024. El castigo puede ser placentero 1


Tengo un Amo que es un poco estricto, no es que no me agrade pero es difícil de convencer. Ya llevo varios días que no lo obedezco y los castigos no eran severos pero este si lo fue. Un día sin previo aviso llegó a mi casa en su Camaro negro, impecablemente vestido de un traje gris, y un maletín. Se veía como un hombre poderoso y lo es, ya que cada vez que ejerce su dominio me lo hace sentir, tanto así que otros hombres se sienten incómodos con su presencia.

Abrí la puerta y cuando lo vi me lleve una gran sorpresa. — "¿Qué hace aquí?". Le pregunté con miedo porque ya sabía a lo que venía, su deseo era darme unos buenos golpes en las nalgas cosa que deseaba con intensidad por ser una chica desobediente. Se acercó a mí, podía sentir su respiración; excitado me ordenó: – "¡Quítate las bragas y súbete el vestido!". Todavía no entraba y ya quería observarme desnuda, admito que siempre ha sido así, en un solo instante ya me tiene sin bragas y húmeda.

Me quedé completamente perpleja y sin saber cómo reaccionar. —"¡Hazlo! ¿A caso quieres que yo lo haga? Mira que te has portado muy mal y ahora tu merecido es ser follada de manera  intensa y dura" —me dice. Con el miedo y el deseo bajé mis bragas porque en cierto modo era mi fantasía. Sonríe y dice: “¡Buena niña así me gusta, obediente!”. Quita las bragas de mis manos y las huele con fascinación, mientras yo quedo con el vestido a la cintura y expuesta a la vista de quien pasara por la calle. Bajo su pantalón podía ver su erección palpitante y sus ojos una lujuria intensa.

Me toma del cabello y cierra la puerta tras él, hábilmente me trasporta por la casa hasta llevarme a la habitación, al entrar saca su pene erecto y me avienta a la cama, y sin previo aviso abrió mis piernas y lo metió hasta el fondo, como no estaba lo suficientemente mojada el rose de su pene era ardiente y doloroso y él lo sabía así que aprovechó eso a su ventaja para ser más brusco. El peso de su cuerpo no dejaba moverme, trataba de defenderme pero no pude ya que sostenía mis muñecas con fuerza mientras embestía con fuerza. Dolía pero me gustaba, a pesar de todo quería, más era una sensación extraña, una mezcla que no se puede describir porque había dolor y placer a la vez.
La forma en que me penetraba era violenta, en sus ojos se notaba enfado pero a la vez él disfrutaba de la forma en que me tomaba, me sentía como una presa siendo devorada por un animal salvaje, hasta que el orgasmo llegó y quedé sin aire y a su completa merced. Lo sacó rápido y con una sonrisa endemoniada destrozó mi vestido, me mira por instante en silencio y ordena: “¡Date la vuelta!”. Pienso: “¿Qué?”. – Estaba asustada por lo que iba a pasar después.

Di la vuelta y mi culo estaba descubierto. Me dio una nalgada que me hizo estremecer, después otra y otra hasta llegar a cincuenta. Sentía mi culo arder de placer mientras era ferozmente nalgueada. Pensaba para mí: “¡Ah esto duele y mucho!”. Pero podía sentir el placer que producía. –“¡Haz sido una mala sumisa! –Me dice con enojo, mientras de su maletín saca una fusta y empezó a golpearme, nuevamente, quería levantarme pero no podía. Sólo escuchaba el aire que se cortaba antes de cada azote; volvió  a darme otros cincuenta, tenía el trasero muy adolorido pero no terminaba aún. Sin decir nada me dio un follada por el culo, la sensación era incómoda, demasiado, para ser exacta, ya que nunca le había entregado mi agujero a nadie. Lloraba, suplicaba, aun así no paró y lo metió hasta el fondo. “¡No que no nena! Este es tu castigo por no obedecerme” –me dice el perverso verdugo.

Sabía que esto no terminaría pronto, él quería más y mucho más; me  dolían las nalgas y el ano me palpitaba; entonces se quitó la corbata y amarró las manos al respaldo de la cama, no podía zafar de eso estaba muy segura posteriormente con su cinturón amarró mis pies, ya no podía moverme estaba a su merced y podía hacerme lo que quisiera. Entonces se levantó de la cama y salió por un instante; eso minutos me sentí su prisionera. Regresó antes que pudiera soltarme; traía hielo y una mirada que haría estremecer a cualquiera. – “¡Por favor no, enfermare!” –Le suplicaba pero él no hizo caso puso un hielo rosando mi vientre y mi vagina, el frío y el ardor era intenso pero a pesar de ello me gustaba; subió a mis pechos y los masajeaba con el hielo, hacía que mis pezones pusieran duros. Aprovechó de morderlos y lamerlos, gemía de placer hasta sentir como otra vez un orgasmo intenso me invadía. Este hombre sabía muy bien lo que hacía y lo demostraba.

Lamía mi cuerpo y con una de sus manos acariciaba mi entrepierna, sentía cosquillas en mi sexo, era delicioso ver cómo se valía de todas las artimañas posibles para hacerme sentir a su disposición. –“¿Ves nena qué rico puede ser a veces ser castigada?” –me dice. Luego besó mis labios tan duro y los mordió hasta hacerlos sangrar pero me excita sentir la sangre en mi boca. Le suplico solo por un momento que se detenga pero mis palabras no son oídas; el enojo y la lujuria se notan en sus ojos, sé que se detendrá cuando su sed sea saciada y también sé que soy el objeto que su perversa sed. De su bolsillo saca un pañuelo de seda con el que ciega mis ojos para continuar sirviéndose de mi cuerpo a su antojo. Pienso para mí: “A veces es divertido ser una sumisa desobediente pero también sé que debo obedecer las instrucciones que mi Amo me da”.




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