Hola,
me pueden llamar Alba y soy prostituta o mejor dicho puta porque sí, soy puta
porque lo he decidido y porque me gusta y hoy quiero contarles como puede ser
una cita mía cualquiera, nada es como parece ni como creen que es.
Llevo
en el negocio del placer por pago cerca de ocho meses, me trasladé de mi ciudad
natal que por seguridad no diré a estudiar a Santiago, bueno estudiar, digamos
que eso es lo que pensaban mis padres cuando hice las maletas pero yo tenía muy
claro que hasta mi propia santa madre sabía a lo que venía pues las apreturas
familiares eran muchas y las salidas laborales en mi ciudad natal eran nulas,
unos años antes me había implantado unas buenas prótesis de silicona que se han
descubierto que no son tan buenas y que me dieron los 90 que luzco y por los
que muchos hombres babean cuando me ven; perdonen que me pierdo, con mis 23
añitos mandé a mi novio a “volar”, hice las maletas y me tomé el autobús que me
dejó en el Terminal Sur, en una semana estaba trabajando, lo primero que hice
fue publicar en un par de páginas de cierto prestigio un pequeño perfil y unas
fotos que me hizo un chico que resultó ser un caradura y al que no me volví a
follar porque para mí dicha, yo soy la que folla y ustedes son los que creen
que me follan. ¡Ja!, pero bueno, esa es otra historia. El caso es que publiqué
un lunes y el mismo lunes ya tenía cerca de 50 respuestas en la dirección de
correo que me había creado, había buscado un nombre para que apareciera en las
primeras posiciones de la web por si se colocaba por orden alfabético y me
cuidé muy mucho de decir que hacía o dejaba de hacer, opté por unas fotos más
bien tirado a “normales” porque pretendía sugerir más que enseñar y después de
todo ello me propuse hacer cierta selección de mis futuros y próximos clientes.
Mis
primeros encuentros transcurrieron sin pena ni gloria, pues aplicaba lo que
había aprendido con mis anteriores parejas de cama, que no fue poco pero con el
tiempo he aprendido mucho más y puedo hacer que un hombre acabe en cinco
minutos casi sin que me toque y casi sin tocarlo porque he de reconocerlo, soy
una puta de las buenas, de las caras, de las cabronas que vacía la billetera,
los testículos y si no quiero que vuelvas, no vuelves. Pero todo esto viene a
cuento porque no puedo evitar es la emoción del primer encuentro, normalmente
soy muy selectiva con mis clientes y les hago pasar muchos filtros antes de que
se metan entre mis piernas, mi intuición no suele fallar y si hago memoria solo
me he equivocado con un demente que ya está denunciado y probablemente alguien
le habrá quebrado las piernas porque como les decía puedo hacer lo que quiera
con la voluntad de un hombre y convertir en un asesino sanguinario a la mosca
más debilucha de una sala de ejecutivos de seguros. Esta sensación es
indescriptible y creo que no puedo compararla con nada, una vez que mi cliente
ha pasado el corte le suelo citar en alguna cafetería para observarle durante
unos minutos, no necesito más, con dos minutos escasos me vale para saber que
quiere cada uno, sus nervios, su forma de sentarse o de tomar su bebida, pero
antes de eso me preparo, esa preparación siempre es muy concienzuda pues me
gusta estar perfecta para mi cliente y mientras me preparo me recreo, mientras
me subo las medias lenta y suavemente, mientras me pinto los labios o me hago
las líneas de los ojos, todo forma parte de esa liturgia que me quema por
dentro y que de no ser por ese instante mientras pienso en lo que me espera, me
achicharraría.
