Rebeca se despidió de Eva en la puerta del pub. Lo mejor de la noche sería llegar con vida andando sobre esos enormes tacones y con unas copas de más encima. Se paró un segundo mirando al frente, sonrió divertida por el camino que le esperaba y suspiró mientras echaba a andar con la calle moviéndose al frente.
Unos cien metros quedarían para llegar a su casa cuando empezó a escuchar leves pasos tras de sí. Se giró varias veces un poco asustada, intentando calmar su corazón. La calle estaba alumbrada por sencillas farolas con cristales casi opacos castigados por el tiempo y necesitados de una buena pulida. Llegó a pensar que todo aquello era fruto de su imaginación y el alcohol, aunque inconscientemente, anduvo más ligera de lo que los tacones le permitían. Miró atrás y visualizó un hombre muy alto vestido de negro. Las piernas le fallaron y tropezó con sus propios pies cayendo de bruces al suelo. Asustada intentó ponerse de pie y retomar el camino lo más rápido que pudiera, pero antes de hacer un mínimo movimiento, unas manos la atraparon y la hicieron levitar del suelo. Intentó gritar, pero la palma de aquel hombre era tan grande que ocupaba su cara completamente, tapando nariz y boca; y dejándola sin respiración prácticamente.
Rebeca no supo cómo llegó a aquel angosto y taciturno callejón tan rápido. Si el espacio era reducido, a ella esa sensación se le duplicó debido al miedo que estaba pasando.
Se encontraba apoyada en una pared, sujeta por el cuerpo de aquel abusador que le amordazaba la boca con una mano y con la otra toqueteaba sus senos por encima del fino vestido. Se atrevió a abrir los ojos y enfrentarse a lo que venía. Se encontró con una mirada más oscura que aquella noche y más intensa que el propio callejón. Aquellos ojos la traspasaron, como si pudieran ver a través de ella. El asqueroso pelo revuelto del individuo, la barba desparejada y la chaqueta extremadamente holgada por los hombros, decían mucho de aquel tipo que olía tan mal. Echó el vaho encima de ella pegándose mucho a su boca y el repugnante hedor de un mal aliento mezclado con tabaco y alcohol, rebotó en su garganta. Rebeca hizo una mueca de asco y comenzó a llorar. ¿Es que nadie la oía sus sollozos?
Éste, arrastró su gran mano suavemente desde el muslo de Rebeca hasta el interior de su vestido, pasó la mano por encima de las bragas y sonrió de manera perversa al notar que no estaba mojada.
"¿Qué pasa zorra, ahora no provocas?" —le dijo. Esa voz grave inundó su oído y sólo la hizo llorar silenciosamente un poco más. "Eres una puta, te gusta que te traten como tal y eso voy a hacer. Voy a conseguir que esa concha chorree con solo escucharme" —sentenció el pervertido abusador. Tiró fuerte de sus bragas haciendo de ella un trapajo de una sola pieza. Acercó la mano a sus labios sin llegar a tocarla demasiado, sólo un roce. "¡Oh Dios¡ Estás depilada. Tienes una conochita apretada y depilada" —dijo obscenamente. Observó como aquel cerdo cerraba los ojos con concentración y volvía a acercar el aliento a su oído: "Ahora voy a meter de una sola vez un dedo en tu vagina". Rebeca no contestó ni gesticuló, se limitó a llorar más y más con la boca tapada por la mano. "¡Contéstame puta!" —gritó dejando un poco de espacio para que la muchacha pudiera hablar. "¿Quieres o no? Espero que tu respuesta sea satisfactoria y así no tener que enfadarme contigo" —dijo con tono amenazante.
"¡Sí!" —contestó ella a duras penas para hacer aquello lo más rápido posible. Nadie pasaba por allí, nadie se asomaba a las pequeñas ventanas de enfrente y su frustración crecía. "Buena chica" — susurró de nuevo atestándola de nuevo con su mal aliento. "Te dije que ahora meteré un dedo en tu vagina, sólo una vez. Relájate pequeña y disfruta, todo será más fácil" —sonrió maliciosamente. "Quiero saber cómo hueles y cómo sabes"—dijo con voz jadeante. Ella forcejeaba y pegaba una pierna con la otra. Él, hábil y rápido, metió su rodilla entre las piernas de Rebeca separándolas. Rozó su sexo de nuevo y para sorpresa de ella que pensaba que iba a ser brusco, incrustó suavemente un solo dedo en su interior, haciendo que inconscientemente sintiera algo de placer. Sacó el dedo tal cómo prometió y la respiración de ella se descompasó, pero ahora sus quejidos no guardaban sólo miedo.
