038. El otro lado del espejo

Por mucho tiempo habían llevado una relación bajo las sombras, ocultos de  ojos maliciosos y lenguas inquisidoras que les recalcaron que no  era correcto, ya que la sociedad crítica lo que no entiende y ellos no serían entendidos ya que no encajaban dentro de lo que "una relación normal" dicta. En la privacidad que el computador y el teléfono les ofrecía se entregaban al  sórdido placer que la clandestinidad ofrece. Eduardo quería cruzar el límite de lo intangible pero Antonella siempre le había dicho que no. Que aquello era una locura, que era un imposible, que no se conocían salvo por lo que la cámara muestra y que era mejor dejar las cosas como estaban. Le había contado que no podría volver a respetarse a sí misma, que ya nada tendría sentido si se presentaba ante él como un ser débil y sin principios. Que prefería que continuara admirándola por su personalidad a entregarle su cuerpo y sentir como para él se convertía en una más, en una cualquiera de aquellas mujeres infieles y cobardes que se acostaban con él para luego volver a sus vidas fingiendo que nada había sucedido.

Después de aquello habían empezado a distanciar sus charlas, a ambos les resultaba demasiado duro no caer en el coqueteo, no dejarse arrastrar por un feeling que se podía palpar en sus palabras.

Hacía casi un mes que no hablaban, él le había escrito un mail cargado de rencor, echándole en cara lo fácil que le había resultado librarse de él, que ahora ya nunca se conectaba y que a él no le quedaba más que aceptar que todo había sido una ilusión. Poco podía él sospechar que ella se conectaba igualmente desde el modo incógnito, tan solo para ver ese puntito verde que la hacía sentirle un poquito más cerca.

Habían convertido aquel intercambio virtual en algo demasiado peligroso para ambos. Ella se aferraba a su relación de pareja aun a pesar de los altibajos, él no quería un amor de usar y tirar que una vez más lo dejara agotado y vacío. En un mundo cruelmente real "Alicia" no podía atravesar el espejo, se miraban a través del cristal bajo la sórdida sonrisa del gato de Cheshire, que seguramente se carcajeaba en silencio de sus anhelos.

Ella fue seleccionada para ir en  representación de su empresa a un congreso, en donde por horas iba a escuchar a otros exponentes con respecto a los temas relacionados con su trabajo y también ella tomaría tiempo en una plenaria para discutir sus puntos. Cuando la fecha del congreso llegó, se enteró que seria a pocos kilómetros de donde estaba Eduardo, Antonella tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no escribirle. Llegó a la ciudad en Avión y trató de concentrarse en cada ponencia, absorbiendo cada dato como si su cordura dependiera de ello. Apenas se relacionó, no soportaba la cháchara a su alrededor, no quería pasear por las calles de aquella ciudad desconocida, no podía soportar la idea de que él estuviera a pocos kilómetros. La primera noche no pudo pegar ojo, se removía inquieta en aquella cama del hotel de cinco estrellas. Se levantó mil veces, salió a la terraza a observar las estrellas, fumar un cigarrillo y una y otra vez volvía a revisar su portátil pero él no estaba, hacía dos semanas que ya no sé conectaba, probablemente convencido de que ella ya no volvería. A las seis de la mañana hizo las maletas de forma metódica, bajó a la recepción del hotel y realizó su check out. Apenas se molestó en discutir con la recepcionista su negativa a reembolsarle el resto de los días. Le importaba una mierda, tan solo quería escapar de allí. Cogió con firmeza el asa de su maleta y la hizo rodar hasta el taxi que esperaba para llevarla a la estación de autobuses.

El trayecto en autobús no fue largo, apenas le dio tiempo a pensar. Hizo todo el viaje con la cabeza apoyada en la ventanilla perdida en su mundo interior, en ese mundo que intuía al otro lado del espejo.

El conductor la sacó de su ensoñación y la dejó en un cruce que distaba mucho de ser una estación, había esperado tener al menos un lugar de custodia donde dejar la maleta pero allí no había nada. No sabía bien que hacer, ahora que estaba en La Serena no tenía ni idea de a donde dirigir sus pasos, ni siquiera se había planteado cuales eran sus intenciones. No tenía su dirección, ni su teléfono, no sabía si ese fin de semana estaría allí, y no tenía claro que quisiera encontrarlo. Solo había seguido su instinto, necesitaba pisar aquel asfalto, respirar el mismo aire que él respiraba a diario, sentir la misma brisa, mirar el mismo cielo.

