079. Una noche con la mujer de mis sueños


Eran las 11.00 de la noche del jueves 6 de junio, y a pesar de tener todas las ventanas cerradas, aún hacía un frío horrible en mi departamento. En la televisión no había más que los aburridos programas de invierno que nadie ve, así que mi aburrimiento era mayúsculo.

Era el primer día de vacaciones que la empresa me debía, y aunque realmente las necesitaba, tras todo un día de no hacer nada, estaba más que aburrido. Mis amigos, tenían que madrugar para trabajar al día siguiente. En cuanto a mi familia, hacía unos meses que me había divorciado, y no llegué a tener hijos con mi ex, así que ya no tenía ninguna familia en la ciudad, puesto que mis padres y hermanos vivían a más de trescientos kilómetros. Soledad y aburrimiento eran mis compañeros aquella fría noche en el departamento N°1702.

Abrí una botella de whisky que tenía guardada hace tiempo y decidí matar el aburrimiento con un par de vasos de whisky brindando por aquella compañera fiel llamada soledad. “Al menos, tampoco tengo a nadie que me eche en cara si me emborracho esta noche a golpe de whisky” —pensé, mientras un vaso y un cigarrillo eran mis compañeros en la inmensidad del horizonte y de la vista privilegiada de vivir en un piso superior.

Una breve y lejana música subió a través del balcón y me sacó de mis soporíferos pensamientos. Me asomé, y vi que la música procedía del bar del otro lado de la calle. Cada vez que la puerta se abría porque alguien entraba o salía, la música escapaba hacia la calle por la que apenas transitaban un par de personas.

Aquello me dio una idea: ¿y si en lugar de pasarme la noche bebiendo whisky frente a la inmensidad de la ciudad, bajar al bar a echar un trago? Al menos podría disfrutar de aire acondicionado, y seguramente podría distraerme haciendo conjeturas sobre las vidas de la gente que me encontrase. No lo dudé más, no tenía nada mejor que hacer, así que decidí intentarlo.

La verdad es que a pesar de no ser uno de los locales de moda, el sitio no estaba nada mal. La decoración estaba basada en los años 50 americanos, aunque la música era actual y bastante variada y, por supuesto, había aire acondicionado.

Apoyándome en la barra me pedí un whisky sin hielo, y me dispuse a distraerme observando el panorama. Se notaba que era jueves de Junio, no había mucha gente, un par de grupitos en la barra, una pareja sentada en una de las mesas, y tres grupos más bailando en una pequeña pista de baile.

La media de edad de todos los presentes no llegaba a los veinticinco años, y yo, a mis treinta y siete, y totalmente solo con mi bebida, estaba como pez fuera del agua. “Plan frustrado” —me dije. Me termino el trago y me vuelvo para casa. Dando tragos me fijé un poco más en los grupos que bailaban en la pista. Uno estaba compuesto por tres chicos y tres chicas que bailaban haciendo el tonto. Otro estaba formado por cuatro chicos que bailaban exhibiéndose e intentando acercarse al tercer grupo, en el que bailaban tres chicas que intercambiaban comentarios sobre aquellos que trataban de acercárseles. “Como mínimo, los muchachos se quieren lanzar a la piscina” —reí para mis adentros. En ese instante, se abrió la puerta del baño y un par de chicas más salieron para unirse al trío inicial. Me quedé petrificado.

Una de las dos nuevas jovencitas, a la que a simple vista le calculé veinte años, parecía surgida de mis más ardientes fantasías. Tenía el cabello rojo como el fuego, largo, y describiendo tirabuzones sobre sus hombros. Sus ojos eran de un increíble color azul, grandes y seductores. Sus labios, rojos, eran increíblemente sensuales, carnosos y bien perfilados, labios creados para besar y ser besados. Su rostro, de piel apenas bronceada, era bellísimo, con una mezcla de dulzura aniñada y salvaje atractivo resaltado con un toque de colorete en sus pómulos. De estatura un poco por encima de la media, su cuerpo era grácil y esbelto. El ajustado vestido que llevaba, a juego con el color de sus ojos, marcaba una hermosa figura con todas sus femeninas curvas de proporciones perfectas. Si ya por sí misma era espectacular, su vestido lo acentuaba aún más. La parte superior se ceñía a su estrecho talle, dejando al aire los hombros, y aunque envolvía totalmente sus pechos, marcaba excitantemente sus redondeadas y generosas formas. De una sola pieza, la fina tela enfundaba su escultural cuerpo para terminar en una ajustada falda que llegaba hasta las rodillas. Era la encarnación de la ardiente mujer con la que infinidad de veces había fantaseado, y que nunca habría imaginado que pudiese existir realmente.

