Crecí
en el seno de una familia adinerada, no nos podíamos quejar de la vida, era un
muchacho en ese entonces, con todo un futuro por delante, ya estaba por salir
del colegio y pronto entraría a la universidad, me esperaba un futuro
desenvuelto y una vida cómoda y desahogada económicamente, de continuar así. Era
un niño mimado y consentido al que siempre se le habían cumplido sus caprichos,
sin embargo mi vida iba a cambiar como nunca me lo imaginé por causa de una
mujer.
La
casa donde vivíamos era grande, por lo que mis padres contrataban con
frecuencia a una muchacha para el aseo de la misma, digo “contrataban con frecuencia”
porque ninguna duraba más de un año o año y medio, por lo general eran chicas
de fuera de la ciudad que llegaban buscando trabajo u ofreciendo sus servicios;
Pues bien la última chica no había aguantado el trabajo y un día que supuestamente
iba a ir unos días de visita a su pueblo, simplemente ya no volvió. Esto tomó a
mis padres por sorpresa, por lo que de inmediato se pusieron a buscar un
reemplazo, sin embargo pasaban las semanas y no encontraban, hasta cierto día.
Aquel
día, algo caluroso, me llamaron para que bajara a conocer a la nueva sirvienta,
protesté una vez, aunque sabía que de nada me valía, tendría que bajar (nunca
me agradaron las anteriores sirvientas, nunca les tuve confianza y casi no les
dirigía la palabra). Así que baje a regañadientes; “hola” –fue mi escueto
saludo, “hola” –dijo ella con una sonrisa en los labios. Era una muchacha, sino
fea tampoco atractiva; vestía al estilo de las pueblerinas que se creen que
están arregladas: una fea falda larga roja color ladrillo, un suéter blanco
tejido y unas sandalias de plástico. Aunque he de reconocer que estaba
considerablemente mejor que todas las anteriores, tendría unos 20 años acaso;
como sea no me importo en ese momento porque tenía otras cosas mejores en que
pensar. Me presentaron con ella y a la primera oportunidad me subí a mi cuarto.
Aquel
día era domingo en la tarde, no la volví a ver hasta el otro día, lunes; que
comenzaba la rutina de la familia. Todos salíamos temprano, mi hermano y yo a
clases, mis padres a supervisar los negocios, mi madre atendía tres de los seis
restaurantes y la otra mitad mi padre; ellos llegaban a eso de las 6.30-7.00
PM, mi hermano salía a las 2 PM, sin embargo tomaba cursos extraescolares y
llegaba como a las 5.30 PM. Quien llegaba más temprano era yo, a eso de las 2
PM cuando no tenía nada mejor que hacer, aunque por lo regular llegaba a eso de
las 5.
El día
siguiente tuve que llegar temprano porque tenía que estudiar para un examen a
otro día. Por un momento no creí lo que veía, esta no podía ser la sirvienta de
pueblo, que me habían presentado mis padres ayer. Envuelta en el uniforme de
sirvienta típico, estaba esta mujer (solo así la podía asimilar), con una falda
negra un poco ajustada, solo un poco debajo de la rodilla, que dejaba ver unas
brillosas medias negras que cubrían una perfectas pantorrillas rematadas en
unos brillantes zapatos de charol negros, una blusa de botones también negra no
muy ajustada que dejaba ver que a la chica no le faltaba pecho, sino más bien
le sobraba, un delantal típico del uniforme que era blanco y con encaje. Sin
embargo, ello era opacado por unos seductores ojitos color café oscuro que solo
se vieron claros en la luz cuando ella se acercó a abrir la puerta; la miré lo
más discreto posible e inmediatamente comencé a sentir un cosquilleo fugaz en
mi pene y contra mi voluntad, tal como si hubiera cobrado vida, mi pene comenzó
a crecer sin control. Nunca me había excitado tanto con una mujer con uniforme,
nunca, ni una pizca con las otras horribles y regordetas sirvientas de antes,
ni siquiera se me había ocurrido que alguien se pudiera excitar con un
uniforme. Antes de que ella lo notara puse delante de mi mochila para disimular
mi rebelde erección.
