034. El juego silencioso


El  ambiente ha sido preparado con cada detalle, el inmenso salón alumbrado por velas estratégicamente colocadas alrededor de la mesa. Una botella de champagne en un balde de aluminio repleto por cubos de hielo, cuerdas y la perversión de un hombre que se refleja en sus ojos, marcan la tónica de la escena que se llevará a cabo. Con pasos titubeantes se acerca dónde está aquel hombre impecablemente vestido con un traje negro y guantes de cuero del mismo tono. La observa y suspira, con solo una mirada entiende que es tiempo de despojarse de su ropa. De fondo suenan los acordes de La Salle Noire de Carlos Perón, ya completamente desnuda y con un gesto le indica que debe subirse a la mesa. Ella es atada de brazos y piernas, a la vez una soga es envuelta en su cintura, y pasa por entre sus labios vaginales y su culo de tal manera que cada que se mueva ella pueda sentir como la cuerda la acaricia provocándole un deseo intenso tanto en su culo como en su vagina. Él observa a un lado el placer que se refleja en sus ojos. Disfruta a ver como las cuerdas cumplen el objetivo de excitarla y humedecerla al punto de desbordarse.

Eso es lo más excitante ver su mirada su deseo esas ganas de poseer lo que es suyo. Él se acerca, acaricia sus senos mientras la besa con calma, se desliza desde su boca hasta sus erectos pezones. Ella se estremece y balbucea; ese hombre la hace temblar, hace que pierda en sus lascivas caricias, en esos besos suaves pero llenos de lujuria. Sin dudar ni un ápice él invade con sus manos esa húmeda vulva, siente la hinchazón en esos palpitantes labios y se deleita a ver cómo esa mujer se estremece cuando sus dedos rozan ese delicioso clítoris que ya ha tenido en su boca. Él escucha sus gemidos siente como su cuerpo trata de escapar al sentir tanto placer. Ella le pide que pare pues es tanto su deseo de sentirlo dentro que no puede más con esa tortura pero él no se detiene. Al contrario, sigue  disfrutándola, ella grita de placer al sentir un leve mordisco en sus labios vaginales, su corazón late cada vez más rápido, su respiración está agitada; ya no soporta más la tortura a la que está siendo sometida. Intenta suplicar pero no es escuchada, ese sádico hombre se ha empecinado en hacer sufrir sus emociones y deseos.

Una venda ahora es puesta en sus ojos, no puede ver lo que sucede a su alrededor, eso la desespera. Siente como los pasos del hombre se alejan, eso hace que la desesperación aumente no por el hecho de quedar atada sobre la mesa sino porque la esencia de aquel hombre parecería desvanecerse en cada paso, incluso podía sentir como el olor de su perfume de esfumaba del salón. La angustia se hace más fuerte, tanto que comienza a gritar su nombre pero el silencio es sepulcral, el tener respuesta es un suplicio intolerable. De pronto los pasos seguros de aquel hombre se vuelven a escuchar, su alma regresa y un suspiro de alivio sale de sus labios. “¿Por qué te desesperas?” –pregunta de manera calmada. Ella no tiene una respuesta, solo guarda silencio esperando lo que su dulce verdugo.

De pronto una fría sensación la invade, un trozo de hielo se desliza por su cuerpo, la humedad que dejaba tras su paso era abundante; sus gemidos son acompañados por espasmos que la hacen retorcerse. La sensación se hace más extensa al acercarse el cubo de hielo a su ingle. Suavemente es deslizado por sus caderas hasta posarse en su vulva, sus labios vaginales son invadidos por ese cubo de hielo, ella tiembla solo por aquella indescriptible sensación de placer. Es llevada a pasos agigantados al orgasmo. Él disfruta en silencio y observa cada movimiento; ella suplica por oír su voz pero aquel endemoniado hombre opta por el silencio y disfrutar calmadamente de tan morbosa escena. En sus ojos se percibe el deseo, la lujuria pero sabe controlar sus emociones; para él existe todo el tiempo del mundo.