Dudó si buscar un hotel en primer lugar pero sus pies le pedían movimiento y dejó la Avenida Del Mar para adentrarse en las calles más pequeñas, hasta llegar a la Plaza de Armas. Continuó recorriendo  las calles como una autómata, no se fijaba en nada, no se paraba en los hoteles ni los cafés, su mirada estaba perdida en algún punto en su interior.

Vagó sin rumbo todo el día arrastrando su pequeña maleta, si comer ni beber, dejándose llevar por el deambular perdido del que en realidad no busca nada concreto.

Al caer la tarde comenzó a llover como si la mala suerte se encargara de colocar una nube gris sobre su cabeza; en un abrir y cerrar de ojos estaba mojada y helada hasta los huesos y corrió a refugiarse en un café de una calle bastante transitada. Mientras trataba en vano de escurrir su empapada ropa vio por el rabillo del ojo una silueta, tan solo una figura borrosa que corría delante del cristal. Sin pensarlo y abandonando la maleta se precipitó a la puerta, en vano fueron los gritos del camarero, corrió tras aquella figura bajo el agua, le vio cruzar la acera y se lanzó tras él. Un frenazo sonó por encima del chapoteo, un grito y el sonido sordo de un cuerpo al ser lanzado contra el suelo.

Cuando abrió los ojos unos brazos la sacaban de la calzada, varios transeúntes curiosos se habían agrupado a su alrededor, la habían acercado bajo el alero de un techo que la resguardaba de la lluvia, sintió como la envolvían en una prenda cálida y casi seca. Su pelo caía sobre su rostro ocultándolo como una cortina empapada. Logró ponerse en pie trastabillando, aferrada a un brazo de su salvador.

"¿Estás bien?, ¿te duele algo?" Le oyó decir a aquel hombre. Ella levantó la mirada muy despacio, desde el cinturón, subiendo por el vientre, deteniéndose en el mentón, en la boca, hasta lograr ver sus ojos.

Él la miraba con gesto preocupado cuando una expresión de asombro se fue abriendo paso en sus ojos oscuros, alargo la mano muy despacio y le retiró el pelo de la cara, sus miradas se encontraron, sus ojos se reconocieron, se perdieron y se encontraron, se exploraron. El tiempo se congeló en aquel instante, los dos de pie, uno frente al otro, él con una camisa negra y jeans, ella con su ropa empapada y la mirada fija de ambos, no había ni existía nadie más a su lado, y ella aún aferrándose a su fuerte brazo.

Los curiosos se aburrieron y se marcharon mientras ellos permanecían inmutables. Él alzó su mano de nuevo acariciando su rostro, la comisura de sus labios, su pequeña nariz respingona. Se acercó más a ella, notó el temblor de su cuerpo, paso la mano a su nuca y con los ojos muy abiertos, como si temiera que fuera a desvanecerse en cualquier momento la besó.

"Maldita sea, podrías haberte matado. ¿Estás loca?" –le susurro él perdiendo su nariz en su cuello, aferrado a la mujer que él más ha amado en el mundo. "Hace tiempo que deberías saber eso" –musitó ella con una sonrisa, con los ojos cerrados disfrutando de su abrazo. Él sonríe. "Sí, ya lo sé, como una cabra, pero no pensé que en tu locura pudieras llegar a hacerte daño. Si te hubiese pasado algo, yo, yo nunca me lo habría perdonado" –le dice con tristeza y lágrimas en los ojos. Suben a un taxi y la lleva a su casa para que pudiera descansar de la experiencia extrema que vivió.

Al llegar otra vez el tiempo se detuvo, como locos se besaban, el deseo era tan intenso, la pasión se desbordaba cada vez que él recorría con sus manos la hermosa figura de Antonella. Poco a poco su ropa era despojada con inusitada pasión; sin darse cuenta estaba desnuda y con las manos de Eduardo recorriendo cada espacio de su cuerpo. La humedad de su sexo se hacía palpable, sentía como ese delicioso néctar emanaba a borbotones de su vagina. Hace tiempo nadie la tocaba de esa forma ni el idiota de su pareja sabía qué hacer ni como disfrutar a esa hembra en celo.

