¡Sabía que no tenía que ir a esa fiesta! Algo muy dentro mío me decía que esa fiesta sería para mí, más que una alegría, un terrible dolor de cabeza. Es que nunca me gustaron las reuniones de personas mayores donde una chica como yo, adolescente de 18 años, no tiene ninguna posibilidad de entretenerse con chicos de su edad. Desde la tarde, cuando salí del colegio y vi al estúpido que me gusta haciéndose el baboso con la puta del curso, una sensación de bronca se empezó a desatar en mi interior.
Llegue
a casa y me colgué un rato de la web para ver si encontraba alguna amiga para
sacarme la mufa pero nada de nada. Estaba anocheciendo cuando llegó mamá de su
consulta -es médico-, apurada porque
tenía que ducharse y cambiarse para ir a una recepción a la que estábamos
invitados. Peleamos un rato porque yo no quería ir, pero la decisión estaba
tomada de acuerdo con papá, y eso en mi casa es la Ley.
Cuando
me di una ducha la esponja, suave y acariciante por el jabón, mi adorada
compañera de miles de orgasmos solitarios me invitaba tentadoramente a la
lujuria. Era tal mi mufa que ni para eso estaba de ánimo. Cuando llegó papá nos
encontró peleando nuevamente con mamá, las dos en ropa interior en su pieza,
porque me quería poner un vestido de ella.
Por
mi desarrollo prematuro y la similitud de nuestros cuerpos los vestidos de mamá
me quedan perfectos, a pesar de que ella tiene 38 años. Mi altura, 1,78, solo
sobrepasa en un centímetro la suya, pero en los 94 - 62 - 90 somos un calco
exacto.
"¡Graciela,
por favor! Siempre el mismo problema cada vez que tu hija se quiere poner un
vestido tuyo —intervino papá para detener la discusión. "Y tú Mariana, ¿no
tienes suficiente ropa? Además, hija, cuando circules por la casa con esa
minúscula ropa interior trata de usar una bata. ¿Me entiendes?" —dijo papá
algo molesto. "Ya, ¡Bueno!" —contesté molesta y añadí: "Es que
me obligan a ir a una reunión de gente mayor, no puedo ir vestida como si fuera
a una fiesta con las chicas. ¿Acaso quieren que vaya en jeans o con una
minifalda de las que me gusta usar?". "¡No, pequeña, por favor!
Graciela, niña tiene razón, es la recepción al nuevo agregado comercial que
viene de Italia, tiene que ir bien vestida. Vamos déjense de niñerías"
—sentenció papá. "Esta bien, elige el que quieras pero no los que están en
bolsas de plástico, ya que están preparados para el congreso médico al que debo
ir mañana" —dijo mamá.
Mirando
en su perchero vi uno que se que a mamá le da odio verme puesto (yo lo puedo
usar sin sostén y ella no, jajaja). Es un vestido azul de tela muy suave y
vaporosa, bastante corto casi minifalda que al frente va tomado del cuello y
casi no tiene espalda. El escote es tan pronunciado que ella casi no lo usa
porque le resulta incomodo el brasier que debe usar, con armadura. Su color
azul profundo queda muy bien con mi largo cabello rubio que llega hasta media
espalda. Además, a mamá le da odio ver lo bien que me queda, así que es mi
preferido, jajaja.
Le
robé unas sandalias nuevas, altísimas y super eróticas, que cuando me las vio
puestas puso el grito en el cielo pero salí corriendo a refugiarme con papá que
estaba en el living, ya cambiado y listo, esperándonos. "¿Qué pasa,
ahora?" —pregunto papá fastidiado al ver que mami bajaba hecha una furia
por las escaleras. "Es que esta mocosa no se da cuenta, Gustavo, después
se queja que los veteranos la miran con morbo. ¡Mira la pinta que tiene!"
—gritó mamá. "Es ropa tuya mamá" —le dije en tono de broma pero me
tuve que esconder detrás de papá porque horno no estaba para bollos.
Llegamos
a la fiesta. Como era de esperar, ¡un aburrimiento total!. Como siempre un
grupo de varones que se creen que porque son empresarios exitosos todas las
mujeres se tienen que rendir a sus pies. Las mujeres, bueno en esta ocasión
estaban bastante pasables. Pero me miran con precaución, son muy hábiles para
detectar cuando sus maridos se ponen loquitos por algo y a mi me encanta
hacerlos poner loquitos. Los varones que ya me conocían se acercaron a
saludarme. Lo mejorcito que había en la reunión era el tano que agasajaban. Un
veterano que desde que entré no me sacaba los ojos de encima. Al saludarme
buscó la forma para que yo me quedara charlando en su grupo. Bajo la mirada
atenta de papá y la vigilancia policial de mamá me quede, muy cómoda por
cierto, en el grupo del italiano. Además, el saber el idioma bastante bien hizo
que al rato estuviéramos los dos hablando animadamente y los demás se fueran en
conversaciones diferentes.
Mario,
era un italiano de Venecia con 43 años, la edad de papá, que cuando se dio cuenta que por el idioma
podía hablar solo conmigo se lanzó a una conquista poco sutil y muy atrevida.
