Ante los cristales de la vitrina de una agencia de viajes estaba Karol, una joven chilena de 32 años, de mediana altura, rubia y algo maciza, muy soñadora, que con mucha antelación planificaba sus próximas vacaciones. Quería viajar al Oriente pero no tenía claro cual sería el destino definitivo que elegiría.
Había estado desde el año pasado ahorrando mes a mes para pagarse el viaje, incluso había pedido un préstamo bancario; buscaba conocer Tailandia, Camboya o Birmania y durante veinte días tendría mucho tiempo para visitar las pagodas, museos, playas, mercadillos, etc., del país elegido.
Como el tiempo pasa, un día Karol ya se encontraba sentada en el autobús repleto de turistas de muy distintas nacionalidades. Había desembarcado en Tailandia, su destino vacacional; con un vuelo chárter y durante los primeros días visitaron ruinas, navegaron por ríos y hoy iban a conocer una pagoda situada en la montaña. Los hermosos paisajes la tenían fascinada y la memoria de su cámara se llenaba con las fotos y vídeos que tomaba para inmortalizar su visita. Se sentía como una niña curiosa, no quería perderse nada.
Entró, junto con un numeroso grupo de personas, que viajaban en dos autobuses, al interior de la pagoda. En su interior una enorme estatua dorada que representaba a Buda sentado ocupaba gran parte de la estancia que se encontraba en semioscuridad, impregnada del olor típico que los bastones de incienso desprenden y por pequeñas lamparitas de aceite colocadas a los pies de Buda. El guía, un joven tailandés, les indicó en inglés que podían sacar las fotos que quisieran porque tenían autorización para ello, recordándoles que una limosna era la contraprestación que deberían realizar por ello.
Karol, separándose del grupo que edtaban alrededor del guía que explicaba cosas sobre la pagoda, fue tanteando buscando en la semioscuridad un lugar desde donde sacar una buena foto cuando de repente escuchó una voz que le preguntaba, en perfecto ingles, si se había perdido. Sobreponiéndose al susto inicial, vio que la voz procedía de un niño de diez o doce años, con el cráneo totalmente rasurado, vestido con una túnica naranja. El niño tomó una de las lamparillas de aceite, la alzó y la observó de pies a cabeza. Su examen debió gustarle ya que una amplia sonrisa se dibujó en su rostro y le preguntó si querría comprar una diminuta estatua de Buda que tallaban sus compañeros.
Ante la disposición a comprar este “souvenir” si no era caro, el niño le dijo que debía solicitar permiso al hermano superior, que no se moviera de donde estaba, que no se fuera que volvía enseguida y efectivamente, así fue, al poco tiempo regresó acompañado de un monje alto, rasurado y serio. El monje le dijo que estarían muy honrados si se dignase a escoger una de las obras que los pequeños novicios confeccionaban. Si ella quería seguirlos al interior de la pagoda allí estaban las piezas terminadas.
El monje, al ver que Karol dudaba cuando vio que el guía se iba acompañado de la gente hasta otro altar en donde había otra estatua de Buda, le aseguró que el guía, al que conocía perfectamente, aún tardaría más de veinte minutos en terminar el recorrido establecido. El niño novicio le sonrió y le hizo señas para que lo siguiera, a lo que ella aceptó y se introdujeron dentro de la pagoda, seguidos ambos por el monje mayor que caminaba en silencio. Salieron del templo por una puerta lateral que conducía a un pasillo estrecho y largo.
A la mitad del pasillo, el monje habló en chino con el niño y éste se agarró a una especie de palanca que sobresalía del muro y colgándose de ella tiró con fuerza hacia abajo. De inmediato, al más puro estilo de película antigua, el suelo se abrió bajo los pies de Karol y esta cayó sobre una especie de pendiente suave, larga y resbaladiza, como si fuese un tobogán, deslizándose asustada. Conmocionada del susto y con una oscuridad total, se desmayó. Mientras, la trampilla se volvía a cerrar y el monje y el niño intercambiaron una sonrisa y como si nada hubiese sucedido continuaron por el pasillo.
