019. Un secreto bien guardado 2




Hace un tiempo les conté lo que sucedió con María José, esa intensa jornada de sexo que me hizo sentir una gatita perversa. bueno, esta vez quiero relatarles algo que me sucedió en la oficina el lunes siguiente de la fiesta.
Trabajo en una oficina de abogados, soy la típica secretaria que tiene que escribir cartas, realizar escritos para que los jefes se luzcan en tribunales y que de vez en cuando les lleva café para que hablen con sus clientes de los resultados de los casos y demás temas aburridos que les atañen a ellos. Eran algo así como las diez de la mañana y sin nada que hacer decidí subir algunas fotos a Facebook de esa noche de fiesta. Al poco rato de estar en esa exhaustiva labor recibo una solicitud de amistad de alguien que no conozco; le mandó un cortés mensaje para preguntarle de donde nos conocemos y me dice que me vio en la fiesta, que quedó fascinado de como el látex se ceñía a mi cuerpo. Por alguna razón me puse nerviosa, incluso llegué a pensar que era mi marido quien estaba jugando una broma, pero no era él ya que en ese horario estaría en una reunión de negocios.
Impulsada por el miedo decidí bloquear a ese tipo, al poco rato me di cuenta que mi correo estaba a la vista en Facebook y me llega una notificación a MSN que alguien me había agregado a sus contactos. Lo primero que me manda es un zumbido que mueve por completo mi pantalla, ofuscada pregunto: “¿Quién eres?”. Me responde: “Tuviste el valor de bloquearme en Facebook pero de lejos se te ve que eres una puta sensual”. No sabía si enojarme o sentirme complacida, de alguna forma si soy una puta pero solo dos personas pueden dar fe eso (mi esposo y María José). Dejé de responder y al cabo de unas horas recibo otro “zumbido” que me altera. –“¿Hasta cuándo me vas a molestar?” –le digo molesta pero solo recibí una carcajada del otro lado de la pantalla.
me comienza a mandar algunas de las fotos que había subido al Facebook el día de la fiesta, mi corazón se aceleraba porque mi privacidad había sido invadida y no podía hacer nada para remediarlo. “Eres una gata sensual Katy me dice” –con ese tono morboso que los hombres tienen cuando ven a una mujer que les atrae. “¡Eres un cerdo desgraciado!” –le digo enojadísima pero otra vez me manda risas burlescas. “No creo que te enojes porque a las zorras como tú les gusta que las adulen” –me dice. –“Además, te queda bien esa falda corta de color azul”. Tragué saliva y buscaba a quien me observaba con detenimiento, no podía creer que ese degenerado estaba en la oficina y mucho menos que se atreviera a acosarme sabiendo que podía ser descubierto en cualquier momento. No niego que había algo de excitante en la situación pero también me perturbaba que alguien de la oficina indagara en algo que no les compete y mucho menos que se tomara ese tipo de confianzas conmigo.
Recuerdo que me levanté y salí a comprar un café, mientras esperaba miraba a todos por miedo a ser seguida por ese maldito acosador que me había quitado la tranquilidad, fumé un cigarro y bebía el café nerviosa, mis ojos parecían algo perdidos en la inmensidad del edificio; pensaba en que había tanta gente en quien fijarse y justo ese cerdo degenerado se fijó en mí. Después de eso parecía que se había cansado ya que por varias horas no me molestó pero mi calma otra vez se transformó en tensión cuando llegó un mensaje de la cuenta de este tipo entra, es una foto en donde exhibe su miembro erecto; un escalofrío me recorrió por completo pero también una extraña sensación que hizo humedecer mi sexo. Sin pensarlo me excité y me envolví en un montón de imágenes perversas que me hacían fantasear con tan delicioso pene que se veía en mi pantalla. Apretaba mis piernas para contener mis fluidos pero era imposible, miraba a mi alrededor y deslizaba mis dedos por los muslos; mi sexo estaba ardiendo y yo luchaba con esconder mi cara de excitación para no ser descubierta por los curiosos o por el maldito acosador que había encendido mi perversión.
