062. Jacobo, mi querido profesor de historia


Ese día, parecía como cualquier otro, un día normal de universidad; pero no fue así.

Como cada mañana, vi al maestro Jacob caminando por el corredor, con esa elegancia y sensualidad que lo caracteriza, nos imparte la clase de Historia, es uno de esos hombres, que sin ser guapo en el sentido clásico, resulta un hombre tremendamente atractivo, con más de metro ochenta de estatura, esbelto, de hombros anchos, cintura estrecha, piernas largas y poderosas, un trasero firme y abultado y bajo sus pantalones, un buen paquete, de esos que se te antojan con sólo echar una mirada. Es uno de esos maestros estrictos y duros con los alumnos; es imposible sobornarlo y alardear en alguna de sus clases, sin meterte en un buen lío.

La cuestión, es que, ése no fue uno de mis mejores periodos, por lo que mis calificaciones no eran precisamente como para presumir, así que me vi bajo la estricta lupa del profesor.

Casi al terminar las clases, Jacob me mandó a llamar a su despecho y mientras me sermoneaba y me daba detalles sobre cómo salvar el semestre, empecé a fijarme con atención en él; el pantalón vaquero se ajustaba a sus muslos y mis ojos fueron directamente a su paquete; mi calentura se disparó de inmediato, al imaginar esos labios en mis tetas, mordiendo mis pezones o chupándome la vagina; Jacob pareció advertir mi lascivo interés, por lo que bruscamente dio por terminada la reunión, no sin que antes yo advirtiera cómo su paquete crecía visiblemente bajo sus pantalones.

A partir de ése día, no me perdía su clase, me sentada adelante, frente a su escritorio, me las arreglé para hacer que mi falda del colegio fuera lo más corta posible, apenas cubriéndome a medio muslo y la blusa blanca una talla más chica, debajo me ponía sujetadores de media copa, para que mis tetas quedaron visibles y aún más, no llevaba calzones. Constantemente, abría mis piernas, dejando expuesta mi vagina. Disimuladamente, Jacob no evitaba mirarme; muchas veces lo pesqué con la vista fija en mis senos y yo sólo sonreía y en cuanto él se daba cuenta, se apartaba con brusquedad; Así pasó más de una semana, en las que pude observar cómo el perverso maestro de historia se ponía cada vez más nervioso y cómo su rico miembro se endurecía; yo hacía todo lo posible por provocarlo; en una ocasión, me acerqué a su escritorio y me incliné sobre él, regalando una magnífica vista sobre mis tetas; casi se quedó bizco y se puso tan rojo, que creí que en ése momento me echaría; un poco harta de este jueguecito, decidí hacer algo drástico, así que cuando el colegio casi estaba desierto, me dirigí a su oficina; yo sabía que él siempre era uno de los últimos en abandonar la escuela, así que cuando llegué, él estaba arreglando unos papeles, de espaldas a la puerta; con suavidad entré y cerré la puerta tras de mí; cuando me vio, se sonrojó y noté su inquietud. Me preguntó con sequedad qué quería; sonriendo me senté en una silla y le respondí, que era precisamente lo mismo que yo iba a preguntarle; me miró sin comprender.

“Te he visto cómo miras mis tetas” –le dijo con un tono desafiante.
Él se quedó mudo de asombro y después de unos minutos balbucea: “Eso, no es...”. “Oh, vamos, no finjas, sé que estás deseando lamerme las tetas” –interrumpo de manera descortés. Apretó los puños, molesto por mi comentario descarado. “Será mejor que salgas de aquí” –me dice con furia. Sonreí y empecé a desabotonar mi blusa ante tu mirada perpleja; él ni siquiera podía hablar, así que cuando mis senos quedaron expuestos, no pudo dejar de mirar, empecé a acariciarlos, pellizcando mis pezones y poniendo cara de caliente. “Apuesto a que se te antojan, ¿eh, profesor?” –le digo de forma insinuante. Lo vi tartamudear y perder al color; con total descaro, abrí mis piernas, colocándolas sobre los reposabrazos, dejando a su vista mi vagina que ya estaba húmeda; me incliné y tomé un trozo de tiza largo y grueso que estaba sobre el escritorio; y ante sus asombrados ojos, comencé a masturbarme; Jacob no podía salir de su estupor.