Un sudor frío recorrió mi espalda, una punzada sacudió mi entrepierna, y la garganta se me quedó más seca que si hubiese tragado arena del desierto. Mi diosa se unió al baile de las otras chicas, pero a diferencia de ellas, pareció no hacer ningún caso al grupo de chicos que ya se había situado junto a ellas. Mi vaso ya estaba vacío, y la sed era tan apremiante, que pedí otro whisky sin quitar el ojo de encima a la belleza que se contoneaba con la música y reía con sus amigas. Tras el primer sorbo, y ante mi sorpresa, al apoyar el vaso en la barra me di cuenta de que aquellos increíbles ojazos reparaban en mí, y aquellos deseables labios esbozaban una sonrisa. Yo también sonreí, y para evitar el descaro con que me había quedado mirándola, me di la vuelta para poder seguir observándola por el rabillo del ojo. “¡Dios, pero qué buena está la niña!” —exclamé para mis adentros.

El grupo de chicos por fin había conseguido tomar contacto con el grupo de la pelirroja, charlando con sus amigas, pero ella parecía no hacerles ni caso a ninguno, les contestaba alguna palabra cuando se dirigían a ella, pero guardando siempre las distancias. “Demasiada potranca para pobres jinetes” —pensé. Las canciones se iban sucediendo, y los chicos parecían estar teniendo éxito, porque poco a poco fui observando cómo se iban emparejando con las amigas de mi fantasía. En otra de mis furtivas miradas, volví a encontrarme con sus ojos fijos en mí, y de nuevo sonrió. “Le hará gracia ver a un 'viejo' bebiendo solo” —me dije. Le di un nuevo sorbo a mi trago, y al volver a mirar, ésta vez me percaté de que era ella la que me miraba a mí descaradamente. Volvió a sonreír, y le dijo algo al oído de una de sus amigas, que se giró para mirarme y le devolvió un comentario con el que la pelirroja asintió. Aquello ya me resultó más que sospechoso. Es verdad que tras los cinco años de mi fracasado matrimonio, yo llevaba mucho tiempo fuera de juego, y aún no había hecho ningún intento por volver a entrar en él. De hecho, tenía en el velador de mi dormitorio una caja de condones que me regalaron mis amigos al divorciarme, con una inscripción que rezaba: “¡Carpe diem!”. Ni que decir tiene que estaba sin estrenar.

A pesar de estar totalmente oxidado en esos menesteres, si mis recuerdos no estaban confundidos, la actitud de esa increíble y joven belleza denotaba interés por mí. “Yo aún soy y me siento joven y las zorras de las amigas de mi ex mujer siempre decían que, si yo quería, podría follar con cualquiera de ellas” —pensé. Aunque al final fue mi ex la que se folló a su jefe para conseguir un ascenso. “¡Olvida eso ya! Céntrate en el ahora, la mujer que has imaginado millones de veces se ha fijado en ti” —me reprendí. “Aunque podría estar malinterpretándolo” —me auto contesté con pesimismo. "Le saco un buen puñado de años, las jovencitas de ahora no son como eran cuando yo tenía su edad” —vuelvo a pensar. “No, ¡ahora son más lanzadas!” —respondió mi yo más optimista. “Ésta oportunidad sólo se presenta una vez en la vida, ¡es la diosa de tus fantasías! ¡Al menos inténtalo!” —arengaba mi interior. Terminé por convencerme a mí mismo, así que di un sorbo a mi vaso para reunir valor, y cuando me giré para dirigirme a la pista de baile, me encontré cara a cara con aquella melena de fuego, aquellos increíbles ojos azules, que en la corta distancia tenían destellos verdes, y aquellos labios de fresa.

"Hola" —me dijo. "Hola" —contesté sorprendido. “¿Qué beber tú?” —me preguntó haciendo un gran esfuerzo con un marcadísimo acento yanqui. “¿You are american?” —le pregunté en un inglés que supongo que a ella le pareció horrible en pronunciación. “¡Ah!” —suspiró aliviada y dibujando una preciosa sonrisa en sus labios. “¡Hablas mi idioma! Sí, soy americana y estoy aquí de vacaciones, ¿qué estás bebiendo?” —preguntó. En momentos así es cuando digo porque no aproveché las clases de inglés en el colegio y no hubiera dedicado solo a tirarme a la miss solo para oírla decir: “¡Yes! ¡Oh, my God!”.  “Ah, sí” —contesté encandilado por su sonrisa. “Esto es solo whisky” —le dije. “¿Puedo probarlo?, parece que te gusta mucho” —me dijo. “Más me gustas tú” —pensé. Le ofrecí mi vaso y ella le dio un trago sin dejar de traspasarme con sus felinos ojos. En la corta distancia era aún más guapa que de lejos, una auténtica belleza, una muñequita de cejas rojizas. “Está muy bueno” —dijo pasándose la lengua por sus jugosos labios con un gesto que me dejó sin aliento y que me puso el miembro como para partir rocas.

