
Por
mi parte, soy el dueño de esa chica que todos quisieran tener, lo digo así
porque ella trabaja directamente para mí; cada vez que entra a mi oficina su cálida
voz transforma el ambiente: “Señor Pavez, perdone, ¿puedo pasar?” –me dice cada
vez. Imposible decir que no a tan hermoso tono de voz. Siempre la vi como una
empleada más pero ya en este segundo mes no he podido sacarla de mi mente, aun
en almuerzos de negocios su meneo sensual viene a mi mente y su blusa con
algunos botones desabrochados que dejan ver el borde de unos deliciosos senos,
me trae loco esta chica. Intentar sacarla de mis pensamientos se ha vuelto una
tarea casi imposible, aunque me admito que me gusta la idea de fantasear con mi
sensual secretaria. Reconozco que soy un tanto pervertido y en ocasiones me he
masturbado pensando en tenerla en un cuarto de hotel haciendo con ella todo lo
que mis pensamientos lascivos que recorren mis venas.
Había
transcurrido un mes más desde su llegada y mi mente aun teje pensamientos
recurrentes sobre Abigail. Era lunes, alrededor de las diez de la mañana y un
cliente suspendió una reunión; parado mirando la ciudad desde el ventanal de mi
oficina me resigno. Me acerco al escritorio y tomo el teléfono, esa dulce voz
al otro lado despierta la lujuria en mí. “Dígame Señor. ¿En qué puedo
servirle?” –me dice. “Quiero un café srta. Abigail. Llévelo a la sala de
reuniones y por favor no demore” –le respondo. Salgo de la oficina pensando una
atrocidad, de esas que solo la calentura te haría pensar y no la cordura. Me
senté en mi sillón a la cabecera de la mesa, al cabo de unos minutos entra con
una bandeja y la taza de café; sensualmente vestida; al verla un profundo
suspiro salió de mí. Nuestras miradas chocan y sentí como el ambiente cambió,
por alguna razón ella mordió sus labios de manera sutil, aunque quiso pasar
inadvertida lo noté y con un tono de voz firme le dije: “Por favor tome
asiento, quiero conversar un poco con usted”. Con algo de temor se sienta, creo
que piensa que en ese momento se quedará sin trabajo; no niego que me siento
poderoso en ese momento.
“Quiero
que empiece a contarme como se ha sentido trabajando con nosotros este tiempo”
–le digo; ella me mira y baja la mirada. “Por favor, no tenga miedo de hablar,
ya que es importante saber que le parecemos como empleadores” –le dije con algo
de ironía. Miraba atentamente sus ojos mientras me decía que éramos la mejor
empresa del mundo (todas esas cosas lindas que dices para impresionar a los
jefes y que por un millón de veces ya había escuchado). Por un momento mis ojos
se perdieron en ese generoso escote que siempre tiene algo delicioso que
mostrar, ella se dio cuenta que la miraba pero no le importó, total ya estaba
acostumbrada a ser observada en la oficina. Me coloqué de pie y me acerqué al
ventanal, quería despejar mi mente de aquellos pensamientos morbosos que me
invadían.
Hubo
un tenso momento de silencio en la sala de reuniones; ella me pregunta si
necesito algo más, a lo que respondo que no pero que no se retire. Me volteó y
le digo: “¿Puede hacer algo por mí?”. A
lo que ella responde afirmativamente. “¡Siéntese sobre la mesa y separe las
piernas!” –le digo con tono autoritario. Me miró con desconcierto, tal vez
pensando que es una broma pero en mi rostro no se movía ningún musculo. “¿Lo
dice en serio Señor?” –me pregunta con nervios. “¿Acaso ve que me estoy
riendo?” –le respondo. “Perdón, pero no puedo hacer lo que usted dice” –responde.
Me quedo en silencio y frunzo el ceño. De manera instintiva se sienta al borde
de la mesa y de a poco empieza a separar sus piernas, podía ver su calzón negro
que contrasta con su piel. Una sonrisa malévola se dibuja en mis labios
mientras en los ojos de Abigail se veía un poco de temor, no puedo negar que
eso me gustaba. “Ahora comience a desabotonar su blusa srta.” –le digo.