Les
voy a contar un caso, no el mejor, ni el peor, simplemente el que me paso ayer;
después de diez días cruzando mails con cierto maduro de 42 años decidí que era
el momento de pasar al siguiente paso, por lo que sabía estaba soltero –mentira
podrida, estaba casado y con estos suelo ser más perra que nadie, que tenía una
escritura cuidada por lo que le suponía cierta cultura, que decía que se
mantenía en forma y era bien parecido, eso a mí no me importa mucho mientras su
billetera esté en forma, pues metida en faena lo único que me gusta es que sus
vergas no tengan demasiado vello y que huelan bien, a lo primero no puedo hacer
nada pero para lo segundo si pues lo meto dentro de la ducha y les restriego
hasta que brillan, jajajajaja, pues cité a este maduro interesante, otro
pegote, no hay nada más cómico que los nicks que suelen usar y este era
patético, llamémosle Robert. Evidentemente el nombre es ficticio y lo cité en
cierta cafetería de los números intermedios del Paseo Ahumada, para el
encuentro preparé uno de mis vestidos más "peligrosos" y me arreglé
para la cita.
Me di
un baño tranquila en mi apartamento, me puse una buena mascarilla en la cara y
me hidraté creo que hasta el interior de las orejas, jajaja, mi ropa descansaba
en la cama y antes de ponerme la lencería más atrevida de la disponía, me miré
desnuda al espejo de cuerpo entero de mi cuarto y casi me beso a mí misma pues
me encontraba irresistiblemente atractiva, mis curvas, mi senos perfectos, esas
aureolas de mediano tamaño, pezones no muy grandes, mis labios carnosos, un
pubis rasurado y suave como una pluma, ¡mmmmmm Robert no me iba a durar ni diez
minutos! Me reí por dentro; me senté al borde de la cama y me coloqué las
medias, mi liguero negro y me lo enganché suavemente, después un sujetador muy
delicado negro que me encantaba y volví a mirarme al espejo, cada vez me
gustaba más el resultado. Me perfumé suavemente y en esto no suelo pensar nunca
en mis clientes, me importa bien poco que luego vayan oliendo a hembra, pues es
lo que soy y el que viene a mi debe apechugar con todo el paquete. Una blusa blanca
que dejaba entrever mis lencería y una falda de tuvo gris hasta las rodillas
pero que marcaba mis caderas a juego con una chaqueta corta del mismo color y
unos zapatos de vértigo negros, estaba arrebatadora; busqué mi bolso y metí un
par de condones por si acaso me hubiese equivocado en mis impresiones, el
lubricante –pues todo cliente debe quedarse con la sensación de que te has
corrido y le has empapado y eso solo se consigue con lubricante a chorros o que
te follen como los dioses y esto último pasa una vez de un millón, las llaves
de casa y mi monedero y salí con el tiempo preciso, un taxi a la puerta y le
digo al taxista: “A Alameda con Ahumada por favor”. “¿Por dónde quiere que
vayamos?” –pregunta de forma educada y con la boca abierta. “Baje Eliodoro Yáñez
y tomamos Providencia hasta el destino” –le dije con voz seductora.
El taxista,
un joven que no dejaba de mirarme y desnudarme con los ojos seguía hablándome
pero yo cerré mis oídos concentrada en el dinero que me iba a pagar Robert y
para animar el cotorro conductor, me desabroché un botón de la blusa pícaramente
mientras hacía que miraba por la ventana. Pagué la carrera y tomando aire
caminé por medio de ese paseo peatonal en donde los hombres no paraban de
piropearme y hacerme sentir más puta de lo que soy. Al llegar a la cafetería ya
sabía quién era él, pues era la única mesa con un hombre y nos presentamos.
“¿Robert?”