“¿Disfrutas los que ves puta?” –me pregunta. Le respondo: “¡Claro, soy una mujer que disfruta del sexo!”. Noté que mando una grabación, esperaba reconocer la voz de aquel que me tiene intranquila pero solo a lo lejos se oye un pequeño murmullo que dice: “¡Te vas vuelto toda una putita!”. Escribo con una sonrisa en los labios: “Lastima que nunca lo sabrás cerdo asqueroso”. Cierro la sesión y apago mi computadora, ya que es hora de salir y volver a casa. Por alguna extraña razón fui la última en salir, al entrar en el ascensor una extraña sensación me recorrió por completo, otra vez sentía la humedad en mi vagina y el deseo incontrolable de ser poseída por aquel extraño que mantuvo mi mente ocupada. No aguanté el deseo y comencé a tocarme descaradamente en el ascensor, no importó si la puerta se abría, tampoco importaba quien pudiera entrar, solo quería apagar esa llama que quedó encendida y que solo un buen orgasmo podría lograrlo. El trayecto se hizo placentero al sentir como mi respiración se agitaba y me encaminaba al mágico momento en que el placer me envolvía cada vez más. Sucumbí al placer y me deslicé por las paredes del ascensor con las piernas abiertas y temblando ante esa deliciosa sensación. Como pude me incorporé, salí y caminé por el solitario estacionamiento, habían unas luces que titilaban, parecía la copia de una película de terror; no sé si debido a la excitación o al miedo que tenía por recorrer el camino a mi auto pero apuré mis pasos, la alarma de un vehículo comenzó a sonar, por un momento mi respiración se detuvo a causa de la sorpresa, saque}é rápidamente las llaves de la cartera y miré en todas direcciones, al abrir la puerta de mi auto una mano envuelta en un guante de cuero tapó mi boca y una misteriosa voz susurró: “No te muevas puta”.
El miedo se apoderó de mí y por instinto comencé a forcejear, me llevó al suelo; al voltear para ver a mi agresor, éste vestía de negro con una máscara que dejaba al descubierto solo sus ojos y su boca, entrego mi cartera pensando que el móvil del ataque era robarme pero sonrió y me dijo: “Solo me interesa una cosa de ti”. En ese momento intenté gritar pero sacó un cuchillo y me dijo que si lo hacía me quedaría sin lengua cuando lo puso en mis labios. Una sonrisa perversa se asomaba y comenzó a deslizar la punta del cuchillo por mi rostro, temblaba de miedo pero de a poco desapareció por completo. La violencia fue la tónica, ya que con el filo del cuchillo desgarró mi ropa mientras hablaba cosas sucias y retorcidas; al tenerme a su merced me puso de pie y apoyó mis manos en el maletero del auto forzándome a levantar lo que más podía mis nalgas, sentía como el filo del cuchillo se desliza por mi espalda hasta llegar a mi trasero, un descarado golpe con la hoja me hace saltar; la verdad no sé si es miedo o excitación pero cada momento se trasforma en placer. Sus manos me recorren de manera vulgar, noto que salían autos pero no hicieron nada por detener la escena parecían indolentes a lo que sucedía, aunque ahora pienso en que tal vez mi cara no reflejaba la realidad de lo que pasaba ya que de cierta forma disfrutaba de esas caricias perversas.
Por un momento sus manos se detuvieron, podía sentir su tibia respiración en mi nuca y la humedad de su lengua recorriendo mi espalda, me retorcía de placer, sin duda sabía qué hacer en el momento justo. Ese movimiento de arriba a abajo me tenía completamente rendida, en mi interior pensaba en lo delicioso que sería sentir esa lengua entre mis piernas; sin quererlo gemía demostrando mi fascinación por lo que ese enmascarado perverso hacía. A esas alturas no importaba nada solo el perverso placer recibido, en ese punto de casi éxtasis sentí como esa húmeda lengua no se detuvo en mi espalda baja sino que continuó el viaje hasta perderse entre mis glúteos; confieso que la sensación fue exquisita, sentía como esa lengua se movía en mi ano; casi no podía mantenerme en pie pero era obligada a hacerlo ya que cada vez que mis rodillas se doblaban recibía una deliciosa nalgada que me mantenía apoyada sobre el auto. Me dio vuelta y me beso de una manera descontrolada, sus dedos se metieron en mi chorreante vagina haciendo que salgan y entren de manera brutal, mis gemidos creo que se sentían en todo el estacionamiento pero ya daba igual. Con un movimiento certero de sus manos bajo el cierre de su pantalón y sacó su erecto miembro el que se deslizó sin problemas por mi sexo y se abrió paso hasta entrar. Me embestía con fuerza y me trataba de puta y así me sentía. Me sentía la protagonista de una sucia película pornográfica, dominada por el placer de ser la puta de aquel desconocido atacante me entregué a los brazos del orgasmo mientras él no paraba sus movimientos frenéticos. Era un macho que se saciaba en cada gemido, era un macho que en cada estocada me transformaba más en su puta al punto llenar el interior de mi vagina con su espeso semen que se mesclaba con mis fluidos.
Otra vez me beso con locura y me dijo: “¡Ha sido un placer Katty, mi querida putita!”. Así como apareció entre las sombras se fue; quedé follada y desnuda. De esa manera conduje a casa, me di una ducha y me recosté pensado en aquel hombre misterioso que me sedujo primero por la computadora y después me poseyó en el estacionamiento. Si bien es cierto había sido víctima de un delito para mí no importaba ya que en ese instante era una puta en celo tanto como lo fui con mi amiga aquí en casa. Llegué al otro día al trabajo y esperaba recibir un mensaje de aquel hombre pero no hubo nada, tampoco en la semana y en los meses siguientes; sólo tengo el recuerdo de ese secreto bien guardado.


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