N° 108 Escoge la forma de placer ( BDSM)

Él la espera en penumbras, deseo de verla entrar para someterla a sus antojadizos caprichos y lascivas caricias llenas de perversión.
En medio de esa intensa espera, ella entra a la casa y el ambiente muestra que el Amo necesita a su sumisa complaciente. Al verlo parado de manos atrás y con esa mirada penetrante cae de rodillas al piso, con su mirada al suelo y sus brazos detrás espera esa orden que marcará el destino de su deseo esa noche. La voz de aquel hombre de erguida estampa resuena y dice: "Escoge", los elementos son una fusta, el cinturón y un pedazo de cuerda para sus muñecas. Al solo ver esos implementos en el piso su entrepierna se humedeció y de sus labios aflora un intenso suspiro.
Indica con su mano y escoge la soga, el Amo gentilmente la coloca de pie para desnudarla. Entregada por completo las manos de ese hombre saben desnudarla, no es primera vez que lo hace ni tampoco será la última; pero cada ve que lo hace esa sensación de placer la invade y la sentir el deseo que tiene su Amo por ella. La recorre con la punta de sus dedos y la hace gemir sin siquiera invadir su intimidad, él la nalguea con fuerza y le pide que guarde silencio; está marcando los surcos que dejaron sus primeras caricias en la piel de su sumisa complaciente.
Ella entiende que no es un castigo sino una forma de indicar que este es su momento y que quiere disfrutarlo al máximo. Cuando esas manos grandes llegan a sus nalgas sus piernas se estremecen y tiemblan no de miedo sino porque reconocen esas manos y saben que pueden separarlas y perderse en el sexo ya más que húmedo de la mujer. No es perversión ni demostrar quien manda, es una expresión de amor que no todos comprenden.
La toma de las manos y con un poco de fuerza las lleva a su espalda, y ata sus muñecas, lo hace de una manera tal que no apriete pero si que sea lo suficientemente fuerte para no soltarse, ella sabe que eso lo hace más interesante.
La recorre con delicadeza, hace que sus piernas se separen y comienza a hurgar su sexo, haciéndola que gima con el alma al momento en que dos gruesos dedos se hunden por completo en su vagina. Esa sensación de ser invadida hace que sus piernas tiemblen y su sexo se humedezca aún más; por un instante es como si perdiera la noción del tiempo y se da cuenta como sus fluidos bajan por sus piernas, susurra: "Me gusta la manera en que me hace suya mi señor", él sonríe de manera maliciosa mientras disfruta viendo como su complaciente sumisa se entrega al placer.
Tomada de las amarras la lleva a la cama en donde suelta sus muñecas y las coloca en medio de grilletes de cuero adosados a la pared y otros que salen de la base de la que aprisionan sus tobillos dejándola completamente abierta y sometida a esos impulsos lascivos de aquel que tiene el control en sus manos. Él observa la situación y su pervertida mente lo lleva a un lugar escabroso, acerca la silla del computador y la observa; la ve vulnerable, pero esa sensación de poder le gusta porque sabe que los deseos de ella le pertenecen no solo porque lo diga un pedazo de papel que tiene la firma de ambos, sino porque se lo ha demostrado y se ha ganado un lugar en el frío corazón de aquel despiadado Amo.
La transporta hacia la cama, donde suelta las amarras de sus muñecas; pero la ata con unos grilletes de cuero adosados a la pared y con otros que salen de la base de la cama, dejándola vulnerable y expuesta a los deseos lascivos de ese hombre. Él se sienta en una silla en donde la contempla en absoluto silencio por largos minutos, causando una agónica espera en su adorada sumisa. Le suplica por favor que haga algo, quiere sentir aunque sea el susurro de la penetrante voz de su Amo. Pasan unos minutos y se coloca de pie, camina hacía la cama y con su escurridiza lengua comienza a trazar un excitante recorrido que va desde el clítoris hasta el ano de ella. Se retuerce extasiada, sus labios vaginales hinchados y la entrada de esa dulce vagina humedecida son señal inequívoca de que está a punto de simplemente morir en el placer.
Al Amo no le importa quedar con la boca impregnada con la pasión de su ardiente sumisa, extrae hasta la última gota del placer que brota de su sexo y se embriaga de placer. Suspira profundamente y suelta los grilletes de sus tobillos y de sus muñecas, baja el cierre de su pantalón y saca su erecto miembro, ella sube sus piernas en los hombros de él y de manera violenta mete por completo su pene haciendo que grite de placer y pida que lo haga otra vez, cada vez más intenso en sus movimientos, y en la respiración parece un toro en celo que busca saciar su sed de sexo con ímpetu. Ella pide que siga de esa manera, le gusta sentir que su sexo es desgarrado por el delicioso miembro de su Amo. Siente el sudor hirviendo en su piel que se mezcla con el de su hombre; ambos se funden en esa danza armoniosa de placer infinito hasta entregarse a la lujuria que provoca el orgasmo. Con las piernas temblorosas ella sucumbe y el cae en su pecho rendido, se besan con la pasión que solo entienden los que se aman y se entregan por completo. Ella se recuesta en su pecho y agradece a su Amo por aquel grato instante de placer. Ya es de madrugada y el cansancio hace presa de ellos, pero saben que la pasión puede ser encendida por una chispa de combustión en ellos.

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