063. Mi sirvienta, mi hembra y mi dueña 1




Es difícil predecir lo mucho que puede cambiar tu vida tan solo por el sexo, la mía cambió radicalmente y no me arrepiento de ello, esta es mi historia:

Crecí en el seno de una familia adinerada, no nos podíamos quejar de la vida, era un muchacho en ese entonces, con todo un futuro por delante, ya estaba por salir del colegio y pronto entraría a la universidad, me esperaba un futuro desenvuelto y una vida cómoda y desahogada económicamente, de continuar así. Era un niño mimado y consentido al que siempre se le habían cumplido sus caprichos, sin embargo mi vida iba a cambiar como nunca me lo imaginé por causa de una mujer.

La casa donde vivíamos era grande, por lo que mis padres contrataban con frecuencia a una muchacha para el aseo de la misma, digo “contrataban con frecuencia” porque ninguna duraba más de un año o año y medio, por lo general eran chicas de fuera de la ciudad que llegaban buscando trabajo u ofreciendo sus servicios; Pues bien la última chica no había aguantado el trabajo y un día que supuestamente iba a ir unos días de visita a su pueblo, simplemente ya no volvió. Esto tomó a mis padres por sorpresa, por lo que de inmediato se pusieron a buscar un reemplazo, sin embargo pasaban las semanas y no encontraban, hasta cierto día.

Aquel día, algo caluroso, me llamaron para que bajara a conocer a la nueva sirvienta, protesté una vez, aunque sabía que de nada me valía, tendría que bajar (nunca me agradaron las anteriores sirvientas, nunca les tuve confianza y casi no les dirigía la palabra). Así que baje a regañadientes; “hola” –fue mi escueto saludo, “hola” –dijo ella con una sonrisa en los labios. Era una muchacha, sino fea tampoco atractiva; vestía al estilo de las pueblerinas que se creen que están arregladas: una fea falda larga roja color ladrillo, un suéter blanco tejido y unas sandalias de plástico. Aunque he de reconocer que estaba considerablemente mejor que todas las anteriores, tendría unos 20 años acaso; como sea no me importo en ese momento porque tenía otras cosas mejores en que pensar. Me presentaron con ella y a la primera oportunidad me subí a mi cuarto.

Aquel día era domingo en la tarde, no la volví a ver hasta el otro día, lunes; que comenzaba la rutina de la familia. Todos salíamos temprano, mi hermano y yo a clases, mis padres a supervisar los negocios, mi madre atendía tres de los seis restaurantes y la otra mitad mi padre; ellos llegaban a eso de las 6.30-7.00 PM, mi hermano salía a las 2 PM, sin embargo tomaba cursos extraescolares y llegaba como a las 5.30 PM. Quien llegaba más temprano era yo, a eso de las 2 PM cuando no tenía nada mejor que hacer, aunque por lo regular llegaba a eso de las 5.

El día siguiente tuve que llegar temprano porque tenía que estudiar para un examen a otro día. Por un momento no creí lo que veía, esta no podía ser la sirvienta de pueblo, que me habían presentado mis padres ayer. Envuelta en el uniforme de sirvienta típico, estaba esta mujer (solo así la podía asimilar), con una falda negra un poco ajustada, solo un poco debajo de la rodilla, que dejaba ver unas brillosas medias negras que cubrían una perfectas pantorrillas rematadas en unos brillantes zapatos de charol negros, una blusa de botones también negra no muy ajustada que dejaba ver que a la chica no le faltaba pecho, sino más bien le sobraba, un delantal típico del uniforme que era blanco y con encaje. Sin embargo, ello era opacado por unos seductores ojitos color café oscuro que solo se vieron claros en la luz cuando ella se acercó a abrir la puerta; la miré lo más discreto posible e inmediatamente comencé a sentir un cosquilleo fugaz en mi pene y contra mi voluntad, tal como si hubiera cobrado vida, mi pene comenzó a crecer sin control. Nunca me había excitado tanto con una mujer con uniforme, nunca, ni una pizca con las otras horribles y regordetas sirvientas de antes, ni siquiera se me había ocurrido que alguien se pudiera excitar con un uniforme. Antes de que ella lo notara puse delante de mi mochila para disimular mi rebelde erección.