Frenó en seco cuando se enteró de mis 18 años y, sobre todo cuando, con una
sonrisa muy suave y tenue le dije que era aún virgen como suponía lo sería su
hija, aún en Italia, que tenía solo un año mas que yo. De todas maneras Mario
no dejó de atenderme como a una reina. Bailamos bastante pero se me presento un
problema. Su mano tibia en mi espalda desnuda y el roce constante de la suave
tela del vestido puso mis pezones en un estado tal que se notaba a simple vista
como sobresalían de la línea de caída del vestido. Cuando mi acompañante
comenzó a dar señales de locura y no sacaba los ojos de mis pechos, pedí disculpas
y fui hasta el toilette a tratar de solucionar el problema.
De
paso por una mesa vacía alcancé a manotear un cigarrillo y un encendedor
abandonados. Moría de ganas por fumar. La cercanía de mis padres era mortal
para esos tramites. Pasé por el toilette y después me metí en una de las
habitaciones de la planta alta en busca de un trozo de cinta adhesiva que me
permitiera cubrir mis pezones para volver al salón principal sin
inconvenientes. En eso andaba cuando sentí voces que se acercaban por el pasillo.
En una actitud impensada [por haber estado fumando, supongo] me escondí dentro
del clóset de la habitación. Entraron a la habitación, sumamente excitadas y
risueñas, la dueña de casa; una escritora cincuentona muy bien conservada y una
amiga, más joven, que creo es la mujer del gerente de embarques de la empresa
de exportaciones de papá.
"¡Por
Dios! No sé que hacer con ese tipo, Marta. Ese hijo de puta es un sueño. No me
saca los ojos de encima y cada vez que me mira me mojo como una colegiala. Mira
como estoy" — decía excitadísima la más joven levantándose el vestido
largo de tela hindú y mostrando su tanga húmeda. "Es que no es para menos,
Vivi. No por nada se dice que es un cogedor espectacular. Me decía Margarita
que su esposo le contó que en la empresa están todas las secretarias relocas
por él. Vivi, estás hecha un fuego y yo quiero quemarme" —le dijo mirando
el sexo de su amiga y pasando suavemente la mano por sobre la tanga que
mostraba.
Vivi
se acercó a Marta y mirándola lujuriosamente a los ojos tomó con sus dos manos
su brazo forzando la mano a frotar con mas fuerza su sexo. Sus respiraciones
comenzaron a agitarse y un desenfrenado beso las unió mientras sus manos
intentaban desesperadamente quitarse la ropa mutuamente. Dentro del clóset mi
corazón latía a mil por hora pero no latía de miedo, un cosquilleo incontenible
invadía mi sexo y tuve que llevar mis manos para calmarlo. Fue peor. Las dos,
después de echar llave a la puerta y desnudarse se habían tirado en la cama y
se estaban comiendo mutuamente sus sexos con desesperación. La primera en
llegar al orgasmo fue Vivi . Sus quejidos y sonidos guturales me empujaron a
acabar dentro del clósett. Después Marta tomó del cajón de la mesita de luz un
vibrador y compartiéndolo con Vivi llegó a su orgasmo sin problemas.
Mientras
se vestían y acomodaban un poco su presentación seguían con la charla
interrumpida por la sesión de sexo reciente. "Vamos, apurémos, que quiero
verlo un poco mas antes que se vaya. ¡Dios mío, que daría por tenerlo entre mis
piernas!" —decía Vivi mientras
arreglaba su pelo. "Ya lo tendrás, solo es cuestión de esperar. Ya te dije
que es un tipo que no ataca, se deja; solo hay que saber cazarlo pero cuando lo
agarras y se motiva, no te olvidas nunca más en tu puta vida de que te cogió
ese macho. Mira sino su mujer... ¿vistes alguna vez una tipa con semejante cara
de mujer re bien cogida?" —decía Marta mientras abría la puerta. "Es
verdad, tienes razón. Las chicas dicen que Graciela esta así porque Gustavo no
le saca la pija de adentro en ningún momento" —dijo Vivi antes de salir.
Yo quedé petrificada dentro del clóset. ¡Estaban hablando de mi papá! Quedé
como atontada por los efectos del orgasmo que me habían provocado estas dos
putas calentonas. Por la calentura que aún me quedaba encima, pero más que nada
porque JAMÁS me hubiera imaginado a mi papá como semejante objeto de deseo
femenino.
Salí
del lugar de mi escondite y traté de recomponerme un poco frente al espejo. Mi
pelo muy largo es fácil de acomodar pero mis tetas ya tenían una prominencia y
dureza tal que me di por vencida y bajé dispuesta a hacer frente a las miradas
costara lo que costara. Al rato de estar abajo me fui tranquilizando. Bailaba
suelto para que no se notaran tanto mis pezones pero eso me frotaba más aun. Un
desastre. Desde donde estaba bailando comencé a mirar un poco mas en detalle y
de incógnito a mi querido papi. Efectivamente, siguiendo la dirección de sus
miradas [miradas que nunca le había visto antes] me di cuenta que había tres
minas en el lugar que estaban entregadas con él. Tan entregadas que parecía que
si les hacía una seña se empezarían a quitar la ropa allí delante de todos.
Lo
que más me llamó la atención es que una de las tres era Violeta, la esposa de
Gerardo. Este era el matrimonio amigo mas íntimo que tienen mis padres. Salen
siempre juntos, vacacionamos juntos, Gerardo y papá juegan tenis juntos, Violeta
y mamá van juntas al gimnasio; me tenían confundida las miradas que descubrí.
