N° 35 Viviendo con el enemigo

Sonó el timbre, tú ansiosa corres a abrir la puerta y para mi sorpresa era la personificación del mal hecha mujer, el nombre con el que se conoce en nuestra cultura es: Suegra. Para los hombres leer o escuchar esa palabra causa un temor grande, sientes literalmente que tu sangre se congela y el tono de respirar cambia de normal a desesperado. Miras al cielo y preguntas a Dios que hiciste para merecer tan grande mal.
Lágrimas en los ojos de tu madre y una maleta hacía presagiar que algo sucedía, y que no era una visita de un par de días. Ya asumido y dispuesto a convivir con el enemigo hago las paces con aquella mujer que se transformó en la musa de mis pesadillas. 
Los días han transcurridos sin sobresaltos, incluso hubieron momentos de charlas agradables y risas; pero sucedió algo que me hizo ver las cosas de manera diferente. 
Ya habían pasado varios minutos de que tu mamá entró al baño, yo moría por hacer del uno y ella no salía. Con rabia entro sin golpear y la veo con sus dedos perdidos en la vagina, y gimiendo como una adolescente. No dije nada y me quedé mirando el espectáculo y disfrutar de los gemidos de una mujer experimentada. Mi miembro iba a explotar debajo de mi pantalón al reconocer que estaba teniendo in orgasmo con sus dedos, pero ese momento lo dejé solo para ella, total me había regalado un momento placentero de excitación que fue retribuido en la habitación con mi mano derecha y con una abundante eyaculación.
Pasaban los días y yo buscaba la forma de sorprenderla otra vez para observar sus senos grandes y su vagina húmeda siendo penetrada por sus dedos. Un día la vi en la ducha mientras se bañaba jugando con el chorro de la ducha teléfono en su clítoris. Era una experta en el arte de autosatisfacerse y me tenía rendido a su lujuria. Ella no se daba cuenta que yo solo quería poseerla, que gimiera por tener mi miembro en su interior.
Esta vez todo estaba a mi favor, pues del trabajo te habían mandado a una sucursal fuera de la ciudad. Tenía un día para planear y seis para llevarlo a cabo. Empecé a seducirla, decirle lo guapa que estaba y que cualquier hombre se sentiría afortunado de tenerla a su lado. Sonreía nerviosa, ya que en el fondo podía ver mi plan para cogerla.
La encontré en la cocina, vestía una falda un poco más arriba de su rodilla y una blusa con varios botones abiertos que dejaban ver sus senos. Pasaba por detrás de ella y apoyaba mi miembro en sus nalgas, se movía imperceptiblemente para sentirlo con mayor libertad. La tomé con fuerza de las caderas para que sintiera como se eructaba mi pene al sentir el roce de sus nalgas.
No necesite tantos días para intentar cogerla, ya la tenía mi merced. Respiraba agitado y me pedía que la desnudara; yo disfrutaba de sus nalgas que a pesar de estar cerca de los cincuenta años permanecían firmes. La doy vuelta y por debajo de su falda toco sus muslos que al sentir mis manos en ascenso a su vagina se iban separando, la muy traviesa no usaba ropa interior, ya estaba mojada y deseosa de mí; solo esperaba a que yo hiciera lo que mi mente maquinara y la dejara sin fuerzas al cogerla.
La tomé con fuerza y la subí a la mesa de la cocina, ella subió su falda hasta la cintura y abrió sus piernas para que yo disfrutara de lubricada entrepierna. Ella tomaba sus pechos y apretaba sus pezones mientras gemía al sentir que mi lengua se perdía en du interior. Susurraba que no estaba bien lo que hacíamos pero le encantaba como la hacía gemir.
La acerco más al borde de la mesa, me moría por penetrarla; saco mi miembro y lo coloco en la entraba de su vagina mientras ella me rodeaba con sus piernas y me empujaba hacia ella para hacer entrar todo mi pene y dejarla casi sin aire. Me pedía que me moviera duro que mi pelvis la golpeara fuerza mientras rasguñaba mi espalda. Al parecer hace tiempo tu papá no le tocaba un pelo, porque un orgasmo tras otro se sucedían, una experiencia deliciosa con la mujer que odié por muchos años y que a esas alturas había descubierto que era la amante perfecta.
Miraba su cara de fascinación y como cada vez su vagina se desbordaba, me besaba con locura, con pasión y lujuria; ella no podía más y yo tampoco podía resistir. Mi verga explota mezclando los fluidos de ella con los míos. Extasiada me da las gracias por aquel momento de placer, se arregla y sigue cocinando como si nada. Los siguientes días ella durmió a mi lado como si fuera mi mujer e hicimos el amor hasta quedar exhaustos. Puedo decir que tengo de esposa a la hija y a la madre de amante.

Pasiones Prohibidas ®

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