083. Una tarde de confesión


Santiago, año 1950, cuando el cura mandaba más que el alcalde. Sor Clarisa, veinteañera, guapa y novicia, está arrodillada delante del confesionario, le decía al cura: “He tenido un encuentro pecaminoso con sor Caridad, padre”. “Cuente, sor Clarisa, cuente” –le dice él en tono formal. “Ayer a la tarde, aprovechando que estábamos solas en el convento pequé con ella” –le dijo tomando actitud penitente y con los ojos cerrados. “¿Dónde pecó, hermana?” –pregunta el religioso con tono de perplejidad. “En mi celda” –dijo ella. De pronto una pregunta del sacerdote descoloca a la religiosa: “¿Acabó, hermana?” “Sí, padre, varias veces” –respondió con asombro y recordando aquel momento haciendo que su sexo se estremeciera por completo.

El cura (No más de 40 años) levantó la sotana y tomó su miembro con la mano derecha, un pedazo de carne criminal y masturbándose, le dijo: “Deme detalles, hermana”. “Que detalles, padre?” –preguntó ella con asombro. Él respondió: “Desde el principio, cómo empezó, lo que pasó y cómo terminó”. La monja se extrañó de que el cura le pidiera aquello y preguntó: “¿Es necesario, padre?”. La respuesta surgió en un tono perverso: “Si, hija, es justo y necesario”. “¿Justo y necesario?” –pregunta ella. A lo que el pervertido sacerdote responde: “Si, justo para Dios y necesario para mí”. El solo hecho de recordar hacia que su entrepierna se mojara, pero accede a relatar lo sucedido: “Esta bien, le cuento. Estaba echada sobre la cama y sin querer posé una mano sobre un pecho, comencé a acariciarlo y cuanto más lo acariciaba más me gustaba, mi otra mano bajó y acarició mi sexo. Me gustaba mucho. Acaricié el otro pecho. Los labios se me secaron. Mi lengua los humedeció y comencé a gemir. Sor Caridad, que duerme en la celda de al lado, oyó mis gemidos y entró en mi celda. Vio lo que estaba haciendo, y sin decir palabra se metió en mi cama, me levantó el hábito, me quitó las bragas y comenzó a acariciar mi sexo peludo con sus dedos. Yo estaba temblando. Me quitó el hábito y la cofia. Quedé completamente desnuda, con mis duros senos con pezones rosados y gordos pezones. Entonces le hace al pervertido una pregunta: “¿Esos son los detalles que quiere saber, padre?”. Él respondió: “Todos, hija, todos”.

La monja siguió hablando: “Me agarró los senos con las dos manos y me dio un delicioso repaso, chupando, lamiendo y mordiendo los pezones. Llegó un momento en que mi ano y mi sexo comenzaron a abrirse y a cerrarse al mismo tiempo, me subió de los pies a la cabeza un calor sofocante y sentí algo así como una explosión dentro de mí. Acabé y casi me muero con el placer que sentí. Sí, padre, me corrí cómo un maldita puta, y…”. El cura la interrumpió: “Bendita, hija, bendita. Pero puta. Prosigue. “Aún no acababa de perderme en ese lujurioso extasis, cando metió su cabeza entre mis piernas y me lamió el sexo, que abriéndose y cerrándose estaba expulsando fluidos. Acabé de correrme y ella seguía comiéndome el sexo”. Caliente por lo que oía el cura se masturbaba como un enfermo y no tardó en decirle: “La concha hermana, es concha y tetas, no pecho y sexo”. Eran palabras que usaría un maldito pecador pervertido y no un hombre que había dedicado su vida para ayudar a quienes se habían alejado de Dios, eso también calentaba a sor Clarisa y prosiguió: “Ella me comía la concha y yo acariciaba mis tetas con las dos manos. Su lengua entraba y salía de mí como si fuera una verga. Lamía mis labios vaginales y lamía y chupaba mi clítoris. Me lamió desde el clítoris a mi culo. Me puse otra vez a mil. Me penetró el culo con un dedo, lamió mi clítoris de abajo arriba y le di lo que buscaba, mis fluidos tibios. Sentí tanto placer, tanto que acabé mordiendo la almohada. Es que yo cuando acabo lo hago como una perra, padre”.

La cordura se había ido de viaje y la mente del libidinoso sacerdote solo podía imaginar la escena y hacer que los movimientos de du mano fueran más rápidos, llevándolo a hacer otra pregunta: “¿Y no le devolvió el favor, hermana?”. “No, no sabría. Fue ella la que me dio a mí más placer” –respondió la monja pasando sus manos por sus tiernos senos. El cura seguía tocándose de manera salvaje conteniendo los gemidos de placer y disfrutando cada escabroso detalle que le era narrado. Una pregunta resonó al otro lado del confesionario: “¿Cómo lo hizo?” –preguntó él. Algo más allá que cualquier poder religioso hacia a sor Clarisa responder las lascivas preguntas del sacerdote. “Ella me dijo: Pon las manos sobre la mesa donde escribes, las puse. Levántate el hábito, lo levante- Abre las piernas, las abrí-. Ahora cuenta. Ni en mis sueños más húmedos viví lo que en ese momento sucedió. Tomó mi cordón y me dio con él en las nalgas, y yo conté: Una, ¡ay! Dos, ¡ay! Tres, ¡ay! Así hasta llegar a diez. Por Dios padre, era un dolor placentero porque en las diez veces que el cordón tocó mis nalgas sentía como mis fluidos chorreaban por mis piernas”. “¿Quieres más?” –me preguntó. Claro que quería más, mi concha estaba mojada de nuevo. Le dije: “Diez más”. Un gemido de placer se escapó de los labios del cura, sentía como que su miembro explotaría pero deseaba contenerse por alguna razón. “¿Tanto le gustaba que la azotara, hermana?” –preguntó.