Sobre todo habiendo descubierto recién que mi padre era, casi, un sátiro
sexual. Las reiteradas copas de champagne que me traían todos los que querían
bailar conmigo, la calentura de mis tetas al rojo vivo y mi orgasmo reciente,
me sacaron del estado de razonamiento lógico, que ya no volví a recuperar en el
resto de la noche. Entre nebulosas recuerdo que papá me rescató de la pista de
baile porque ya nos íbamos. Sentada en el asiento trasero de nuestra camioneta
sentí que papá y mamá se ponían de acuerdo, ventanilla por medio, con otro auto
para tomar una copa en casa para despedir a mamá que viajaba al congreso. Luego
entré en una nube hermosa hasta llegar a casa.
Tratando
de parecer lo mas controlada posible me despedí de papá y mamá, que aguardaban
en la puerta el ingreso de la pareja amiga, y subí las escaleras directo a mi
habitación donde caí en la cama como muerta. Sentía, como entre sueños, las
conversaciones en la sala de abajo. La música no muy fuerte y algunas risas.
Como estaba aún vestida me levante de la cama para sacarme el vestido. Mi tanga
estaba hecha sopa. Al sacármela, levante la vista, al verme en el espejo
totalmente desnuda y con esas altísimas sandalias super eróticas. En la nube
alcohólica que me dominaba se me ocurrió pensar como reaccionaria mi papá si me
viera así y me asuste mucho, porque el pensar en mi papi mirándome me dio una
cosquilla intensa por todo el cuerpo. Me asomé a la puerta de mi dormitorio y
vi que abajo estaban mis padres con Violeta y Gerardo. Estaban muy divertidos
tomando champagne. Destapaban la segunda botella.
"Cinco
días en Brasil. ¡Qué suerte tienes, Graciela! ¿Cómo hago yo para conseguir un
congreso que me saque de encima a este pesado (miraba a su marido) durante
cinco días? Jajajaja. Además, Gustavo.. ¿te cree que te vas a portar
bien?" —decía y reía Violeta arrastrando un poco las palabras por el
efecto del alcohol. Se notaba que era la mas ebria de los cuatro. "Por
supuesto que me voy a portar muy bien, como que me pienso ir muy bien provista
para no tentarme" —decía mamá mirando provocativamente a papá. Todos
reían. Me pareció ver que la mano de mamá estaba sobre la entrepierna de papá.
Me sacudió entera el ver que, efectivamente, le estaba sobando el miembro, por
sobre el pantalón, en presencia de sus amigos. Mi madre se acercó melosamente a
la boca de mi padre. Desde arriba veía nítidamente como pasaba su lengua por
los labios de papá mientras había metido la mano dentro de su pantalón. Me
agitaba ver el movimiento de esa mano debajo de la tela. Cuando salió
enarbolando la verga de mi padre. No pude contenerme y metí las manos en mi
sexo. Violeta había imitado a mamá pero directamente se metió el sexo de
Gerardo en la boca por lo que, entusiasmada como estaba con lo que hacía mamá,
no lo pude ver bien.
De un
tirón mamá puso de pie a papá y le sacó la camisa y los pantalones poniéndolo
desnudo en un santiamén. Violeta, de rodillas en la alfombra, entre las piernas
de su esposo, chupaba con tal alevosía que el ruido de la succión se sentía
desde arriba. El temblor de mi cuerpo y mis piernas me hacía difícil mantenerme
parada, desnuda como estaba me senté en la alfombra del pasillo para ver mejor
lo que ocurría en la sala de abajo. Nunca había visto totalmente desnudo a
papá. Verlo de costado y de arriba, cuando mamá lo volvió a sentar en el sillón
grande, con su miembro parado esperando entrar en combate, me mató. Recorrían
mi cuerpo extrañas sensaciones de excitación, de angustia, de deseo, de
ternura. Mamá sacó su vestido y casi arrancó su sostén y su tanga, con las
medias y el portaligas aún puestas se sentó en el regazo de papá tomándose del
respaldar del sillón y por detrás de su nuca para atraerlo a sus labios. Intuía
como papá estaba acomodando su verga debajo de mamá y mis dedos frotaban mi
clítoris con desesperación. Mamá comenzó a gemir y a jadear. “¡Despacio
Gerardo! ¡Despacio! ¡Mmmmmm, hijos de puta como me están haciendo gozar! “¡No
puedo más, están haciendo que me orine de placer, por Dios!” –decía mi madre
mientras era penetrada por los dos a la vez.
Gerardo
y papá embestían a mamá con una suavidad y sincronización que, a pesar de que
estaba ciega de lujuria por un orgasmo que no terminaba nunca, me di cuenta que
no era la primera vez que agarraban a mamá entre los dos. Mamá tuvo dos
orgasmos más y terminó pidiendo tregua. Cuando Gerardo desenvainó su terrible
verga del culo de mamá ella se tiró de lado en la parte del sillón que quedaba
vacía. Violeta se acercó a mi padre y metiendo su legua supongo que hasta la
garganta se sentó en su verga con violencia. Gerardo volvió a su posición y la
ensartó por el culo de un solo envión. Los gritos de placer de Violeta me
demostraron porque miraba a papá de forma en que lo hacía en la fiesta.