“Hola. ¿Qué tal? me dijo tu mamá que regularmente eres el primero en llegar así que estaba haciendo la comida, pero te me adelantaste, pero no te preocupes no va a tardar –dijo ella. “No hay problema, bajo cuando esté lista” –dije algo nervioso. “está bien, yo te llamo, pero”... –no le di tiempo de terminar, subí corriendo a mi cuarto, cerré con seguro, desabroché mi pantalón y bajé mi calzoncillo, inmediatamente saltó furioso y a reventar mi pene. ¿Por qué me estaba pasando esto? Jamás me había atraído la idea de cogerme a alguna de las sirvientas, pero ahora mi pene había hablado. Nunca he sido de los que se dejan llevar por sus impulsos, siempre me había jactado de mi frialdad, por lo que no me masturbé en ese momento, pero el solo tocar mi pene me producía sensaciones delirantes. Como a los 15 minutos escuché su voz, que me llamaba a comer. Hice lo que nunca hacia; no sé porque, pero me quite los calzoncillos y como pude metí mi tiesa verga en mis pantalones, desde luego que se notaba la cabeza de mi aparato por encima, pero eso solo me daba cosquillas más placenteras, así que dejé sin fajar mi camisa para que no se notara. Bajé haciéndome el desentendido, ella me miró y me sonrió, me senté y me sirvió la comida. Aprovechaba cada descuido suyo para verla e inmediatamente mi pene quería saltar fuera, creo que no podía controlarlo.

Mientras comía ella me dijo que si podía comer conmigo, cosa que acepte bastante gustoso. Se sentó a un lado y me di cuenta que tenía un carácter alegre y extrovertido, me cayó muy bien. Me platicó que se llamaba carolina, que había nacido y vivido gran parte de su vida en un pueblito costero del norte, pero como hace unos tres años su papá se había enfermado, vino a la ciudad a buscar trabajo con su hermana, como apenas y sabían leer y escribir solo habían trabajado de sirvientas; su hermana trabajaba en otra casa y le iba bien. Me dijo también que tenía 23 años (yo tenía 16) y que tenía un novio en la ciudad, otro pueblerino. No era una belleza pero no estaba nada fea y tenía un buen cuerpo, se le marcaba el culo y las tetas, tenía caderas un poco anchas. Como me pasaba con la gente amigable y extrovertida pronto se rompió el hielo y terminamos platicando alegremente, cuando después de un largo rato se dio cuenta de la hora se apresuró a tener lista la casa para cuando llegaran mis padres. Yo subí a mi cuarto y vi que mi palo había dejado una gran mancha en mi pantalón y el centro parecía tener cremita.

Rápidamente nos hicimos amigos y cada vez subía menos a mi cuarto, me agradaba estar con ella y poder verla cuando se descuidaba: si se agachaba yo estaba de espaldas (al ser de pueblo tenia modales toscos por lo que paraba el culo en lugar de flexionar las piernas) podía ver ese culo precioso que a veces dejaba ver como se transparentaba su calzón por debajo de su negra falda. O si estaba cerca de ella podía ver con disimulo el nacimiento de sus pechos, ya que nunca cerraba hasta el último botón su blusa (eran épocas de calor), sin darme cuenta me había embrujado, con el pretexto de platicar con ella llegué al poco tiempo a seguirla casi a todas partes de la casa, como un perro sigue a su amo, solo que no movía la cola de gusto, en lugar de eso llevaba una feliz erección tras ella. Solo cuando llegaban mis padres o mi hermano dejaba de seguirla y notaba como se desanimaba al no estar yo con ella.

