012. La historia de un beso

Él la espera en la habitación alumbrada solo por la luz de unas velas, en su mano un vaso de whisky; ella impecablemente de negro se dirige a donde él está, tiernamente la saluda con un beso en los labios, para Elizabeth es como si el tiempo se detuviera, ya que ese frío hombre no la saludaba de esa manera; por alguna razón entendía que las cosas empezarían a ser diferentes y que el frío trato de Amo a sumisa cambiaría.

Como siempre la desnudó con delicadeza, ya que le gusta observar cada detalle de su cuerpo. Solo en ropa interior, le coloca unas muñequeras con argollas y una venda de seda en los ojos; la acaricia con la punta de sus dedos mientras con que sus labios buscan los de esa mujer que tiembla de deseo. Por un momento se aleja de ella para ver su reacción pero lo espera inmóvil, expectante a lo que sucederá. De pronto la música de un saxofón llena el ambiente y él se acerca despacio e invade su entrepierna por sobre el diminuto calzón, se sale un gemido que es ahogado por la boca de ese Dominante que la besa con inusitada pasión, siente como su entrepierna se moja con esas caricias indecentes, el deseo la invade de la misma manera en que esos dedos se meten bajo su ropa interior y tocan su clítoris; cada vez sus gemidos se hacen más intensos al punto de casi quedar sin respiración. “No quiero que acabes aún” –le dice en tono enérgico; él disfruta conteniendo su orgasmo y de ver como muerde esos deliciosos labios al respirar profundo, él sabe que controla cada aspecto de la vida de Elizabeth y eso lo hace sentirse poderoso.-

La toma del cabello y la lleva al piso con rodillas y manos para colocarle un collar nuevo, ella se siente importante, deseada y valorada por aquel hombre de oscuros pensamientos; le quita el calzón y acaricia sus nalgas, esas manos grandes la hacen presa y de manera indecente la recorre, le dice al oído: “Sé que lo deseas tanto como yo”, dándole una nalgada que la hace gritar de placer, vuelve otra vez a recorrerla de manera suave y pausada para dejar caer con fuerza su mano en la otra nalga de ella, está vez ya no hay un grito sino que un gemido intenso sale de sus labios; ahora este hombre perverso y abusador la nalguea de manera constante dejando marcados esos gruesos dedos en sus glúteos y a Elizabeth tendida en el piso con la respiración agitada y su entrepierna rebosante por sus fluidos. Seducido por ese perverso paisaje la observa, mientras bebe otro sorbo de whisky. Una vez que Elizabeth recobra sus fuerzas, la ayuda a colocarse de pie, le quita el sostén y la lleva a la pared en donde hay dos ganchos metálicos que sobresalen, en donde las argollas de las muñequeras la dejan inmóvil con sus brazos levantados; por alguna razón le quita la venda ya que quiere que sea testigo de todas las atrocidades que su macabra mente teje para flagelarla.

Camina alrededor de ella como un león enjaulado jadeante y hambriento, ella suspira al verlo como un macho deseoso de su sexo y se deja seducir por esos jadeos incesantes que salen de su hombre. En su mente lo llama pero a él pareciera no importarle; ella suplica que haga lo que desee, es su sumisa y está para complacerlo. Él abre el cajón de un viejo mueble y saca una fusta con la que recorre el delicioso cuerpo de Elizabeth, desde sus labios hasta su húmeda vulva; con las sensaciones que envuelven su cuerpo al máximo se deja llevar por ese lujurioso recorrido gimiendo de por el placer al sentir como ese curtido cuero se abre paso para masajear su clítoris. La humedad en su vagina se hace incontrolable y desborda sus piernas.

Con certeros golpes de la fusta en la vulva, ese Dominante sabe transportarla al placer al grado de hacer que sus piernas se doblen, la cara de satisfacción que hay en ese hombre se puede comparar solo con la mirada de lascivia al ver a su sumisa al borde del desmayo por el placer que le induce. Se acerca, la toma del mentón y le pregunta: “¿Puedes seguir?”. Con un ligero movimiento de su cabeza le indica que sí, saca las muñequeras de aquel gancho que la aprisionan y con delicadeza la toma entre sus brazos y, la lleva a la cama para que sus fuerzas se recompongan por un instante. Con tranquilidad se quita la chaqueta y suelta el nudo de su corbata, observa a Elizabeth que tiembla y jadea, eso enciende aún más su perversión. Al correr unos minutos otra vez va a ese viejo mueble de dónde saca unas pinzas para pezones y una bala vibradora, sin ninguna delicadeza apresa los erectos pezones de Elizabeth con esas pinzas y pone la cadena en su boca ordenando que estire su cuello lo más que pueda, él observa el dolor en los ojos de su mujer pero no se conmueve, es el punto en que solo saciar su sed de dolor y placer es lo importante. Le abre las piernas y coloca la bala en el clítoris y la enciende en la menor intensidad, él la observa a los pies de la cama, ve cómo se retuerce de placer y con su lengua enreda la cadena de las pinzas. De a poco aumenta la intensidad en la vibración hasta llegar al punto máximo; la sensación que a ella la invade la deja casi sin respirar, solo se retuerce y aprieta sus puños y dientes hasta que rompe su silencio con un grito de placer que llena por completo la habitación y que hace que su vagina explote en un delicioso squirt, gemidos intensos acompañados de fuertes espasmos en sus piernas son la demostración inequívoca de un intenso placer al que ha sido transportada. Ella siente como su vagina palpita de placer al verter esos deliciosos fluidos de su interior.

Él solo observa como su dulce sumisa grita su nombre agradeciendo por el placer recibido, complacido y se satisfecho se acerca a ella para besar esos labios que aun no paran de gemir. Un “Te amo” sale de los labios de aquel hombre y una caricia en el rostro de su mujer muestran que el frio hombre ha quedado atrás y que hay ahora un corazón en lugar de un frío tempano de hielo.





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