Aturdida
por mi deteriorado estado después de los múltiples orgasmos y con los gritos de
Violeta, Gerardo y papá enfrascados en un orgasmo salvaje me tire en la cama y
quede profundamente dormida. Cuando desperté, a la mañana siguiente, mi cuerpo
y mi cabeza eran despojos de lo que alguna vez fue una jovencita deportista y
gimnasta de primera línea. No me acordaba ni qué día era. Escuché los
preparativos de mamá y recordé su viaje a Brasil. El nerviosismo de los
movimientos en la pieza de al lado me indicaban que hoy era sábado, el día de
la partida. Desde dentro de las sábanas sentía un fuerte olor que invadía mi
nariz. Mis dedos estaban impregnados en el mismo olor. Indudablemente era olor
a sexo. Lentamente me dirigí al baño y metí mi entumecido cuerpo debajo de la
lluvia tibia. Mi sexo, al pasar mis manos con jabón, se sentía muy irritado.
Mamá
vino hasta el baño a buscar su cepillo de dientes. “Buen día, Mariana. Estaba
por ir a despertarte. Estoy casi a punto de salir. Esperando que pase tu padre
a buscarme para llevarme al aeropuerto. Te encargo hija que te hagas cargo de
todo lo que atañe a la casa. El lunes, cuando venga la empleada le dices que se
ocupe de la ropa y la limpieza. Papá dice que se hará cargo del tema comida.
Supongo que será todo de la rotisería de la esquina, jajajaja. Pero, confío en
ti nena. La casa está a tu cargo. Eres ahora la ama de casa” –me dijo con la
seriedad que le caracteriza cuando sale de viaje a sus congresos. Le respondí:
“Bueno, mamá. ¡Puedo acompañarlos a llevarte al aeropuerto? Solo dos minutos.
Me seco y me pongo algo así nomás. ¿Puedo?”. Ella dijo: “Si, pero no te
demores. Sabes que a tu padre no le gusta esperar”.
Salí
del baño y como una flecha. Me puse un vestido muy amplio y una sandalias de
playa, alise mi pelo con el cepillo, mis lentes para sol y listo. Cuando bajaba
las escaleras, papá tocaba bocina para que mamá saliera con su equipaje. La
ayudé con los dos bolsos mientras ella llevaba la valija y su bolso de mano.
Por una semana mamá tendría vacaciones. Papá se extrañó al verme. Es que los
sábados, cuando el viernes a la noche salgo con mis amigas, duermo hasta pasado
el mediodía. Las once de la mañana es madrugada para mí, jajajaja.
En el
aeropuerto, después de esperar a que el vuelo de mamá partiera, volvimos a la
camioneta para regresar. Papá pregunto qué comeríamos, eran casi las dos de la
tarde. Terminamos comiendo en un restaurante muy lindo cerca del aeropuerto. Era
muy notorio que varias mesas ocupadas por varones me miraban con insistencia.
Se lo comenté a papá risueñamente. “Son unos babosos” –me contesto algo
ofuscado. “Será que piensan ¡Mira la mocosa que se atracó el veterano? –le
pregunte pícaramente con una sonrisa. “Puede ser. Trata de decir fuerte Papá
así se les van las ideas truculentas de la cabeza, jajajaja” –me dijo con una
carcajada. En ese momento se acercó el mozo consultando que plato íbamos a
encargar. Con una sonrisa entre burlona y cómplice le dije mirándolo a los
ojos: “Para mi carne de pollo grillada ¿y tú, Gustavo? algo afrodisíaco para
ti”. Los ojos del mozo y la mirada sorprendida de mi papá hacían juego. En
broma, desde ese momento, comencé a llamarlo por su nombre de pila. Es más, me
sentía eufórica, me erotizaba llamarlo por su nombre. Lo acompañé al club donde
jugo sus reglamentarios dos partidos de tenis con Gerardo y sus amigos. Después
compartí con ellos la abundante cerveza conque siempre calman su sed después de
esos eventos. La cerveza se me subió un poco a la cabeza. Además, sentirme
rodeada de varones apuestos, maduros y mimosos conmigo; mientras el viento de
la tarde pasaba por debajo del amplio vestido refrescando mis dolidos labios
vaginales desnudos. Me resultaba hermosamente placentero. En realidad me sentía
un poco desprotegida y vulnerable sin ropa interior, pero el aplomo y la
seguridad que me transmitía mi papá, mejor dicho, Gustavo, me hacía sentir
segura y hasta excitada.
Mientras
Gustavo charlaba con sus amigos (antes en la camioneta y durante el almuerzo,
también) lo miraba con detenimiento y comenzaba a descubrir ciertas actitudes,
gestos y costumbres de mi padre que antes jamás había notado. Algunas me
resultaban de una carga erótica tal que entendía lo que había escuchado desde
el clóset de la habitación de Marta la noche anterior. Era un machazo en todo
el sentido de la palabra. Recio, duro y varonil pero tierno y dulce como un
caramelo cuando se dirigía a las mujeres, desde la camarera del club hasta la
cajera del peaje de la autopista.
Además,
cuando me miraba dulcemente, mi mente saltaba como un rayo al sillón de la sala
y mis ojos se iban a sus manos. Soñando despierta las veía acomodando su corta
pero muy gruesa verga entre mis piernas. Imaginarme en el lugar de mamá me
producía un hormigueo insoportable en mis entrañas que apenas lograba
disimular. Cuando volvíamos a casa una tormenta muy fuerte se desató sobre la
ciudad de Santiago. Llegamos y pedimos a la rotisería la comida para cenar.