Muchas veces pensé que sería pasajero, como siempre me había sucedido; pero esto no era así y sin notarlo hasta después de unos meses me encontré que algo había cambiado sin darme cuenta. Nunca ayudaba en las labores de la casa y un buen día me encontré tratando de limpiar la cocina mientras ella me veía divertida, sentada en un banquito con sus piernas cruzadas y jugando con su pie enfundado en el negro nylon de las medias con el zapato a medio salir. La situación era esta: Ella se quejaba de qué ese día le dolía la cadera y no podía limpiar la parte baja de la cocina (estaba preocupada porque mi madre era muy estricta y al menor fallo buscaba no pagarle el día), así que decidí ayudarla, mientras limpiaba abajo sé sentó en el banquito y comenzó a juguetear con el zapato a solo unos centímetros de mi cabeza, me costaba un esfuerzo terrible tener que dejar de ver su pie bamboleándose, me tenía hipnotizado, ella se divertía al ver lo al que limpiaba la cocina; Ya no pude más, me mataba de dolor mi pene. No creo que lo hiciera a propósito para excitarme, los zapatos le quedaban algo grandes y no se percataba de mi excitación, creía que estaba nervioso por no saber limpiar.
Así que perdiendo los escrúpulos y no importándome las consecuencias, me voltee hacia su pie juguetón, solté el trapo y así postrado ante ella, tomé con las dos manos su pie quitándole el zapato y empecé a lamer la planta de su pie, mi lengua salida lo más posible le dio un gran lametón por encima de esa suave media de nylon a la planta de su pie; sintiendo un sabor agridulce impresionante, lo que me provocó una descarga de placer nunca antes sentida. Eso me hizo casi eyacular en mis pantalones, sentía el semen caliente escurriendo sobre mi piel. Ella saltó como resorte, pero no espantada como creí al principio, sino llena de cosquillas. “¡Auch! Me haces cosquillas” –me dijo entre risas. Vi una oportunidad para zafarme del problema y le dije: “Para que no te andes burlando” (esforzándome por no jadear). “Disculpa, pero te veías muy gracioso –me dijo sin parar de reír. Entonces me hice el juguetón y agarre con mis manos una de sus piernas, ella se zafó y salió corriendo, yo me levante y salí tras de ella, la alcance al poco rato, la abracé fuertemente contra mí, ya no me importaba si notaba o no mi erección. “Nadie se me escapa, graciosita” –le dije. Perdiendo otra vez el control le di una nalgada rápida, gritó: “¡Óyeme, solo mi papá me nalguea!”. “¡Y tu patrón! –le dije; la solté y me dijo: “No es para tanto”. No entendí si se refería a la nalgada o a que me había enojado.

Cuanto deseé haberla tomado de los pelos ahí mismo, tirarla en uno de los muebles de la sala, arrancarle la ropa y violarla de la forma más brutal posible, meterle mi pene hasta su útero y en una sola eyaculación inundarle de semen hasta los ovarios, quería violarla, cogerla, hacerla mi mujer; pero apelando a último rastro de conciencia me fui a mi cuarto haciéndome el indignado; solo para masturbarme como nunca lo había hecho y manchar toda mi mano de más semen tibio. Al poco rato subió y me dijo que la perdonara que tenía una educación muy conservadora, que no estaba acostumbrada y cosas por el estilo. Nos contentamos y sin saber porque le dije que no había rencor y que la iba a seguir ayudando mientras se sintiera mal (cosa que no parecía) para que no le descontaran de su sueldo.

Esa noche no se me bajó la calentura y cuando todos se fueron a dormir baje al patio tome uno dos de sus calzones limpios que había olvidado subir ella a su cuartito en la azotea, miré un momento hacia la escalera que llevaba a la azotea y me asaltó la idea de subir, taparle la boca y violarla salvajemente. Apenas y después de mucho tratar de razonar me contuve y subí a mi cuarto, masturbé pensando en ella y vertí mi semen cuidadosamente en la parte de los calzones que toca su entrada vaginal, su ano y su culo hasta que quedó uniforme y no se notó. Me excitaba la idea de que quedara embarazada sin razón (cosa que no podía suceder) y de mí. Embarazada, nunca soñé con embarazar a nadie, pero esta vieja me estaba destruyendo la mente poco a poco, y lo peor; me gustaba. En medio de la noche bajé los calzones y subí a dormir, sabiendo que mañana se los pondría llenos de mi esperma

