007. Robando placer

Leslie es nuestra babysitter, una chica sensual de veinte años que despierta mi perversión. Siempre la llamamos con mi esposa cuando salimos a comer o a reuniones con amigos para que cuide a nuestra pequeña de dos años. Desde que la llamamos he tenido esa fantasia recurrente de tomarla por la fuerza y desatar esos juegos perversos que mi mujer me ha negado.
Mi mujer se fue un fin de semana a la casa de sus padres con la pequeña, era mi oportunidad de mover mis piezas y arriesgarme a poseerla. Tomo mi teléfono, le digo si puede venir a casa pero le explico que no necesito sus servicios de niñera sino que debo atender a unos amigos y necesito su ayuda (cosa que es mentira). Accede a la propuesta y en una hora ya estaba tocando el timbre para entrar, verla con ese ajustado jeans hizo que mi mente volara y con esa pequeña blusa abierta tres botones del escote que deja al descubierto el borde de sus deliciosos senos y como detalle adicional amarrada abajo, dejando su abdomen al descubierto.
Obsesionado con poseerla sigo sus pasos en casa, la miro con lujuria y la imagino sometida a mis deseos. En algunas ocasiones tuve que masturbarme en el baño por no aguantar más el deseo que me consume. Es casi imposible sacar de mi mente esas lascivas imágenes que me invaden, es imperante tejer un plan para tomarla con su consentimiento o no.
Recuerdo que tengo cinta adhesiva en una caja de herramientas y cuando menos lo esperó me lanzo sobre ella en la sala. Encinto sus muñecas y su boca, al verla vulnerable le digo: "Si te comportas puede ser que te deje disfrutarlo". Rompí su ropa y comencé mi juego perverso. Lo primero fue castigar duramente sus senos, se retuerce en la cama pidiendo piedad pero sus gritos son ahogados por la cinta, ver las marcas que mis dedos dejan hace que mi perversión se eleve más; sin un ápice de compasión jalo su pelo y le doy unas bofetada que hace voltear su cara, con lágrimas en los ojos me mira suplicante pero en ese momento saciar mi sed de sexo es más importante que la piedad. Deslizo mi lengua en su cuello para bajar a sus maltratados senos y morderlos sin un ápice de compasión, se retuerce en el sofá y mis dedos se hunden en el interior de su vagina. -"¿Te mojaste putita?" -le digo. La doy vuelta dejando sus nalgas a mi disposición, me quito el cinturón y recorro ese hermoso trasero; ella tiembla sabiendo lo que pasará. Le doy un golpe fuerte que la hace doblarse, de manera perversa sigo golpeándola hasta que el color de sus nalgas cambia, su respiración se agita y tiembla por el miedo. Me paseo de un lado a otro observando cómo poco a poco se calma, hasta que mis dedos sin previo aviso invaden su sexo y la agitación otra vez se apodera de la pequeña Leslie, puedo sentir como su vagina se contrae con el movimiento de mis dedos al penetrarla. -"¿Estás acabando pequeña zorrita?" Susurro en su oído, asiente con la cabeza siguiendo los perversos movimientos de mis dedos con su sexo que destila placer.
La llevo a la habitación en donde corto la cinta de sus manos, al sentirse libre intenta forcejear pero no dejo que se mueva, ya que la tomo de las muñecas, la obligo a quedarse quieta mientras mi boca se posa en sus senos. Ya no se resiste, mi lengua y mis dientes disfrutan la erección de sus pezones, despacio bajo hasta su sexo para beber el néctar que brota de entre sus piernas; los forcejeos se transforman ahora en caricias, hunde mi cabeza en su vagina para que beba hasta la última gota que sale de su interior. Leslie se había entregado al placer, había domado a esa potranca salvaje y se convirtió en ese momento en el objeto que sacaría mi sed de sadismo. Al quitarle la cinta de su boca esos gemidos contenidos afloraron con fuerza, llenando la casa por completo; extasiado disfruto de cada uno de ellos mientras mi lengua sigue causando estragos en su clítoris.
Mi perversión está a mil, mis deseos perversos demandan más. Ya sumisa y complaciente le ordeno que se quede en la cama con los ojos cerrados, en la mesa de noche hay un par de velas que quedaron de un corte de luz, las enciendo y espero que la cera se acumule para verterla en sus senos. Un gemido de dolor y placer sale de sus deliciosos labios cuando la cera toca su pecho; mi boca busca sus labios y con un obsceno beso ya se entrega por completo al juego pervertido en que la envolví. Derramo más cera en su abdomen hasta acercarme al borde de su sexo, sigue gimiendo descontrolada y susurra: "¡Qué rico!".
Solo gime sin decir nada pero en su a ojos se pueden ver las ganas de ser penetrada; me quito el pantalón y ella desliza su lengua por sus labios, me mira suplicante y deseosa, esperando que irrumpa con fuerza en su vagina para poseerla. Separa las piernas y súplica que la haga gritar, me acerco rozando mi glande por su clítoris hinchado y palpitante; mi lengua se desliza por su cara de manera perversa y la embisto con fuerza arrancando un agónico grito; ya no hay tiempo de pensar en su placer, la penetro cada vez más fuerte. Sus ojos en blanco son la señal inequívoca del placer que recorre cada espacio de su cuerpo hasta el punto de perder la conciencia y es traída de vuelta con esas mismas embestidas que apagan sus sentidos por un momento. Le ordeno que se monte sobre mí, obediente abre sus labios vaginales para ser invadida otra vez por mi miembro, tomado de sus muslos marco el ritmo que debe seguir. Sus piernas tiemblan, su pecho se agita y ese delicioso sexo húmedo se contrae en cada movimiento; otro intenso orgasmo se apodera de ella y esta vez cae rendida a un lado de la cama en casi la inconsciencia absoluta, ahora de manera suave le hablo y a través de caricias, mimos la traigo de vuelta. Al volver, me mira y sonríe, me abraza para besarme de manera apasionada, sabiendo que desde ese día pasó a ser no sólo mi propiedad, también secretamente se convirtió en la mujer que sacaría mis deseos oscuros.

Pasiones Prohibidas ®

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