Cenamos a la luz de las velas porque por la tormenta se cortó la luz. “Papá, el
día que decida tener sexo con un chico por primera vez, a quien me conviene
consultar ¿a mamá? o ¿a ti?” –le pregunté de sopetón sorprendiéndolo al punto
tal que se quedó petrificado con el bocado a medio masticar. “Pero, ¿por qué se
te ocurre semejante pregunta?” –me preguntó, estaba boquiabierto, realmente
sorprendido. “Es que mamá y vos son muy cariñosos, mimosos y tiernos conmigo,
pero hay momentos en que uno necesita consultar algunas cosas como entre
amigos. Digamos, pienso que el consejo de mamá sería más técnico desde su
condición de médico, digo. En cambio tú, me aconsejarías desde tu experiencia;
desde tus kilómetros recorridos, digamos; sino, ¿para que tiene una un padre
tan deseado y codiciado por las mujeres? Jajajajaja” –le pregunté y después reí
para no cagarla más. “¡Mariana! ¿De dónde sacaste tú semejante cosa?” –me
preguntó poniéndose colorado y serio. “Gustavo, ahora es en serio; siempre tuve
la sensación de que mamá es más autoritaria conmigo, te diría que en algunas
cosas hasta compite conmigo. En cambio a tú, te veo, te siento; siempre te
sentí mucho más compinche conmigo ¿o no?” –le dije. “Mariana, yo soy tu padre,
nunca voy a ser tu cómplice” –me dijo mirándome a los ojos. Le dije: “No me
cambies el sentido de las cosas. Yo ya soy una mujer. No tendré experiencia, pero
en cualquier momento voy a empezar y sabrás, porque soy tu hija y me conoces,
que soy virgen aún pero no porque ustedes me controlan sino porque soy lo
suficientemente madura para saber lo que me conviene”. “Si, por supuesto
Mariana, esto lo hemos hablado muchas veces con tu madre, muchas veces
preocupados por tu prematuro desarrollo físico” –me dijo con solemnidad. “Mira
si supieran el terrible volcán que llevo adentro no dormirían. Bueno, lo
importante es que cuento con los dos, cada uno en su rol” –le dije con la misma
solemnidad que él.
No
quedó muy conforme con la charla... en la semi penumbra que dejaban las velas
yo lo miraba con dulzura. Me pareció que se sentía algo incómodo. Me levanté y
parándome a su lado abracé su cabeza apretándolo contra mi pecho. Con mucha
delicadeza, al levantar él la cara hacia la mía le di un beso muy húmedo, casi
con la lengua, en la punta de su nariz. Me sonrió y pasó su brazo por detrás
mío para devolverme el abrazo. Al estar parada a su lado e inclinada hacia él,
su brazo pasó directamente por debajo de mi corto vestido y abrazo mis piernas desnudas.
Inocentemente levantó su mano para darme una nalgada y lo hizo sobre mi cola
desnuda.
“Nena,
con tu madre usan cada vez más diminuta la ropa interior, parece que estuvieran
desnudas” –me dijo. Le respondí: “No papi, yo ahora, estoy desnuda”. “¿Qué?”
–dijo aguantando el grito. Poniendo cara de nena que ha sido pescada en una
travesura, enderecé mi cuerpo y levanté lentamente la parte delantera de mi
falda. Así, quedaron al descubierto los cuidados labios de mi sexo que, por el
estado de excitación que sentía en ese momento y por la cercanía con su cara
estoy segura que los vio totalmente mojados y sintió el olor a hembra en celo
que desprendían. Sin mediar palabra volví a besarlo dulcemente en la comisura
de sus labios y deseándole buenas noches tomé una vela y me fui a mi
habitación.
Mi
habitación era permanentemente alumbrada por los relámpagos de una fuertísima
tormenta eléctrica que se desataba afuera. No me podía dormir del estado de
excitación que tenía encima. Estaba totalmente loca de pasión, de lujuria, de
desenfreno; quería convertirme en la putita de papi. Como a la hora de estar en
la más absoluta oscuridad cayó muy cerca de casa un rayo que sacudió toda la
casa con terrible estruendo. Como muchas veces he hecho, desde que era muy
chiquita, rápidamente fui a calmar mi miedo a la cama de mis padres. Esta vez
había tres cosas que no eran habituales. Primero, mamá no estaba en la cama.
Segundo, yo, debajo del corto camisón, estaba totalmente desnuda. Tercero, me
sentía terriblemente caliente. “Papi, hazme lugar que tengo mucho miedo” –le
dije en la más absoluta oscuridad mientras levantaba la ropa de cama y me metía
por su lado obligándolo a correrse hacia el medio de la cama matrimonial.
“Bueno Mariana, pero solo un ratito y vuelves a tu cama. Estamos?” –me dijo.
Pasé
mi mano sobre su pecho desnudo y apoyé mi cabeza en su hombro. El olor de su
cuerpo, sus vibraciones, el vello de su pecho que acariciaba mi brazo me hizo
entrar en un paraíso nunca soñado. Instantes después otro rayo sacudió la noche
con estrépito. El sacudón que pegué junto a papá hizo que él, girando un poco
su cuerpo hasta ponerlo de costado frente a mí, tomara con su mano mi cabeza y
me besara dulcemente en la frente. “No tengas miedo, nena. Papá está acá, trata
de dormir” –me decía en el oído mientras su mano pasaba reiterada y suavemente
por mi cabeza hasta casi la nuca. Invadida por escalofríos y ráfagas de fuego
interno me acurruqué en su pecho y abrazándolo pegue aún más mi cuerpo al suyo.