“Hola.
¿Qué tal? me dijo tu mamá que regularmente eres el primero en llegar así que
estaba haciendo la comida, pero te me adelantaste, pero no te preocupes no va a
tardar –dijo ella. “No hay problema, bajo cuando esté lista” –dije algo
nervioso. “está bien, yo te llamo, pero”... –no le di tiempo de terminar, subí
corriendo a mi cuarto, cerré con seguro, desabroché mi pantalón y bajé mi
calzoncillo, inmediatamente saltó furioso y a reventar mi pene. ¿Por qué me
estaba pasando esto? Jamás me había atraído la idea de cogerme a alguna de las
sirvientas, pero ahora mi pene había hablado. Nunca he sido de los que se dejan
llevar por sus impulsos, siempre me había jactado de mi frialdad, por lo que no
me masturbé en ese momento, pero el solo tocar mi pene me producía sensaciones
delirantes. Como a los 15 minutos escuché su voz, que me llamaba a comer. Hice
lo que nunca hacia; no sé porque, pero me quite los calzoncillos y como pude
metí mi tiesa verga en mis pantalones, desde luego que se notaba la cabeza de
mi aparato por encima, pero eso solo me daba cosquillas más placenteras, así
que dejé sin fajar mi camisa para que no se notara. Bajé haciéndome el
desentendido, ella me miró y me sonrió, me senté y me sirvió la comida. Aprovechaba
cada descuido suyo para verla e inmediatamente mi pene quería saltar fuera,
creo que no podía controlarlo.
Mientras
comía ella me dijo que si podía comer conmigo, cosa que acepte bastante
gustoso. Se sentó a un lado y me di cuenta que tenía un carácter alegre y
extrovertido, me cayó muy bien. Me platicó que se llamaba carolina, que había
nacido y vivido gran parte de su vida en un pueblito costero del norte, pero
como hace unos tres años su papá se había enfermado, vino a la ciudad a buscar
trabajo con su hermana, como apenas y sabían leer y escribir solo habían trabajado
de sirvientas; su hermana trabajaba en otra casa y le iba bien. Me dijo también
que tenía 23 años (yo tenía 16) y que tenía un novio en la ciudad, otro
pueblerino. No era una belleza pero no estaba nada fea y tenía un buen cuerpo,
se le marcaba el culo y las tetas, tenía caderas un poco anchas. Como me pasaba
con la gente amigable y extrovertida pronto se rompió el hielo y terminamos
platicando alegremente, cuando después de un largo rato se dio cuenta de la
hora se apresuró a tener lista la casa para cuando llegaran mis padres. Yo subí
a mi cuarto y vi que mi palo había dejado una gran mancha en mi pantalón y el
centro parecía tener cremita.
Rápidamente
nos hicimos amigos y cada vez subía menos a mi cuarto, me agradaba estar con
ella y poder verla cuando se descuidaba: si se agachaba yo estaba de espaldas
(al ser de pueblo tenia modales toscos por lo que paraba el culo en lugar de
flexionar las piernas) podía ver ese culo precioso que a veces dejaba ver como
se transparentaba su calzón por debajo de su negra falda. O si estaba cerca de
ella podía ver con disimulo el nacimiento de sus pechos, ya que nunca cerraba
hasta el último botón su blusa (eran épocas de calor), sin darme cuenta me
había embrujado, con el pretexto de platicar con ella llegué al poco tiempo a
seguirla casi a todas partes de la casa, como un perro sigue a su amo, solo que
no movía la cola de gusto, en lugar de eso llevaba una feliz erección tras
ella. Solo cuando llegaban mis padres o mi hermano dejaba de seguirla y notaba
como se desanimaba al no estar yo con ella.