“¡Ufff!” —exclamé inconscientemente. “Si quieres te invito un trago de éstos” —ofrecí. “Gracias, me encantaría” —contestó poniendo su mano sobre mi brazo para acelerar mi corazón y él bombeó sangre a mis bajos. Pedí un whisky para ella y le ofrecí brindar preguntándole su nombre. “Mis amigos me llaman Lysa, así que tú puedes llamarme así” —respondió chocando su vaso contra el mío. "¿Y tú?”. –preguntó. “Mis amigos me llaman Pato, y tú puedes llamarme como quieras” —respondí. Los dos reímos, y tras dar un largo trago a su vaso, de repente se acercó a mí y me dio un fugaz beso en los labios. “¡Guau!” —exclamé terriblemente acalorado. “Gracias, aunque no es así como nos saludamos en Chile, en realidad nos damos un beso en más mejilla” —añadí con mi cerebro incapaz de pensar. “Ajá, entonces no lo he hecho bien” —contestó contrariada. “Déjame intentarlo otra vez” —dijo con una sonrisa. Volvió a acercarse a mí, y yo acerqué mi rostro al suyo para darle un beso en la mejilla, pero ella se dirigió directamente hacia mis labios dándome un sonoro beso, “¡muack!”. Se separó un instante, y volvió a poner sus suaves labios sobre los míos, para ésta vez acariciarlos y recorrerlos con la puntita de su lengua.

Aquello me volvió totalmente loco, así que, con la sangre hirviendo en mis venas, instintivamente la tomé de su estilizada cintura pegándola a mi cuerpo, sintiendo sus magníficos pechos aplastándose contra el mío, mientras ella apretaba con fuerza sus caderas a mi abultadísimo paquete, rodeando mi cuello con sus brazos. Mi lengua acarició la suya, penetró a través de sus suaves labios, y ambos húmedos músculos se enzarzaron en un furioso combate, devorándonos mutuamente. Fue un beso largo, intenso, delicioso. “Me gustas mucho” —me dijo con la voz cargada de excitación. “Eres un sueño hecho realidad” —contesté yo igualmente excitado. “Es mi última noche en Chile” —añadió. “Quiero que sea inolvidable” —dijo. “Para mí ya lo es” —contesté extasiado.

“Quiero más” —me dice. Volvimos a besarnos como si el mundo pudiese acabar en ese momento, regalándome ella el exquisito manjar que eran sus delicados labios. “Vivo aquí enfrente” —le dije ebrio de ella. “Llévame contigo, sé mi caballero Chileno” —me dijo de manera sensual. A lo que respondí: “Seré lo que quieras que sea”. Se despidió de sus amigas, creo para que no se preocuparan si no la veían y volvió. Me dio un beso con el que succionó mi labio inferior, y se dirigió hacia sus amigas, que ya estaban todas emparejadas con los pelmazos que se le habían acercado bailando. “¡Uffffffff!” –suspiré viendo cómo se apretaba su lindo culito en la falda, marcando sus firmes glúteos en forma de melocotón.

Llamé al garzón y le pagué los tragos. Cuando Lysa ya volvía, el garzón me dijo: “Caballero, si alguna vez vuelve por aquí, tendrá que contarme qué le has dicho a esa “gringa” para hacerte con ella. Le aseguro que una chica así no se ve por aquí todos los días” –me dijo envidiándome. “¿Vamos?” –interrumpió la pelirroja hipnotizándome con el intenso azul verdoso de sus ojos. tomados de la mano llegamos a mi edificio. Mientras subíamos en el ascensor, nuestros labios continuaron con lo iniciado en el bar, entremezclándose en lujurioso frenesí, con nuestros cuerpos pegados como si pudiesen fusionarse. Al entrar en mi departamento, el calor se acumulaba en el interior, aunque apenas nos dimos cuenta porque el calor que emanaba de nosotros mismos era aún mayor. Sin llegar a pasar del hall de entrada, nada más cerrar la puerta, Lysa ya me había quitado la chaqueta, sin dejar de besarnos con denuedo. Mis manos exploraban su escultural anatomía, recorriendo cada una de sus curvas mientras ella se afanaba en desabrocharme el cinturón y los pantalones. Cuando finalmente sólo me quedaba la ropa interior marcando mi erecta verga apenas retenida, se separó de mí observándome de arriba a abajo, mordiéndose el labio inferior y expresándome con sus bellos ojos que le gustaba cuanto veía.

