Ha estado mirando sigilosamente lo que hace, ver como ella recorre su cuerpo hace que su corazón se acelere, su respiración se agita y el deseo inunda su sangre y la hace hervir.
La música puesta mezclada con los gemidos despiertan la lujuria en él y casi de manera involuntaria su mano se dirige al cierre del pantalón y hurga dentro buscando aquel erecto miembro. De manera suave se toca viendo entre la penumbra esa vagina húmeda, hinchada y caliente; gime despacio para que no ser descubierto. Observarla con las piernas abiertas hasta no poder y con cuatro dedos penetrándose hace que aumente los movimientos en su pene, y sus gemidos se hacen un poco más intensos.
Disfruta viendo la escena que le regala sin verlo, agradece la osadía de mojar las sábanas en su ausencia y hacer que sus ganas por ella exploten en cada momento. Espera que acabe y estalla en esos gemidos estrepitosos, en esos intensos espasmos que hacen que su espalda se despegue del colchón; con su boca abierta y sin respiración, con sus ojos cerrados le demuestras lo mucho que le gustó disfrutar de su sexualidad.
Sale de entre las sombras, ella sigue con los ojos cerrados y respirando agitado cuando siente una lengua escurridiza saboreando los fluidos impregnados en esos temblorosos muslos. Da un salto de placer y susto, pero conoce la forma de esa lengua ya que está adosada a las curvas de su cuerpo. Sus manos se enredan en las sábanas y vuelve a gemir, entre pequeños balbuceos dice: "Lo estaba esperando pero usted no llegaba". Ella entiende que su cuerpo, su deseo y emociones ya no le pertenecen, sino que son de aquel hombre que excava cada espacio de su sexo. Él en silencio continúa invadiendo con su lengua aquella húmeda vagina.
Espera con algo de miedo la reacción de aquel silente hombre, ya que sabe que su amo es severo, estricto pero a la vez es complaciente. Ella puede vislumbrar que algo se asoma y está dispuesta a aceptar el más severo de todos los castigos que a él se le pueda ocurrir. Sabe que es solo cuestión de tiempo que su amo se vuelva implacable y no perdone su atrevimiento.
A más no poder ella cae presa de un placentero orgasmo proporcionado por aquella lengua intrusa que sabe recorrerla por completo. Él se levanta y va hacia la mesa de noche, toma algo de una cartuchera, su objeto favorito para inmovilizarla (sus esposas). Esposada con las manos en la espalda, es puesta de estómago sobre la cama y obligada a levantar sus caderas para ser castigada con una varilla de alerce que su amo había guardado. Cada azote deja marcas en sus nalgas, ella agradece el castigo y suplica por más. Su jadeante respiración la abandona por un instante y le brinda placer extremo, a tal punto que sus fluidos ls desbordan y espasmos involuntarios la hacen sucumbir al placer.
Ahora, aquel desalmado hombre guarda esa varilla y da una sonrisa maliciosa, sabe que esa impertinente mujer ya no volverá a jugar sin él. Al verla rendida y vulnerable siente un poco de pena, de manera delicada se recuesta a su lado y la besa de manera suave mientras acaricia su rostro. Ella sabe que a pesar del castigo que recibe, ese hombre no la lastimará más de lo que su cuerpo pueda tolerar.
Se rinde a ese beso, gesto inequívoco del amor que ese hombre, estricto y severo tiene hacía aquella mujer que firmó el contrato de sumisión. Él le permite tocar su pene y que lo masturbe de manera suave; lo aprieta y desliza su mano hábilmente arrancándole gemidos desde el fondo de su ser. Se siente agradecida por la libertad otorgada y por los gemidos que su amo esboza al sentirse complacido. Como premio enreda sus dedos en el cabello de su mujer y lo jala con fuerza, dándole la señal para que pueda tragar ese miembro deseoso por sentir esos labios llenos de pasión y lujuria. Como si su vida dependiera de ello envuelve con su boca ese excitante pedazo de carne que tantos orgasmos le ha proporcionado; su lengua recorre desde la base al glande, incluso da mordiscos suaves en ese morado glande que está a punto de explotar.
Sus manos masturbándolo y su boca aprisionando de manera excitante esa verga, hace que explote sin compasión inundando cada espacio de esa lujuriosa boca. Traga cada gota de aquel blanquecino líquido y agradece a su amo por tan delicioso premio.
En sus nalgas queda marcada la osadía de empezar a gozar si que su amo esté presente; pero en su boca queda el rastro silente e inequívoco del placer que proporciona a aquel rudo hombre cada vez.
Pasiones Prohibidas ®
Como siempre un excelente relato mi Adorado, mi Señor Perverso
ResponderEliminarSin duda una gran lección 🔥
Maravilloso escrito caballero, como siempre un deleite leerlo.
ResponderEliminarCastigos que merecen la pena.