011. Silvana, la vecina de al lado

La relación con Silvana nunca fue de las mejores, desde que nos conocimos discutíamos por todo, en cierta forma nuestros caracteres eran incompatibles, por lo que cada vez que nos topábamos en los pasillos del edificio peleábamos por cualquier cosa; ya fuera por la música que escuchábamos, por ser hinchas de distintos clubes de futbol y cosas sin sentido.
Además, tengo la mala suerte de que era la vecina de al lado, obligadamente tenía que verla y para mí era un martirio topármela en el ascensor, en el hall del edificio o en el negocio de la esquina. Un día sin querer nos encontramos en un bar, había yo ido con unos amigos a beber algo después del trabajo y lo primero que vi al entrar es a Silvana sentada con un grupo de mujeres de su oficina. Tengo que reconocer algo, a pesar de llevarnos pésimo ella es una mujer guapísima, de labios y mirada sensual, curvas bien definidas, pero hay algo que siempre me ha gustado de ella: Ese delicioso olor a vainilla de su perfume. Bueno, les sigo contando que al verla sentada me dieron ganas de marcharme porque se me imaginaba que iba a comenzar con otro pleito, pero ya estaba ahí y no podía por culpa de ella perderme de pasar una buena velada con los amigos.
Al correr los minutos mis ojos se iban dónde estaba sentada, verla con ese vestido negro que hacia resaltar su figura era un deleite para mis ojos, por primera vez podía verla no como el enemigo acérrimo con quien discutir, sino como la sensual mujer que vive junto a mi departamento. Ella de igual forma miraba donde estaba yo y me hacia el indiferente hasta que nuestras miradas se cruzan, la miro fijamente y levanto mi vaso, ella sonríe y hace lo mismo, mis amigos se empiezan a retirar y me quedo solo esta vez en la barra degustando un último vaso de whisky cuando una mano toma mi hombro y la una voz me pregunta: “¿Te vas luego?”. Al girarme, era Silvana; le digo: “¿Quieres que me quite la chaqueta y la corbata para pelear?”. “No tonto”-me dice, “ya es tarde y no quiero regresar sola”. La miro y digo: “¿Te propongo algo?” –“A ver dime” –me dice. “Tomemos un trago sin pelear, ya conozco tu mal genio y nunca hemos tenido el placer de charlar” –le digo. –“Tienes razón, bebamos un trago y platiquemos” –me dice. Como un buen caballero me coloco de pie y acomodo su silla; de verdad es una mujer entretenida para charlar, con muchas cosas que decir. Terminamos el trago y por alguna extraña razón regresamos caminando al edificio, ella firmemente tomada de mi brazo; nunca hubiera pensado que iría con ella así, pero también pensaba que las cosas cambian y que siempre es bueno reconciliarse aunque no sepas quien fue el que comenzó la guerra. Sin soltarme el brazo caminamos hacia los ascensores que nos llevarán a nuestros departamentos, aprieto el botón y las puertas se abren, al entrar marco el número de nuestro piso pero ella aprieta todos los pisos y me dice: “Aun tenemos algo de tiempo para llegar. Además, nadie nos espera”. –“Tienes razón” –le digo, “nadie nos espera”. Al llegar al segundo piso se suelta de mi brazo pero se toma de mi mano. Al cerrarse la puerta acaricio su rostro y huelo su delicado perfume de vainilla. Camino al tercer piso me da espalda y se apega mi, en el cuarto piso la tomo de la cintura y muevo su cabello para posar mis labios en su cuello, en el quinto mi lengua recorría su cuello mientras se arrimaba más a mí para sentir como mi miembro erecto se posa en sus nalgas. Se voltea y muerde mis labios de una forma tan salvaje que me hace apretarla con fuerza para luego fundir nuestras bocas en un beso apasionado, mis manos insolentes se pierden debajo de su vestido y puedo notar como la humedad empapa su ropa interior. Pasamos de largo nuestro piso y llegamos al piso veinte, tres más arriba del nuestro; decidimos bajar por las escaleras, ahí en medio de la luz tenue que alumbran solo los escalones la llevo a pared en donde bajo los breteles del vestido y dejo sus senos al descubierto, aprieto sus pezones y ella gime de manera indecente mientras mi lengua invade su boca, hábilmente baja el cierre de mi pantalón y saca mi miembro a punto de explotar, me masturba suavemente sintiendo como se hinchaba más en su mano; levanto su vestido hasta las caderas y rompo el diminuto colaless que trae puesto. Con mis dedos estimulo su clítoris mientras ella no para de masturbarme. Ya no podemos contener el deseo que nos invade y la acomodo en las escaleras, la embisto con fuerza sacando un grito intenso que resonó0 en cada piso del edificio, poco a poco aumento mis movimientos.
La sensación de ser descubiertos y el placer de estar taladrando su deliciosa vagina aumentan nuestra perversión y ya sin importar que vieran como está pegada a mi miembro me tumbo en el piso y ella con sus piernas abiertas montada sobre mí y masajeando de manera salvaje su clítoris, sumado a los intensos gemidos la hacen explotar en un delicioso orgasmo. Sus piernas tiemblan y su respiración poco a poco se compone y sin parar de moverse aprieta con su vagina mi miembro y estallo inundando su interior con mi viscoso semen. Se coloca de pie exhausta y nos besamos hasta quedar sin respiración; la llevo a su departamento en donde nos despedimos. Abro mi puerta y me paro frente al espejo que está en la sala y sonrío recordando ese perverso momento.
Silvana siguió viviendo en su departamento y yo en el mío, claro que seguimos con las peleas pero siempre acordamos reconciliarnos primero en ese paseo en ascensor y después en el oscuro pasillo de las escaleras, con esas perversas practicas junto a la vecina de al lado.



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