Al otro día desde que me desperté ya estaba pensando en ella, ni siquiera ponía atención en clases, a mitad de la jornada escolar no aguante más tiempo sin verla, así que me salí de la escuela y llegue temprano a casa, como a las 12. Ella estaba con un tipo bastante tosco en la entrada de la casa y al verme él se despidió rápidamente y se fue. Primero me enojó verla con otro hombre que no fuera yo, pero luego al ver su reacción pude intuir que eso lo podía usar como arma. “¿Quién era ese carolina? –pregunté; ella no contestó. “Me lo dices a mí o se lo dices a mamá” -Amenacé. “Era mi novio” –dijo. Maldita sea, como me enojé, quise abofetearla y violar a esa puta en un instante. “Sabes que no puedes arriesgar a que alguien entre en la casa” –le dije. Ella estaba muy nerviosa y casi quería llorar, era el momento de atacar. “No llores que no le voy a decir a mamá” –le dije. Se tranquilizó y no sé si en agradecimiento o por puta se paró y me abrazo, yo la abrace y le besé su suave y tersa mejilla. “Te prometo que no lo vuelvo a hacer” –me dijo. Le respondí: “No te creo”. “De verdad, créeme” -dijo. A lo que le respondí: “Definitivamente no, quiero que lo cortes, solo así me vas a convencer”. Ella estaba perpleja, así que no supo que decir. Cambié de estrategia, le expliqué de una forma muy peculiar porque no le convenía; apenas lo conocía, era joven, no estaba a su altura, etc.

Finalmente unos días después, se me hizo y lo cortó, también ahora siempre me salía a mitad de clases para estar con ella, bueno como según seguía enferma, yo terminaba limpiando o lavando ropa. Pero aunque me daba cuenta, eso solo me hacía sentir más atraído a ella. Hasta que un día me dijo que porque llegaba tan temprano, a lo que le respondí que las ultimas clases eran aburridas y que prefería venir a ayudarla, que sería nuestro secreto, por su parte el haberla encontrado con su novio y ayudarla en la casa, de mi parte el solo ir la mitad del día a clases por hacerle un favor y divertirme (aunque mis notas se desplomaban poco a poco, eso cada vez me importaba menos, solo quería estar con ella). Al poco tiempo me encontré con que las cosas cambiaban, yo trabajaba haciendo prácticamente todo y ella ya casi no platicaba conmigo, se ponía a ver TV. Era tal su embrujo que no lo advertí sino hasta cuando un día me hizo llevarle un café al sillón y yo como su fiel perro me eché a un lado de ella para recargar mi cabeza en la parte baja de sus piernas con medias y oler discretamente sus pies, ya que frecuentemente se sacaba los zapatos y eso siempre me excitaba, solo hasta cuando me acarició el cabello como su mascota, lo entendí, decidí cambiar de planes. Al otro día decidí que no sería más su perro y tome clases todo el día, pensé en recriminarle su comportamiento al llegar, pero por azares del destino a ella la encontré diferente. Llevaba una falda más corta, arriba de la rodilla y ¡oh sorpresa! No llevaba medias. Como el primer día mi pene se catapultó y tomo vida, la excitación me cegaba. Nunca creí que tuviera tan buenas piernas, firmes, robustas y sin vello aquellas piernas morenas hicieron que olvidara todo. Me quede viéndola como idiota y sin disimular, por lo que ella me dijo: “Es que hace mucho calor y por eso me puse una falda un poco más corta y me quite las medias, pero no le digas a tu madre que en la tarde me cambio”. Era cierto, hacía un calor infernal y le dije: “Está bien, te entiendo, yo también no lo aguanto” y sin saber porque me quite ahí mismo la camisa y se la lancé. “Lávala” –le dije.