“Apuesto a que estás deseando cogerme, ¿eh? Anda, acércate y cógeme” –le digo desafiante. Él no se movió, sólo me observó, me deleito al ver como su miembro crecía bajo su pantalón; seguí masajeando mis clítoris y penetrándome con la tiza; era maravilloso sentirme expuesta así de esa manera. “Seguro que tu verga está deseando enterrarse en ésta conchita, anda, no te resistas, cógeme” –le suplicaba. Me sentí un poco frustrada, al ver que él no estaba dispuesto a participar, por lo que dejé de masturbarme y me puse de pie; lo vi palidecer aún más y reí, llevé mis dedos a su boca, para que probara mis jugos, luego tomé su imponente miembro sobre el pantalón. “Sal de aquí inmediatamente” –Me dijo,  golpeando mi mano y apartándose, pero sin poder evitar que su cuerpo reaccionara y su pene creciera aún más. “Piénsalo, profesor, puedo acusarte de violación; cualquiera me creería” –le digo amenazante. Lo vi apretar los labios, pero prefiero que estés dispuesto, estoy deseando tomar tu verga y comérmela hasta que escurra tu semen caliente. Apuesto a que tu esposa no te hace eso” –le digo.

Se quedó en completo silencio y mordió sus labios, creo que la idea le fascinó. De prisa, desabroché su cinturón y metí la mano, tomando su pene caliente y duro entre mis manos y empecé a masturbarlo; él cerró los ojos, no podía evitarlo, estaba ardiendo. Bajé sus pantalones y me arrodillé; ante mi vista apareció una verga deliciosa, de enormes proporciones y gorda; envolví el glande con mi lengua y lamí el tronco hasta la base. “Tú ganas, puta” –Me dijo, de pronto y tomando su pene lo metió en mi boca de una, me agarró de la nuca y empezó a follar mi boca; sus movimientos eran cada vez más rápidos y hubo un momento en que creí me ahogaría. “Esto es lo que querías, ¿verdad, putita? Anda, chupa y disfrutarás de mi tibio semen” –me dijo en tono enérgico.

Yo seguí comiéndome su verga que era deliciosa y a momentos crecía dentro de mi boca; con los dedos masajeé sus testículos; no pasó mucho tiempo antes de que sintiera el chorro de leche caliente golpeando mi garganta y escuchara su ronco gemido; me tragué todo, con verdadero placer. Jacobo, se apartó un poco y me miró, sin poder creer lo que acaba de ocurrir. Sonreí, muy satisfecha.

“Ahora te gustaría cogerme, ¿verdad?” –le digo otra vez desafiante. Él abrió los ojos y muy renuente asintió. “Pues, para cogerme tendrás que hacer lo que yo te diga” –le dije. Me responde: “No entiendo”.  Acomodé mi ropa y lo miré con diversión, le dije mirándolo a los ojos: “Te apuesto a que te daré la mejor cogida de tu vida; soy una verdadera puta y podrás meterme tu miembro en todos mis orificios”. Se acercó, para tocarme, pero me aparté. Casi en tono suplicante pregunta: “¿Qué debo hacer?”. –“Ven a mi casa esta tarde” –él sacudió la cabeza con energía. “No te preocupes, estaré sola. Te espero” –le dije sin esperar respuesta. Después de revisar que mi ropa estuviera en su lugar, salí de su oficina.

A las siete de la tarde, llamaron a la puerta de mi casa; sonreí. Mi familia no estaba, por lo que tenía la casa a mi disposición; vi mi ropa; me había puesto una faldita corta y una blusa color de rosa de tirantes; recogí mi cabello en dos coletas y no me maquillé; realmente parecía una niña. Cuando abrí la puerta, vi a Jacobo, tan nervioso, que ni siquiera podía hablar; en seguida se me lanzó, besándome con ansia; con el pie cerré la puerta. “No he podido pensar en otra cosa” –murmuró. “Me has calentado como hace mucho tiempo nadie lo hacía” –dijo. Sonreí maliciosamente.