Muchas
veces pensé que sería pasajero, como siempre me había sucedido; pero esto no
era así y sin notarlo hasta después de unos meses me encontré que algo había
cambiado sin darme cuenta. Nunca ayudaba en las labores de la casa y un buen
día me encontré tratando de limpiar la cocina mientras ella me veía divertida,
sentada en un banquito con sus piernas cruzadas y jugando con su pie enfundado
en el negro nylon de las medias con el zapato a medio salir. La situación era
esta: Ella se quejaba de qué ese día le dolía la cadera y no podía limpiar la
parte baja de la cocina (estaba preocupada porque mi madre era muy estricta y
al menor fallo buscaba no pagarle el día), así que decidí ayudarla, mientras
limpiaba abajo sé sentó en el banquito y comenzó a juguetear con el zapato a
solo unos centímetros de mi cabeza, me costaba un esfuerzo terrible tener que
dejar de ver su pie bamboleándose, me tenía hipnotizado, ella se divertía al
ver lo al que limpiaba la cocina; Ya no pude más, me mataba de dolor mi pene. No
creo que lo hiciera a propósito para excitarme, los zapatos le quedaban algo
grandes y no se percataba de mi excitación, creía que estaba nervioso por no
saber limpiar.
Así
que perdiendo los escrúpulos y no importándome las consecuencias, me voltee
hacia su pie juguetón, solté el trapo y así postrado ante ella, tomé con las
dos manos su pie quitándole el zapato y empecé a lamer la planta de su pie, mi
lengua salida lo más posible le dio un gran lametón por encima de esa suave media
de nylon a la planta de su pie; sintiendo un sabor agridulce impresionante, lo
que me provocó una descarga de placer nunca antes sentida. Eso me hizo casi
eyacular en mis pantalones, sentía el semen caliente escurriendo sobre mi piel.
Ella saltó como resorte, pero no espantada como creí al principio, sino llena
de cosquillas. “¡Auch! Me haces cosquillas” –me dijo entre risas. Vi una
oportunidad para zafarme del problema y le dije: “Para que no te andes
burlando” (esforzándome por no jadear). “Disculpa, pero te veías muy gracioso
–me dijo sin parar de reír. Entonces me hice el juguetón y agarre con mis manos
una de sus piernas, ella se zafó y salió corriendo, yo me levante y salí tras
de ella, la alcance al poco rato, la abracé fuertemente contra mí, ya no me
importaba si notaba o no mi erección. “Nadie se me escapa, graciosita” –le
dije. Perdiendo otra vez el control le di una nalgada rápida, gritó: “¡Óyeme,
solo mi papá me nalguea!”. “¡Y tu patrón! –le dije; la solté y me dijo: “No es
para tanto”. No entendí si se refería a la nalgada o a que me había enojado.
Cuanto
deseé haberla tomado de los pelos ahí mismo, tirarla en uno de los muebles de
la sala, arrancarle la ropa y violarla de la forma más brutal posible, meterle
mi pene hasta su útero y en una sola eyaculación inundarle de semen hasta los
ovarios, quería violarla, cogerla, hacerla mi mujer; pero apelando a último
rastro de conciencia me fui a mi cuarto haciéndome el indignado; solo para
masturbarme como nunca lo había hecho y manchar toda mi mano de más semen
tibio. Al poco rato subió y me dijo que la perdonara que tenía una educación
muy conservadora, que no estaba acostumbrada y cosas por el estilo. Nos
contentamos y sin saber porque le dije que no había rencor y que la iba a
seguir ayudando mientras se sintiera mal (cosa que no parecía) para que no le
descontaran de su sueldo.
Esa
noche no se me bajó la calentura y cuando todos se fueron a dormir baje al
patio tome uno dos de sus calzones limpios que había olvidado subir ella a su
cuartito en la azotea, miré un momento hacia la escalera que llevaba a la
azotea y me asaltó la idea de subir, taparle la boca y violarla salvajemente.
Apenas y después de mucho tratar de razonar me contuve y subí a mi cuarto,
masturbé pensando en ella y vertí mi semen cuidadosamente en la parte de los
calzones que toca su entrada vaginal, su ano y su culo hasta que quedó uniforme
y no se notó. Me excitaba la idea de que quedara embarazada sin razón (cosa que
no podía suceder) y de mí. Embarazada, nunca soñé con embarazar a nadie, pero
esta vieja me estaba destruyendo la mente poco a poco, y lo peor; me gustaba.