Cuando Karol recobró el conocimiento se encontró tendida sobre una montaña de cómodos almohadones. Sus ojos llenos de estupor contemplaron lo que parecía ser una gruta tallada en la roca iluminada por dos antorchas con cirios encendidos. Al fondo se veía una gruesa puerta de madera claveteada con gruesos clavos. El suelo estaba cubierto de gruesas alfombras con dibujos chinos, y estaba amueblada con muchos sillones oscuros pegados a las paredes de la gruta. También había una gran mesa baja lacada en negro con incrustaciones de nácar. Comenzó a gritar desesperadamente pidiendo auxilio y ante la nula respuesta, comenzó a llorar, presa de un gran pánico.
En ese momento escuchó un ruido de cerrojos y la puerta de madera del fondo, se abrió. Su primera reacción fue de sorpresa al ver entrar a una serie de monjes en procesión. A la cabeza iba un enorme y gordo monje, con la cabeza rapada y vestido igual al que ella conoció antes. Detrás iban diez monjes más que en silencio se sentaron en los sillones. La puerta se cerro y el enorme monje (que debía ser el Maestro) se aproximó a donde estaba todavía tumbada. Ella levantándose le preguntó: "¿Dónde estoy? ¿Por qué me tendieron una trampa? Les pido que me dejen salir de inmediato. Deben estar buscándome".
El monje le sonrió y trató de calmarla diciéndole: "La hermosa paloma blanca no debe asustarse. Es la invitada de honor de nuestra hermandad. Aquí tendrás 'Felicidad Perfecta'. Te encuentras dentro de ella, en esta gruta secreta situada bajo de nuestra Pagoda y nadie puede sospechar que estás aquí. Nadie te buscará porque hemos hecho correr la voz de que te encontrabas indispuesta y tomaste un taxi para regresar al hotel. Así que no te echarán de menos hasta la noche y para entonces se habrán perdido todas las pistas por encontrarte en una ciudad de tantos millones de habitantes como tiene esta y en la que desaparecen muchas jóvenes". Parecía ilógico lo que estaba viviendo, las palabras del Monje le transmitían paz pero a la vez desesperación. Su cabeza estaba llena de dudas, incluso pensaba que se trataba de una muy mala broma; hasta que recibió un golpe de realidad en medio de sus perturbados pensamientos.
"Pero, ¿están locos? ¿No van a retenerme aquí para siempre?" —dijo tremendamente asustada y llena de pánico. A lo que el monje respondió: "La joven paloma blanca hará bien en escuchar lo que voy a decirle. Nosotros, los monjes, tenemos reglas muy estrictas de no hablar con mujeres pues ellas son todo lujuria, sensualidad y vicio. Y esto nos mortifica como un castigo cruel al no poder tener ningún contacto ante los ojos del mundo con una hermosa mujer, sea oriental u occidental. Por eso, desde hace ya varias generaciones, nuestros santos ancestros decidieron librarse de este duro castigo con el mayor de los secretos al que hoy los monjes acceden al subir cada vez a más nivel en nuestra hermandad secreta. Aquí, en la más absoluta discreción, podemos disfrutar de los juegos prohibidos. Afuera todo el mundo nos ve de una forma totalmente diferente. Para nuestros juegos prohibidos escogemos, de vez en cuando, entre nuestras fieles a una hermosa y joven pecadora para satisfacer nuestros deseos, pero en contadas ocasiones podemos atrapar a una paloma blanca, como es el caso tuyo".
