068. Los nervios del primer encuentro



Hola, me pueden llamar Alba y soy prostituta o mejor dicho puta porque sí, soy puta porque lo he decidido y porque me gusta y hoy quiero contarles como puede ser una cita mía cualquiera, nada es como parece ni como creen que es.

Llevo en el negocio del placer por pago cerca de ocho meses, me trasladé de mi ciudad natal que por seguridad no diré a estudiar a Santiago, bueno estudiar, digamos que eso es lo que pensaban mis padres cuando hice las maletas pero yo tenía muy claro que hasta mi propia santa madre sabía a lo que venía pues las apreturas familiares eran muchas y las salidas laborales en mi ciudad natal eran nulas, unos años antes me había implantado unas buenas prótesis de silicona que se han descubierto que no son tan buenas y que me dieron los 90 que luzco y por los que muchos hombres babean cuando me ven; perdonen que me pierdo, con mis 23 añitos mandé a mi novio a “volar”, hice las maletas y me tomé el autobús que me dejó en el Terminal Sur, en una semana estaba trabajando, lo primero que hice fue publicar en un par de páginas de cierto prestigio un pequeño perfil y unas fotos que me hizo un chico que resultó ser un caradura y al que no me volví a follar porque para mí dicha, yo soy la que folla y ustedes son los que creen que me follan. ¡Ja!, pero bueno, esa es otra historia. El caso es que publiqué un lunes y el mismo lunes ya tenía cerca de 50 respuestas en la dirección de correo que me había creado, había buscado un nombre para que apareciera en las primeras posiciones de la web por si se colocaba por orden alfabético y me cuidé muy mucho de decir que hacía o dejaba de hacer, opté por unas fotos más bien tirado a “normales” porque pretendía sugerir más que enseñar y después de todo ello me propuse hacer cierta selección de mis futuros y próximos clientes.

Mis primeros encuentros transcurrieron sin pena ni gloria, pues aplicaba lo que había aprendido con mis anteriores parejas de cama, que no fue poco pero con el tiempo he aprendido mucho más y puedo hacer que un hombre acabe en cinco minutos casi sin que me toque y casi sin tocarlo porque he de reconocerlo, soy una puta de las buenas, de las caras, de las cabronas que vacía la billetera, los testículos y si no quiero que vuelvas, no vuelves. Pero todo esto viene a cuento porque no puedo evitar es la emoción del primer encuentro, normalmente soy muy selectiva con mis clientes y les hago pasar muchos filtros antes de que se metan entre mis piernas, mi intuición no suele fallar y si hago memoria solo me he equivocado con un demente que ya está denunciado y probablemente alguien le habrá quebrado las piernas porque como les decía puedo hacer lo que quiera con la voluntad de un hombre y convertir en un asesino sanguinario a la mosca más debilucha de una sala de ejecutivos de seguros. Esta sensación es indescriptible y creo que no puedo compararla con nada, una vez que mi cliente ha pasado el corte le suelo citar en alguna cafetería para observarle durante unos minutos, no necesito más, con dos minutos escasos me vale para saber que quiere cada uno, sus nervios, su forma de sentarse o de tomar su bebida, pero antes de eso me preparo, esa preparación siempre es muy concienzuda pues me gusta estar perfecta para mi cliente y mientras me preparo me recreo, mientras me subo las medias lenta y suavemente, mientras me pinto los labios o me hago las líneas de los ojos, todo forma parte de esa liturgia que me quema por dentro y que de no ser por ese instante mientras pienso en lo que me espera, me achicharraría.

Les voy a contar un caso, no el mejor, ni el peor, simplemente el que me paso ayer; después de diez días cruzando mails con cierto maduro de 42 años decidí que era el momento de pasar al siguiente paso, por lo que sabía estaba soltero –mentira podrida, estaba casado y con estos suelo ser más perra que nadie, que tenía una escritura cuidada por lo que le suponía cierta cultura, que decía que se mantenía en forma y era bien parecido, eso a mí no me importa mucho mientras su billetera esté en forma, pues metida en faena lo único que me gusta es que sus vergas no tengan demasiado vello y que huelan bien, a lo primero no puedo hacer nada pero para lo segundo si pues lo meto dentro de la ducha y les restriego hasta que brillan, jajajajaja, pues cité a este maduro interesante, otro pegote, no hay nada más cómico que los nicks que suelen usar y este era patético, llamémosle Robert. Evidentemente el nombre es ficticio y lo cité en cierta cafetería de los números intermedios del Paseo Ahumada, para el encuentro preparé uno de mis vestidos más "peligrosos" y me arreglé para la cita.