Él la alzó en sus brazos y subió la escalera que los llevaría a la habitación, suavemente la dejó en la cama; con las piernas abiertas esperaba ser invadida por la lengua escurridiza de Eduardo pero él se quedó contemplándola en silencio, ella se sentó en la cama y observaba como los ojos de su hombre estaban vidriosos, la tomó y abrazó con fuerza. Ella se deshizo de su abrazo, se arrodillo en la cama junto a él, tomó la camisa que traía  puesta y la abrió arrancado los botones, comenzó a deslizar un dedo suavemente por su pecho, dibujando filigranas sobre su piel mientras le dice con vo suave: "Dejemos el perdón y la culpa a un lado, yo ya he hecho ese trabajo autodestructivo por los dos. Estoy aquí, no me ha pasado nada y además, te he encontrado. ¿No vas a perder el tiempo autoflagelandote verdad?".

El miró su cuerpo perdiéndose en cada curva, la forma de sus caderas, su vientre, sus pechos, el gesto tan femenino de su mano acariciándole y la carita ladeada con esa sonrisa traviesa que lo volvía loco. La acercó y la besó como un loco apasionado, sin pensarlo ella tomó su cinturón y abrió su pantalón, sacó su efecto y lubricado miembro, lo metió en su boca y comenzó a lamerlo de la punta a la base. Esa deliciosa lengua se movía como si supiera por el punto exacto por donde deslizarse, el placer se hizo más intenso cuando aquellos carnosos labios envolvieron su pene y comenzó a chupar de forma enérgica mientras al mismo tiempo lo masturbaba. Ella se entregó sin reservas al punto de perderse  en cada estocada que  recibía. Hicieron el amor como locos, el sudor los envolvía y la lascivia poseía cada ápice de sus emociones y sus cuerpos completamente sincronizados disfrutaban de tan deliciosos estímulos.

Llevaban casi diez horas en la cama, habían perdido la cuenta de los besos. Habían hecho el amor como animales en celo, saciando su sed precipitada y torpemente dilatada en el tiempo. Se ducharon juntos y volvieron a buscarse con más calma, estudiándose, profundizando en el placer mutuo, llevando a cabo cada una de las fantasías que habían compartido todos estos meses. Cada vez que terminaban de amarse él cambiaba la música, llevaba alguno de sus libros favoritos a la cama y depositaba bandejas con fruta en la mesita de noche. Compartían besos, literatura, risas, confesiones y de nuevo más besos que volvían a encenderlos una y otra vez en una suerte de cinta de Moebius donde el tiempo se hacía liquido, fluido y abstracto.

La asió con fuerza por la cintura y la colocó sobre él. Ella riendo como una colegiala apoyó sus pequeñas manos en sus hombros y se inclinó para besarle, cogió su labio inferior entre los suyos y lo chupo con delicadeza asomando la punta de su lengua para acariciar la suave piel del interior de su boca.

Aquella venus cargada de sensualidad le pasó las manos sobre la cabeza cogiendo sus muñecas, abrió las piernas y deslizó su sexo húmedo desde su pelvis hasta su vientre con el sinuoso movimiento de una serpiente, acercó sus pechos a su rostro le ofreció sus pezones erectos y excitados que él tomó entre sus labios disfrutando de cada una de sus reacciones, luego el otro jugó con sus labios, acariciándolos, antes de dejarse atrapar. Bajó su rostro y besó sus parpados, sus mejillas, lamió su cuello y el lóbulo de su oreja y continuó deslizándose sobre él. Cada parte de su cuerpo era acariciada por sus manos, por su boca, por su pecho, por su vientre y por su sexo en una imparable corriente descendente de delicada pasión. No estaba seguro de si le excitaban más sus caricias o los gemidos de placer de ella al disfrutar de su cuerpo. Su boca ya había llegado a su ombligo, sus manos apretaban sus pectorales y recorrían sus costados hasta los huesos de la pelvis, una y otra vez, como si tratará de grabar cada centímetro de su piel en su memoria. Podía sentir como su erección daba latigazos en sus pechos con cada caricia y le encantaba sentir como cada roce de su miembro le arrancaba un suspiro. Ella tenía las piernas abiertas a ambos lados de sus rodillas y se inclinaba sobre su abdomen como en un rezo, le daba una perspectiva espectacular de su culo y su espalda, aquel cuerpo curvilíneo y sensual que se derretía sobre él. Continuó bajando y pudo notar su aliento cálido en la ingle, comenzó a depositar besos ligeros y rápidos en el interior de sus muslos hasta que en un solo gesto se incorporó ligeramente mientras con una mano apretaba su miembro contra su vientre, le miró de un modo salvaje y  hundió la cabeza entre sus piernas pasando la lengua desde la base hasta el glande, la sucesión de lametones se hizo más rápida y profunda hasta que sin previo aviso notó como entraba en su boca hasta el fondo de su garganta, tras  dos o tres movimientos volvía a torturar toda su superficie con las delicadas caricias de aquella lengua perversa y de nuevo la hundía en su garganta repitiendo el ritual una y otra vez. La había imaginado tantas y tantas veces en la distancia que verla así con la cabeza inclinada, sus hermosos senos balanceándose en el aire y su boca apretando su pene, le parecía una fantasía irreal.