Un rayo más fuerte que el anterior me permitió abrazar con más fuerza su cuerpo
semidesnudo. Mi corazón latía con una fuerza inusitada, parecía que se saldría por mi boca. Mi liviana
ropa de dormir se había subido por sobre mi cintura hasta amontonarse debajo de
mis tetas. El pantalón corto de su pijama, única prenda que cubría su desnudez,
era la única barrera que quedaba entre mi sexo palpitante y encendido, y el
suyo aún en calma. Estaba tan pegada a él que sentía, apoyado en mi pelvis, un
bulto sin ninguna rigidez pero de un tamaño considerable.
Su
brazo derecho, al ponerse de costado para acariciarme la cabeza con el
izquierdo, había quedado junto con mi brazo izquierdo apretado entre los dos
cuerpos y la cama. Lentamente tomé su mano con la mía y nuestros dedos se
entrelazaron. Casi instintivamente acerqué esa unión a mi sexo. Los labios de
mi vulva sintieron el contacto con el dorso de su mano. Al sentir la humedad de
mis labios vaginales Gustavo hizo un intento de sacar la mano. Con fuerza
apreté los dedos para evitarlo y acerque aún más mi sexo para que el contacto
fuera fuerte y pleno. “Mariana, es conveniente que te mudes a tu...” –comenzó a
decir papá pero se interrumpió de inmediato para evitar un problema mayor. Cuando
empezó a hablar, en la total oscuridad de la tormentosa noche, puse mis labios
a escasos milímetros de su boca. Mi ya agitada respiración, producto de la
excitación que me transmitía el frotar con desesperación el dorso de su mano
por mi clítoris, le dio la clara señal de que si seguía hablando yo lo besaría
en la boca sin remedio. Cerró, como sellándolos, sus labios e intentó darse vuelta
para darme la espalda. En una rápida y esforzada maniobra lo obligue a volver
lo poco que había logrado y levantando mi pierna derecha la pase por sobre su
cintura para evitar que volviera a intentarlo. Era una lucha sorda, en silencio
absoluto, solo quebrado por mis jadeos ya no contenidos y por los truenos de la
tormenta que arreciaba afuera. Al tener la pierna levantada mi sexo se abrió y
el dorso de su mano ahora tenía un contacto directo y pleno con mi vulva. Mi
clítoris desencadeno un orgasmo que, por primera vez en mi vida en contacto de
piel con un hombre, me sacudía en espasmos que me hacían sentir que estaba
tocando el cielo con las manos.
Gustavo
aprovecho para, refunfuñando un reto contenido, abandonar la posición y detener
lo que estaba ocurriendo. Haciendo uso de mis habilidades gimnásticas cuando intento
darse vuelta lo acompañé enganchada con mi pierna y mi brazo y evité que
terminara de darse vuelta. Quedó acostado de espaldas con mi cuerpo montado
sobre el suyo. Al pegar mi sexo a su cuerpo sentí que él ya no era el mismo de
un rato antes. Plegado contra su pelvis, y apretado con mi sexo, una dureza me
hacía enloquecer de lujuria. En la oscuridad, él trato de tomar con sus dos
manos mi torso para sacarme de encima de él. Sus manos fueron a parar, por
debajo del camisón, directamente a mis tetas. En ese momento volvió la luz y el
velador, que había quedado prendido, iluminó la escena produciendo una especie
de cámara lenta, por la sorpresa.
La
escena era sumamente erotizante y de un morbo que me volvió loca. Gustavo como
encandilado con los ojos bien abiertos miraba con desorientación mi cara y mi
cuerpo. Mi largo cabello rubio, enmarañado y salvaje, caía sobre su cara. Mis
ojos, húmedos de lujuria y desesperación, miraban su boca como el fruto
prohibido que estaba a punto de comer. Mi pelvis, con vida propia y
descontrolada, frotaba por sobre la empapada tela de su pijama, esa estaca
corta y gruesísima que me llevaba aceleradamente a un nuevo orgasmo. Sus manos
en mis pechos, que en un primer momento empujaban hacia arriba para sacarme,
ahora habían quedado quietas y mis pezones, duros y súper sensibilizados,
comenzaron a sentir una sutil y leve caricia que iba en aumento. La mirada
extraviada de Gustavo y su cabeza haciendo el movimiento de la negación no eran
suficientes para detener en huracán de sexo que se acaba de desatar. “No lo
hagas más difícil, Gustavo, te necesito. Eres la persona que más quiero y en
quien más confío. No me falles, yo no te voy a fallar” –le suplicaba. “Pero, Mariana
es que...” –no lo deje terminar. Mi lengua se introdujo en su boca como una
bala. Intento rechazarme pero mis manos tomaron su cara y la presión de mi sexo
sobre el suyo aumentó... finalmente sentí su lengua penetrar en mi boca y el
sabor de su boca condimentar el tremendo orgasmo que estaba fluyendo como la
lava desde dentro de mi volcánico cuerpo.