"Quieres decir que ¿yo he de prestarme a satisfacer los deseos lujuriosos de cada uno de ustedes?" —dijo Karol angustiada y presa cada vez de mayor terror y pánico. Aunque su mente le mostraba imágenes excitantes de lo que sería esa "tortura" a la que sería sometida y la hacía mojarse descontroladamente. Él le responde con esa serenidad que infunde calma: "Sí, paloma blanca. Vamos a satisfacer, en tu hermoso cuerpo, todos nuestros deseos de vicio y lujuria, que son muchos y muy variados como podrás ir viendo. Cuando hayamos disfrutado contigo aquí y ya no nos plazca disfrutar más de tu cuerpo, te mandaremos a otra gruta en donde otros hermanos te estarán esperando impacientemente comenzar contigo. La hermandad cuenta con veinte grutas y para cuando hayas terminado de visitarlas todas, es seguro que tus vacaciones se habrán terminado, todos se habrán ido y tú te habrás convertido en una esclava dócil y sumisa, que de por vida, te entregarás a dar todo el placer inimaginable para que se disfrute de tu cuerpo". Lanzando gritos de terror, Karol se precipitó contra la gran puerta con la intención de abrirla y escapar de la gruta, pero fue inútil… Todos sus esfuerzos fueron en vano. Desesperada comenzó a golpear la puerta, hasta que dándose cuenta de su impotencia, se desmayo de nuevo.
El enorme monje sonrió y tras hablar con el resto de sus pares, tomaron a Karol, la desnudaron totalmente y le sujetaron las muñecas mediante cuerdas a dos argollas clavadas en paredes opuestas y lo mismo hicieron con los tobillos. De esta forma quedó dispuesta en forma de una gran X, con los brazos abiertos por encima de la cabeza y las piernas separadas, de forma obscena a la vista de todos los monjes. Su desnudez revelaba un cuerpo apenas bronceado, con una cintura estrecha, unos colosales pechos con unas aureolas grandes y de color rosa pálido en cuyo centro se erguían unos pezones de un rosa más oscuro. El vientre, algo grueso, terminaba en un pubis con pelo rubio que alcanzaban a sus gruesos labios vaginales, completamente separados por la forzada apertura de sus piernas. Desde el momento en que Karol había recuperado el conocimiento no cesaba de llorar y pedir piedad. Que la desataran, que la dejaran libre, ya que jamás contaría a nadie lo que había visto. Sin hacerle el menor caso, el enorme monje, al que consideraban el Maestro, se aproximó a ella y le dijo: "Antes de disfrutar con tu cuerpo, paloma blanca, debemos castigarte por habernos excitado con tu desnudez y despertar nuestra lujuria que nos obliga a pecar".
Karol, tras escuchar estas terribles palabras, vio como el Maestro le hizo entrega a uno de sus hermanos del llamado látigo de Taiwán, un elemento de castigo formado por una lengua larga, de metro y medio y terminada en unos pequeños nudos. Sin mediar palabra, el nuevo monje se puso a golpear de forma metódica los dos bonitos pechos de Lola, que gemía y lloraba tirando de las ligaduras buscando escapar del castigo. Ella notaba que el látigo en sí, no torturaban excesivamente sus pechos pero si le dolían los pequeños nudos cuando golpeaban su desnuda piel. Eran rápidos y fuertes golpes los que descargaba el monje sobre sus pechos. La chica estaba dando un espectáculo realmente lujurioso. Todos contemplaban a la muchacha desnuda, sufriendo en sus pechos un cruel castigo y ella respondía retorciéndose de dolor y mostrándoles movimientos corporales muy libidinosos que excitaba a todos de sobremanera y por alguna razón ella también estaba siendo presa de la excitación.