En seguida, sus manos fueron a mis senos y empezaron a apretarlas, pellizcando mis pezones que se pusieron duros y otra de sus manos se perdió bajo mi falda, enterrando uno de sus dedos en mi vagina (no llevaba ropa interior). “que ya estaba húmeda y caliente” –me dice con asombro. “Espera, espera” –le dije. Lo aparté y lo tomé de la mano, llevándolo a la parte de arriba, a la habitación donde los hombres de mi familia me habían iniciado en el sexo; al entrar, comencé a desnudarlo y sus manos no dejaban de tocarme por todas partes, estaba muy ansioso y su miembro saltó duro y muy grande ante mis ojos, yo también me desnudé y sin pensarlo mucho, lo tiré sobre el suelo y me enterré esa tranca en mi vagina húmeda. ¡Oh, qué buena verga me estaba cogiendo! Era muy grande y gruesa, pero entró sin ninguna dificultad; empecé a galoparlo con locura; había soportado demasiado tiempo que me evitara y ahora que lo tenía dispuesto, no iba a desaprovecharlo. Nos movimos con rapidez y pronto logramos nuestros orgasmos; sentí su semen llenándome la vagina, fue demasiado rápido, yo quería más.

Mi abuelo había colorado unos barrotes en la habitación y tenía unas cintas de cuero, todo había sido idea de él, ya que quería intentar cosas nuevas, por lo que aproveché que Jacobo estaba dispuesto a todo con tal de follarme, que no puso quejas cuando lo puse de pie y le amarré las manos y los tobillos, con las cintas, quedando inmovilizado. Sin saber muy bien qué era lo que pensaba hacer, lo amordacé. Empecé a chuparle la verga, que estaba semi erecta; fui chupando sus testículos, hasta el borde de sus nalgas; sentí cómo se estremeció cuando chupé su orificio. Sus gemidos eran ahogados por la mordaza, mientras yo seguía mamando ése delicioso miembro.

La puerta se abrió de improviso y oí: “¡Vaya, vaya, con la putita de mi hermanita!”. Al volverme hacia la puerta, descubrí a mi hermano, mirándonos con desparpajo y observando detenidamente al profesor; éste, al ver a mi hermano, se puso pálido y forcejeó un poco, para soltarse. “¿Qué haces aquí? Creí que estaría con la puta de tu novia” –le respondí, sin dejar de chupar ese delicioso miembro; éste había perdido de pronto su erección y mi hermano sonrió. “La muy puta no quiso chuparme al culo, así que la mandé a volar. Así que, como me quedé caliente, decidí venir a cogerme a mi dulce hermanita” –me dijo.

Jacobo nos miraba a uno y a otro, sin poder comprender. “Ahora estoy ocupada, así que largo. Estás distrayendo a mi profesor” –le dije molesta. Jacobo no dejaba de sacudir la cabeza e intentaba soltarse, así que miré con enojo a mi hermano, que ya se había acercado a nosotros. Mmmmm, no seas egoísta y déjame participar. Estiró la mano para sacarme de debajo de mi amado profesor y en cuando lo hizo, me cogió las tetas y comenzó a chuparlas ante los ojos desorbitados de mi profesor “Qué buena estás, hermanita” –murmuró el muy descarado y se desabrochó el pantalón, dejando saltar su verga erecta. “¿Verdad que sí, profesor?” –dijo fijando su vista en Jacobo, que no podía dejar de mirarnos. “Ahora vas a ver lo que le gusta a esta zorra” –dijo. Levantó una de mis piernas y se arrodilló; entonces comenzó a lamer mi conchita, yo gemía como loca, estaba tan caliente; ahí estaba yo, cogiendo con mi hermano ante de la vista de mi profesor. Mi hermano encontró mi clítoris y lo chupó con energía, haciéndome temblar. No tardé en tener un orgasmo y derramarme en el rostro de mi hermano. Cuando terminé, mi hermano se puso de pie con agilidad y se deshizo de su ropa; desnudo se acercó a Jacobo, que lo miró aterrorizado. “Parece una buena verga” –dijo mi hermano y tomó ese delicioso miembro que me muero por tener dentro otra vez, éste en seguida trató de apartarse y mi hermano se rió con perversidad. “¿Qué tal sabe ésta verga, hermanita?” –pregunta el muy morboso.

