Ella la que estaba a cargo del cuidado de los enfermos en ese piso. Una persona amable, empática y dispuesta a ayudar desinteresadamente. Él por su parte un rudo guardia de seguridad que estaba para cuidar la integridad del personal como la de los pacientes de la pequeña clínica. Habían cruzado algunas palabras en medio de los turnos, incluso muchas veces habían reído para hacer amenas las noches; pero no había pasado nada más que la buena onda que había en los turnos. Él cada vez que ella se iba miraba ese redondo trasero que se traslucía en ese delantal blanco transparente y el colaless que hacía estragos en ese majestuoso culo.
Para que decir cuando se iban a sus casas y verla caminar en esos jeans ajustados y polera ceñida al cuerpo hacían desearla en silencio, él no se atrevía a declarar las cosas que le hacía sentir por miedo a que fuera tomado por un acosador. Muchas veces en el baño su mano derecha había sido la compañera que aliviaba los deseos por aquella hermosa enfermera llamada Nathaly.
Una noche, coinciden en el ascensor desde el hall al tercer piso, era un viaje corto pero valía la pena ese instante para quedar embriagado del perfume de su piel. Él le ruega a Dios que el viaje se haga eterno, y poder disfrutar con sus ojos de tan hermosas curvas. Ella sonríe, pero hay un desperfecto en el ascensor que los hace quedarse detenidos; él llama por radio reportando el hecho pero nadie responde. “Solo queda esperar” –dice él.
Callado saca su celular, pone los auriculares y coloca su playlist favorito mientras espera. No podía despegar los ojos del escote que Nathaly le regalaba y ver que del delantal quedaban tres botones sin abrochar. Su miembro se empezó a erectar sin poder disimular. Nathaly de reojo lo ve, no puede creer que ese rudo guardia pudiera darle un espectáculo digno de admirar. Se moja, siente ganas de tener ese pene en su boca, tenerlo dentro de su vagina. Se acerca a él y le pregunta con una voz insinuante: “¿Tú sabes cuánto tiempo vamos a estar encerrados?”. “De verdad no lo sé” –responde con la voz entrecortada. Ella sonríe y dice: “Bien”.
Toma su miembro con una mano, él confundido le saca la mano, pero ella lo vuelve a tomar. Se acerca a su oído y le dice: “Disfruta papito”. Él se entrega, ella baja la cremallera de su pantalón, saca su miembro y se arrodilla para meterlo todo en su boca; el guardia rudo sucumbe a los labios de aquella sensual enfermera que se había metido en su corazón y despertaba pasiones prohibidas en su ser. Como una experta lo succiona, lo mueve y aprieta con su boca. Se coloca de pie y toma la mano de su improvisado amante y la coloca en su vagina para que sienta que su ropa interior está empapada, y que está deseosa de aquel miembro exquisito que probó su boca.
Se quita el diminuto colaless y lo pone en la boca de aquel hombre que ella estaba violando en el ascensor, “Te lo regalo corazón” –son sus palabras. Se acomoda dándole la espalda y acomoda el pene en la entrada de su vagina y ella comienza a gemir como loca, hace tiempo que no experimentaba esa sensación. Él la toma de la cintura y se mueve como poseído por el demonio del sexo, haciéndola gritar de placer; ella siente que se parte en dos y se lo dice, pero en vez de aplacar la bestia hace que embista con más fuerza. “¡Oh, que rico mi amor”! “¡Dale con todo”! Son las palabras que puede exclamar entre embestida y embestida.
De una u otra forma se sentía complacida por aquel macho que la tenía en las nubes, nuevamente se arrodilla ante él, ahora con la intención de succionar hasta la última gota de su semen y regalarle un delicioso orgasmo a ese hombre que fue usado como un juguete sexual. Quedan rastros de su aventura en la solapa de aquel delantal y en parte de sus labios, ella con gusto lo traga. Desde ese día quedan de acuerdo para ser amantes furtivos, para complacerse en cada lugar en donde el deseo les invada.
Pasiones Prohibidas ®
Bello
ResponderEliminarExcitantes letras mi perverso
ResponderEliminarExcitante relato caballero
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