Ese día descubrí a una diosa en mi casa y estaba dispuesto a adorarla como su fiel vasallo como era debido, me decidí que a toda costa y con las consecuencias que fueran me la iba a coger, costara lo que costara. Al otro día tuve educación física y el calor aumentaba despiadadamente, llegue a casa sudoroso y oliendo a rayos, ella se me quedó viendo. “Enseguida te ayudo, solo me voy a bañar” –le dije. Como los baños con ducha están arriba es necesario accionar una pequeña bomba para que suba el agua. Subí a mi cuarto me quité todo excepto el calzoncillo (en verdad me moría de calor) y me puse la bata de baño, bajé hacia el patio (qué es donde está la bomba), empezaba mi pene a cobrar vida al pensar en lo que iba a hacer.

Deliberadamente desate el cordón que cerraba la bata y llegue a donde estaba la palanca que accionaba la bomba (tenía que estirarme para alcanzarla por lo que mi bata se abrió), ella estaba en el patio apilando ropa sucia. “A ver, dime cuando oigas que la bomba comienza a trabajar” –le dije y me voltee hacia ella (no la había accionado) con la bata abierta que dejaba ver mi cuerpo desnudo solo con calzoncillos. Ella no se lo esperaba y solo se me quedo viendo mi pene en su furia no sabiendo que hacer. “¿La oyes? –no respondió nada. En mi mente todo marchaba bien. Le pregunté: “¿Qué me miras Carolina?”. “Nada” –respondió. “Es solo que…” –trababa de hilvanar palabra. “Es solo qué…” –intentó decir algo. “Carolina” –le dije. “Perdón” –dijo y se volteó. -Perdón de que? Caro-. Y fui hacia ella. -Es que vi algo cochino y pecaminoso-. Era ahora o nunca, le dije haciéndome el desentendido: “¿Qué? ¿Mi pene acaso?”. La pregunta la dejó helada y la repetí, a lo que ella dijo: “Sí, eso. ¿Por qué me enseñas eso indecente?”. Me hice el ofendido: “¿Indecente yo?” –le dije. “Indecente el padre que te llenó la cabeza con esas tonterías, esto es lo que Dios nos dio y así nos hizo, no hay porque avergonzarse” –repliqué. Me costó un rato convencerla de que era parte de nuestro cuerpo y que no había porque avergonzarse; no sé si realmente la convencí o le ganó la calentura pero al final me dio la razón y empezaba a entrar en confianza. Me preguntó por mi erección, qué si todos los hombres estaban siempre así y como nos cabía en los pantalones, a lo cual me sonreí y con toda la naturalidad le explique que se debía a muchos estímulos externos, me dijo que le gustara que le explicara bien y fríamente, porque a su novio le daba pena y nadie más le decía nada. Me dijo que qué me había ocasionado que tuviera esa erección de caballo (solo las había visto en los caballos antes de montar a las yeguas). “Te voy a ser sincero Carolina, tú eres la culpable de que mi pene esté como estaca o paquete de caballo, tú eres mi yegua” –le dije. Se sorprendió y me dijo: “¿Es que me quieres montar?”. “Exacto, eso quiero” – contesté. Ella se asustó y le dije que no significaba que lo fuera hacer, que cuando un hombre ve a una muchacha muy bonita y le llega a la mente aunque sea de lejos la idea de estar con la muchacha, su pene se le para.

Guardó silencio y le dije: “Tócalo para que no te quedes con las ganas de hacerlo, que bien que se te notan, recuerda que no hay nada de malo”. Ella de repente no supo que hacer y se quedó estática, así que ya con las cartas a mi favor, suavemente tome su mano y la dirigí hacia mi pene con mucha delicadeza, ella me tocó la punta por arriba del calzoncillo, el cosquilleo casi me dobla, después con cautela fue recorriendo mi pene, que estaba tan tieso que jalaba tanto el calzoncillo hacia adelante que se me veían los vellos púbicos y casi salía por sí mismo mi pene. Solo bastaba con que jalara lo mínimo hacia abajo el calzón y éste saldría disparado como resorte, lo hizo y en broma le dije: “Ten cuidado no te valla a sacar un ojo”. Ella se rió al oírme y ver como se liberó mi pene en toda su extensión. Siguió acariciándolo y casi matándome en el acto, hasta que comenzó a salir el líquido presemeninal de la punta, ella divertida la tocó y yo salte de placer. Tenía las yemas de sus dedos mojadas con mi fluido y le dije que la probara, ella no quería pero la convencí, solo dijo que sabía salado.

