N° 67 A la luz de las estrellas

Mirando las estrellas sobre la pick up de una vieja camioneta se encuentran Gustavo y Scarleth, había decidido salir dela mundanal ciudad y establecer un campamento a los pies de una escarpada montaña. El viaje había sido largo, habían extendido la carpa que los refugiaría esa noche y encendido la fogata que los acompañaría en parte esa noche; estaban recostados solo mirando el cielo mientras una suave brisa los envuelve.
Scarleth se acerca a su amado para ser abrazada y contenida, primera vez en sus 25 años que vivía una experiencia similar, que de seguro no estar Gustavo ella no hubiese venido. A su lado se siente protegida, se siente amada, se siente valorada como mujer. Gustavo por su parte parece ser un hombre rudo que no demuestra mucho lo que siente, pero en su interior sabe que Scarleth es quien sabe domar a es tigre que lleva en su interior, con besos y caricias lo contiene, lo hace vulnerable a sus encantos, y él sucumbe a esos labios que transmiten fuego cada ve que tocan los suyos.
Él no deja de mirar al cielo y ella se refugia en sus brazos, Gustavo acaricia el rostro de Scarleth suavemente y suspira profundo, por su parte ella cierra sus ojos, quiere sentir como los dedos de su amado siguen la forma de su cara e imaginarlo desgarrando su ropa para poseerla. Él la conoce, sabe que el deseo ha despertado y que puede tenerla cuando quiera; solo toma el tiempo para que sea ella quien tome la iniciativa. Recorre sus brazos con la punta de sus dedos, la respiración de ella aumenta, su boca se seca y su entrepierna se humedece, él pasa dedo por encima de la remera que lleva puesta recorriendo la separación de sus pechos. Con los ojos cerrados disfruta como los dedos insolentes de su amado la recorren completa, siente que su sangre hierve y que se quema por dentro. Ahora, con el deseo a flor de piel Gustavo pregunta: "¿Qué quieres que haga amor?". Desnúdame y cógeme" -es su respuesta. Sin preámbulos y con toda la prisa del mundo la desnuda completa, ella abre sus piernas y queda expuesta en su sexualidad a los deseos de su amado. Él toca suavemente su clítoris mientras sus labios se unen en un profundo beso, sabe cómo tocarla y lograr sacar los gemidos más ocultos de su interior.
Ella baja la cremallera del pantalón de su hombre y siente como esa verga está por explotar de deseo. Lo masturba de la misma que él lo hace con ella, no despegan sus labios, sus lenguas están atadas en una danza febril de lujuria; Scarleth siente como su vagina se contrae y late de manera involuntaria, incluso su útero palpita por el orgasmo qué la invadió de la misma manera que lo hizo esa suave brisa que provocó todo. Ese placer la recorre completa haciendo que la vida se le vaya en cada gemido, dejándola sin fuerzas.
Gustavo gime casi de manera imperceptible al ser masturbado por su mujer, ella sabe que lo disfruta, le gusta como lo masturba y como besa sus labios, es como si la vida se fuera en cada beso.
Scarleth se sube sobre él y se mueve de manera intensa, le gusta tener esa verga dentro, gime descontrolada mientras las manos de Gustavo aprietan sus nalgas y las golpean con fuerza dejando sus dedos marcados. Sus senos rebotan en la cara de él y su lengua estimula esos deliciosos pezones que explotan de excitación.
Él abre esas turgentes nalgas y penetra ese estrecho ano con su dedo medio, el placer ya no cabe en el cuerpo de ella y se entrega a la perversión de ese hombre que la enciende con el roce de sus dedos. Ya sin contenerse sus ojos tornan blancos, otro orgasmo la invade y la hace gemir con todas las fuerzas de su ser. Él deja su pene dentro, le gusta el estímulo que causa ese orgasmo en su miembro; le encantan los labios de su mujer pegados a los suyos e insaciables a la hora de besar.
La toma con fuerza y la coloca en cuatro, se toma de sus prominentes caderas para clavar su erecta verga en esa deliciosa vagina aún hambrienta de sexo. Ella gime al sentir como sus testículos golpean con fuerza su vulva; los movimientos de Gustavo son cada vez más intensos, él jadea como un perro en celo y ella se deja penetrar por su hombre que en ese momento está hecho un animal. Siente como su verga se hincha en su interior, quiere sentir como explota y llena cada espacio con ese semen caliente.
Esta vez Gustavo se mueve más lento pero fuerte, haciéndola gritar de placer, una capa de sudor los envuelve sobre el viejo pick up y él estalla en el interior de Scarleth, llenando hasta la última cavidad de esa húmeda y dilatada vagina.
Espasmos involuntarios en ambos dan la señal de que han quedado satisfechos. Entran en esa abrigadora carpa y Abrazados él la mira a sus ojos y le pregunta: "¿Me seguirás amando mañana?". Ella responde: "Mañana y para siempre". Con un beso apasionado ambos cierran los ojos, hay una promesa que ninguno de los dos se atreverán a romper, esa promesa que sólo los que han amado pueden comprender.

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