- “Estás sano, ¿verdad?” –me preguntó desconcertándome. “Claro” –contesté inmediatamente. “Aunque tengo protección en el dormitorio” –agregué. “Yo estoy totalmente limpia” –alegó poniendo las manos sobre sus caderas. “Y tomo anticonceptivos. Me gustaría sentirte de verdad, sin barreras, si tú también estás dispuesto” –propuso. “¡Oh, Lysa, realmente eres un sueño hecho realidad, me encantaría hacerlo contigo sin barreras. Prometo tratarte con dulzura” –le dije. “No quiero dulzura” –respondió desabrochándose el vestido para dejarlo caer y quedarse en ropa interior. “Estoy harta de que me traten como a una muñeca de porcelana que se puede romper, quiero que seas mi Caballero Chileno, pero no para tratarme con suavidad, sino para montarme como a tu yegua. Quiero que ésta última noche en Santiago sea inolvidable. Quiero sexo salvaje” -agregó.

Con aquellas palabras sentí que mi duro músculo podía atravesar mi calzoncillo para liberarse y empotrar a aquella hembra contra la pared. En ropa interior aún era más espectacular que con el sexy vestido que había dejado caer. Llevaba un conjunto de fina lencería azul totalmente transparente. El sujetador ensalzaba sus redondos pechos dejando ver a través de él los rosados y erizados pezones. En la escueta braguita, se transparentaba una pequeña franja de corto vello rojizo por encima de su vulva de hinchados y húmedos labios. Como ya me habían indicado también sus cejas, realmente era pelirroja natural, y el ligero bronceado que lucía, apenas podía ocultar el original tono pálido de su fina piel de porcelana adornada con un par de bellos lunares, uno justo por debajo de su pecho izquierdo y el otro diez centímetros más abajo de su pecho derecho.

“No eres una muñeca de porcelana” –le dije escaneando mentalmente cada milímetro de su cuerpo para grabarlo a fuego en mi cerebro. “Eres una diosa, y si es lo que quieres, voy a darte sexo salvaje” –le dije. Se arrojó sobre mí con un torbellino de su larga melena escarlata, y sus labios chocaron contra los míos con ímpetu. Desabroché el sujetador y aferré esos suaves, redondos y firmes senos con mis manos; los acaricié y amasé sintiendo cómo se amoldaban a mis dedos. “Me encantan tus tetas” –le dije al oído. “¡Mmmmm!” –gimió ella frotando su braguita contra la dura protuberancia de mi entrepierna. Bajé besando su cuello de cisne y, sin dejar de masajearlos con mis manos, me comí aquellos magníficos pechos. Degusté el sabor de su piel con mi lengua, besé los duros pezones, los lamí, mordisqueé, succioné y mamé cuanto volumen cabía en mi boca. Ella coló su mano bajo mi calzoncillo y recorrió toda la longitud de mi falo hasta alcanzar los testículos. El tacto de su mano me hizo estremecer, y con un par de enérgicas sacudidas del venoso tronco consiguió que la tela de mi única prenda se humedeciese con gotas de líquido pre seminal. Volví a sus labios, frescos pétalos de rosa roja, y éstos me recibieron succionando los míos y acogiendo mi lengua a través de ellos. Sus manos acabaron por liberarme del calzoncillo, y éste cayó al suelo. Se separó de mí, y observó mi miembro con cara de loba en celo. “¡Wow! –exclamó iluminando mi mundo con sus ojazos abiertos de par en par. “¡Aquí tenemos buena herramienta, tal como las que me gusta tener en mis manos” –dijo tomándola con fuerza y moviéndola de arriba a abajo con suavidad.

Su boca se posó sobre mi cuello y sus labios ejercieron presión sobre la yugular como si fuese una vampiresa, haciéndome sentir un cosquilleo por todo el cuerpo. Se deslizó por mi torso, succionó un pezón y después el otro, dejándomelos duros e hipersensibles. Siguió bajando por mi abdomen y se detuvo en mi cintura, pasándome la lengua por toda ella, con la punta de mi verga rozándole el cuello mientras sus manos acariciaban mis glúteos totalmente rígidos. Siguió bajando y besándome la zona inguinal arrancándome suspiros y haciéndome temblar, hasta que su mano derecha sujetó el poderoso miembro erecto y comenzó a recorrer su longitud con la lengua y su carnoso labio inferior, lamiendo y acariciando desde el escroto hasta el extremo del glande. “¡Ufffffffff!” –suspiré. Cuando llegó a la punta, la dejó deslizar por su lengua rodeándola con los labios, y se la introdujo en su cálida y húmeda boca para chuparla y succionarla con fuerza, subiendo y bajando en una agresiva mamada que me sacudió desde dentro.