“Sí, me excitaba. Sor Caridad besó y acaricio mis nalgas doloridas, me lamió, y me folló el coño con la lengua, luego, con tres dedos follando mi coño, volví a contar suavemente hasta diez cuando su mano abierta me nalgueaba con fuerza y acabé, padre. Después me dio los dedos a chupar. ¿Sabía qué mis flujos son blancos cómo la leche?” –dijo ella. “¡Qué mierda voy a saber!” –respondió el cura. “Cuide su vocabulario, padre” –dijo ella en tono puritano. El sacerdote rio descaradamente y dijo: “Si, como si tú estuvieses recitando poesía”. “¿Ya nos tuteamos?” –preguntó con seriedad la monja. “¿Estas caliente, Clarisa?” –contraatacó el cura. Ella le respondió con otra pregunta: “¿Te excité maldito degenerado?”. Sin pelos en la lengua el sacerdote respondió: “¡Sí, y de un momento a otro acabó al saber lo puta que eres!”.

La monja se puso aún más cachonda de lo que estaba y al igual que su confesor levantó su hábito para meter sus dedos en el interior de su peluda vagina y darse placer. Ella pregunta: “¿Qué has estado haciendo, Patricio?”. “Pecando, bonita, pecando como tú lo estás haciendo” –responde él. La monja se levantó, fue detrás del confesionario y vio al cura con la verga en la mano. Se persignó. Y al verla brillante por el líquido pre seminal e hinchada por la excitación preguntó: “¿Son así de gordas y de largas las vergas?”. El cura le mintió: “Esta es de las más pequeñas, zorra. ¿Me gustaría que la chuparas un poquito?”. La monja estaba en la esquina de no retorno pero aún quedaba algo de inocencia debajo de ese profanado hábito: “No sé hacerlo” -dijo. “¿Sabes chuparte los dedos?” – preguntó con un dejo de escepticismo. “Eso sí sé hacerlo” –respondió ella con toda la confianza del mundo. El cura le dijo: “Pues, es lo mismo”. La monja se arrodilló y metió la verga en la boca, pero no era lo mismo chupar un dedo que una verga erecta, hinchada y lleva de venas. Aunque ella chupó de la mejor manera posible, haciendo que el pervertido cura cerrara los ojos y exclamara: “¡Clarisa! Me llevas al cielo y al infierno cada vez que lo chupas”. De las comisuras de sus labios le escurria saliva cuando el cura, la apartó, y le dijo: “Siéntate sobre mi verga, Clarisa”. La monja se asustó y dijo: “¡Me reventarías el culo con esa cosa!” “Ya verás que no” –dijo el perverso sacerdote.

La monja estaba asustada, pero caliente cómo una perra. Contar lo del día anterior la mojara bien mojada. Se quitó las bragas y se agachó dándole la espalda al cura, que agarró su verga con la mano y se la llevó a la entrada de su culo. Le metió la cabeza, la monja cogió el hábito y lo mordió. Costó que le entrara, tenía el culo tan apretado que daba miedo, pero al rato, con toda dentro lo que le daba era un gusto tremendo. Follaba ella al cura con su culo y parecía la locomotora de un tren con sus movimientos, que el cura retribuía con masajes intensos en el clítoris, lo que aceleraba los movimientos de la novicia. Tiempo después se corrió cómo una cerda bañando por completo al cura, que a pesar de estar la monja como un río desbordado, Él no acabó. Haciendo que se levante la acomodó esta vez para perforar el concha que era fuente de toda la humedad. Sor Claridad volvió a acabar ya que esa verga llenaba por completo su concha.

Se regalaron besos apasionados como si fueran dos amantes adolescentes y el cura ordenó a la monja que le chupara la verga otra vez pero esta vez conseguiría el viscoso semen del pervertido ser que había abusado de posición para hacerla recordar ese momento pecaminoso y la llevó a entregarle el culo y la concha por primera vez a alguien, ya que ella solo había jugado con sus dedos y nada más. Poco a poco chupó, lamió y masturbó hasta que ese volcán de pasión hizo erupción en su boca, llenándola con ese blanquecino líquido. Ella vuelve a tomar la posición al otro lado del confesionario, ya había confesado todo y se había descubierto la vocación por el sexo que tenía y esperaba una penitencia severa, quizá serian mil azotes o unos rezos en latín para agregarle dificultad. En eso llega un sacristán por el cura, lo que hizo que la penitencia quedara pendiente ya que era alguien de la Diócesis quien buscaba y esperaba al párroco en la oficina. Le preguntó la monja: “¿Mañana a la misma hora, padre?”. “Sí, y trae contigo a Caridad. Las espero en la oficina parroquial para tengamos una charla de lo sucedido y entregar la penitencia del caso” –respondió de la manera más sería posible. La monja sintió otra vez ese fuego subir desde sus pies a cabeza y posarse en su sexo. La hizo imaginar en las posibilidades ilimitadas de disfrutar de la lujuria y lascivia otra vez y así exorcizar sus demonios de una vez por todas. Con una sonrisa macabra y con los ojos llenos de deseo respondió: “Allí estaremos”.


Pasiones Prohibidas ®

Comentarios

  1. Es tan perfectamente perverso...
    Cada descripción, cada momento
    Deliciosamente excitante.
    Senti cada linea intensamente
    No hay desperdicio alguno en repasar tus historias
    Es sumamente placentero
    Dejarse llevar por la excitación que estas provocan
    Me encantó😈🔥

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