Ya al borde del colapso ella suplica oír la voz de su hombre para entregarse por completo al orgasmo que ya no puede contener. El silencio se rompe y solo un par de palabras se escuchan: “Acaba putita” –le dijo con un tono calmado. El placer se apodera del delicado cuerpo de la mujer que sucumbe ante ese deliciosa “pequeña muerte” que la invade y siente como se apodera de cada espacio de su cuerpo. Los ensordecedores gemidos son música a los oídos de aquel perverso ser que se refugia a través del silencio.

Para él solo es el comienzo de la perversión y para ella un alivio que se ve coronado por el placer. Bebe una copa de champagne para darle reposo a la exhausta mujer. Le da un sorbo de su copa para aliviar la sequedad de sus labios. Aún con los ojos vendados y sus sentidos más agudos percibe el juego de ese hombre; aun así se entrega por completo a la caprichosa voluntad de quien sabe darle placer. Esta vez suelta las amarras de sus piernas para recorrer su sexo a destajo con su lengua. La sensación es alucinante, siente como si la vida se le escapara en cada gemido. Se pregunta cómo puede ser posible que ese hombre conozca la formula exacta para brindarle placer; movía sus caderas siguiendo el paso de aquella lengua experta, se retuerce; sus piernas tiemblan y su boca se seca.

Casi ya sin fuerzas explota en otro intenso orgasmo. Él disfruta de esos fluidos tibios que lo invaden, se siente complacido por aquella mujer que se entrega sin reservas ni condiciones a sus deseos, se siente completo al haber encontrado una mujer que ame sus “gustos peculiares” a la hora del placer. Ella sabe que en sus brazos está segura y que nada le pasará estando en sus manos. Hay un descanso no muy largo porque la noche de dulce tortura continua hasta que él sienta que su sed de sadismo sea saciada.

Después de pasar la intensa sensación del frio provocada por el hielo y el placer que le provocó esa traviesa lengua, él tiene algo más reservado. En medio del salón hay una vela que tendría un papel protagónico en lo que se vendría. Otra vez se rompe el silencio en aquel hombre por una sonrisa perversa, ella solo aguarda jadeante tratando de controlar su respiración, escucha como los paso de ese hombre se mueven por rededor de la mesa como si buscara posicionarse. Al detenerse siente como la cera que se había acumulado a lo largo de la noche empieza a gotear por su cuerpo, no puede hacer más que retorcerse; lo que percibe su cuerpo es un dolor intenso mezclado con placer. Al cabo de un momento ya no eran gotas de cera derretida las que caían sino chorros que cubrían enteramente sus senos, otra vez presa del placer y la lujuria sucumbe cada vez que la cera se esparce por su pecho. Gemidos intensos se dejan oír los que son apagados por la oscura música que suena en el salón.

Ya no quedan fuerzas en su interior, la energía y vitalidad se perdieron en la extensa sesión de orgasmos que este hombre le ha regalado sin siquiera penetrarla. Este hombre mete su mano al bolsillo del cual saca un pequeño cuchillo afilado y con la delicadeza que no mostró en todo el momento que han estado juntos comienza a quitar la cera del cuerpo de su amante sumisa. También corta las cuerdas de sus muñecas y la libera de aquella tortura a la que fue sometida. Ya en sus ojos no hay perversión, sino ternura y protección. La toma en sus brazos y camina hacia una silla cercana, ahí sobre sus piernas la abraza con fuerza y dice: “Agradezco la disposición que has tenido para complacerme”. Dicho esto no deja que emita una palabra, ya que ese delicado cuerpo tiembla, él le regala un intenso beso que le demuestra amor y respeto por su sumisión.

Podría contar más detalles de lo sucedido esa noche, pero considero prudente dejar algo para la imaginación colectiva de quien lee. Siéntanse privilegiados de ser unos de los pocos que conocen esos detalles. Al igual que en las películas la toma se cierra y la pantalla se torna negra pero de fondo suenan unas dulces palabras que solo los hombres de verdad podrían pronunciar: “Eres lo más especial que tengo, mi posesión más preciada, la mujer que conoce los detalles oscuros de mis gustos y sabes cómo saciar mi sed al momento de estar contigo. Eres más que cualquier sumisa ya que te destacas por sobre el resto y me haces sentir orgulloso por ser quien eres y representas en mi vida”.



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