Aquello era la gloria absoluta: La protagonista de mis fantasías era de carne y hueso, y estaba ahí, de cuclillas chupándome la verga con ansia y haciéndome gruñir de placer. Su melena de fuego ascendía y descendía con cada chupada, sus párpados de largas pestañas estaban cerrados concentrándose en su trabajo oral, sus carmesíes labios envolvían mi verga y ejercían presión haciéndola aparecer y desaparecer rápidamente; sus carrillos se hundían con cada succión, sus turgentes pechos desafiaban a la gravedad con su redondez. Aquello era demasiado, la felación era extremadamente glotona y placentera, todo mi cuerpo vibraba anunciándome que, si aquello no se detenía, me correría de un momento a otro. “¡Lysa! ¡Vas a hacer que acabé! Y quiero follarte” –grité con desesperación. La aludida apenas se inmutó, abrió los ojos y, sin detener la magnífica mamada, clavó su profunda mirada azul con destellos verdes en mis pupilas. Había lujuria en aquella mirada, un intenso vicio que, junto con las enérgicas chupadas, me provocó un explosivo orgasmo. “¡Dios!” –grité apretando los dientes y enredando mis dedos entre sus rojos cabellos. Me corrí dentro de aquella deliciosa boca, con mi cálido esperma estrellándose con furia contra su paladar. Pero ella no cejó en su empeño, seguía chupando y chupando con ganas, tragando el elixir de mi verga mientras nuevos borbotones de cremoso semen inundaban su boquita para que su suave lengua siguiese degustándolos. Me ordeñó como nunca lo habían hecho, mamando y mamando para obtener de mí hasta la última gota de leche, tras la cual mi virilidad comenzó a languidecer.

Sin duda, aquel fue el sexo oral más intenso que me han hecho nunca. Ni siquiera mi ex mujer, gran experta comiendo vergas por haber practicado con todos los miembros de su oficina, me había proporcionado un placer tan exquisito. Cuando Lysa terminó de tragar hasta el último sorbo de semen, lamió los blancos restos que habían rebosado y se incorporó sonriéndome en gesto triunfal. Era tan increíblemente bella, exótica y excitante, que con sólo verle la cara mi erección no llegó a bajar del todo. “Te mereces un premio por lo que acabas de hacer” –le dije aun resoplando. “¿Ah, sí?” –preguntó ladeando la cadera con una mano sobre ella. “Entonces debes dármelo” –exigió. Sin miramientos me lancé a besar esos dulces labios mientras mis manos bajaban sus braguitas. Palpé el tesoro entre sus piernas, estaba muy caliente, empapado y con su botoncito del placer muy duro.

“Oh yes, baby” –susurró con mi caricia. Nunca había probado el coñito de una pelirroja, y en ese momento era lo que más me apetecía en el mundo, así que mientras saboreaba su boca y acariciaba su jugoso conejito, la fuí guiando hasta que llegamos a la primera estancia de la casa, la cocina, donde, agarrándola de su lindo culito, alcé su liviano cuerpo para sentarla al borde de la encimera. Besando su suave piel fui descendiendo por su anatomía: primero el cuello, después su clavícula derecha, el erizado pezón derecho, luego el izquierdo. Ella sujetaba mi cabeza como si tratara de guiarme, pero yo ya conocía el camino. Besé el erótico lunar bajo su pecho izquierdo, y seguí descendiendo en diagonal para besar a su hermano más abajo. Recorrí con la lengua su plano vientre y la metí en su ombliguito haciéndole cosquillas. Seguí bajando poniéndome de rodillas, besando sus ingles y la cara interna de sus firmes muslos, volviéndola loca de pura excitación. “¡Come on, baby! ¡Come on!” –me suplicaba.

Percibí la dulce fragancia de su sexo, y me embriagué de ella colocando mi nariz sobre la suave tira de vello rojizo que lo adornaba, mientras mi lengua se abría paso por la parte superior de su vulva hallando el suave clítoris. Cuando la punta de mi lengua contactó con la pepita de su jugosa fruta, una descarga eléctrica recorrió todo su cuerpo haciendo que sus músculos se tensaran. “Yes, baby” –dijo entre jadeos. Lamí el clítoris una y otra vez realizando círculos con la lengua. “¡Oh, mmmmmm, oh!” –gemía Lysa con cada caricia. Lo tomé con mis labios y lo succioné como si fuera uno de sus rosados pezones. “¡Yeah, baby, oh yeah!” -gemía.

Sin dejar de succionar y acariciar con la lengua su clítoris, dos de mis dedos exploraron su concha, abriéndose paso entre labios mayores y menores para penetrarla a fondo. “¡Oh, my God!” –gritó casi sin aliento. Su coñito estaba totalmente encharcado y caliente, e indagué con mis dedos cuanto estos daban de sí, hasta curvarlos hacia arriba para acariciar la sensible zona rugosa del interior. “¡Oh, my God!” –sus gemidos formaban el concierto más placentero y excitante que mis oídos habían escuchado. La tenía al borde del orgasmo, así que saqué los dedos, y acoplando mi boca a su vulva, penetré esa deliciosa gruta con la lengua, moviéndola y retorciéndola en su interior mientras mi boca succionaba cuanto néctar manaba para mí. Aquel coñito pelirrojo era un auténtico manjar. Gritó con furia orgásmica apretando mi cabeza contra su sexo. Los cálidos fluidos se derramaron en mi lengua, y bebí el delicioso torrente de su orgasmo con ella retorciéndose de gusto.