Me acerqué a ella y sin pensarlo le di un abrazo tierno (me divirtió su inocencia). Le dije: “Ahora, me toca tocarte a ti”. Ella se retiró pero volví a convencerla de que era su cuerpo, que no tenía nada de malo y lo más importante, no era justo que ella me había tocado y yo no. La abracé y bajé mis manos delineando su exquisita figura, hasta llegar a sus nalgas, ahí las amasé con las manos, mientras por delante ella sentía en su pubis mi pene tieso y era obvio que se estaba excitando. Pasé mis manos hacia adelante y comencé a desabrocharle la blusa, poco a poco, iba descubriendo los pechos de una diosa, decorados con pequeñas pecas; Traía un sostén blanco de algodón no muy atractivo pero si ajustado, en cuanto descubrí su ombligo baje a pasarle mi lengua y a besarlo delicadamente, ella se estremecía. Baje la blusa por sus hombros y simplemente la deje caer, se veía preciosa, una delicada silueta y unas caderas anchas y sexys como no las había visto antes. Quiso decir algo pero la callé con un beso, nuestro primer beso; húmedo, lascivo, ella no se resistió, se estaba dejando llevar ya por sus impulsos. La rodeé con mis brazos y la empujé con fuerza y sin miramientos sobre una gran pila de ropa sucia, ahí quedó despeinada y expuesta a lo que quisiera hacer; me subí encima de ella, que ahora solo se dejaba llevar por la excitación y su respiración se aceleraba dibujando una pequeña sonrisa de lujuria. Comencé a besarla de una forma lasciva y sin control, babeando su boca, la saliva escurría por su cuello mientras la violaba con mi lengua en su boca. Creo que en ese momento ella perdió el control y se abandonó a sus impulsos besándome como perra en celo. Bajé mis manos acariciando su espalda y al llegar a su falda, desabroche el seguro y bajé el cierre; entonces se la empecé a bajar con desesperación animal junto con sus calzones, ella retrajo las piernas y por fin zafe sus prendas. “Este es mi trofeo” –dije mostrándole el calzón blanco manchado por sus juguitos, le di unos lametones y lo olfatee y lo guarde en un bolsillo de mi bata.

Ella tomó mi bata y la jalo hacia atrás despojándome de ella, yo como pude me quite los calzones y los avente lejos; Después fui a la caza de su última prenda, con unos jalones terribles mientras la besaba como un animal le arranqué el sostén y lo aventé muy lejos lastimándola en el acto, le di una buena bofetada cuando se quejó y comencé a mamarle las tetas de una manera salvaje, ella empezó a gemir sin control llegaba lo inevitable, el sueño y propósito de mi vida; me la iba a coger. Bajé a darle gusto a mi lengua con esa vagina tan rica que tenía, le jalaba los pelos con los dientes y al rozar mi lengua la entrada de su nido de amor, ella se estremeció y empezó a gemir sin control como hembra en celo. Mi lengua llegaba hasta lo profundo de su vagina embriagándome de un dulce y picante sabor, y me volví loco lamiendo cada parte de ella, tan suave y rica era.