"¿Te gusta?" —preguntó el individuo. Rebeca negó con la cabeza. "Qué mentirosilla eres, lo haces fatal" —dijo riendo. Rozó la nariz de ella en un gesto "amable" mientras seguía con la firme sujeción. Volvió a repetir el proceso, metió el dedo suavemente hasta el interior de Rebeca y tras un breve gemido casi inaudible por parte de ella, lo sacó para llevarlo a su propia nariz y olfatearlo con esmero. Rebeca observó como aquel hombre cerraba los ojos y se embelesaba con su olor.
"¡Que bien hueles! ¿Quieres probar tú? —preguntó de manera descarada. Ella se había excitado pero volvió a negar enérgicamente y evitó aquel dedo que se acercaba a su rostro. El hombre, cansado del juego, sacó su miembro bastante duro y grueso del triste y roto pantalón y lo incrustó dentro de ella, haciendo que un gemido saliera de su boca sin intención de ocultarlo. Rebeca se percató de que aquel inhumano, no se detenía a festejar que ella estuviese disfrutando con aquella lamentable escena, así que sin muchas opciones que elegir, cerró los ojos y disfrutó de ese gran trozo de carne que bombeaba sin parar dentro de ella. Cuando el desconocido, tras varios minutos embistiendo a aquella borracha muchachita sin piedad, se derramó sobre las tersas y largas piernas de ella, Rebeca suspiró sin entender ni ella misma si aquel suspiro era de alivio o placer. Observó paralizada cómo el sujeto acomodaba la polla en su lugar correspondiente y se marchaba con una sonrisa de satisfacción. Por alguna razón que no pudo entender disfrutó lo que sucedió pero ella, por otro lado, lloraba de camino a casa mientras pensaba en lo míserable y sucia que se sentía por haber disfrutado de semejante crueldad. Se le volvió a olvidar de nuevo cuando al meterse en su morada, llevó las manos a sus piernas que estaban impregnadas del semen que cayó sobre ellas, no pudo evitar acariciar su clítoris mientras saboreaba ese viscoso líquido que quedó en ella y acabó varias veces pensando en aquel desconocido desaliñado y de mal hedor. Cuando volvía a casa de algún lado miraba alrededor no por miedo sino para encontrar a aquel pervertido mendigo que le regaló placer no esa esa noche sino también en las siguientes ya que no ha podido sacarlo de su mente no ha podido olvidar la sensación de su miembro bombeado su vagina. Así como también observa por las noches la ventana esperando con ansias encontrarlo.
Pasiones Prohibidas ®
Unos cien metros quedarían para llegar a su casa cuando empezó a escuchar leves pasos tras de sí. Se giró varias veces un poco asustada, intentando calmar su corazón. La calle estaba alumbrada por sencillas farolas con cristales casi opacos castigados por el tiempo y necesitados de una buena pulida. Llegó a pensar que todo aquello era fruto de su imaginación y el alcohol, aunque inconscientemente, anduvo más ligera de lo que los tacones le permitían. Miró atrás y visualizó un hombre muy alto vestido de negro. Las piernas le fallaron y tropezó con sus propios pies cayendo de bruces al suelo. Asustada intentó ponerse de pie y retomar el camino lo más rápido que pudiera, pero antes de hacer un mínimo movimiento, unas manos la atraparon y la hicieron levitar del suelo. Intentó gritar, pero la palma de aquel hombre era tan grande que ocupaba su cara completamente, tapando nariz y boca; y dejándola sin respiración prácticamente.
Rebeca no supo cómo llegó a aquel angosto y taciturno callejón tan rápido. Si el espacio era reducido, a ella esa sensación se le duplicó debido al miedo que estaba pasando.
Se encontraba apoyada en una pared, sujeta por el cuerpo de aquel abusador que le amordazaba la boca con una mano y con la otra toqueteaba sus senos por encima del fino vestido. Se atrevió a abrir los ojos y enfrentarse a lo que venía. Se encontró con una mirada más oscura que aquella noche y más intensa que el propio callejón. Aquellos ojos la traspasaron, como si pudieran ver a través de ella. El asqueroso pelo revuelto del individuo, la barba desparejada y la chaqueta extremadamente holgada por los hombros, decían mucho de aquel tipo que olía tan mal. Echó el vaho encima de ella pegándose mucho a su boca y el repugnante hedor de un mal aliento mezclado con tabaco y alcohol, rebotó en su garganta. Rebeca hizo una mueca de asco y comenzó a llorar. ¿Es que nadie la oía sus sollozos?
Éste, arrastró su gran mano suavemente desde el muslo de Rebeca hasta el interior de su vestido, pasó la mano por encima de las bragas y sonrió de manera perversa al notar que no estaba mojada.