Cuando su intenso orgasmo declinó, me puse en pie observándola. Los bucles escarlata de su cabello enmarcaban su hermosa cara ruborizada, en la que destacaban sus incomparables ojos brillando con luz propia. Su sensual boquita estaba abierta, tomando bocanadas de aire con las que sus voluptuosos pechos subían y bajaban rítmicamente. Toda su piel brillaba con una fina película de sudor, parecía recién surgida de mis sueños más húmedos.

“¡Uuuuuuffffffff!” –suspiró, “¿Todos los chilenos hacen tan bien el sexo oral?” –preguntó. “Sólo si las americanas nos lo hacen tan bien a nosotros” –contesté con una amplia sonrisa. “Aunque no pienso dejarte descansar, nena” –le aseveré indicándole mi ya durísima verga. “Voy a hacer que ésta noche no puedas olvidarla nunca” – le dije. “Sí, nene, aún quiero que me folles” –añadió devolviéndome la sonrisa y devorando con la mirada mi erección. Me acerqué a ella y nuestros labios se fundieron en un apasionado beso con el que nos exploramos la boca mutuamente. Agarrándola del trasero, acerqué su sexo al mío, y tras un par de fallidos intentos, logré penetrarlo. Gemimos al unísono fueron marcando la lenta entrada de mi verga en su interior. Apenas habían entrado unos centímetros de dura carne, así que seguí tirando de ella, abrazó mis caderas con sus piernas, y cuando su culito cayó definitivamente de la encimera, mi lanza se le ensartó en la vagina hasta el fondo, empalándola hasta donde nuestros huesos pélvicos permitieron. Gritó: “¡Oh, fuck me hard!”. Su joven coño era estrecho, y abrazó toda la longitud de mi falo con cálidos latidos que me provocaron un gran placer. “Voy a llevarte al dormitorio con mi verga dentro de ti” –le anuncié susurrándole al oído. Casi sin respiración, sólo pudo asentir con la cabeza. Así acoplados, salimos de la cocina, gimiendo ella con cada uno de mis pasos y sintiendo yo cada contracción de su sexo exprimiéndome. De este modo fuimos disfrutando por el pasillo hasta que llegamos al dormitorio, cuya puerta estaba cerrada. “No puedo abrir la puerta, preciosa” –le dije. “Puedo abrirla yo” - contestó ella soltando una de sus manos de mi cuello e intentando girar el picaporte en vano. “Tiene truco, hay que girar, tirar hacia arriba y empujar a la vez, así no podrás” –le dije. Levantando su cuerpo, y a mi pesar, desacoplé nuestros sexos para que bajase al suelo. Se giró e intentó abrir la puerta, aunque no tenía la fuerza suficiente. No la ayudé, estaba encandilado contemplando su espléndida y curvilínea silueta, con su exótica melena cayendo en bucles hasta casi la mitad de su espalda, con sus lumbares ligeramente arqueados hacia delante para que, finalmente, su espalda diese paso a sus dos redondas, duras y altivas nalgas.

No pude resistirme, tomándola rápidamente por las muñecas levanté sus brazos y la puse contra la puerta. Flexioné las rodillas y mi glande se deslizó por su lubricada vagina y dio con su apretado culo. Con un empellón de cadera, mi ariete se abrió paso por su interior sin piedad.

“¡Bum!”, sonó mi embestida empujando el cuerpo de Lysa contra la puerta. El sonido de mi pelvis chocando contra sus nalgas era alucinante. “¡Ah!” –gritó la pelirroja al sentirse penetrada por sorpresa y con violencia. “¡Querías sexo salvaje, ¿no putita? –le dije, pues ahora sentirás cómo Chile invade por completo a los Estados Unidos. “¡Mmmmmm!” –gimió como dando el visto bueno con su mejilla izquierda sobre la madera de la puerta. Sujetándola con firmeza las muñecas, bajé la cadera sacando todo mi miembro de su ardiente culo para, acto seguido, volver a incrustarlo a fondo en su lubricada concha. Tras esa alucinante acometida, empecé a marcar un placentero ritmo de caderas, escuchando sus gemidos y deleitándome con el poderoso masaje de su vagina. Con cada arremetida, sus voluptuosos pechos se aplastaban contra la puerta y su escultural cuerpo era completamente sometido. Aquello le encantaba, lo notaba en cada embestida.