Le llevó al borde del orgasmo, pero la crueldad de parar en el momento justo solo significaba que tenía mucho más reservado para él. Apoyando las manos en la cama deslizó su cuerpo sobre él, dejó que su miembro a punto de reventar descansará entre su vientre y el sexo de ella, empapandolo de sus fluidos, le miró y comenzó a moverse así, con lentitud, sin dejarle entrar, solo rozándolo con la superficie de su vagina, sus labios hinchados, su clítoris sensible y excitado. Se movía en un dulce bamboleo echando la cabeza hacia atrás y dejando escapar un gemido cada vez más intenso  cuando su centro del placer era estimulado.

Cuando ella también estaba a punto de acabar se encajó en él con un movimiento experto y se dejó caer sobre su pecho para sentir cada milímetro de su cuerpo, empezó a besarle jugando con la lengua en su boca, buscando la suya, chupándola. Sus lenguas entrelazadas competían con sus sexos en un coito paralelo. Si su piel parecía arder, la temperatura de su sexo era el centro mismo de la tierra. Aquella maravillosa gruta de lava fundida abrazaba su verga y se deslizaba en él con un movimiento multiaxial que le hacía enloquecer, tan lentamente que casi era una tortura para su ya hiperexcitado cuerpo. Ella sintió la necesidad de desatar por fin su placer, se incorporó sentadose a horcajadas sin desclavarse de aquel miembro que era su unión y su locura, y comenzó a cabalgar sobre él, mirándole fijamente para captar su placer, para descubrir su ritmo, su cadencia.

Su cuerpo se ondulaba, sus tetas se desbocaban en el aire. Sintió como la agarraba con fuerza por las caderas para apretarla contra él y acelerar el ritmo,  apoyó la mano en su pecho para ayudarse a guardar el equilibrio y comenzó un movimiento frenético, desbocado. Él gimió al aire y comenzó a azotar sus nalgas con fuerza, ambos estaban a punto de estallar, podía notar como sus músculos vaginales empezaban las contracciones involuntarias que preceden al orgasmo, podía notar los latidos de él en su interior, y aquellas palmadas en su trasero que hacían que todo vibrase amplificando cada sensación. Explotaron juntos sintiéndose uno, ella en él, él en ella.

En un único alarido el cuerpo de ella cayó desmadejado en su pecho, notó sus lagrimas correr por sus mejillas y los besos salados en sus labios. Su mirada había pasado de ser salvaje e indomable a la propia de una niña, perdida y falta de cariño. Sintió la necesidad de abrazarla, de protegerla. Ella lo había hecho, al fin se había decidido a cruzar el espejo de Alicia y aunque no era tan inocente como para pensar en finales de cuento de hadas, para él hacerla feliz se había convertido en una misión personal, al menos mientras pudiera retenerla entre sus brazos.

Ella se entregó a aquel momento y se vació de la angustia, del miedo, de la culpa, estaba donde tenía que estar, posiblemente este lado del espejo era su verdadero hogar.



Pasiones Prohibidas ®


Comentarios

  1. Me encantó...sublime
    Hermoso relato Mí Cielo
    Bello y excitante.
    Nada mejor que entregarse completamente al ser amado
    No solo sexo de un rato
    Sino esa perfecta fusión apasionante y desmedida, cuerpo mente y alma

    Bello y Delicioso Mí Perverso 💋

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