"¿Qué pasa zorra, ahora no provocas?" —le dijo. Esa voz grave inundó su oído y sólo la hizo llorar silenciosamente un poco más. "Eres una puta, te gusta que te traten como tal y eso voy a hacer. Voy a conseguir que esa concha chorree con solo escucharme" —sentenció el pervertido abusador. Tiró fuerte de sus bragas haciendo de ella un trapajo de una sola pieza. Acercó la mano a sus labios sin llegar a tocarla demasiado, sólo un roce. "¡Oh Dios¡ Estás depilada. Tienes una conochita apretada y depilada" —dijo obscenamente. Observó como aquel cerdo cerraba los ojos con concentración y volvía a acercar el aliento a su oído: "Ahora voy a meter de una sola vez un dedo en tu vagina". Rebeca no contestó ni gesticuló, se limitó a llorar más y más con la boca tapada por la mano. "¡Contéstame puta!" —gritó dejando un poco de espacio para que la muchacha pudiera hablar. "¿Quieres o no? Espero que tu respuesta sea satisfactoria y así no tener que enfadarme contigo" —dijo con tono amenazante.
"¡Sí!" —contestó ella a duras penas para hacer aquello lo más rápido posible. Nadie pasaba por allí, nadie se asomaba a las pequeñas ventanas de enfrente y su frustración crecía. "Buena chica" — susurró de nuevo atestándola de nuevo con su mal aliento. "Te dije que ahora meteré un dedo en tu vagina, sólo una vez. Relájate pequeña y disfruta, todo será más fácil" —sonrió maliciosamente. "Quiero saber cómo hueles y cómo sabes"—dijo con voz jadeante. Ella forcejeaba y pegaba una pierna con la otra. Él, hábil y rápido, metió su rodilla entre las piernas de Rebeca separándolas. Rozó su sexo de nuevo y para sorpresa de ella que pensaba que iba a ser brusco, incrustó suavemente un solo dedo en su interior, haciendo que inconscientemente sintiera algo de placer. Sacó el dedo tal cómo prometió y la respiración de ella se descompasó, pero ahora sus quejidos no guardaban sólo miedo.
"¿Te gusta?" —preguntó el individuo. Rebeca negó con la cabeza. "Qué mentirosilla eres, lo haces fatal" —dijo riendo. Rozó la nariz de ella en un gesto "amable" mientras seguía con la firme sujeción. Volvió a repetir el proceso, metió el dedo suavemente hasta el interior de Rebeca y tras un breve gemido casi inaudible por parte de ella, lo sacó para llevarlo a su propia nariz y olfatearlo con esmero. Rebeca observó como aquel hombre cerraba los ojos y se embelesaba con su olor.
"¡Que bien hueles! ¿Quieres probar tú? —preguntó de manera descarada. Ella se había excitado pero volvió a negar enérgicamente y evitó aquel dedo que se acercaba a su rostro. El hombre, cansado del juego, sacó su miembro bastante duro y grueso del triste y roto pantalón y lo incrustó dentro de ella, haciendo que un gemido saliera de su boca sin intención de ocultarlo. Rebeca se percató de que aquel inhumano, no se detenía a festejar que ella estuviese disfrutando con aquella lamentable escena, así que sin muchas opciones que elegir, cerró los ojos y disfrutó de ese gran trozo de carne que bombeaba sin parar dentro de ella. Cuando el desconocido, tras varios minutos embistiendo a aquella borracha muchachita sin piedad, se derramó sobre las tersas y largas piernas de ella, Rebeca suspiró sin entender ni ella misma si aquel suspiro era de alivio o placer. Observó paralizada cómo el sujeto acomodaba la polla en su lugar correspondiente y se marchaba con una sonrisa de satisfacción. Por alguna razón que no pudo entender disfrutó lo que sucedió pero ella, por otro lado, lloraba de camino a casa mientras pensaba en lo míserable y sucia que se sentía por haber disfrutado de semejante crueldad. Se le volvió a olvidar de nuevo cuando al meterse en su morada, llevó las manos a sus piernas que estaban impregnadas del semen que cayó sobre ellas, no pudo evitar acariciar su clítoris mientras saboreaba ese viscoso líquido que quedó en ella y acabó varias veces pensando en aquel desconocido desaliñado y de mal hedor. Cuando volvía a casa de algún lado miraba alrededor no por miedo sino para encontrar a aquel pervertido mendigo que le regaló placer no esa esa noche sino también en las siguientes ya que no ha podido sacarlo de su mente no ha podido olvidar la sensación de su miembro bombeado su vagina. Así como también observa por las noches la ventana esperando con ansias encontrarlo.
Pasiones Prohibidas ®

Comentarios
Publicar un comentario