–pregunté. “Sí, ¿tú debes ser Alba?” –respondió y preguntó de forma tímida. “Lo
soy, mmm, que guapo eres, que sorpresa, no te espera así” –primera mentira de
mi parte; por alguna razón les sube el ego. “Gracias, yo sí creo que tú eres
muy guapa” –respondió de manera cortés. “Muchas gracias” –le dije coqueta, me
senté a su lado y le besé en la comisura de los labios para oler su miedo, ese
miedo que tiene todos los hombres que se ven conmigo por primera vez. “¿Quieres
que tomemos algo o nos vamos?” –preguntó. “Prefiero que nos marchemos, luego
nos lo tomamos si quieres” –sugerí. Robert pagó lo que había consumido y antes
de que me preguntase le dije que tenía un apartamento donde podríamos estar más
tranquilos, en realidad es un apartamento que comparto con unas amigas para
estas lides y que nos coordinamos cuando tenemos alguna cita, todas colaboramos
y pagamos los gastos, la limpieza de tollas, en fin, todo lo que sea necesario;
entre nosotras se hace fácil y nos llevamos bien; el cándido Robert venía tras
de mi como un gatito o mejor dicho como un perrito abandonado que le mueve la
cola a cualquier extraño solo por un poco de cariño. Tras un breve paseo
llegamos, subimos al noveno piso, creo que los conserjes saben a qué nos
dedicamos pero por mi carácter creo que ni se atreven a abrir la boca cuando me
ven salvo para decir buenos días; abrí la puerta con decisión y le pregunté si
quería beber algo; me pidió un whisky, ahora todos los hombres quieren whisky;
por cierto se preparé con cierta dedicación mientras él me desnudaba con la
mirada y sus manos, se le veía nervioso, presuroso, es decir, de los clientes
que nos gustan, los que tienen prisa por meterse en materia y se corren en
cuanto les susurras que estás muy caliente. Con cierta premura le dije que me
pagara y sacó un sobre de esos de boda con la tarifa por una hora, lo guardé en
un bolsillo interior de mi bolso que tenía difícil acceso y volví con él. No le
di tiempo a que se bebiese el whisky, pues me fui a la ducha y le invité a que
se viniese conmigo, esperé al agua caliente y nos metimos juntos, aún no le
había besado y aproveché para besarle en la boca mientras agarraba su miembro
para enjabonarlo, le dejé el miembro limpio y me dispuse a secarme, en cuanto
estuvo listo me lo llevé a aquella cama de casi 2,30 con espejos hasta casi en
la cómoda, le pedí que me esperara un instante mientras disimuladamente me
llenaba de lubricante vaginal.
Una
vez preparada tiré a Robert en la cama, estaba mudo, creo que solo resoplaba y
con mis ojos más pícaros me recosté a su lado, coloqué disimuladamente el
condón en la mesilla y con la voz más suave que podía salir de mi garganta le
dije que se preparara para tocar el cielo, le besé suavemente el cuello y
sentía como sus pezones se ponían duros, sus manos presurosas me toqueteaban
sin tino, pero al menos no era brusco, y baje dando un rodeo hasta su pecho,
lamiéndolos muy lentamente y acariciando sus torso, no era un pecho muy peludo
y eso se agradece mientas mis piernas se hacían un hueco entre sus muslos para
sentir su miembro en mi vientre, no perdía su contacto visual mientras lamía
cada rincón de su cuerpo mientras bajaba lentamente, es aquí donde se ve la
destreza de un buen amante y que normalmente es al revés de un buen cliente,
pues los malos clientes están como locos porque te metas su pene en la boca
pero, les complacemos con placer, es tiempo que ganamos, cuando llegué con mis
labios a su miembro erecto suelo hacer un parada muy teatral, esto les suele
volver locos y cuando vuelvo sobre su pene respiran como si la vida se le
escapara, primero lamo todo su tronco parándome en su glande y en sus testículos
pero que si tienen muchos pelos, casi ni toco porque me dan arcadas, jugando
con el ojito de Polifemo como yo le llamo hasta que me la meto en la boca, una
boca que antes he llenado de saliva cálida para que sienta mi calor, me meto el
glande haciendo una parada mientras mi lengua juega haciéndolo palpitar, si
siento que empuja yo misma le sujeto o uso mis manos para que no me la meta
hasta el fondo de la garganta porque para que me entre hasta dentro tengo que
estar preparada; y es cuando veo que se relaja cuando si me la meta hasta el
fondo, procurando que no me den arcadas por tocar mi campanilla y siempre
mirándole a los ojos pues yo creo que es lo que lo que acelera su explosión de
placer, disimuladamente saco el condón y me lo enfundo en un dedo y con la misma
saliva que escurre de su falo tieso lo empapo y se lo meto sin contemplación
hasta el fondo, muchos parecen protestar pero no conozco a ninguno que luego
haya dicho que no le haya gustado, pues mientras le mamo la verga, sacándola y
metiéndola dentro de mi boca, mi dedo corazón busca una próstata que no me
cuesta demasiado encontrar y es cuestión de segundos para sentir un chorro de
semen en mi boca no sin antes avisarme unas cuantas pequeñas y dulces gotas en
la punta, cuando llega ese momento yo cierro mi garganta para recibir todo eso
chorro de leche blanca para tratar de no tragarme nada pero dejándola en mi
boca, le dejo reposar hasta que le saco la última gota y mientras recupera la
respiración yo aprovecho para ir al baño a escupirla toda y lavarme la boca.
