018. Un secreto bien guardado 1

Quiero compartir con ustedes algo que me pasó hace varios años atrás. Mi nombre es Katherine, llevaba en ese tiempo unos cuantos meses de casada y con mi marido siempre incluíamos algunas cosas para hacer más interesantes nuestros encuentros amorosos, ya fueran disfraces o algún adminículo que nos diera placer a ambos. Corría el año 2006 y nos invitaron a una fiesta de disfraces y mi esposo me pidió que fuera con el de Gatúbela, ese que en muchas ocasiones habíamos ocupado en privado y que tantas satisfacciones nos entregó. No quiero presumir pero soy una mujer que mide 1,75; en esos años mis medidas eran 92, 61, 94 y ese apretado traje de látex resaltaba mi figura, sobre todo mi redondeado trasero y el pronunciado escote que se deja ver entre el cierre.

De manera casi instantánea las miradas de todos los hombres cayeron sobre mí, me sentía incomoda ya que no era mi intención ser el centro de atención sino pasar un momento agradable con amigos y con mi esposo. Podía sentir la mirada de aquellos hombres que sin pudor me observaban, por un lado mi marido se excitaba al ver como su mujer era el objeto de deseo de todos, incluso algunas mujeres al verme no escondían sus ojos de deseo cuando se topaban con los míos, era incomodo pero se tornó excitante de cierta forma. La humedad en mi sexo no se hizo esperar, me sentía como hembra en celo ante la mirada de aquellos machos que esperaban devorarme.

Pasaron las horas y ya debíamos volver a casa, mi esposo con muchas copas de más no podía manejar de regreso por lo que María José, una buena amiga se ofreció en llevarnos a casa. Acepté y emprendimos el rumbo. Él sentado atrás y yo adelante dando las indicaciones del camino a seguir. Conversamos amenamente hasta que sentimos que se había quedado dormido y nos fuimos en el más absoluto silencio. Al llegar, entre las dos lo bajamos del vehículo como pudimos y acomodamos en el sofá de la sala; subí a la habitación a buscar una almohada y una colcha para arroparlo. En ese momento me di cuenta de lo sensual que se veía mi amiga vestida de Jessica Rabbit, caracterizada de tal manera que era ver al personaje animado. –“No había notado lo sensual que te ves” –le digo. Ella sonríe y me dice: “Te ves exquisita, que suerte tiene este borracho al tenerte” –mientras ríe. Por mi mente pasaron muchas cosas perversas pero soy una mujer casada que le debe respeto a su marido.

Iba a quitarme la máscara y me dice: “Katty, no te la quites”, te propongo que nos tomemos un trago; al fin de cuentas no nos vimos en la fiesta y nos hace falta conversar de cosas de chicas”. Otra vez mi mente voló a la perversión y mi sexo no daba más de la humedad, no sé si fueron las copas de vino que bebí pero me sentía deseosa de estar con esa despampanante mujer. Fui al frigobar y saqué una botella de vino blanco que poco a poco comenzamos a beber y entre risas mezcladas con miradas lascivas nuestras copas se vaciaban al igual que la botella. Me puse de pie para ir por otra, pude sentir como los ojos de mi amiga me siguieron y creo que no se despegaron de mi trasero, la darme la vuelta me encuentro con ella de frente; me recorre con su mirada de pies a cabeza y me dice: “Insisto, te ves exquisita”, no bien termina de decirlo y se acerca posando sus labios en los míos, sin resistirme dejé que su boca recorriera la mía, me entregué en un profundo beso que hacía a mi vagina se desbordar. Esa cálida lengua se apoderó de cada espacio de mi boca; sus manos empezaron recorrer mi cuerpo por encima de ese ceñido látex, mis piernas por instintos se separaron y cedieron espacio a las manos lascivas de María José, la manera en que ella tocaba mi vagina me hacía enloquecer de placer; despacio comenzó a bajar el cierre de mi disfraz dejando que mis senos salieran de la prisión de látex preparados para sentir la humedad de su lengua en mis pezones.

Sentía como su lengua recorría el espacio entre mis senos siguiendo su forma redondeada. De pronto, sin aviso, mordió mis pezones; esa dulce sensación entre dolor y placer hizo que un intenso gemido aflorara de mis labios, el que fue acallado por su mano en mi boca para no despertar a mi marido; en un momento quería que despertara y me viera pero nunca supe cuál hubiera sido su reacción, aunque ya no importaba, me sentía presa de aquella lengua que sabia como recorrer cada espacio de mis senos con total libertad.

De manera hábil supo cómo desnudarme y dejarme a su merced; ahora me sentía como una verdadera puta dispuesta a entregar mis deseos a la perversidad de mi querida amiga. Esa pervertida lengua comenzó a bajar por mi abdomen y a medida que lo hacía mis piernas se separaban, y aún más cuando los dedos curiosos de María José se deslizaron desde mi cintura a los muslos, con suavidad separó mis labios vaginales y hurgó con su lengua en mi clítoris, no podía aguantar las ganas de gemir, solo me dejé llevar y poco a poco la intensidad en mi respiración hizo salir esos reprimidos gemidos de placer a tal punto que me sentía en otro lugar, no sé cuántas veces acabé pero mis piernas temblaban y mis fluidos se perdían por mis muslos.

Nos fuimos a la habitación y ella se desnudó completamente, ver su cuerpo exuberante era un placer a mis ojos, sin decir una palabra se recostó en la cama y abrió sus piernas, como una niña obediente me acerqué y comencé a lamer su vagina que rebosaba de humedad; sus gemidos eran suaves pero intensos; me tomo de la cabeza (aún con la máscara puesta) y me decía: “¡Eso, lame gata puta!”. Me excitaba demasiado la manera en que lo decía y cada vez más obediente hurgaba su ya hinchado clítoris. “¡Eso mi gatita, sigue así; haz que tu dueña se venga!” –me decía, seguí con mi lengua y meto dos de mis dedos en esa deliciosa concha que se desbordaba y los muevo rápido. María José explota en un delicioso squirt que mojó mi cara y saboreé cada chorro de esos deliciosos fluidos. Exhaustas por el placer me recuesté a su lado y acariciaba mi pelo, yo ronroneaba como una gatita que estaba siendo consentida por una buena acción.

No puedo negar que fue una experiencia intensa, perversa ya que por un momento me sentí como esa gata que ella describía. Al llegar la mañana, desperté abrazada a aquella amiga, mis intenciones fueron seguir siendo esa gata sucia que lame la vagina de su dueña. Maullando y ronroneando me deslicé a aquel delicioso clítoris para buscar la deliciosa recompensa que solo su delicado sexo podía entregarme. Despacio mi lengua movía su clítoris, suaves gemidos salían de sus labios, de a poco se comienza a retorcer de placer y al abrir los ojos me ve haciendo travesuras en su vagina. –“Eres una gatita muy mal portada” –me dice mientras jala mi pelo, ronroneo mientras seguía con mi lengua. En ese momento ya no podía resistirse más y otra vez llena mi cara de sus abundantes fluidos. Subí y ella besó mis labios, se dio una ducha y se vistió. Era hora de volver a casa. Al salir nos despedimos como si nada hubiera pasado pero con secreto a cuestas que hoy ya cuando han pasado más de doce años me atrevo a revelar y sé que ustedes sabrá cómo mantener ese secreto intacto.




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