Lizbeth es una chica de esas que te hacía mirarla cuando la veías pasar, de esas que te hacía imaginar las cosas más sucias que se esconden en lo recóndito de la mente y yo era quien tenía sus gemidos en la cama. Con senos grandes y firmes, con trasero abundante y una vagina húmeda siempre deseosa de mi pene. Muchas veces hicimos el amor en lugares impensados para el resto, pero para nosotros cualquier lugar era el adecuado en donde saciar nuestros deseos. Una vez paseando en un pequeño cerro de Santiago, mirábamos la ciudad y nos besábamos en la orilla del mirador, se encendió nuestra lujuria; sin que las personas se dieran cuenta recorría su cuerpo hasta el punto de no controlar el deseo. Decidimos caminar por aquellos senderos solitarios donde es recomendable no transitar, lo suficientemente osado para nosotros. Llegamos a un lugar con basta vegetación y una de esas rocas milenarias, ahí nos besamos locamente, mis manos tocaban sus senos por debajo de su blusa, mientras ella desabotona mi pantalón para sacar mi miembro. Al tenerlo en sus manos, se arrodilla para pasar su lengua en el glande y pasarlo por su cara mientras me decía: "Esto es mío". Lo mete de apoco en su boca, me retuerzo de placer, ella sabe cuánto me gusta que lo haga así, llenaba su boca con mi pene hasta atorarse. La tomé de su largo pelo negro mientras lo chupaba con violencia; la coloco de pie y bajo su jeans y ropa interior para perderme en su vagina que ya estaba húmeda, gemía descontrolada cuando mi lengua rozaba su clítoris y mis dedos la penetraban. Sentía como su interior latía de placer, provocando en ella un intenso orgasmo; tomó mi cabeza y la hundía en su sexo, quería que saboreara sus fluidos calientes que desbordaban de su hinchada vulva. La coloco de frente a esa roca gigante, con su blusa desabrochada y sus senos fuera del sostén; la penetro despacio, abriendo paso en su cálida vagina que no tiene problemas en recibir mi verga deseosa. En cada embestida me pedía que lo hiciera con más fuerza, deseaba sentir todo mi pene dentro. Tomado de sus caderas me muevo con fuerza haciendo que gima y grite, los espasmos en su vagina aprisionaban mi verga, podía sentir como sus fluidos se escurrían una vez más. Sus piernas temblaban, por lo que ahora la apoyo de espaldas en la roca y la tomo en mis brazos sujetándola de las nalgas, metiéndolo una vez. Me muevo con fuerza, mi pene duro como cemento en cada embestida, ya al punto de estallar. Me pide que la llene de mi semen, quiere sentir como la quema por dentro y que le escurra por su vagina. Me hablaba sucio al oído mientras gemía, ella sabe que eso me calienta aún más; ya sin poder resistir descargo mi verga en su interior, a lo que ella da un suspiro de satisfacción y con cara de perversa me dice: "Qué rico me cogiste amor". Me besa apasionadamente mientras la bajo con suavidad. Terminamos de acomodar nuestra ropa cuando llegan dos guardias y nos dicen que es peligroso que estemos ahí, nos vamos con la roca de testigo de ese momento lujurioso y excitante en medio de un cerro, en medio de senderos prohibidos que te invitan al descontrol.
Pasiones Prohibidas ®
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