Cuando
me pude recomponer de semejante temblor descontrolado sentí que Gustavo ya no
oponía resistencia a mi posición sobre él. Levante mi cuerpo y me senté sobre
su pelvis, la sensación de sentir su sexo durísimo contra el mío aún hoy es
indescriptible. Mirándolo con morbo y lujuria saqué por sobre mi cabeza el
camisón que me molestaba. Me erotizó aún más el ver con la avidez que miraba
mis soberbias tetas que se bamboleaban por el vaivén de mis caderas que yo no
lograba controlar. Tomé una de mis tetas con mi mano y agachándome se la ofrecí
a escasos milímetros de su boca. Miraba mi erecto pezón y su inflamada areola
como un bebé hambriento. Comencé a rozar sus labios con mi afiebrado pezón y
sus manos en mi espalda lo ayudaron a meterse de golpe todo lo que entraba de
mi teta en su boca. Chupaba alternadamente mis pezones con un ansia y maestría
que logró que el fuego que consumía mis entrañas entre mis piernas se
trasladara como un reguero de pólvora a mi pecho. Dos golpes instintivos de su
cintura presionaron aún más mi clítoris y escuchando mis propios gritos y
jadeos acabe nuevamente en un orgasmo que ya no sabía de donde salía.
Mis
movimientos de coito sobre su verga ya totalmente parada habían corrido hacia
abajo el elástico del pantalón de su pijama. Ahora los labios de mi vulva
estaban frotando directamente sobre su verga desnuda... mis reiterados orgasmos
habían transformado toda esa zona en un mar de flujo en el que resbalaban hasta
mis piernas por sobre los laterales de su cadera. Tomando con mis manos su
cabeza la saque de entre mis tetas y mirándolo a la cara, loca de deseos y de
pasión, le dije: “Quiero ser tuya, quiero sentirme tuya; penétrame por favor,
papito querido”. Gustavo enderezó su cuerpo sentándose en la cama. Yo quedé
sentada sobre sus pantorrillas con las piernas muy abiertas y flexionadas a
ambos lados de su cuerpo. El miró hacia abajo y yo seguí la dirección de su
mirada. Abajo, entre nuestros cuerpos, nuestros sexos habían quedado
enfrentados. Los labios de mi vulva, brillantes y empapados, estaban
asombrosamente abiertos por la posición de mis piernas; entre ellos asomaba mi
clítoris duro y enrojecido. A escasos milímetros el miembro duro y palpitante
de mi papito. No eran más de 16 o 17 centímetros de largo pero en la punta florecían
en un tremendo glande color morado, de piel muy suave, que engrosaban
notoriamente los seis centímetros de diámetro de todo su trayecto. Empapado en
mis flujos y surcado por venas que se marcaban claramente en su superficie...
se veía imponente.
Un
cosquilleo en mi vagina me indujo a tomarme con una mano de la nuca de papá.
Con la otra mano tomé ese tronco y comencé a frotarlo entre los labios de mi
vulva. La posición de la luz del velador daba de lleno en esa zona. Ver los
labios de mi vulva separase para dar paso entre ellos a semejante pedazo me
producía un morbo terrible. Cuando el recorrido llegaba arriba el glande
apretaba mi clítoris para después, al bajar, meterlo hacia adentro. Al seguir
su camino hacia abajo lo soltaba, y este volvía a su rígida posición original.
Ver esto como si fuera en cámara lenta y sentir en mi cuerpo las corrientes
eléctricas que desataba, me iban empujando al momento decisivo. Casi juntos
levantamos la vista y nos miramos a los ojos. Me imagino que la forma en como
nos miramos hubiera alcanzado para, esperando unos minutos, llegar a otro
orgasmo. Dejé la cabeza de su verga calzada entre los labios de mi vulva. Me tomé
de su nuca entrelazando por detrás los dedos de mis manos. Miraba con lujuria
incontenible a mi papá cuando sentí que, lentamente, sus manos, húmedas y
temblorosas, comenzaban a tomarme de mis nalgas. Una suave presión sobre mi
cola me hizo comenzar a resbalar sobre sus empapadas pantorrillas. Sentí en mi
sexo el estiramiento paulatino de los labios vaginales. Un orgasmo muy extraño,
como sintiendo ganas de orinar, me hacía vibrar la vagina. Miramos nuevamente
hacia abajo. Los labios se habían abierto hasta el máximo pero la parte más
ancha del glande no lograba entrar.
Papá,
con sus manos en mi cola, imprimía una presión constante a pesar de que la
penetración se había detenido. Aflojó levemente la presión y por entre la tersa
piel de su glande y mis labios vaginales salió una bocanada de flujos del
rarísimo orgasmo que sentía en mi vagina. Al volver con la presión el glande resbaló
lentamente hasta perderse dentro de mi vulva. “¡Ay mi vida! ¡Qué sensación más
hermosa es sentir que entras!” –le decía entre jadeos incontrolables y espasmos
que me llevaban casi a perder la razón. Miraba con morbo y deseos todo lo que
describo y, a su vez, sentía como resbalaba dentro de mí esa cosa que parecía
que estaba partiendo en dos mi hasta hoy infantil conchita.
“¡Ah,
qué hermoso es tenerte dentro mío! ¡No la saques! ¿Por qué? ¡Ay si de nuevo, me
enloqueces cuando la haces salir y entrar! ¡No la saques papito por favor; no
me hagas desearte así! ¡Sí, de nuevo, ahora entra más fácil! “¡Como me gusta papi!
