N° 100 El baile seductor

Sobre un pequeño sofá sentado con música suave de fondo veo cómo te acercas a mi caminando con pasos sensuales; te paras frente a mí y separas mis piernas, como un reflejo instintivo apoyo mi cabeza en el respaldo al sentir que te arrodillas, me disponía a disfrutar de la manera deliciosa en que me haces sexo oral, pero eso no ocurrió.
Te levantas y caminas hacia la pared siguiendo el ritmo de la música en tus pasos, mueves tus caderas suavemente incitándome al placer lujurioso de disfrutar como bailas para mí y poco a poco te quitas la ropa. Verte así me excita demasiado, eres sensual, caliente, atrevida; pero lo mejor es que eres mía y soy yo quien disfruta de la belleza de tu cuerpo, de tus gemidos a la hora de hacer el amor, del sudor recorriendo tu cuerpo y de la humedad de tu sexo deseoso de ser invadido por mi miembro.
Mi mente se abre a la posibilidad infinita de hacerte mía y a las variadas formas de complacer mis deseos y complacer los tuyos, te miro en silencio y disfruto de cada movimiento hasta que quedas solo en ropa interior, un sensual conjunto negro que deja muy poco a la imaginación. Es como si mi corazón se hubiera detenido, quería ya sentirme dentro de ti y embestir con fuerza tu intimidad para sentir esos gemidos que tanto me enloquecen, espero que pasen un par de canciones y decidido a hacerte mía. Me coloco de pie y voy hacia ti, me miras con ojos de deseo, respiras agitado al tenerme cerca y me abrazas para fundir tus labios con los míos en un intenso beso que casi nos deja sin vida; mis manos se deslizan por tu cuerpo de manera sutil, haciendo que tu piel se erice; muerdes sensualmente tus labios y subes tus brazos dándole libertad de desplazamiento y de hacer lo que mis manos estimen conveniente. Con esa libertad desabrocho tu brasier y lo saco son sutileza, toco tus senos, los recorro, tus pezones se erectan y tu respiración se agita cuando mis labios los rozan y mi lengua los envuelve.
Me deslizo por tu abdomen y bajo hasta tu entrepierna y meto mi mano entre tu diminuto calzón y tu sexo húmedo, disfruto como mis dedos se deslizan hasta la entrada de tu vagina y tú abres las piernas para permitir el paso. Te retuerces y disfrutas de la manera en que mis dedos excavan tu interior. Me acerco y te beso con pasión y me susurras al oído: “¡Por favor, no pares!”. Cada vez gimes más intenso, yo disfruto al ver tu cara de niña viciosa por el sexo; gritas con fuerza: “¡Me vengo!”. Estallando en un concierto de gemidos que inundan cada rincón de la casa.
Con las piernas temblando por el deseo, me llevas al pequeño sofá sin antes desabotonar mi pantalón y bajar mi cremallera, me sientas y con ímpetu buscas mi miembro para meterlo en tu boca, lo aprietas con tus labios, lo masturbas suavemente y me miras con esos ojos encendidos en pasión hasta el punto de hacerme volar. Te trepas sobre mí masajeando tu vulva con mi erecto pene, pero la tela de tu ropa interior le impide el paso, eso me enloquece; quiero sentirme dentro. Tomo tu calzón de abajo y lo muevo a un lado, te mueves y acomodas tu vagina, bajas despacio y a medida que va entrando aumentas tu movimiento; pones tus manos en mis hombros y te mueves con fuerza, me tomo de tus caderas y, acompaño ese sube y baja frenético que me tiene al borde la locura. Me besas y muerdes mis labios, siento como mi sexo se hincha en el tuyo y tú gimes como descontrolada.
Te recuesto sobre el piso y pongo tus piernas en mis hombros, lo meto fuerte porque me calienta aún más el sonido de nuestros cuerpos chocando, bajas tus piernas y envuelves mi cintura, para controlar mis movimientos para hacerlos cortos y profundos. Con el fuego de mis labios quemo los tuyos y tú con el recorrido de tus uñas en mi espalda dejas marcas de la pasión que nos posee cada vez que hacemos el amor. Con mi perversión a punto de explotar y con tu vagina contraída a punto de desatarse en otro intenso orgasmo, ambos caemos presa del deseo y desbordamos a la vez nuestra pasión, lleno tu interior y tu gimes con fuerza y tiemblas por el placer recibido.
Después de un momento recostados en el piso te levanto de la mano y vamos a ese pequeño sofá, me siento y tú te recuestas en mi regazo mirando por la ventana la ciudad, vemos a la gente que corre a sus casas y oímos el ruido de una ciudad capital; pero nosotros en la paz de nuestro departamento desnudos y siempre dispuestos a amarnos.


Pasiones Prohibidas ®

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