Con el tiempo ni te fijas en el tamaño del miembro de los que se acuestan
contigo y salvo algún espécimen digno de un museo, como lo nuestro es trabajo
ni te molestas en compararlas, cosa que parece fastidiar a todos los hombres
del mundo, algo que no entiendo, en todo el tiempo que llevo en esto salvo un
par de hombres, ninguno se ha preocupado por saber que puede gustarme y digo
esto con pena, pues los dos que me lo preguntaron fueron los hombres más dulces
del mundo, uno de ellos es un cliente fijo y si supiera como vibro cada vez que
me toca creo que me derrumbaría y lo dejaría todo, del otro me enteré por la
prensa que lo destinaron a cierta embajada americana y su fue con toda la
familia, una familia muy numerosa por cierto, que envidia me daba su mujer
aunque no creo que disfrutase ni la cuarta parte que yo cuando me llevaba a la cama
y me follaba hasta el alma.
Robert
seguía agitado y habían pasado tal y como tenía previsto veinte minutos y como
tenía previsto, Robert era de los que les causa problemas de conciencia irse
con una puta así que me acosté a su lado y mientas me hablaba de sus problemas;
maldita gracia que me hace que me cuenten sus tonterías; le di un masaje
suavemente y eso que no tengo ni la más remota idea de cómo hacerlo pero a mis
amantes parece no importarles, cuando quiso darse cuenta faltaban siete minutos
para la hora y me levanté diciendo que casi era la hora.
“Que
cortito se me ha hecho, eres un encanto Alba” –dijo entre un suspiro. “Tú eres el
encanto, a mí también se me ha hecho muy cortito” –le dije. “Te volveré a
llamar” –prometió, como si en verdad eso fuera a hacerme caer rendida a sus
pies. “Bueno” –le dije. Ya sé que este es de lo que no vuelve a llamar, lo sé
siempre en mi primera mirada, este vuelve con su esposa con el rabo entre las
piernas porque la marca real o virtual del anillo nosotras lo vemos a la
distancia. Nos fuimos a la ducha a refrescarnos y nos vestimos con
tranquilidad, antes de salir me dijo Robert que no se podía quedar, que no se
percató del tiempo y que se le había hecho tarde. Lo sabía, jajajajaja, pero yo
por una mamada le había sacado un dineral. Cada vez quedaba menos para poder
alcanzar mi sueño de autofinanciar mi futuro y con tipos como Robert cada vez
me era más fácil.
Lo
dicho, no ha sido ni el mejor ni el peor, uno más y mis ahorros siguen
creciendo a un ritmo exponencial porque soy puta, muy puta y si aún no me
conoces, ten cuidado cuando marques mi número pues te irás con la idea de que
me has follado pero lo siento nene, soy yo la que te monta, la que te folla y
si quiero, la que te da por el culo.
Tal
vez creas conocerme pero déjame decirte que solo puede ser parte de tu
retorcida imaginación debido a las muchas películas porno y las pajas que te
haces creyendo que eres parte de la escena.
Pasiones Prohibidas
®

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