“Te voy a coger putísima perra, vas a saber lo que es un macho caliente, te voy a hacer mi mujer, mi hembra, mi yegua” –le dije de la manera más sucia. Ella gritó: “Papi, móntame, cabálgame, cógeme, soy tuya. Hazme tu puta, tu mujer, hazme lo que quieras soy tuya”. Por instinto, ella separó las piernas, yo me acomodé encima montándola como a una yegua, ella puso sus manos alrededor y me rodeó con sus exquisitas piernas. Mientras la besaba como poseso; sin preámbulos le metí mi verga hasta lo más recóndito de su vagina con toda mi fuerza. “Te la voy a dar hasta los ovarios puta, te voy a fecundar todos tus putos óvulos de una sola vez” –le decía con la perversión a flor de piel. Ella gritaba de dolor y placer y como una bestia abandonada a sus instintos más primitivos y sin importarme un bledo si la lastimaba o no, comencé a poseerla de una manera brutal; no paraba de chillar y mi placer era insuperable, esa hembra me estaba enviando al cielo. Me sentía un toro enardecido cogiendo y de repente ella puso los ojos en blanco, se tensó y soltó un grito apagado arañándome la espalda, se estaba corriendo; sentí en mi pene la descarga repentina de sus jugos, lo que me excitó hasta la muerte y descargué con toda mi furia de toro en celo una inmensa cantidad de semen dentro de ella y en ese momento mi gloria se cuadruplicó, porque noté que me la estaba cogiendo, la estaba poseyendo sin condón y sin la más mínima protección. Empuje mi pene hasta el fondo para que el semen llegara hasta los ovarios si de verdad era posible. Era el paraíso.

Cuando nuestros quejidos se apagaron, seguimos abrazados mucho tiempo, ahí sudorosos y tirados desnudos sobre la pila de ropa sucia, comencé a besarla con cariño y ternura. “Te amo Carolina, quiero que desde ahora en adelante seas mi novia, mi yegua y yo seré tu semental” –le dije tal vez movido por el morbo del momento. La volví a besar y ella aceptó muy conmovida.

Estuvimos más de media hora abrazados besándonos con cariño hasta que notó la hora y me dijo que subiéramos a bañarnos y cambiarnos, teníamos tiempo antes de que alguien llegara. “Lo sé, pero primero quiero que me limpies mi verga con tu boquita de ángel” –le dije. Ella no quería pero bajé su cabeza forzándola y le metí la verga casi fláccida en la boca, ella me limpió tan bien que se me volvió a parar, subimos al piso de arriba y en la ducha la volví a coger, penetrándola fuertemente y acabando en su interior. Terminamos de vestirnos justo cuando llegaron mis padres. Ella bajó con su cabello negro azabache todavía húmedo, con un uniforme limpio que había subido antes de bañarnos, su falda negra un poco ajustada que marcaba ese jamón que tenía por culo, su delantal blanco y su blusa negra ahora si bien abrochada a juego con unos zapatos que mostraban sus apetecibles empeines; yo para evitar sospechas me puse una gorra.

Mientras ella atendía a mis papás, disimuladamente disfrutaba de su olor a mujer limpia, sabiendo que ya podía considerarla algo así como mi hembra, me sentí muy macho imaginando que era ella mi mujer la que los atendía. Al final antes de que se fuera a dormir y cuando ya todos estaban en cama la besé tiernamente en los labios, cosa que agradeció sonriendo y le dije. “Hasta mañana mi yegua, recuerda que te amo y que ya eres mi novia”. Ella me devolvió el beso y me dijo: “Torito, soy toda tuya, te amo”.

Por primera vez desde que la comencé a desear pude dormir tranquilo sintiéndome todo un macho y orgulloso por habérmela cogido. Pensaba ser el dueño absoluto de esa provocadora hembra. Que equivocado estaba, mi vida estaba por cambiar completamente y no para bien.



Pasiones Prohibidas ®

Comentarios

  1. Ufff mi amor..... Que relato. .. 🔥🔥💦💦
    En cada línea desborda excitación pura lectura orgasmica
    Cada línea hace vibrar mi cuerpo y palpitar mi vagina
    Mientras más leí ya quería llegar al final
    Y literal venirme.
    Estoy al full con esta lectura mi Perverso con una necesidad tremenda de venirme para ti
    Que locura tus relatos mi amor....uffff

    ResponderEliminar

Publicar un comentario