En un momento dado, el Maestro levantó la mano y el monje dejó caer el látigo. Karol pensó que por fin había terminado ese suplicio. Sus pechos habían quedado amoratados y cubiertos de surcos por los golpes de los nudos. De pronto, abrió los ojos desorbitados al ver como el Maestro le entregaba un nuevo látigo, esta vez de cuero. Un bramido dentro de la gruta, marcó el inicio de este nuevo suplicio. Ahora las mordeduras del látigo no se ciñeron sólo a los pechos. Los latigazos los recibía por todo el cuerpo y el dolor que sentía era agónico, hasta el extremo que se orinó ante todos, mientras Karol se retorcía frenéticamente y temblaba convulsivamente. El castigo era atroz y parecía no tener fin. El Maestro, percibió que la joven estaba al límite del agotamiento y dando una orden, el verdugo descargó con gran fuerza por dos veces el látigo, arrancándole a la chica gritos estridentes, dando por terminado el brutal castigo. Luego, el Maestro se aproximo a ella y cogiendo sus pechos, se llevó su boca los pezones y los mamó hasta conseguir que se endurecieran. Pensaba en sus adentros: "Dios, que deliciosa boca tiene este hombre". Estaba perdida cuando sintió una lengua ancha, húmeda y algo áspera que asaltaba su sexo dejándolo aún más húmedo y deseoso. Sus ojos se abrieron poco a poco y un temblor en su cuerpo junto con un profundo grito de miedo aparecieron, lo que siempre había repudiado de la internet le estaba sucediendo a ella. Un perro enorme de raza estaba invadiendo su sexo a destajo el cual era sostenido por el Maestro junto con una cadena enorme. Sus gemidos eran cortos pero constantes, mientras ese impetuoso animal hurgaba con su lengua lo más recóndito de su ser. El monje sonreía como un demonio mientras le decía que en algún momento iba a ser la perra de ese tremendo animal; presa del descontrol que las lamidas provocaban en ella dijo: "Sí, lo deseo". No bastó más que un tirón a la cadena el perro se detuvo. Dejando a su victima, fue a sentarse en su sillón. Luego, dio una orden y la torturada fue desatada, a la vez que no dejaba de suplicar para alejarse del lugar. Le dieron la vuelta y con la espalda y su amplio culo ofrecido a todos los monjes, fue de nuevo atada en la misma posición de gran X, con lo cual ella imaginó que los azotes no habían terminado, ni terminarían pronto. La iban a volver a golpear.
Una nueva orden del Maestro y un nuevo monje se levantó… Inclinándose delante de él, tomó el látigo de Taiwán y comenzó a azotar el culo de Karol, que atemorizada, gritó y adelantó su vientre en un movimiento intuitivo de escapatoria. Los latigazos cayeron una y otra vez sobre las nalgas dejando cada vez más amplios trazos rojos. Un movimiento de la mano del Maestro y el monje paró el castigo, le hizo la reverencia y entregó el látigo a un nuevo monje que continuo con el castigo. Una atmósfera de lujuria y sadismo llenaba la gruta mientras la desafortunada Karol sufría y sufría, sin que sus gritos lograsen ningún atisbo de piedad. Aunque su mente la llevaba por un camino llamado "placer a través del dolor". Por un lado le gustaba lo que estaba experimentando y por otro sabía que sería sometida a los deseos lujuriosos de sus captores sin importar el horario, el cansancio o si tenía su período menstrual; ella sería quien saciaría la perversión de aquellos seres la tenían presa de la lujuria.