Quiero que me hagas mujer. No sigas sacando la cabeza y metiéndola por favor”
–le decía. Gustavo se manejaba con una calma total. Había tomado como un jueguito
entrar su glande y sacarlo. Cada vez que entraba sentía deseos de seguir hasta
arrasar con todo al paso de semejante tronco, cada vez que salía mis flujos
lubricaban todo de nuevo para el siguiente deslizamiento. De pronto, su boca
retomó de nuevo el juego erótico con mis durísimos y sensibilizados pezones. Mi
estado de excitación llegó a su clímax. ¡No soportaba más! Sentía que la cabeza
del falo de papá estaba empujando el himen con mucho cuidado. ¡Ya era el
momento! Levantó la vista y me di cuenta que con la mirada me estaba preguntando
si estaba lista. “¡Sí, por favor! Que no aguanto más. Dame toda tu verga,
papito. ¡Hazme mujer!” –gritaba de manera descontrolada. Mis jadeos ya no
tenían control, no podía moverme por mis propios medios porque estaba calzada
en esa verga que se preparaba para perforarme y mis piernas carecían de fuerza.
¡Estaba entregada! Gustavo tomó delicadamente con ambas manos mi cola.
Levantándola levemente la comenzó a correr hacia arriba y adelante, la presión
del trépano en mis entrañas se hizo insostenible. Entonces, muy lentamente,
dejó caer su cuerpo hacia atrás dejándome ensartada y derecha sobre su tremenda
verga. Sentí un agudo dolor en mis entrañas, mientras mil fogonazos de flash
inundaban mi mente, mi vagina resbaló hacia abajo tragándose por completo el
barreno hasta su base. No sé si fueron unos segundos o minutos u horas, cuando
reaccioné estaba sentada sobre la pelvis de mi papá, tenía su verga palpitante
metida hasta sus huevos, que acariciaban delicadamente mi cola y sus manos
amasaban mis tetas apretando delicadamente mis pezones.
El
estar absolutamente quietos no me producía dolor alguno. Sí sentía un terrible ardor
dentro de mi vagina. Miré hacia abajo y entre los ensortijados pelos de ambos
que se mezclaban húmedos y pegajosos, algo de sangre mezclada con mis flujos
era el mudo testigo de la sublime inmolación de mi himen. Sentía unos deseos
irrefrenables de moverme. Pasado el fuerte dolor inicial, y a pesar del ardor,
comencé a sentir lo que tantas veces había soñado despierta en mis
masturbaciones, tenía una verga dentro de mi vagina y tenía la más importante y
sublime de todas.
Bajé
mi cuerpo hasta apoyarlo en el pecho de papá. Lo hice lentamente y mirándolo
fijamente a los ojos, cuando mi boca llegó a su boca nos fundimos en un beso
salvaje que me abrió las puertas al paraíso. Mientras me besaba con
desesperación papá me tomó de la cola y comenzó a hacerme resbalar, en la
mezcla de flujos y transpiración que empapaban nuestro cuerpos, su sexo entraba
y salía de mi interior frotando intensamente las paredes de mi vagina. Mi
clítoris se frotaba con fuerza en la pelvis enmarañada de papá. Pasé los
brazos, a ambos lados de su cabeza, por debajo de la almohada, y tomándome del
respaldar de la cama comencé a imprimir violencia a esa cogida que me estaba
llevando, irremediablemente al clímax total. Perdí totalmente el control y la
noción de todo. Chillaba, pataleaba; me retorcía sobre el cuerpo agitado y
convulsivo de mi padre, mordía sus hombros, su cuello, sus brazos; me
enderezaba hasta la vertical para sentir su verga tocando el fondo de mi
vagina. Tomaba sus manos y las frotaba en los flujos que cubrían nuestros
cuerpos para después frotarlas por mis tetas.
De
pronto sentí que no iba a poder aguantar mucho más sin que se me desprendiera
este orgasmo gigante que estaba gestando. Me puse en cuclillas sobre la verga
de mi papito y flexionando las piernas comencé a recorrer todo el largo con mi
afiebrada vagina. “¡Papi no voy a aguantar! ¡Quiero que me des tu semen” –le
pedí. “No podemos tesoro, es peligroso” –me dijo. En mi mente estaba acabar
junto con ese chorro abundante de semen emanando de esa deliciosa verga: “No,
lo quiero todito ¡Por favor! ¡Quiero toda esa leche caliente dentro mío! No hay
riesgo, lo sé. Es que me estoy muriendo, no aguanto” –suplicaba al borde de la
locura. Gustavo me tomó de la cola con sus manos empapadas en flujos. De pronto
sentí que un dedo suyo entraba en mi culo. ¡Fue el detonador del volcán! Me
acurruqué hacia adelante en su pecho y moviendo mis caderas en todos los
sentidos posibles hacía que el barreno me terminara de desfondar para que el
sublime orgasmo que estaba sintiendo, no tuviera fin. El dedo de papá presionó
con más fuerza y una sensación extraña dentro de mi vagina me dio la pauta de
que me estaba volcando a chorros su semen dentro de mí. Prendida como una
sanguijuela chupando su boca con desesperación, sintiendo que su verga seguía
volcando semen dentro de mis entrañas, terminé de experimentar lo que, estoy
segura, será por el resto de mis días el
orgasmo más importante de mi vida.
Las
noches siguientes fueron llenas de pasión; papá estaba formando a su putita a
su antojo, me estaba convirtiendo a sus ojos una joya digna de lucir. Me
transformé para él en la mujerzuela que usaba para recordar a mamá cuando salía
a sus congresos y a la vez disfrutaba de la noche previa a esos viajes viendo
como mamá follaba con papá y la pareja de amigos que los visitaba.
Pasiones Prohibidas
®

Soberbio relato
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