Mi miembro entraba y salía una y otra vez, con una placentera fricción del grueso glande en las paredes internas de Lysa, estimulando su punto G de tal modo, que la emparedada me incitaba a incrementar el ritmo volviéndose loca. La temperatura de su sexo se incrementó y palpitó estrujando con fuerza la estaca que se clavaba una y otra vez en su interior, haciéndola gritar: “¡Oh, my God! –con esa deliciosa sensualidad que me excitaba mucho más. El poderoso éxtasis puso rígido su cuerpo, sus senos se despegaron de la madera, sus hombros se apoyaron en mi pecho, y su espalda se arqueó hasta que todo el aliento escapó de sus pulmones. Su abrasador y enérgico orgasmo me proporcionó el punto que me faltaba para llegar al clímax. Sus jóvenes músculos me exprimieron con tanta furia, que mi pene vibró inundando sus entrañas de ardiente semen, intensificando aún más la gloria de ambos. “¡Ufffff! Ha sido salvaje –me dijo respirando con dificultad mientras se liberaba de mi miembro que aún seguía erecto. “Me tiemblan las piernas” –dijo en un agónico suspiro. “Eres el polvo de mi vida, preciosa. A mí también me tiemblan las piernas. Mi cama es tuya” –le decía embobado. Finalmente le abrí la puerta del dormitorio y ambos nos tumbamos sobre la cama recuperando el aliento.

“Me gustaría saber más de ti” –le dije perdiéndome en sus ojos de mar caribeño. “Tengo veintiún años” –respondió con una cautivadora sonrisa. “Puedes llamarme Lysa, soy norteamericana, y ésta es mi última noche de vacaciones en Chile. Creo que no necesitas saber más” –me dijo mirándome a los ojos. “Ok, ok. Al menos dime por qué pudiendo tener al hombre que se te antoje, te has acercado a mí” –le insistí. “Tú mismo acabas de decirlo” –contestó con una carcajada. “Hoy tú eres mi antojo. No me gustan los chicos de mi edad, cuando era pequeña siempre se burlaban de mi color de pelo y de mi piel clara, así que siempre me han interesado más los chicos mayores” –me respondió. “Ah, así que sólo has venido por mí porque era el único tipo del bar que pasaba los treinta” –le dije haciéndome el decepcionado. “Jajaja, en parte sí, pero no seas tonto. Si he ido por ti es porque desde que te he visto me has parecido muy atractivo –aclaró acariciando mi pecho con el índice de su mano izquierda. “Estabas ahí en la barra, sólo, lanzándome miradas con disimulo y no descaradamente como hacen todos; con un aire maduro, misterioso, muy sexy. Por lo que pensé que quería llevarme un recuerdo así de mis vacaciones” –me añadió. “Ya veo” –agregué sorprendido. “¿Y tú? No has puesto ningún reparo a pesar de mi juventud, jajaja” –rio con perversidad en sus ojos. “Bueno, eres una preciosidad, eres irresistible. De hecho, si alguien me preguntase, diría que eres la mujer más bella del mundo” –le dije con toda la seriedad que podría tener en ese momento. “¿Ah, sí?” –dijo levantándose de la cama para mostrarme su cuerpo desnudo en todo su esplendor. “Tal vez debas verme mejor” –volvió a decir con esa mirada perversa clavándose en mis ojos.

Con su mano derecha sobre la cadera, comenzó a caminar por la habitación exhibiéndose como en un desfile de pasarela. Sus caderas se movían con elegancia a cada paso, hipnotizándome con su vaivén. Sus pechos se agitaban con las firmes pisadas, fascinándome con su bamboleo.

Yo me senté al borde de la cama, para no perder ni el más mínimo detalle de aquel regalo para la vista, sintiendo cómo poco a poco mi virilidad respondía al espectáculo, volviendo a hincharse como cuando era un adolescente.

Cuando Lysa llegó a un extremo de la habitación, se detuvo girándose hacia mí con un revuelo de su exótica cabellera escarlata. Sonriéndome, cambió de mano sobre sus caderas, y caminó contoneándose hasta llegar al otro extremo del dormitorio, donde se detuvo de espaldas a mí, mostrándome las excelencias de su apetecible culito. Giró la cabeza por encima de su hombro derecho, me guiñó sensualmente uno de sus incomparables ojos, y me preguntó: “¿Aún sigues pensando lo mismo?”. Con la verga más dura que el diamante, y levantándome de la cama para acercarme a ella, le contesté: “Has salido directamente de mis fantasías, y me estás volviendo loco”.