De nuevo el Maestro, se levantó y tomando un fino y largo junquillo de bambú se lo entregó al verdugo para que cambiase el instrumento de castigo, un nuevo y desgarrador grito se escapó de su garganta como cuando el primer golpe se estrelló contra sus nalgas ya de por sí, muy enrojecidas. Los golpes fueron ahora cadenciosos, como queriendo el torturador indicarle a su víctima que asimilase el dolor que le producía cada golpe, al tiempo que veían todos como dejaba una línea roja muy marcada en el culo de la prisionera, que al estar espatarrada y ser la vara de bambú, bastante flexible, llegaba en muchas ocasiones a golpear la vulva y el ano, por lo que en ese momento los gritos eran espantosos y las convulsiones de su cuerpo, tremendas y es que el verdugo era muy experto con el manejo de la caña. Karol aguantó lo indecible pero llegó un momento en que de nuevo perdió el conocimiento por la gran dureza del castigo que le estaban dando. El Maestro contempló impasible el cuerpo de Karol que colgaba inconsciente. Lo palpó por todos lados y luego ordenó que la desatasen y ésta, cayó al suelo. Cuando recobró el conocimiento el Maestro hizo una señal a unos de sus hermanos y éste fue ante la cautiva y le ofreció una copa de porcelana llena de un líquido verde. “Bebe, hermosa paloma blanca, esta bebida te calmará el dolor” –le dijo el monje. Ella bebió de inmediato puesto que el dolor que sentías por todo el cuerpo era tremendo. En realidad lo que le estaban ofreciendo beber no era un calmante sino un poderoso afrodisiaco. Una vez que se bebió el contenido de la copa, imploró postrada de rodillas que la dejasen ir. Que no diría jamás nada a nadie. El Maestro le dijo: “Eso no es posible. Tú estás aquí para ser una esclava, nuestra esclava, la esclava de todos. Acéptalo sumisamente pues de lo contrario volveremos a empezar el castigo desde el principio pero está vez te arrancaremos la piel a tiras para que lo comprendas mejor. Entiende que tú de aquí no saldrás nunca y tu misión es darnos a todos el mayor placer posible hasta que revientes. Ahora, para que todos veamos si has entendido lo que te he dicho, colócate de rodillas en ese banquillo que ves ahí, separa bien las rodillas e inclínate ofreciendo bien tu culo. La varilla de bambú está preparada por si no acatas la orden que te estoy dando”.
Ella rápidamente se subió al banquillo, se abrió bien de piernas y se inclinó ofreciendo el culo a la vista de todos. Al fin y al cabo ya la tenían totalmente vista y ha perdido todo su pudor ante el temor de que le vuelvan a pegar con la vara de bambú. Entonces el Maestro, se levantó y se situó detrás de ella. Besó largamente las calientes nalgas azotadas y lamió los labios vaginales del sexo entreabierto que le ofrecía Karol y no contento con ello, le separó las nalgas y su lengua se la metía profundamente dentro de su culo. En ese momento se entregó por completo al deseo y sucumbió ante el placer. Los gritos desesperados de miedo se transformaron en deliciosos gemidos de éxtasis que la hacían temblar. Luego, el Maestro se levantó y colocándose delante de ella, comenzó a acariciar sus pechos y apretar sus pezones. A una orden suya, todos los monjes se aproximaron a ella y comenzaron a besarle el culo y lamerle el ano, y así permanecieron durante bastante tiempo. En su mente suplicaba ser penetrada con fuerza, en momentos deseaba ser usada por cada monje ahí presente, incluso su mente luchaba con la idílica escena de ser usada por aquel perro que la había invadido sin previo aviso. Luego, uno a uno, los monjes volvieron a sus sillones, mientras que el Maestro separó los pliegues de su túnica y mostro ante los aterradores ojos de Lola, un pene enorme, como jamás ella había visto. Era muy largo y muy grueso.
El Maestro le ordenó que se incorporase y cogiéndola de las manos, se retiró hacia atrás lentamente tirando de ella y muy pronto su rostro se encontró muy cerca de la verga de aquel monje. Una oleada de repugnancia la invadió, como una bofetada de cordura que la trajo a la realidad de que no estaba en un sueño sino que estaba siendo violada por un montón de hombres sin escrúpulos que profesaban amor al prójimo pero que todo era una simple fachada para esconder sus repulsivos deseos de sexo, pero el potente afrodisiaco que había tomado comenzaba a hacer efecto. En un intento de huída ante la asquerosa insinuación, intentó incorporarse y separarse de la gruesa verga que tenía recorriendo su cara pero, tras escuchar una nueva orden del Maestro, al poco tiempo lanzó un grito salvaje por el latigazo que terminaba de recibir y nuevos gritos, y más sollozos siguieron por los crueles latigazos que estaba recibiendo otra vez.