En medio de la noche bajé los calzones y subí a dormir, sabiendo que mañana se
los pondría llenos de mi esperma
Al
otro día desde que me desperté ya estaba pensando en ella, ni siquiera ponía
atención en clases, a mitad de la jornada escolar no aguante más tiempo sin
verla, así que me salí de la escuela y llegue temprano a casa, como a las 12. Ella
estaba con un tipo bastante tosco en la entrada de la casa y al verme él se
despidió rápidamente y se fue. Primero me enojó verla con otro hombre que no
fuera yo, pero luego al ver su reacción pude intuir que eso lo podía usar como
arma. “¿Quién era ese carolina? –pregunté; ella no contestó. “Me lo dices a mí
o se lo dices a mamá” -Amenacé. “Era mi novio” –dijo. Maldita sea, como me
enojé, quise abofetearla y violar a esa puta en un instante. “Sabes que no
puedes arriesgar a que alguien entre en la casa” –le dije. Ella estaba muy
nerviosa y casi quería llorar, era el momento de atacar. “No llores que no le voy
a decir a mamá” –le dije. Se tranquilizó y no sé si en agradecimiento o por
puta se paró y me abrazo, yo la abrace y le besé su suave y tersa mejilla. “Te
prometo que no lo vuelvo a hacer” –me dijo. Le respondí: “No te creo”. “De
verdad, créeme” -dijo. A lo que le respondí: “Definitivamente no, quiero que lo
cortes, solo así me vas a convencer”. Ella estaba perpleja, así que no supo que
decir. Cambié de estrategia, le expliqué de una forma muy peculiar porque no le
convenía; apenas lo conocía, era joven, no estaba a su altura, etc.
Finalmente
unos días después, se me hizo y lo cortó, también ahora siempre me salía a
mitad de clases para estar con ella, bueno como según seguía enferma, yo
terminaba limpiando o lavando ropa. Pero aunque me daba cuenta, eso solo me hacía
sentir más atraído a ella. Hasta que un día me dijo que porque llegaba tan
temprano, a lo que le respondí que las ultimas clases eran aburridas y que
prefería venir a ayudarla, que sería nuestro secreto, por su parte el haberla
encontrado con su novio y ayudarla en la casa, de mi parte el solo ir la mitad
del día a clases por hacerle un favor y divertirme (aunque mis notas se
desplomaban poco a poco, eso cada vez me importaba menos, solo quería estar con
ella). Al poco tiempo me encontré con que las cosas cambiaban, yo trabajaba
haciendo prácticamente todo y ella ya casi no platicaba conmigo, se ponía a ver
TV. Era tal su embrujo que no lo advertí sino hasta cuando un día me hizo
llevarle un café al sillón y yo como su fiel perro me eché a un lado de ella
para recargar mi cabeza en la parte baja de sus piernas con medias y oler
discretamente sus pies, ya que frecuentemente se sacaba los zapatos y eso
siempre me excitaba, solo hasta cuando me acarició el cabello como su mascota,
lo entendí, decidí cambiar de planes. Al otro día decidí que no sería más su
perro y tome clases todo el día, pensé en recriminarle su comportamiento al
llegar, pero por azares del destino a ella la encontré diferente. Llevaba una falda
más corta, arriba de la rodilla y ¡oh sorpresa! No llevaba medias. Como el primer
día mi pene se catapultó y tomo vida, la excitación me cegaba. Nunca creí que
tuviera tan buenas piernas, firmes, robustas y sin vello aquellas piernas
morenas hicieron que olvidara todo. Me quede viéndola como idiota y sin
disimular, por lo que ella me dijo: “Es que hace mucho calor y por eso me puse
una falda un poco más corta y me quite las medias, pero no le digas a tu madre
que en la tarde me cambio”. Era cierto, hacía un calor infernal y le dije:
“Está bien, te entiendo, yo también no lo aguanto” y sin saber porque me quite ahí
mismo la camisa y se la lancé. “Lávala” –le dije.
