Eran las siete de la tarde. Había
llegado a casa cansado. Escuchaba un poco de música y bebía un vaso de whisky
tranquilamente para después dormir hasta el otro día. Suena el timbre y al ver
quién era veo a Carmen, una amiga de mi hija que no supera los 18 años.
"Hola don Raúl. ¿Está su hija?" —me pregunta. Le dijo que no pero
pregunto si necesita algo, a lo que me responde que necesitaba conversar con
alguien ya que ambas son buenas amigas. Le pregunto si no es inconveniente que
podamos charlar, sonríe y me dice que no hay problema. Busco mis llaves y abro
la puerta, entra y le ofrezco un vaso de jugo.
Me
cuenta sobre sus problemas y se coloca a llorar, me levanto y acaricio su
rostro, le digo que es una chica hermosa y que sus problemas son superables,
que todo estaría bien. Solloza y me dice si puede abrazarme, le digo que no, no
es necesario. Ella insiste mirando con tristeza. Mi mente comenzaba a maquinar
escenas un tanto bizarras que intento alejar sirviendo otro vaso de whisky.
Carmen bebe su jugo, le pregunto si quiere otro vaso a lo que responde que sí.
Voy a la cocina, pero de mi mente es imposible sacar esas escenas.
Al salir de la cocina la tengo parada frente a
mí. "Señor, ¿Puedo abrazarlo otra vez?" —me pregunta. "Carmen,
no es necesario que lo hagas" —le digo con la voz entrecortada. "Solo
será una vez más" —me dice con una sonrisa traviesa. "Te dije que no
es necesario, por favor conserva tu distancia. Aquí tienes tu vaso de jugo,
vuelve al sofá" —le digo con firmeza. Vuelve a sentarse pero en sus ojos
se veía tristeza, aunque no sé si debido a sus problemas o debido a mi regaño.
La hora había avanzado y se hacía tarde y aunque Carmen vive relativamente
cerca me preocupaba que se fuera sola, le sugerí que bebería su vaso de jugo y
la acompañaría a su casa. Me mira y me dice: "Bueno, con una condición.
Déjeme abrazarlo otra vez". Sonreí y le dije: "Está bien, pero solo
un abrazo más". Sonrío feliz y corrió como una niña hasta donde estaba, se
colgó de mi cuello y la tomé con fuerza. "Huele rico Sr." —me dice.
"Ya es suficiente" —le digo pero no me suelta. Apoya su cabeza en mi
pecho y suspira. Acaricio su pelo pero recobro la cordura. "Es mejor que
te vayas" —le digo. Insiste en aferrarse más fuerte y sin darme cuenta me
da un beso en los labios. "Niña juegas con fuego, te vas a quemar"
—le digo. "Perdone don Raúl, no quise incomodarlo" —me dice. Sé que
si no la detengo algo más sucederá.
Me
toma las manos y comienza a pasarlas por su rostro, sus ojos ya no son los de
una niña traviesa sino los de una mujer deseosa, le digo que pare o de lo
contrario tendré que castigarla. Ella sonríe y me dice:
"¿Castigarme?". "Sí, ya que estás siendo una chica
desobediente" —le digo. Sonríe otra vez con esa risa de niña y me dice: "Intente".
Algo ofuscado por el abierto desafío de la mocosa impertinente la tomo de un
brazo y la llevo al sofá, me siento en él y la coloco sobre mis rodillas, subí
su diminuto vestido, ella parecía resistirse pero cuando sintió mi mano
recorriendo sus firmes nalgas no hacía ni un ruido. Mi mano cayó con fuerza en
su glúteo derecho, ella arrancó un sensual ¡Auch! de sus perfectos labios.
"Me dolió don Raúl, prometo que no lo provocaré más, pero ya no me
nalguee" —me dice. "Te has portado como una niña malcriada, y a éstas
hay que enseñarles modales" —le digo con enojo, mientras le dejó caer mi
mano en su otro glúteo.
Bajo
su vestido y hago que se incorpore. Pude ver como de sus ojos caían algunas
lágrimas, metí mi mano al bolsillo, saqué un pañuelo y sequé sus lágrimas.
"Es un hombre bueno pero estricto" —me dice. Yo suspiré y como
caballero pedí disculpas por haber sobre reaccionado en mi acción. Era tiempo
de que se marchará pero en el fondo no quería que se fuera. Me dice que no es
necesario que la acompañe a su casa y antes de salir me roba otro beso de los
labios. Cerré la puerta con violencia y la tomo otra vez del brazo, esta vez
está de pie frente a mí, desabrocho mi cinturón y lo sacó del pantalón.
"Ahora sí sobrepasaste mi paciencia" —le digo. Ella tiembla y me dice
que no la azote, que hará lo que sea por hacer que mi enojo se aplaque. Le
digo: "Quiero ver qué estás dispuesta a hacer para calmar mi enojo".
Ella responde: "Cualquier cosa". Pienso, pero no quiero que vea mis
intenciones aunque ya las sabe. "Sorpréndeme" —le digo. En sus ojos
hay sorpresa, también algo de inseguridad; había entrado en un terreno del cual
sería imposible escapar. “Puedo ser una perrita muy obediente” –me dice. Sonrío
maliciosamente y le digo: “Está bien, ven gateando hacía el sofá”. Gatea y jadea
de manera sensual, se acerca a mi pierna y acaricio su pelo. con mi cinturón en
la mano le digo: “Esta perrita se vería más bella con una correa en su cuello”.
Temblorosa recoge su pelo y yo paso el cinturón por la hebilla ajustándolo a su
cuello; la paseo por la sala y la libero.