Entonces, Karol cedió. Ya no imploró más. Su rostro se abalanzó frenéticamente golpeando la enorme verga del monje y abriendo su boca comenzó a lamer el grueso glande que se le ofrecía; entonces el Maestro dio la orden de que el castigo parase. A esas alturas, ya había comprendido que debería someterse y cumplir lo que deseasen, aunque sintiera todo el asco del mundo. No tenía otra escapatoria porque de lo contrario le pegarían con dureza y al final harían lo que quisieran con ella. Ese iba a ser su destino y tenía que aceptarlo, sí o sí, y ser una buena puta complaciente para no ser castigada. Con las manos ya libres, se apoyó en la cintura del Maestro y con los ojos cerrados empezó a chupar el grueso falo, que introducido completamente en su boca distendía sus mejilla cada vez que se hundía en las profundidades de su garganta. El Maestro, excitado como estaba, no tardó en empezar a sentir que la descarga de semen estaba muy próxima. Entonces, apoyando sus manos sobre la cabeza de Karol, le hundió su grueso y largo pene en lo más profundo de su garganta. Sus dedos se aferraron con fuerza a la cintura del Maestro y tras una serie de arcadas empezó a tragar el enorme caudal de esperma caliente que salía de los testículos del gran monje. Cuando terminó de tragar, se incorporó tremendamente sofocada por algo que jamás había hecho, jadeando y notando como por las fosas nasales le salía semen. ¡Qué gran vejación sexual terminaba de sufrir! Pero ella se sentía satisfecha y a la vez como una de las putas más sucias que pudiera haber. Mientras Karol seguía jadeando, escuchó una nueva orden del Maestro y, de inmediato, dos monjes la tomaron y la obligaron a ponerse de rodillas y doblarse, ofreciendo el culo, mientras la sujetaban fuertemente el enorme monje se colocó detrás de ella y ésta gritó al sentir como comenzó a empujar sobre su ano aquella verga invasora. El enorme monje empujaba su grueso glande sin piedad, manteniendo la misma dureza que minutos antes de haber tirado gran cantidad de semen. Poco a poco el esfínter anal fue cediendo y el grueso glande fue lentamente hundiéndose en el culo de Karol hasta quedar insertado dentro. Los gritos de dolor resonaban por toda la gruta. Sin piedad alguna, el Maestro se apuntaló sobre sus pies y, sujetándola por la cintura, de un solo golpe le clavó el resto de verga hasta la misma base del pubis. Las dos nalgas de Karol estaban completamente separadas por ese pedazo grueso de carne. Ella continuaba siendo fuertemente agarrada por los otros dos monjes. Esta vez las suplicas eran para sentir las vergas de aquellos dos que la tenían sujeta junto con la que se encargaba de abrir su hasta entonces virgen culo. El Maestro accedió a que chupara las dos vergas a la vez mientras el taladraba su adolorido culo; como una puta alternaba entre sus captores y se movía para atenuar el dolor que la verga del maestro le provocada en su agujero. Los otros monjes en silencio miraban tocándose y disfrutando el espectáculo que la puta de turno les brindaba. Como una experta logró hacer que los dos monjes que antes la tenían tomada para que no se movieran eyacularan en su boca y tragó hasta la última gota de semen que le brindaron. Solamente quedaba el Maestro que seguía dándole por el culo con fuerza.
Bramaba de dolor y lloraba desconsoladamente. El Maestro terminada de encularla hasta los testículos y esto le resultaba muy doloroso por cuento ella nunca había sido penetrada por el ano. Pronto, comenzó a sentir lentos movimientos de meter y casi sacar la gruesa verga de su cuerpo, mientras el silencio de la gruta se veía alterado por suspiros, gemidos, sollozos, gritos de la cautiva. De repente, la gruta se lleno de una serie de alaridos y las convulsiones corporales de prisionera no se dejaron esperar. Estaba teniendo orgasmos y cada cual más intensos. La droga que había tomado comenzaba hacerle efecto. Las oleadas de placer invadieron su cuerpo y, a todo ello, se incorporó los gritos del Maestro proclamando una nueva eyaculación, esta vez en el culo de la desgraciada chica. No lo sacò hasta que sintió que ya se había vaciado por completo.