Quisiera estar por un segundo en sus pensamientos y saber que pasa por cabeza
pero al ver sus ojos me doy cuenta que hay algo de temor; me acerco con pasos
lentos, al llegar donde está ella le digo: “Tranquila, todo estará bien”
mientras acaricio su pelo. Uno a uno sus botones abren paso a su deliciosa
figura, mis ojos se clavan en sus deliciosos senos, mientras mis manos se contienen
al impulso de tocarlos.
“Quítese
la blusa” –le digo, ella obediente se la quita. Sus ojos cambian al ver que en
los míos hay lujuria y perversión, en los de ella se puede ver la misma
intención que tengo yo; suspira profundamente mientras me paseo a su alrededor
como un león hambriento, la tensión ya se había convertido un poco en lascivia
y erotismo. Me paro frente a ella y la miro a los ojos, muerde sus labios y
pregunto: “¿Quiere algo srta.?”. Ella responde: “Quiero sentir sus labios junto
a los míos Señor”. Me acerco despacio y beso sus labios de manera intensa, ella
corresponde de igual forma mientras mis manos se prendan a su cintura, sus
piernas se separan más y rodea mi cuello con sus brazos, unidos por nuestras
bocas nos entregamos por completo al morbo de lo indecoroso y poco ético.
Mis
manos se deslizan suavemente por su cuerpo, subo la falda hasta la cintura, mi
lengua baja de su boca, paseando por sus duros senos; hago que se recueste
sobre la mesa y mis imprudentes manos rasgan por completo su ropa interior
dejando al descubierto su húmedo sexo. Con mi lengua escarbo su delicioso clítoris
de manera frenética arrancando suaves gemidos de sus labios. Ya no importaba
nada, solo importa el placer de Abigail y obviamente apagar el fuego de pasión que
me consume.
Mientras
mi lengua hurga mis dedos asaltan la entrada de esa deliciosa vagina, se
retorcía de placer, gimiendo intensamente; parecía por un momento que se quedaba
sin aire. Mi hermosa secretaria había caído en las manos del placer, entregándose
por completo a un intenso orgasmo ayudad por mi lengua y dedos; cuando creyó
que todo había terminado, tomos sus piernas y las coloco en mis hombros, bajo
el cierre de mi pantalón y saco mi miembro. Sentía que iba a explotar ya que la
erección se había transformado en un dulce dolor; al igual que un animal en
celo buscaba la entrada de su vagina, al sentir la humedad embisto con fuerza.
Con movimientos fuertes y cortos comienzo a follarla, ella apretaba sus duros
pezones y mordía sus labios, entre susurros me pedía que fuera más violento. Sentía
como poco a poco su vagina se contrae en cada embestida y la mesa era
arrastrada cada vez que entraba hasta el fondo.
De manera
sensual acompaña mis violentos movimientos, empapados de sudor nos dejamos
envolver de la perversión y ella me regala otro delicioso orgasmo que la deja
temblando; sigo con mis movimientos hasta explotar en su interior, llenándola por
completo de mis viscosos fluidos. Agotado mi boca busca la suya para terminar
con otro beso apasionado en el cual nuestras lenguas se mueven al son de un
perverso ritmo erótico. Como si no hubiese pasado nada nos arreglamos, ella
baja su falda quedándose sin sus bragas y se coloca la blusa, en cambio yo me
acerco al ventanal oliendo su exquisito aroma impregnado en la ropa interior.
Abigail sale de la sala de reuniones y por otros cinco minutos sigo olfateando
tan delicioso olor. Desde ese día, cada vez que se pospone una reunión ocupo el
tiempo muerto con mi sensual secretaria y coleccionando cada vez en el cajón de
mi escritorio la ropa interior que ocupó ese día para apagar mis ganas de sexo.
Pasiones Prohibidas
®
Uff....
ResponderEliminarDelicioso Mí Señor...
tus detalles me han provocado un maravilloso orgasmo al seguir cada letra