“¿Qué
más estás dispuesta a hacer para complacerme?” –le pregunto. “Lo que usted pida
don Raúl” –me dice. “Está bien. Desvístete” –le ordeno. Temerosa, susurra: “Don
Raúl ¿está seguro?”. “Dijiste que ibas a hacer lo que quisiera para
complacerme” –le respondo. “Está bien” –agrega. Me sirvo otro whisky y me
siento en el sofá mientras ella poco a poco se quita la ropa. Noté como mis
dedos habían dejado marcas en su trasero. Queda solo en ropa interior, mira mis
ojos y me dice: “¿Hay algo más que necesite de mí?”. Sonreí y le dije: “Creo
haber dicho que te quites la ropa, no que quedaras en ropa interior”. En sus
ojos se puede ver la perversión, desata el sujetador de brasier y se voltera
para quitárselo; lentamente dándome la espalda comienza a bajar su tanga.
Estaba embobado con la forma de su trasero, creo que no podía esconder mi
erección por más tiempo, las ganas de poseerla se hacían cada vez son
incontrolables. “Volteate” –le digo. Temerosa complace mi petición. Cubre sus senos
con un brazo y con su mano libre tapa su sexo. Verla así es un deleite para mis
ojos aunque el que disfruta más de la vista es mi miembro que está por
desgarrar el pantalón. Le indico que se siente en el sofá que está en frente,
se sienta con sus manos en los senos y con sus piernas cerradas. “Abre las
piernas, quiero ver tu vagina” –le digo. “¿Qué?” –me pregunta. “Separa tus
piernas y muéstrame tu vagina”.
Lentamente
separa las piernas y muestra su sexo húmedo. “¿Por qué estás mojada?” –le
pregunto. “Ésta perrita ha entrado en celo caballero” –me responde. Bajo el
cierre de mi pantalón que ya no resiste; le dije que se masturbara para mí
mientras yo lo hacía viéndola. Masajea su clítoris de manera suave, pequeños
gemidos salen de sus labios mientras yo me toco lentamente disfrutando de la
escena más morbosa que ni el mejor productor de porno pudo imaginar. Sus
gemidos se hacían más intensos a medida que se retorcía sobre el sofá, estaba
al borde del éxtasis; era como si su cuerpo ya no se gobernara, un intenso
orgasmo se había apoderado de ella al punto que sus fluidos vaginales salieron
como una armoniosa cascada que dejó no solo el sofá empapado sino también el
piso.
Sus
piernas temblaban, su respiración estaba en un punto en que casi no tenia aire;
era un espectáculo digno de admirar. Mi morbo estaba al máximo y sin esperar a
que recobre el aliento le digo: “Ven, gatea hacia donde estoy y móntate en mi
miembro”. Respiró profundo y obediente se acercó, se subió en horcajadas sobre
mí y con un movimiento sutil de sus caderas mi pene encontró la entrada a su
más que jugosa vagina. Sus movimientos eran suaves, yo estaba embobado con sus
senos y recorriendo su espalda con la punta de los dedos; ella parecía estremecerse
y gemía de manera intensa, el sudor envolvía nuestros cuerpos que se habían
entregado por completo a la aventura y el placer.
Mis
manos se posaron maliciosamente en sus glúteos y sin misericordia comencé a
nalguearla. Carmen lo disfrutaba a destajo, es como si encendiera un motor
perverso en su ser que la hacía rogar por más. “¡Por favor don Raúl no se
detenga!” –me decía con una voz de putita experimentada. Sus movimientos se
hicieron más rápidos a medida que aumentaba la fuerza en cada nalgada. “¡Soy su
puta, me he portado mal, deje sus manos marcadas en mi culo!” –gritaba. Nos
besamos de manera apasionada, ella se aferró con sus dientes de mi labio
inferior provocándome una sensación de placentero dolor. Sentí como la tibieza
de un hilo de sangre era succionado por su deliciosa boca.
En el
aire se olía un intenso orgasmo. Carmen aferra sus manos en mis hombros y
continuó con esos endemoniados movimientos. Gemidos ensordecedores y esa
humedad constante eran el potente indicador de lo que sucedería; una pausa y
gemido agónico la hizo caer rendida sin fuerzas sobre mi pecho. Dejé que
recuperara el aire sentada en el sofá pero mis ganas de acabar sobre ella eran
tantas que no pude contener masturbarme. Ella me miraba con esa cara de putita
que la hacer ser especial. “Quiero su semen en mi boca” – decía con
sensualidad. Se deslizó al piso y se puso de rodillas con su boca abierta. La
tomé del pelo y la acerqué a mi miembro, sin pedirlo sus labios envuelven mi
glande, en sus ojos se percibía sus ganas de recibir mi semen dentro de su
boca. Mi miembro se comenzó a hinchar al ser aprisionado entre sus labios. Ya
no podía resistir más y exploté en su boca. Lo disfrutaba, incluso el que escurría
por la comisura de sus labios era empujado por su lengua para no perder una
sola gota.
Ya
era cerca de la medianoche y ella se quedó en mi casa con la excusa de que
harían unas tareas para la universidad. Follamos incansablemente todo el resto
de la noche, se nos olvidó el reloj y las cosas que debíamos hacer durante el
día. Nadie supo lo que pasó entre nosotros, tampoco nadie sabe lo que hemos
pasado desde ese día. Cada vez que necesitamos viene a casa con la excusa de
que necesita conversar y así saciar la sed de lujuria que mantiene encendida
esta relación un tanto morbosa.
Pasiones Prohibidas
®

😋😋😋
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