Tengo
un Amo que es un poco estricto, no es que no me agrade pero es difícil de
convencer. Ya llevo varios días que no lo obedezco y los castigos no eran
severos pero este si lo fue. Un día sin previo aviso llegó a mi casa en su Camaro negro,
impecablemente vestido de un traje gris, y un maletín. Se veía como un hombre
poderoso y lo es, ya que cada vez que ejerce su dominio me lo hace sentir,
tanto así que otros hombres se sienten incómodos con su presencia.
Abrí
la puerta y cuando lo vi me lleve una gran sorpresa. — "¿Qué hace
aquí?". Le pregunté con miedo porque ya sabía a lo que venía, su deseo era
darme unos buenos golpes en las nalgas cosa que deseaba con intensidad por ser
una chica desobediente. Se acercó a mí, podía sentir su respiración; excitado
me ordenó: – "¡Quítate las bragas y súbete el vestido!". Todavía no
entraba y ya quería observarme desnuda, admito que siempre ha sido así, en un
solo instante ya me tiene sin bragas y húmeda.
Me
quedé completamente perpleja y sin saber cómo reaccionar. —"¡Hazlo! ¿A
caso quieres que yo lo haga? Mira que te has portado muy mal y ahora tu
merecido es ser follada de manera
intensa y dura" —me dice. Con el miedo y el deseo bajé mis bragas
porque en cierto modo era mi fantasía. Sonríe y dice: “¡Buena niña así me
gusta, obediente!”. Quita las bragas de mis manos y las huele con fascinación,
mientras yo quedo con el vestido a la cintura y expuesta a la vista de quien
pasara por la calle. Bajo su pantalón podía ver su erección palpitante y sus
ojos una lujuria intensa.
Me
toma del cabello y cierra la puerta tras él, hábilmente me trasporta por la
casa hasta llevarme a la habitación, al entrar saca su pene erecto y me avienta
a la cama, y sin previo aviso abrió mis piernas y lo metió hasta el fondo, como
no estaba lo suficientemente mojada el rose de su pene era ardiente y doloroso y
él lo sabía así que aprovechó eso a su ventaja para ser más brusco. El peso de
su cuerpo no dejaba moverme, trataba de defenderme pero no pude ya que sostenía
mis muñecas con fuerza mientras embestía con fuerza. Dolía pero me gustaba, a
pesar de todo quería, más era una sensación extraña, una mezcla que no se puede
describir porque había dolor y placer a la vez.
La
forma en que me penetraba era violenta, en sus ojos se notaba enfado pero a la
vez él disfrutaba de la forma en que me tomaba, me sentía como una presa siendo
devorada por un animal salvaje, hasta que el orgasmo llegó y quedé sin aire y a
su completa merced. Lo sacó rápido y con una sonrisa endemoniada destrozó mi
vestido, me mira por instante en silencio y ordena: “¡Date la vuelta!”. Pienso:
“¿Qué?”. – Estaba asustada por lo que iba a pasar después.
Di la
vuelta y mi culo estaba descubierto. Me dio una nalgada que me hizo estremecer,
después otra y otra hasta llegar a cincuenta. Sentía mi culo arder de placer
mientras era ferozmente nalgueada. Pensaba para mí: “¡Ah esto duele y mucho!”.
Pero podía sentir el placer que producía. –“¡Haz sido una mala sumisa! –Me dice
con enojo, mientras de su maletín saca una fusta y empezó a golpearme, nuevamente,
quería levantarme pero no podía. Sólo escuchaba el aire que se cortaba antes de
cada azote; volvió a darme otros cincuenta,
tenía el trasero muy adolorido pero no terminaba aún. Sin decir nada me dio un
follada por el culo, la sensación era incómoda, demasiado, para ser exacta, ya
que nunca le había entregado mi agujero a nadie. Lloraba, suplicaba, aun así no
paró y lo metió hasta el fondo. “¡No que no nena! Este es tu castigo por no
obedecerme” –me dice el perverso verdugo.
Sabía
que esto no terminaría pronto, él quería más y mucho más; me dolían las nalgas y el ano me palpitaba;
entonces se quitó la corbata y amarró las manos al respaldo de la cama, no
podía zafar de eso estaba muy segura posteriormente con su cinturón amarró mis
pies, ya no podía moverme estaba a su merced y podía hacerme lo que quisiera. Entonces
se levantó de la cama y salió por un instante; eso minutos me sentí su
prisionera. Regresó antes que pudiera soltarme; traía hielo y una mirada que
haría estremecer a cualquiera. – “¡Por favor no, enfermare!” –Le suplicaba pero
él no hizo caso puso un hielo rosando mi vientre y mi vagina, el frío y el
ardor era intenso pero a pesar de ello me gustaba; subió a mis pechos y los
masajeaba con el hielo, hacía que mis pezones pusieran duros. Aprovechó de morderlos
y lamerlos, gemía de placer hasta sentir como otra vez un orgasmo intenso me
invadía. Este hombre sabía muy bien lo que hacía y lo demostraba.
Lamía
mi cuerpo y con una de sus manos acariciaba mi entrepierna, sentía cosquillas
en mi sexo, era delicioso ver cómo se valía de todas las artimañas posibles
para hacerme sentir a su disposición. –“¿Ves nena qué rico puede ser a veces
ser castigada?” –me dice. Luego besó mis labios tan duro y los mordió hasta
hacerlos sangrar pero me excita sentir la sangre en mi boca. Le suplico solo
por un momento que se detenga pero mis palabras no son oídas; el enojo y la
lujuria se notan en sus ojos, sé que se detendrá cuando su sed sea saciada y también
sé que soy el objeto que su perversa sed. De su bolsillo saca un pañuelo de
seda con el que ciega mis ojos para continuar sirviéndose de mi cuerpo a su
antojo. Pienso para mí: “A veces es divertido ser una sumisa desobediente pero también
sé que debo obedecer las instrucciones que mi Amo me da”.
Pasiones Prohibidas
®

Un escrito sublime,realidad
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