me sentía bien. El cuartito estaba
desordenado (no era costumbre de ella arreglarlo), no vi mi ropa; Recordé
entonces que subí desnudo la noche anterior. ¿Cómo iba a bajar ahora? Pues ya
había decidido arriesgarlo todo por una mujer ¡Qué más da que piensen los
vecinos! Al cuartito no lo puede observar por dentro ningún vecino desde su
azotea, pero al bajar al menos sería posible que me vieran desde tres casas. No
me importó, seguía todavía con sueño, había descansado pero no del todo. Busqué
en las bolsas del almacén donde le compré su ropa, busqué la bata de noche, pero
no para ponérmela; la sujete hecha un paquete en mi mano izquierda y salí del
cuartito. Me importaba un bledo si alguien me veía o no, me volví a estirar y
sin prisas así completamente desnudo bajé la escalera. Encontré a mi hembra
trapeando el suelo de la cocina, traía su uniforme de costumbre, estaba de
espaldas, me le acerqué y la abracé de la cintura, ella se rio coquetamente y
volteó su cabeza; entonces le quité un broche que tenía en el pelo y la
despeiné. La besé con pasión de esposo que da los buenos días a su mujer, ella
se dio la vuelta sonriendo, nos abrazamos y nos besamos tranquilamente.
En
eso comencé a desabrochar su blusa, ella se separó de inmediato, me dijo: “No
puedo más te lo juro, me estoy cayendo de cansancio”. Pero no era mi plan cogérmela,
no le hice caso y cuando terminé de desabrochar su blusa y la hube aventado a
un rincón, comencé a desabrocharle el sostén e igual lo aventé. “De verdad que
ahora no puedo” –me dijo. Pero ya había bajado el cierre de su falda y esta se
deslizaba al suelo; estaba con su tanga que estrenaba ahora, la bajé con los
dientes al tiempo que acariciaba sus piernas. Con devoción le quité esos
zapatos bajos y le dije: “No, mi amor no te voy a coger otra vez, por el
momento, pero quiero que te quedes así, desnuda hasta que llegue mi mamá en la
tarde. ¿Entendiste?”. Me dijo que sí con un beso y un cálido abrazo; estaba
pegajosa, no sé había bañado aun. “Hazme el desayuno y rápido” –le dije dándole
una sonora nalgada que al poco rato se le puso roja la nalga.
“¿Qué
quiere mi torito para desayunar?” –me dijo. “Tú eres mi hembra, tú debes de
saber que me conviene” –le respondí y para sentirme más macho le di una ligera
bofetada, a lo cual respondió apretándome los testículos hasta doblarme, pero
cuando me repuse le di otra bofetada, fuerte esta vez y le ordené:
“¡Responde!”. “Bien torito, tu yegua te va a preparar un desayuno muy nutritivo
para que sigas teniendo esa virilidad de semental” –me dijo, y continuó: “Te
voy a preparar un buen filete asado con bastantes papas y unos huevos fritos”.
“¿Y el postre perra?” –le grité al tiempo de darle otra nalgada. “De postre
cariño, te voy dar un yogurt de crema con miel para que tengas muchas
energías”–me dijo maliciosamente. “¿Para que querría muchas energías golfa?” –le
dije con enojo fingido. “Para hacerme tuya torito” –me dijo riéndose. “Eso me
gusta linda, empieza ya mientras te castigo, por cierto mientras los huevos fritos
no sean los míos” –le dije, y nos reímos largamente.
Espere
hasta que tenía en el sartén en filete y le di una nalgada que la hizo
quejarse. “Eso es para que no me vuelvas a apretar los testículos, ¿entendiste?”
–le dije muy serio. “Perdón torito me deje llevar” –dijo algo confundida. Le
dije: “Que no se repita, además en estos días y gracias a ti ellos piensan en
lugar de mis neuronas, los uso ya en lugar de la cabeza”. Dicho esto le arrimé
mi pene entre su culo y le di otras dos nalgadas. A la tercera casi puedo jurar
que la oí gemir.