Ese
día descubrí a una diosa en mi casa y estaba dispuesto a adorarla como su fiel vasallo
como era debido, me decidí que a toda costa y con las consecuencias que fueran
me la iba a coger, costara lo que costara. Al otro día tuve educación física y
el calor aumentaba despiadadamente, llegue a casa sudoroso y oliendo a rayos,
ella se me quedó viendo. “Enseguida te ayudo, solo me voy a bañar” –le dije.
Como los baños con ducha están arriba es necesario accionar una pequeña bomba
para que suba el agua. Subí a mi cuarto me quité todo excepto el calzoncillo
(en verdad me moría de calor) y me puse la bata de baño, bajé hacia el patio
(qué es donde está la bomba), empezaba mi pene a cobrar vida al pensar en lo
que iba a hacer.
Deliberadamente
desate el cordón que cerraba la bata y llegue a donde estaba la palanca que
accionaba la bomba (tenía que estirarme para alcanzarla por lo que mi bata se
abrió), ella estaba en el patio apilando ropa sucia. “A ver, dime cuando oigas
que la bomba comienza a trabajar” –le dije y me voltee hacia ella (no la había
accionado) con la bata abierta que dejaba ver mi cuerpo desnudo solo con
calzoncillos. Ella no se lo esperaba y solo se me quedo viendo mi pene en su
furia no sabiendo que hacer. “¿La oyes? –no respondió nada. En mi mente todo
marchaba bien. Le pregunté: “¿Qué me miras Carolina?”. “Nada” –respondió. “Es
solo que…” –trababa de hilvanar palabra. “Es solo qué…” –intentó decir algo. “Carolina”
–le dije. “Perdón” –dijo y se volteó. -Perdón de que? Caro-. Y fui hacia ella.
-Es que vi algo cochino y pecaminoso-. Era ahora o nunca, le dije haciéndome el
desentendido: “¿Qué? ¿Mi pene acaso?”. La pregunta la dejó helada y la repetí,
a lo que ella dijo: “Sí, eso. ¿Por qué me enseñas eso indecente?”. Me hice el
ofendido: “¿Indecente yo?” –le dije. “Indecente el padre que te llenó la cabeza
con esas tonterías, esto es lo que Dios nos dio y así nos hizo, no hay porque
avergonzarse” –repliqué. Me costó un rato convencerla de que era parte de
nuestro cuerpo y que no había porque avergonzarse; no sé si realmente la
convencí o le ganó la calentura pero al final me dio la razón y empezaba a
entrar en confianza. Me preguntó por mi erección, qué si todos los hombres
estaban siempre así y como nos cabía en los pantalones, a lo cual me sonreí y
con toda la naturalidad le explique que se debía a muchos estímulos externos,
me dijo que le gustara que le explicara bien y fríamente, porque a su novio le
daba pena y nadie más le decía nada. Me dijo que qué me había ocasionado que
tuviera esa erección de caballo (solo las había visto en los caballos antes de
montar a las yeguas). “Te voy a ser sincero Carolina, tú eres la culpable de
que mi pene esté como estaca o paquete de caballo, tú eres mi yegua” –le dije.
Se sorprendió y me dijo: “¿Es que me quieres montar?”. “Exacto, eso quiero” –
contesté. Ella se asustó y le dije que no significaba que lo fuera hacer, que
cuando un hombre ve a una muchacha muy bonita y le llega a la mente aunque sea
de lejos la idea de estar con la muchacha, su pene se le para.
Guardó
silencio y le dije: “Tócalo para que no te quedes con las ganas de hacerlo, que
bien que se te notan, recuerda que no hay nada de malo”. Ella de repente no
supo que hacer y se quedó estática, así que ya con las cartas a mi favor,
suavemente tome su mano y la dirigí hacia mi pene con mucha delicadeza, ella me
tocó la punta por arriba del calzoncillo, el cosquilleo casi me dobla, después
con cautela fue recorriendo mi pene, que estaba tan tieso que jalaba tanto el
calzoncillo hacia adelante que se me veían los vellos púbicos y casi salía por sí
mismo mi pene. Solo bastaba con que jalara lo mínimo hacia abajo el calzón y
éste saldría disparado como resorte, lo hizo y en broma le dije: “Ten cuidado
no te valla a sacar un ojo”. Ella se rió al oírme y ver como se liberó mi pene
en toda su extensión. Siguió acariciándolo y casi matándome en el acto, hasta
que comenzó a salir el líquido presemeninal de la punta, ella divertida la tocó
y yo salte de placer. Tenía las yemas de sus dedos mojadas con mi fluido y le
dije que la probara, ella no quería pero la convencí, solo dijo que sabía salado.