Tomándola por su cintura de avispa la giré contra mi cuerpo y besé aquellos perfectos labios carmesíes con devoción. Ella se dejó llevar, succionando mi lengua con sus suaves pétalos de rosa, acariciándola con su juguetona lengua. Sentí cómo sus pezones se erizaban contra mi pecho, y su piel se ponía de gallina cuando mis manos acariciaron su cintura para deslizarse hasta sus nalgas. Restregó su sexo contra mi erección, demostrándome que ya volvía a estar húmeda. “Vuelve a follarme, hazme sentir puta otra vez; quiero sentirme una sucia mujerzuela” –susurró en mi oído.

No necesitaba pedírmelo, era lo que yo quería, lo que mi cuerpo ansiaba. Tenía que aprovechar aquella oportunidad única en la vida hasta desfallecer. La arrastré hacia la cama, y la tumbé quedando yo de rodillas entre sus muslos. Sonriéndome, con una seductora mirada, Lysa subió su pierna derecha apoyándome el pie en el pecho. Acaricié toda la longitud de su pierna, memorizando con las yemas de los dedos el suave tacto de sus tersos muslos, y tomé su pie para chupar el pulgar como si fuese un caramelo. “Aaaaaahhhhhh” –gimió complacida. Me senté sobre mis tobillos, coloqué su pie sobre mi hombro y, alzándola del trasero, la acomodé hasta que la punta de mi pene dio con la entrada de su húmeda vagina. Tiré de ella y la atraje hacia mí hasta penetrarla por completo. “¡Ufffff!” –suspiró con su sexo dándole la bienvenida al grueso invitado, abrazándolo con su calor para hacerme suspirar a mí también. Tomé su otra pierna, y también coloqué su pie sobre mi otro hombro. Agarré con firmeza sus caderas, y desplacé todo su cuerpo sacando de él casi por completo mi férreo miembro, sólo para volver a atraerla hacia mí y clavárselo a fondo. “¡Yessssssss!” –exclamó poniendo sus manos sobre las mías.

Empecé un violento mete y saca con el que todo su cuerpo de diosa se movía guiado por mis brazos tirando de ella. Gemía con la boca abierta sin dejar de mirarme con el goce reflejado en su rostro. Sus protuberantes pechos rebotaban, y su vagina se contraía y dilataba abriendo paso al glande que estimulaba todo su interior. Nuestras pelvis se golpeaban rítmicamente, y su culito chocaba una y otra vez contra mis muslos, los dos lo estábamos disfrutando al máximo. Sus cálidos fluidos inundaban mi verga y escurrían por mis testículos, empapándome por completo, realmente a aquella joven belleza se le estaba haciendo la vagina agua conmigo, lubricando sin fin. Mis movimientos eran furiosos, salvajes; me sentía un despiadado orco del bosque abusando de una virgen hada que paseaba sola por el bosque. Ella no podía dejar de gemir y decir lo rico que la estaba follando. Por un momento los gemidos se detuvieron y su mirada se perdió en un horizonte profundo, era la inevitable señal de que un orgasmo se aproximaba. Sus piernas se aferraron a mis hombros, podía sentir con fuerza las pulsaciones de su vagina y como ésta se contraía; esta vez los gemidos se transformaron en un intenso alarido de placer, mezclado de balbuceos que decían: “¡Oh, my God. You fuck Chilean gentleman!”. Escucharla era un estimulante letal para mis embestidas, ya que cada vez mi pene se hinchaba más en su interior; bendita señal de que otra vez llenaría por completo sus entrañas con mi semen. Ya casi sin aguantar más, un grito desesperado me brotó del alma, seguido de la erupción del volcán de pasión con que inundaba su interior de aquel tibio y blanquísimo fluido que salía a borbotones. Los temblores de mi cuerpo eran intensos, había follado como nunca antes lo hice, rendido caí sobre su pecho y ella ansiosa buscaba mis labios para besarlos con la misma intensidad del principio.

Nos dormimos exhaustos pero satisfechos, abrazados con fuerza como si el tiempo no pasará. Ya era cerca de las tres de la tarde cuando nuestros ojos se abrieron. Un beso apasionado marcó el comienzo del día y un juego perverso en la ducha que me reservaré solo para mí. Pasamos parte de la tarde juntos ya que debía volver al hotel porque en la madrugada partía el avión que la separaría de mí y mis besos, no había tristeza pero si habían besos apasionados y caricias furtivas en su sexo sin que nadie se diera cuenta, quería que me recordará como ese “Caballero chileno” que la hizo sentir puta en la cama. Nos despedimos sabiendo que ya nunca más nos veríamos pero teníamos el recuerdo de una noche mágica ya que ambos vivimos lo que queríamos y disfrutamos como un par de adolescentes que se entregaban por primera vez. El último beso fue marcado por un adiós y un gracias, mientras por mi parte ese beso dejó la marca indeleble que no me olvidará y yo tampoco a ella.


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