Me di un baño tranquila en mi apartamento, me puse una buena mascarilla en la cara y me hidraté creo que hasta el interior de las orejas, jajaja, mi ropa descansaba en la cama y antes de ponerme la lencería más atrevida de la disponía, me miré desnuda al espejo de cuerpo entero de mi cuarto y casi me beso a mí misma pues me encontraba irresistiblemente atractiva, mis curvas, mi senos perfectos, esas aureolas de mediano tamaño, pezones no muy grandes, mis labios carnosos, un pubis rasurado y suave como una pluma, ¡mmmmmm Robert no me iba a durar ni diez minutos! Me reí por dentro; me senté al borde de la cama y me coloqué las medias, mi liguero negro y me lo enganché suavemente, después un sujetador muy delicado negro que me encantaba y volví a mirarme al espejo, cada vez me gustaba más el resultado. Me perfumé suavemente y en esto no suelo pensar nunca en mis clientes, me importa bien poco que luego vayan oliendo a hembra, pues es lo que soy y el que viene a mi debe apechugar con todo el paquete. Una blusa blanca que dejaba entrever mis lencería y una falda de tuvo gris hasta las rodillas pero que marcaba mis caderas a juego con una chaqueta corta del mismo color y unos zapatos de vértigo negros, estaba arrebatadora; busqué mi bolso y metí un par de condones por si acaso me hubiese equivocado en mis impresiones, el lubricante –pues todo cliente debe quedarse con la sensación de que te has corrido y le has empapado y eso solo se consigue con lubricante a chorros o que te follen como los dioses y esto último pasa una vez de un millón, las llaves de casa y mi monedero y salí con el tiempo preciso, un taxi a la puerta y le digo al taxista: “A Alameda con Ahumada por favor”. “¿Por dónde quiere que vayamos?” –pregunta de forma educada y con la boca abierta. “Baje Eliodoro Yáñez y tomamos Providencia hasta el destino” –le dije con voz seductora.

El taxista, un joven que no dejaba de mirarme y desnudarme con los ojos seguía hablándome pero yo cerré mis oídos concentrada en el dinero que me iba a pagar Robert y para animar el cotorro conductor, me desabroché un botón de la blusa pícaramente mientras hacía que miraba por la ventana. Pagué la carrera y tomando aire caminé por medio de ese paseo peatonal en donde los hombres no paraban de piropearme y hacerme sentir más puta de lo que soy. Al llegar a la cafetería ya sabía quién era él, pues era la única mesa con un hombre y nos presentamos.

“¿Robert?” –pregunté. “Sí, ¿tú debes ser Alba?” –respondió y preguntó de forma tímida. “Lo soy, mmm, que guapo eres, que sorpresa, no te espera así” –primera mentira de mi parte; por alguna razón les sube el ego. “Gracias, yo sí creo que tú eres muy guapa” –respondió de manera cortés. “Muchas gracias” –le dije coqueta, me senté a su lado y le besé en la comisura de los labios para oler su miedo, ese miedo que tiene todos los hombres que se ven conmigo por primera vez. “¿Quieres que tomemos algo o nos vamos?” –preguntó. “Prefiero que nos marchemos, luego nos lo tomamos si quieres” –sugerí. Robert pagó lo que había consumido y antes de que me preguntase le dije que tenía un apartamento donde podríamos estar más tranquilos, en realidad es un apartamento que comparto con unas amigas para estas lides y que nos coordinamos cuando tenemos alguna cita, todas colaboramos y pagamos los gastos, la limpieza de tollas, en fin, todo lo que sea necesario; entre nosotras se hace fácil y nos llevamos bien; el cándido Robert venía tras de mi como un gatito o mejor dicho como un perrito abandonado que le mueve la cola a cualquier extraño solo por un poco de cariño. Tras un breve paseo llegamos, subimos al noveno piso, creo que los conserjes saben a qué nos dedicamos pero por mi carácter creo que ni se atreven a abrir la boca cuando me ven salvo para decir buenos días; abrí la puerta con decisión y le pregunté si quería beber algo; me pidió un whisky, ahora todos los hombres quieren whisky; por cierto se preparé con cierta dedicación mientras él me desnudaba con la mirada y sus manos, se le veía nervioso, presuroso, es decir, de los clientes que nos gustan, los que tienen prisa por meterse en materia y se corren en cuanto les susurras que estás muy caliente. Con cierta premura le dije que me pagara y sacó un sobre de esos de boda con la tarifa por una hora, lo guardé en un bolsillo interior de mi bolso que tenía difícil acceso y volví con él. No le di tiempo a que se bebiese el whisky, pues me fui a la ducha y le invité a que se viniese conmigo, esperé al agua caliente y nos metimos juntos, aún no le había besado y aproveché para besarle en la boca mientras agarraba su miembro para enjabonarlo, le dejé el miembro limpio y me dispuse a secarme, en cuanto estuvo listo me lo llevé a aquella cama de casi 2,30 con espejos hasta casi en la cómoda, le pedí que me esperara un instante mientras disimuladamente me llenaba de lubricante vaginal.