Me
acerqué a ella y sin pensarlo le di un abrazo tierno (me divirtió su
inocencia). Le dije: “Ahora, me toca tocarte a ti”. Ella se retiró pero volví a
convencerla de que era su cuerpo, que no tenía nada de malo y lo más
importante, no era justo que ella me había tocado y yo no. La abracé y bajé mis
manos delineando su exquisita figura, hasta llegar a sus nalgas, ahí las amasé
con las manos, mientras por delante ella sentía en su pubis mi pene tieso y era
obvio que se estaba excitando. Pasé mis manos hacia adelante y comencé a
desabrocharle la blusa, poco a poco, iba descubriendo los pechos de una diosa,
decorados con pequeñas pecas; Traía un sostén blanco de algodón no muy
atractivo pero si ajustado, en cuanto descubrí su ombligo baje a pasarle mi
lengua y a besarlo delicadamente, ella se estremecía. Baje la blusa por sus
hombros y simplemente la deje caer, se veía preciosa, una delicada silueta y
unas caderas anchas y sexys como no las había visto antes. Quiso decir algo pero
la callé con un beso, nuestro primer beso; húmedo, lascivo, ella no se
resistió, se estaba dejando llevar ya por sus impulsos. La rodeé con mis brazos
y la empujé con fuerza y sin miramientos sobre una gran pila de ropa sucia, ahí
quedó despeinada y expuesta a lo que quisiera hacer; me subí encima de ella,
que ahora solo se dejaba llevar por la excitación y su respiración se aceleraba
dibujando una pequeña sonrisa de lujuria. Comencé a besarla de una forma
lasciva y sin control, babeando su boca, la saliva escurría por su cuello
mientras la violaba con mi lengua en su boca. Creo que en ese momento ella
perdió el control y se abandonó a sus impulsos besándome como perra en celo.
Bajé mis manos acariciando su espalda y al llegar a su falda, desabroche el
seguro y bajé el cierre; entonces se la empecé a bajar con desesperación animal
junto con sus calzones, ella retrajo las piernas y por fin zafe sus prendas. “Este
es mi trofeo” –dije mostrándole el calzón blanco manchado por sus juguitos, le
di unos lametones y lo olfatee y lo guarde en un bolsillo de mi bata.
Ella
tomó mi bata y la jalo hacia atrás despojándome de ella, yo como pude me quite
los calzones y los avente lejos; Después fui a la caza de su última prenda, con
unos jalones terribles mientras la besaba como un animal le arranqué el sostén y
lo aventé muy lejos lastimándola en el acto, le di una buena bofetada cuando se
quejó y comencé a mamarle las tetas de una manera salvaje, ella empezó a gemir
sin control llegaba lo inevitable, el sueño y propósito de mi vida; me la iba a
coger. Bajé a darle gusto a mi lengua con esa vagina tan rica que tenía, le
jalaba los pelos con los dientes y al rozar mi lengua la entrada de su nido de
amor, ella se estremeció y empezó a gemir sin control como hembra en celo. Mi
lengua llegaba hasta lo profundo de su vagina embriagándome de un dulce y
picante sabor, y me volví loco lamiendo cada parte de ella, tan suave y rica
era.
“Te
voy a coger putísima perra, vas a saber lo que es un macho caliente, te voy a
hacer mi mujer, mi hembra, mi yegua” –le dije de la manera más sucia. Ella
gritó: “Papi, móntame, cabálgame, cógeme, soy tuya. Hazme tu puta, tu mujer,
hazme lo que quieras soy tuya”. Por instinto, ella separó las piernas, yo me
acomodé encima montándola como a una yegua, ella puso sus manos alrededor y me
rodeó con sus exquisitas piernas. Mientras la besaba como poseso; sin
preámbulos le metí mi verga hasta lo más recóndito de su vagina con toda mi fuerza.