Como
sea preparó desayunos para los dos, pues ella no había desayunado aun y me platicó
lo sucedido en la mañana. Como me vio exhausto y había dicho que pensaba no ir
a clases no me despertó, tenía un frío horrible, mucho cansancio y sueño, y
quería quedarse a dormir a mi lado, pero sabía que si no bajaba a hacer el desayuno
para mi hermano y mis papás la iban a despedir. Entonces como pudo se vistió y
bajó a hacer el desayuno; mi mamá la regañó por su aspecto descuidado y le
preguntó por mí. Ella dijo que ya me había ido a la escuela (pues yo siempre me
voy antes que ellos, porque entro más temprano), comieron y se fueron; pero mi
mamá para molestarla le dejó mucho trabajo, por eso no subió conmigo después,
ya que quería adelantarlo para cuando yo despertara. Desayunamos tranquilamente
y desnudos, me pregunto si no me daba frío y le dije que ya estaba acostumbrado
a andar encuerado. Luego le conté como casi me descubre anoche mamá y nos
reímos de como todos ayer se comieron literalmente mi semen y su flujo; también
como les gustó pero lo encontraron salado. Le mencioné que bajé su bata para
que la estrenara después de ducharnos.
Entonces
me dijo que si quería una cerveza, le dije que no, pues yo no tomo, pero
insistió tan tiernamente que acepté. También de improviso sacó una de sus
medias que tenía escondida, me la ató al cuello y me dijo: “Torito, necesito
asegurarme que no te me vas a descarriar por eso te pongo este collar/correa,
con todo mi amor”. “Eso es para los perros” –contesté, pero ella dijo: “Y para
ti, que es más o menos lo mismo” –lo dijo con autoridad y apretó más el nudo.
En efecto parecía un collar y el extremo del encaje lo usaba como la cadena de
la correa, me beso y me dijo: “Si me amas déjatelo” –eso era más de lo que
podía objetar y le di gusto con su capricho. Bebimos 3 cervezas y platicamos
alegremente, yo como no estoy acostumbrado ya estaba mareado y me estaba
excitando, cuando llegamos al postre. Del cual sustituí el pan donde iba la
miel por sus tetas, las cuales lamía como un cachorrito según ella. Antes de
que pasara a mayores consecuencias y viendo ella que yo perdía el control, me
jaló de su media que ahora era mi correa hacia el baño de arriba, donde preparó
el agua para que nos ducháramos, llevó con nosotros su bata y dos cervezas,
pues ella estaba como si no hubiera tomado nada. En lo que preparaba la
temperatura del agua me hizo beberme otra cerveza y la restante se la vació en
las tetas y yo la bebí de ahí. Cuando estuvo el agua me quito mi collar de
media y nos metimos a la regadera. El agua estaba perfecta y nos bañamos el uno
al otro pero estaba muy mareado y no pude siquiera intentar cogérmela. Eso sí,
nos abrazamos, acariciamos y besamos cuanto quisimos; al final ella se puso su
bata de seda y por lo mojada que estaba se le pego al cuerpo
transparentándosele los pezones, yo me empecé a secar con una toalla y la seguí
pues fue a la habitación de mis padres y usó la secadora de cabello de mamá
para secarse el pelo, después tomó un perfume de ella, abrió bien las piernas y
se lo hecho en sus labios vaginales. Yo
como perro inmediatamente me acerqué a olfatearla. Entonces tomó un collar de
perlas de mamá y un barniz especial de uñas y se sentó en la cama, yo me eché a
sus pies y me dio el barniz para que se lo pusiera, torpemente por lo mareado
que estaba, besé sus pies y comencé a ponérselo en sus uñas; mientras ella se
ponía el collar y se miraba en un gran espejo que había allí. Me decía: “¿Acaso
no luzco bonita?”. Yo quería decirle que se veía endiabladamente hermosa, con
esas piernas de modelo, esos muslos morenos que salían de las aberturas de la
bata, esos pies de diosa que adoro como a un ídolo, ese pelo azabache y largo y
esa teta inflada que se le salía por la bata a medio cerrar que por el agua se
le pegaba al cuerpo y le remarcaba el otro pezón que escondía. Ese cuello de
cisne negro con ese collar tan elegante ajustado a su cuello.
Pero
estaba ya borracho y no pude más, me desplomé, así arrodillado caí a sus pies,
diría que estaba como flotando. Así que ella me tomó y me llevó como sonámbulo
a mi habitación donde se metió a la cama conmigo, me abrazó y la bata se le
abrió completamente por lo que pegué mi cuerpo al suyo, ambos desnudos. Me puso
una pierna encima, nos abrazamos y me pegué a una de sus tetas, la empecé a
succionar como un bebé a un biberón, ella me estaba amamantando tiernamente.
Entonces nos quedamos dormidos hasta entrada la tarde.
Pasiones Prohibidas
®

Me gustó una muy excitante lectura está interesante pues es una mezcla de todo
ResponderEliminarLo demás ya te lo dije 🔥😘