Yo que permanecía en el suelo, laxa, por mi reciente orgasmo, le dije en voz baja: “Buenísima. Anda, prueba, no digas que tu hermanita es egoísta”. Al escuchar mis palabras, Jacobo forcejeó, tratando de soltarse y gimiendo con pánico. Mi hermano se arrodilló frente a él; Jacobo seguía intentando evitar ése momento que parecía inevitable. Yo sonreí y el pervertido de mi hermano también, me dice: “No, comer vergas es de putas, así que dale placer a este mariconcito. Metí su verga en mi boca una vez más, él estaba disfrutando como un verdadero puto. Mi hermano me alza de las caderas y clava de una certera estocada su miembro en mi culo.

“¡Qué puta eres hermana! No paras de chupar aunque te reviento el culo” –dice el pervertido de mi hermano. “Está tan rica como la tuya, sigue que me gusta cómo me ensartas el culo” –le digo sin parar de chuparla. Jacobo, vencido por completo al placer, lo advertí por sus gemidos, se podía ver que lo estaba disfrutando. Me sentía como una puta, sobre todo cuando los dos a la vez llenaron mi boca y mi culo con ese espeso semen. Mi culo palpitaba y mi boca escurría la tibieza de los fluidos de Jacobo.
Al verlo vencido, mi hermano y yo decidimos desatarlo, para poder coger a nuestras anchas; me puse de rodillas y le indiqué a mi hermano que era hora de que me follase la boca y que Jacobo se tumbara en el piso y me follara con la boca. Me puse sobre él regalándole mi culo y mi sexo, abrí mis piernas y en seguida mi perverso profesor comenzó a lamer mi vulva. Mi hermano no podía dejar de gemir mientras su verga entraba y salía de mi boca. Sentí cómo mi profesor me tomo de los muslos y poniéndome sobre su pene y de un empujón lo hizo entrar completo, haciéndome gritar de placer. Al percatarse de eso, mi hermano arremetió con más rapidez sobre mi boca, cuando sintió que estaba a punto de venirse, sacó su pene y me echó su leche en la cara, a la vez que Jacobo acababa dentro de mí y yo tenía mi propio orgasmo.

Aun no estaba satisfecha, quería que mi profesor me rompiera el culo, lo deseaba y él se lo había ganado con creces. Por lo que mamé su miembro hasta que otra vez se puso duro y le ofrecí mi culo; quería que me usara como siempre lo deseó y de la manera salvaje en que yo había fantaseado. Mi hermano se acomodó de espaldas en el suelo y yo me monté sobre él, ensartándome a su verga, me voltee a mirar a mi querido profesor y le pedí que se acercara, mientras me abría las nalgas dejando a su vista mi ano. Empezó a chuparlo, para dilatarlo; acomodó su glande a mi agujero. “Ahí tienes lo que querías, puta” –me dijo con rabia y de un golpe me ensartó su verga; yo grité por el dolor; era una verga muy grande para mi hoyito; mi hermano al notar mi incomodidad, empezó a moverse dentro de mí. Pronto me acostumbré y logramos acompasar nuestros ritmos. “¡Ah, qué rico culito tienes perra! –murmuraba Jacobo con voz ronca. “¡Ah, qué bien se siente! voy a romperte el culo, puta” –decía enajenado. Yo me movía con agilidad sobre esos deliciosos penes. “¡Ah! ¡Qué bien se siente! ¡Vamos par de putos, denme su semen –les decía al borde del orgasmo. Mi hermano dio un empujón más y se derramó dentro de mí, cuando yo grité al tener mi orgasmo; Jacobo tardó unos segundos más en acabar, pero cuando lo hizo, su leche salió ardiendo y abundante, tanto que no pude retenerla en el culo. Caímos los tres en el suelo, exhaustos. “Apuesto a que esa buena verga que tiene tu profesor, le encantaría al abuelo” –dijo de pronto mi hermano y los dos soltamos una fuerte carcajada, mientras Jacobo nos miraba atónito. Lo único que espero es repetir la experiencia con mi querido profesor esta vez solos, sin que me tenga que compartir con alguien más pero no niego que siempre me ha gustado coger con mi hermano.




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