“Te la voy a dar hasta los ovarios puta, te voy a fecundar todos tus putos óvulos
de una sola vez” –le decía con la perversión a flor de piel. Ella gritaba de
dolor y placer y como una bestia abandonada a sus instintos más primitivos y
sin importarme un bledo si la lastimaba o no, comencé a poseerla de una manera
brutal; no paraba de chillar y mi placer era insuperable, esa hembra me estaba
enviando al cielo. Me sentía un toro enardecido cogiendo y de repente ella puso
los ojos en blanco, se tensó y soltó un grito apagado arañándome la espalda, se
estaba corriendo; sentí en mi pene la descarga repentina de sus jugos, lo que
me excitó hasta la muerte y descargué con toda mi furia de toro en celo una
inmensa cantidad de semen dentro de ella y en ese momento mi gloria se cuadruplicó,
porque noté que me la estaba cogiendo, la estaba poseyendo sin condón y sin la
más mínima protección. Empuje mi pene hasta el fondo para que el semen llegara
hasta los ovarios si de verdad era posible. Era el paraíso.
Cuando
nuestros quejidos se apagaron, seguimos abrazados mucho tiempo, ahí sudorosos y
tirados desnudos sobre la pila de ropa sucia, comencé a besarla con cariño y
ternura. “Te amo Carolina, quiero que desde ahora en adelante seas mi novia, mi
yegua y yo seré tu semental” –le dije tal vez movido por el morbo del momento.
La volví a besar y ella aceptó muy conmovida.
Estuvimos
más de media hora abrazados besándonos con cariño hasta que notó la hora y me
dijo que subiéramos a bañarnos y cambiarnos, teníamos tiempo antes de que
alguien llegara. “Lo sé, pero primero quiero que me limpies mi verga con tu
boquita de ángel” –le dije. Ella no quería pero bajé su cabeza forzándola y le
metí la verga casi fláccida en la boca, ella me limpió tan bien que se me
volvió a parar, subimos al piso de arriba y en la ducha la volví a coger,
penetrándola fuertemente y acabando en su interior. Terminamos de vestirnos
justo cuando llegaron mis padres. Ella bajó con su cabello negro azabache
todavía húmedo, con un uniforme limpio que había subido antes de bañarnos, su
falda negra un poco ajustada que marcaba ese jamón que tenía por culo, su
delantal blanco y su blusa negra ahora si bien abrochada a juego con unos
zapatos que mostraban sus apetecibles empeines; yo para evitar sospechas me
puse una gorra.
Mientras
ella atendía a mis papás, disimuladamente disfrutaba de su olor a mujer limpia,
sabiendo que ya podía considerarla algo así como mi hembra, me sentí muy macho
imaginando que era ella mi mujer la que los atendía. Al final antes de que se
fuera a dormir y cuando ya todos estaban en cama la besé tiernamente en los
labios, cosa que agradeció sonriendo y le dije. “Hasta mañana mi yegua,
recuerda que te amo y que ya eres mi novia”. Ella me devolvió el beso y me
dijo: “Torito, soy toda tuya, te amo”.
Por
primera vez desde que la comencé a desear pude dormir tranquilo sintiéndome
todo un macho y orgulloso por habérmela cogido. Pensaba ser el dueño absoluto
de esa provocadora hembra. Que equivocado estaba, mi vida estaba por cambiar
completamente y no para bien.
Pasiones Prohibidas
®

Ufff mi amor..... Que relato. .. 🔥🔥💦💦
ResponderEliminarEn cada línea desborda excitación pura lectura orgasmica
Cada línea hace vibrar mi cuerpo y palpitar mi vagina
Mientras más leí ya quería llegar al final
Y literal venirme.
Estoy al full con esta lectura mi Perverso con una necesidad tremenda de venirme para ti
Que locura tus relatos mi amor....uffff