Una vez preparada tiré a Robert en la cama, estaba mudo, creo que solo resoplaba y con mis ojos más pícaros me recosté a su lado, coloqué disimuladamente el condón en la mesilla y con la voz más suave que podía salir de mi garganta le dije que se preparara para tocar el cielo, le besé suavemente el cuello y sentía como sus pezones se ponían duros, sus manos presurosas me toqueteaban sin tino, pero al menos no era brusco, y baje dando un rodeo hasta su pecho, lamiéndolos muy lentamente y acariciando sus torso, no era un pecho muy peludo y eso se agradece mientas mis piernas se hacían un hueco entre sus muslos para sentir su miembro en mi vientre, no perdía su contacto visual mientras lamía cada rincón de su cuerpo mientras bajaba lentamente, es aquí donde se ve la destreza de un buen amante y que normalmente es al revés de un buen cliente, pues los malos clientes están como locos porque te metas su pene en la boca pero, les complacemos con placer, es tiempo que ganamos, cuando llegué con mis labios a su miembro erecto suelo hacer un parada muy teatral, esto les suele volver locos y cuando vuelvo sobre su pene respiran como si la vida se le escapara, primero lamo todo su tronco parándome en su glande y en sus testículos pero que si tienen muchos pelos, casi ni toco porque me dan arcadas, jugando con el ojito de Polifemo como yo le llamo hasta que me la meto en la boca, una boca que antes he llenado de saliva cálida para que sienta mi calor, me meto el glande haciendo una parada mientras mi lengua juega haciéndolo palpitar, si siento que empuja yo misma le sujeto o uso mis manos para que no me la meta hasta el fondo de la garganta porque para que me entre hasta dentro tengo que estar preparada; y es cuando veo que se relaja cuando si me la meta hasta el fondo, procurando que no me den arcadas por tocar mi campanilla y siempre mirándole a los ojos pues yo creo que es lo que lo que acelera su explosión de placer, disimuladamente saco el condón y me lo enfundo en un dedo y con la misma saliva que escurre de su falo tieso lo empapo y se lo meto sin contemplación hasta el fondo, muchos parecen protestar pero no conozco a ninguno que luego haya dicho que no le haya gustado, pues mientras le mamo la verga, sacándola y metiéndola dentro de mi boca, mi dedo corazón busca una próstata que no me cuesta demasiado encontrar y es cuestión de segundos para sentir un chorro de semen en mi boca no sin antes avisarme unas cuantas pequeñas y dulces gotas en la punta, cuando llega ese momento yo cierro mi garganta para recibir todo eso chorro de leche blanca para tratar de no tragarme nada pero dejándola en mi boca, le dejo reposar hasta que le saco la última gota y mientras recupera la respiración yo aprovecho para ir al baño a escupirla toda y lavarme la boca. Con el tiempo ni te fijas en el tamaño del miembro de los que se acuestan contigo y salvo algún espécimen digno de un museo, como lo nuestro es trabajo ni te molestas en compararlas, cosa que parece fastidiar a todos los hombres del mundo, algo que no entiendo, en todo el tiempo que llevo en esto salvo un par de hombres, ninguno se ha preocupado por saber que puede gustarme y digo esto con pena, pues los dos que me lo preguntaron fueron los hombres más dulces del mundo, uno de ellos es un cliente fijo y si supiera como vibro cada vez que me toca creo que me derrumbaría y lo dejaría todo, del otro me enteré por la prensa que lo destinaron a cierta embajada americana y su fue con toda la familia, una familia muy numerosa por cierto, que envidia me daba su mujer aunque no creo que disfrutase ni la cuarta parte que yo cuando me llevaba a la cama y me follaba hasta el alma.

Robert seguía agitado y habían pasado tal y como tenía previsto veinte minutos y como tenía previsto, Robert era de los que les causa problemas de conciencia irse con una puta así que me acosté a su lado y mientas me hablaba de sus problemas; maldita gracia que me hace que me cuenten sus tonterías; le di un masaje suavemente y eso que no tengo ni la más remota idea de cómo hacerlo pero a mis amantes parece no importarles, cuando quiso darse cuenta faltaban siete minutos para la hora y me levanté diciendo que casi era la hora.

“Que cortito se me ha hecho, eres un encanto Alba” –dijo entre un suspiro. “Tú eres el encanto, a mí también se me ha hecho muy cortito” –le dije. “Te volveré a llamar” –prometió, como si en verdad eso fuera a hacerme caer rendida a sus pies. “Bueno” –le dije. Ya sé que este es de lo que no vuelve a llamar, lo sé siempre en mi primera mirada, este vuelve con su esposa con el rabo entre las piernas porque la marca real o virtual del anillo nosotras lo vemos a la distancia. Nos fuimos a la ducha a refrescarnos y nos vestimos con tranquilidad, antes de salir me dijo Robert que no se podía quedar, que no se percató del tiempo y que se le había hecho tarde. Lo sabía, jajajajaja, pero yo por una mamada le había sacado un dineral. Cada vez quedaba menos para poder alcanzar mi sueño de autofinanciar mi futuro y con tipos como Robert cada vez me era más fácil.

Lo dicho, no ha sido ni el mejor ni el peor, uno más y mis ahorros siguen creciendo a un ritmo exponencial porque soy puta, muy puta y si aún no me conoces, ten cuidado cuando marques mi número pues te irás con la idea de que me has follado pero lo siento nene, soy yo la que te monta, la que te folla y si quiero, la que te da por el culo.

Tal vez creas conocerme pero déjame decirte que solo puede ser parte de tu retorcida imaginación debido a las muchas películas porno y las pajas que te haces creyendo que eres parte de la escena.



Pasiones Prohibidas ®

Comentarios