Recuperado, el Maestro, sentenció: “Ahora, nuestra joven paloma blanca, se presentará delante de cada uno de los hermanos para que ellos puedan gozar de su cuerpo de la forma que más placer deseen obtener”. Titubeante y aturdida, escuchó al Maestro y ante el temor de que volviesen a pegarle con la vara de bambú, se postró ante el primer monje que estaba sentado. Éste la forzó a sentarse sobre sus rodillas y colocó su gran polla sobre el orificio anal. “De nuevo quiere follarme el culo este puto monje” –pensó. Sin esperar, ella misma se penetró profundamente, mientras contraía su cuerpo y apretaba los dientes pensando que así mitigaría el espantoso dolor que estaba sufriendo por la auto violación de su estrecho ano. Por el efecto de la droga, se apretaba cada vez con más contra la carne que la penetraba, mientras realizaba a la vista de todos, una serie de movimientos subiendo y bajando su cuerpo hasta que el monje no pudo más e inundó de semen los intestinos de la desdichada muchacha, que, muy fatigada, temblaba sobre sus piernas separadas apoyando las manos sobre sus rodillas buscando conseguir su orgasmo.
Uno a uno y, cada vez más cansada, con el rostro totalmente demacrado por el placer que cada nueva penetración le producía, Karol se fue postrando e inclinando ante cada uno de los monjes, que la esperaban ansiosos para disfrutar con su cuerpo y sin que ella lo supiera, los monjes le habían reservado el más grueso y largo pene para el final. Este, era un chino corpulento que estaba provisto de un grueso miembro fuera de lo común, por la dureza y el tamaño desmesurado, que podría hacer temer que pudiera reventar el ano de la cautiva.
Todos los hermanos se aproximaron para disfrutar con el suplicio que le iba a dar a la joven rubia. Quedaron sorprendidos al ve la elasticidad del ano que tragó todo el brutal pene hasta la misma base. El chino se corrió muy pronto en los intestinos de Karol por lo excitado que estaba, pero continuó lentamente sodomizándola, mientras que ella sufría, destrozada por la fatiga, el dolor y el deseo de más placer provocado por el afrodisiaco que bebió. Por todo ello, se ofrecía lubricada por la gran cantidad de semen acumulado en sus intestinos siendo penetrada una y otra vez de forma cada vez más salvaje.
Su cuerpo temblaba y no tenía fuerzas para gritar. Sólo un ronquido de agonía se escapaba por sus labios, pero ella continuaba agitándose sobre la gruesa verga que seguía empalándola y así continuó hasta que el monje la abrazó por la cintura y le dio una brutal serie de golpes de verga que anunciaban una nueva eyaculación, dejándola totalmente destrozada y perdiendo el conocimiento una vez más. Terminado este “brutal espectáculo”, el Maestro hizo sonar el gong y la puerta se abrió, entrando dos nuevos monjes que se hicieron cargo de la desdichada Karol. Les dio ordenes para alimentarla y asearla en cuanto recuperase el conocimiento y tenerla preparada para una nueva sesión de suplicios sexuales para aquella misma noche.
Sin mediar nada más, la hermandad, en procesión y canticos, abandonaba momentáneamente la gruta para regresar horas más tarde y seguir moldeando a la que sería una esclava más, de por vida, en los subterráneos de la pagoda.
De Karol jamás se supo, por mucho que la buscaron. Fue una desaparecida más en una ciudad de millones de personas; simplemente un misterio sin resolver, un fantasma qué tal vez alguien alguna vez vio pero que no recuerdan del todo.
Pasiones Prohibidas ®

Exquisitamente intenso mi señor 💋
ResponderEliminar