N° 49 Convento vicioso (1)

Patricio había llegado a hacerse cargo de las necesidades espirituales de un convento, el arzobispado confiaba esta tarea a sacerdotes recién egresados del seminario con la finalidad de "foguearlos" para hacerse cargo de una congregación.
Las monjas mayores no veían con buenos ojos a estos jóvenes novicios, ya que todavía estaban sujetos a los apetitos carnales y lujuriosos, muchas veces los habían sorprendido descargando su ímpetu con la mano, y estas pervertidas monjas mayores Muchas veces también descargaban sus deseos oscuros levantando su habito y tocando sus desgastadas vaginas, imaginando como ese semen joven y célibe les llenara el interior quemando sus entrañas.
Caminando por el patio del convento este joven sacerdote se dio cuenta que habían dos hermanas en una actitud un tanto diferente. A los lejos veía como ellas estaban abrazadas besándose, sin duda era algo digno de condenar pero la curiosidad lo hizo quedarse mirando. Estas dos hermanas sabían lo que hacían, se frotaban y acariciaban como expertas. Una de ellas esa Sor María del Carmen y la otra Sor María de Jesús. El padre Patricio se excitó cuando se quitaron los hábitos y quedaron desnudas en el inmenso patio, vio cómo entre ambas monjas se lamían en un delicioso y excitante sesenta y nueve. Su mano de deslizaba hasta su pene al ver a las monjas comerse sus vaginas. Excitado y perturbado quiere ver más de cerca el moreno coño de la hermana María del Carmen, se había masturbado varias veces imaginando que se la cogía y que llenaba el interior de esa sucia monja con su viscoso semen.
Se acerca sigilosamente para ver el espectáculo de cerca y deleitarse con las viciosas hermanas mientras su mano daba alivio a su excitación. La hermana María del Carmen estaba en cuatro mientras la otra pasa su lengua por la vagina haciéndola gritar de placer. El padre Patricio no da crédito a lo que sus ojos ven y quisiera unirse a tan pecaminosa escena, imagina estar penetrando ese par de vaginas húmedas y deseosas de un miembro erecto que las haga acabar en un concierto gemido.
No puede resistir la tentación y se enfila hacia ellas con su miembro erecto al aire, Sor María de Jesús lo observa acercarse pero guarda silencio notó su bulto asomado y entendió que la fiesta sería de tres. Se acerca y María de Jesús se persigna con el miembro de aquel casto sacerdote, el arrodillado frente al coño húmedo de la otra monja la clavar con fuerza, un grito de dolor desgarra la garganta de María del Carmen, su himen había sido roto por un invasor en aquel momento. Al voltear y ver que era aquel joven padre olvida el dolor, ya que también en las noches despertaba húmeda y deseosa de la verga de aquel sacerdote. Se toma de las caderas de la viciosa monja para clavarla con fuerza, la otra hermana se pone en frente de la que es embestida regalándole su vagina también húmeda la cual es lamida profusamente por su compañera de juegos. Un hilo de sangre brotaba desde el interior de María del Carmen, eso debido a que dejó de ser virgen.
Era el turno María de Jesús para dejar de ser virgen, entre las dos chupaban aquel miembro bajado del cielo, hasta que Patricio se tumba al piso y la otra monja se dejaba poseer por la lujuria. Baja lentamente sobre ese pedazo de verga sintiendo que algo se rompe en su interior. Grita de dolor pero en cada movimiento se transforma en placer; su compañera coloca la vagina en la cara de aquel afortunado sacerdote mientras se besa con aquella endemoniada monja en un frenético sube y baja.
La vida se tornaba maravillosa para aquellos tres célibes religiosos, al igual que Adán y Eva en Edén sus ojos fueron abiertos, y conocen el placer un buen coito solo por la calentura de hacerlo y no solo para reproducirse. Todo termina cuando aquel representante del dios del placer les ofrece su esperma caliente y viscoso en los labios. Era un espectáculo digno de los dioses, aquellas dos mujeres tenían cubierto no solo los labios, sino también la cara y el cuello de aquel blanquecino líquido que emanaba de tan celestial pene. Cada una lame el cuerpo de la otra para no dejar rastros de semen, se besan entre los tres y van a sus habitaciones pensando en lo que había sucedido, para fortuna de aquellas monjas dormían en la misma habitación pero para aquel sacerdote solo quedaba el consuelo de su mano al despertar con ganas. Pero estaba el acuerdo de juntarse todos los días en el mismo lugar.

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